28.3 C
Madrid
sábado, septiembre 5, 2026

ANÁLISIS. Los algoritmos, los nuevos ojos de la seguridad

Debe leer

La seguridad está entrando en una etapa en la que cámaras, sensores, sistemas de alarma, controles de acceso y bases de datos pueden generar miles de señales simultáneamente. La inteligencia artificial (IA) permite procesar buena parte de esa información en tiempo real, detectar patrones anómalos y ayudar a anticipar determinadas amenazas.

Desde la vigilancia de un polígono industrial hasta la protección de un gran evento, los algoritmos empiezan a convertirse en una herramienta para los vigilantes, los centros de control y las fuerzas policiales. Pero el avance tecnológico abre también interrogantes sobre privacidad, sesgos, falsos positivos, transparencia y límites legales, especialmente cuando la IA pasa de detectar una incidencia a identificar personas o predecir comportamientos.

Durante décadas, la lucha contra el delito se ha basado en una combinación relativamente estable de presencia policial, vigilancia humana, cámaras, alarmas, controles de acceso e investigación posterior. La revolución digital ha cambiado la cantidad de información disponible. Una cámara puede grabar durante 24 horas, un sensor puede generar datos permanentemente y un sistema de control de accesos puede registrar miles de movimientos.

El problema es que la capacidad humana para analizar información tiene límites. Un operador no puede observar simultáneamente cientos de cámaras ni revisar en tiempo real todos los registros producidos por una infraestructura compleja. La inteligencia artificial aparece precisamente como una herramienta destinada a filtrar, clasificar y relacionar grandes volúmenes de información.

La transformación no significa necesariamente que una máquina «sepa» que se está cometiendo un delito. En muchos casos, lo que hace el algoritmo es identificar una situación que se aparta de un patrón previamente definido. Una persona que entra en una zona restringida, un vehículo que permanece demasiado tiempo en un lugar determinado o una concentración inusual de individuos pueden generar una alerta para que un profesional compruebe qué está ocurriendo.

La diferencia es importante: la IA detecta una anomalía; la decisión sobre si existe una amenaza corresponde, en último término, a las personas y a los procedimientos establecidos.

La tecnología puede utilizarse también para analizar imágenes de videovigilancia, reconocer determinados objetos, contabilizar personas, detectar accesos no autorizados o identificar cambios en el comportamiento habitual de una instalación. En un aeropuerto, por ejemplo, podría ayudar a localizar equipajes abandonados; en un centro logístico, detectar una intrusión; y en una instalación energética, advertir de movimientos en zonas restringidas.

En estos escenarios, la inteligencia artificial funciona como una capa adicional de vigilancia. No sustituye necesariamente a las cámaras, sensores o vigilantes, sino que permite obtener más información de ellos.

El cambio resulta especialmente relevante en las infraestructuras críticas. Aeropuertos, puertos, centrales eléctricas, hospitales, centros de datos o redes de transporte pueden integrar cientos o miles de dispositivos. Un centro de control basado en IA puede recibir información de todos ellos y establecer prioridades.

La verdadera revolución aparece cuando diferentes sistemas pueden comunicarse entre sí. Una alarma perimetral puede coincidir con una cámara que detecta movimiento y un control de acceso que registra la presencia de una persona. Analizadas individualmente, las señales pueden resultar ambiguas. Analizadas conjuntamente, pueden proporcionar un contexto mucho más preciso.

La IA también está entrando en la investigación criminal

Los cuerpos policiales manejan enormes cantidades de información procedente de investigaciones, comunicaciones, documentos, imágenes y fuentes abiertas. Herramientas capaces de buscar relaciones entre datos pueden ayudar a los investigadores a encontrar conexiones que resultarían difíciles de localizar mediante métodos exclusivamente manuales.

Europol considera que la IA ofrece posibilidades para hacer que las fuerzas de seguridad sean más eficientes y capaces de responder a amenazas cada vez más complejas. Su informe específico sobre inteligencia artificial y policía analiza precisamente las aplicaciones actuales y futuras de esta tecnología y sus implicaciones para las fuerzas del orden.

El contexto criminal también está cambiando. El EU-SOCTA 2025, el principal análisis de Europol sobre delincuencia grave y organizada, advierte de una transformación de las estructuras y métodos empleados por las redes criminales europeas.

