‘Que los árboles no te impidan ver el bosque’. El dicho es más hecho que nunca hoy en Siria. El Estado Islámico (EI) sigue presente en Siria, aunque su control territorial se ha reducido significativamente desde su derrota oficial en 2019. Actualmente, mantiene actividad en zonas del norte y este del país, especialmente en áreas rurales y desérticas como el desierto de Badiya. Estas regiones ofrecen un entorno favorable para emboscadas y ataques esporádicos contra fuerzas locales y extranjeras, como las milicias kurdas y las tropas estadounidenses desplegadas en bases estratégicas.
El grupo también se beneficia de la inestabilidad en los campamentos y prisiones en el norte de Siria, donde miles de antiguos combatientes y sus familias permanecen retenidos. Estas instalaciones son caldo de cultivo para la radicalización de nuevas generaciones. Además, se han documentado intentos recurrentes de fuga y reorganización por parte de los detenidos, lo que refuerza la amenaza latente del grupo.
En respuesta, tanto las fuerzas kurdas como coaliciones internacionales lideradas por Estados Unidos han intensificado operaciones para neutralizar células activas y desarticular redes clandestinas del EI. Sin embargo, el vacío de poder en algunas áreas y el deterioro humanitario complican los esfuerzos para erradicar completamente su influencia en Siria.
Y en este contexto, ¿quién es Abu Mohammad al-Jolani? Pues se trata del líder de Hayat Tahrir al-Sham (HTS), una de las principales facciones islamistas operativas en Siria y uno de los ‘rebeldes’ más destacados en la toma del país y la salida precipitada de su hasta ahora presidente y dictador, Bashar al-Ásad. Su verdadero nombre es Ahmad Hussein al-Shara, y nació en 1982 en la provincia de Daraa, en el sur de Siria. Al-Jolani es una figura destacada dentro de los grupos rebeldes que han participado en la guerra civil siria desde su inicio en 2011, especialmente por su papel en la transformación del panorama yihadista en la región. Al-Jolani fue miembro de Al-Qaeda en Irak, donde trabajó bajo el mando de Abu Musab al-Zarqawi, líder de la organización en ese país.
En 2012, regresó a Siria y fundó el Frente al-Nusra, una rama oficial de Al-Qaeda que se convirtió en uno de los grupos insurgentes más poderosos contra el régimen de Bashar al-Assad. En 2016, al-Jolani anunció que el Frente al-Nusra se separaba de Al-Qaeda y cambiaba su nombre a Jabhat Fatah al-Sham, en un intento por distanciarse de las acusaciones de terrorismo y ganar apoyo local e internacional. Posteriormente, lideró la formación de Hayat Tahrir al-Sham, un conglomerado de facciones islamistas que controla gran parte de la provincia de Idlib.
Bajo su liderazgo, HTS ha intentado proyectar una imagen más moderada y centrada en el conflicto sirio, buscando reconocimiento y legitimidad como fuerza local en lugar de ser percibida como una organización terrorista global, como lo sigue siendo aún hoy por los principales organismos internacionales y países del mundo.
Al-Jolani y HTS han sido acusados de cometer violaciones de derechos humanos en las áreas que controlan, incluyendo represión contra otros grupos rebeldes y civiles. Estados Unidos y la ONU siguen considerando a HTS una organización terrorista, y al-Jolani está incluido en listas internacionales de búsqueda.
La rebeldía va por barrios
Los rebeldes sirios son un conjunto heterogéneo de grupos armados que han operado desde el inicio de la guerra civil siria en 2011. Actualmente, están formados por varias facciones con intereses y alianzas distintas, entre las que destacan el Ejército Nacional Sirio (ENS), un grupo respaldado por Turquía que opera principalmente en el norte del país. Está compuesto por diversos grupos armados opositores al régimen de Bashar al-Assad y se enfrenta tanto al gobierno como a las milicias kurdas. Luego está el señalado Tahrir al-Sham (HTS), Anteriormente vinculado a Al Qaeda, este grupo es una de las facciones más fuertes en la región de Idlib.
En tercer lugar, las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), que, aunque no son técnicamente ‘rebeldes’ en el sentido tradicional, estas fuerzas lideradas por los kurdos y apoyadas por Estados Unidos han jugado un papel crucial en la lucha contra el Estado Islámico. También han mantenido tensas relaciones con otros grupos opositores y con el régimen. En paralelo, existen otros grupos independientes y locales, que operan en zonas específicas del país, a menudo centrados en cuestiones locales o tribales.

En términos internacionales, los rebeldes cuentan con el apoyo de diferentes países y facciones dependiendo de sus agendas geopolíticas, como Turquía, que respalda a ciertas facciones opositoras, y Estados Unidos, que ha apoyado principalmente a las FDS en la lucha contra el Estado Islámico. La dinámica entre estos grupos es compleja y está marcada por luchas internas, conflictos territoriales y rivalidades ideológicas. En los últimos años, la retirada de fuerzas rusas debido a su implicación en Ucrania y la situación económica de Irán han influido en la capacidad del régimen de Assad para enfrentarse a estas fuerzas rebeldes. Hasta el día de hoy.
Los yazidíes, esos ‘casi olvidados’
En este escenario tan complejo vuelve a la actualidad la situación de los yazidíes en Siria, que siguen enfrentando desafíos significativos una década después de los crímenes de genocidio perpetrados por el Estado Islámico (ISIS). Durante los ataques de 2014 en Sinjar, miles de yazidíes fueron asesinados, esclavizados o desplazados, y muchos fueron llevados a Siria, donde mujeres y niñas fueron sometidas a esclavitud sexual y otros abusos. Aunque ISIS perdió su control territorial en Siria en 2019, alrededor de 44.000 personas, incluidas muchas yazidíes, permanecen detenidas en campamentos como Al-Hawl y Roj, en condiciones precarias y junto a los mismos extremistas que las persiguieron.
En los últimos años, organizaciones internacionales y ONGs han trabajado para ayudar a los yazidíes en Siria e Irak. Iniciativas como la de Nadia Murad, ganadora del Premio Nobel de la Paz, han contribuido a la reconstrucción de infraestructuras esenciales y al apoyo psicológico y social para las víctimas. Sin embargo, la situación sigue siendo frágil, especialmente en áreas como Sinjar, donde la inseguridad, la falta de gobernanza efectiva y la presencia de milicias armadas dificultan el retorno seguro de los desplazados. La comunidad internacional ha instado a los países a repatriar a sus ciudadanos detenidos en estos campamentos y garantizar justicia para los crímenes cometidos por ISIS. Además, se promueve la reintegración y el apoyo a las comunidades yazidíes para que puedan recuperar su vida con dignidad y seguridad.
Los yazidíes son un grupo etnorreligioso kurdo que sigue una religión sincrética con raíces antiguas, que combina elementos del zoroastrismo, el islam sufí, el cristianismo y el judaísmo. Su población se concentra principalmente en el norte de Irak, especialmente en la región de Sinjar, aunque también hay comunidades en Siria, Turquía, Armenia y en la diáspora, particularmente en Europa.
Como ocurrió con judíos o armenios, entre otros grandes grupos de población, han enfrentado discriminación y genocidios a lo largo de la historia debido a sus creencias únicas, consideradas heréticas por algunos grupos mayoritarios en la región. En 2014, el grupo extremista Estado Islámico llevó a cabo un genocidio contra los yazidíes en Sinjar, resultando en miles de muertes, secuestros y desplazamientos. Los yazidíes son un ejemplo de la rica diversidad cultural y religiosa en Oriente Medio, aunque han sufrido históricamente por su exclusividad religiosa y las tensiones políticas en la región.
Amnistía Internacional difundía antes del verano uno de los últimos reportes sobre la situación en Siria de los miles de personas yazidíes que sobrevivieron a las atrocidades cometidas por el grupo armado Estado Islámico (EI), donde advertía que aún siguen desaparecidas, y es probable que cientos de ellas permanezcan recluidas indefinidamente en el noreste de Siria. Desde agosto de 2014, el EI llevó a cabo un ataque selectivo contra la comunidad yazidí en Irak, que la ONU ha reconocido como genocidio.
Más de 3.000 hombres, mujeres, niños y niñas yazidíes fueron víctimas de homicidio ilegítimo, y al menos 6.800 personas más, sobre todo mujeres, niños y niñas, fueron secuestradas por el EI, siempre según refiere Aministía Internacional, que denuncia que “el EI ha perpetrado un catálogo de horribles violaciones contra la población yazidí, sometiendo a mujeres y niñas a esclavitud sexual y otras formas de esclavitud, y obligando a los niños a luchar como soldados”. Tras la derrota territorial del EI en marzo de 2019, se calcula que unas 2.600 personas yazidíes siguen desaparecidas, según la Oficina de Yazidíes Secuestrados de Dohuk. Se cree que una proporción significativa de ellas se encuentra en el noreste de Siria tras haber sido secuestradas y trasladadas allí por el EI.
El que mañana podría convertirse en líder de la nueva Siria, Al-Jolani, se presenta como un islamista que, aun convencido de imponer la sharía en el país, no es ya aquel terrorista que lideró Al-Qaeda o que recibió el apoyo del Estado Islámico para prosperar. Algunas fuentes señalan que todavía mantiene las comunicaciones abiertas con un Estado Islámico que jamás se rindió a sus convicciones.
Luis Miguel Belda es periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia por la UDIMA y el Campus Internacional para la Seguridad y la Defensa (CISDE).