La IA no es únicamente una herramienta utilizada por quienes combaten el crimen. También está siendo aprovechada por los delincuentes. Europol ha advertido del empleo creciente de inteligencia artificial generativa, automatización y técnicas de ingeniería social para ampliar el alcance y la eficacia de determinadas estafas digitales. Su informe IOCTA 2026 señala la evolución de las amenazas vinculadas al cifrado, los proxies y la IA.

Esto genera una carrera tecnológica. Los cuerpos de seguridad utilizan algoritmos para detectar patrones mientras los delincuentes utilizan otros sistemas para ocultarlos, generar identidades falsas, automatizar ataques o producir contenidos manipulados.

La consecuencia es que la inteligencia artificial puede convertirse simultáneamente en una herramienta de defensa y en un multiplicador de las capacidades criminales.

Uno de los ámbitos más controvertidos es el llamado predictive policing o policía predictiva. La idea consiste en utilizar datos históricos y modelos estadísticos para identificar lugares, franjas horarias o patrones asociados a determinados delitos.

En teoría, estos sistemas pueden ayudar a distribuir mejor los recursos. Si determinados datos muestran una concentración de robos en un área concreta y en determinados horarios, las fuerzas policiales pueden reforzar preventivamente su presencia.

El problema aparece cuando el algoritmo confunde correlación con causalidad. Un patrón histórico no garantiza que vaya a repetirse en el futuro. Además, si los datos utilizados contienen sesgos derivados de actuaciones policiales anteriores, el algoritmo puede reproducirlos o incluso amplificarlos.

Las predicciones algorítmicas

Europol publicó en 2025 una guía específica sobre sesgos de la IA en las fuerzas de seguridad, en la que analiza los posibles perjuicios derivados de sistemas sesgados y propone mecanismos para detectar y reducir esos problemas.

La cuestión es especialmente sensible porque una predicción algorítmica puede influir en decisiones que afectan directamente a ciudadanos. Si un sistema considera que una determinada zona presenta un riesgo elevado, una mayor presencia policial puede generar a su vez más controles y más registros. Esos nuevos datos podrían alimentar posteriormente el mismo algoritmo.

Se crea así un posible círculo de retroalimentación que debe ser vigilado cuidadosamente.

La regulación europea intenta establecer límites. El Reglamento de Inteligencia Artificial de la Unión Europea (AI Act) entró progresivamente en aplicación y, desde el 2 de agosto de 2026, se aplican con carácter general buena parte de sus disposiciones, aunque existen calendarios específicos para determinadas obligaciones y modificaciones introducidas posteriormente.

El reglamento considera especialmente sensibles determinados usos de la IA relacionados con las fuerzas de seguridad. Entre ellos se encuentra la identificación biométrica remota en tiempo real en espacios públicos, que está sometida a una prohibición general con excepciones limitadas y estrictamente reguladas.

En los casos excepcionales en que puede utilizarse, el marco europeo establece requisitos de necesidad y proporcionalidad, límites temporales, geográficos y personales y autorización previa por una autoridad judicial o administrativa independiente, de acuerdo con las condiciones establecidas en la normativa.

El debate demuestra que el principal reto de la IA aplicada a la seguridad no es únicamente tecnológico. Es también jurídico, ético y social.

La videovigilancia inteligente ofrece otro ejemplo. Una cámara convencional registra imágenes. Una cámara dotada de IA puede analizar esas imágenes y determinar que existe una situación anómala. Si además incorpora reconocimiento facial, puede intentar establecer la identidad de una persona.

Cada salto tecnológico incrementa las posibilidades de seguridad, pero también el nivel de intrusión sobre la privacidad.

Por eso, la aplicación de la IA en seguridad exige determinar qué datos son realmente necesarios, durante cuánto tiempo deben conservarse y quién puede acceder a ellos. La seguridad no puede convertirse en una justificación automática para recopilar información ilimitada.

Otro aspecto fundamental es la explicabilidad. Si un algoritmo genera una alerta que desencadena una actuación policial o de seguridad, resulta relevante conocer por qué la produjo. Un sistema que simplemente afirma que una persona o comportamiento es «sospechoso», sin proporcionar elementos verificables, puede dificultar la supervisión humana.

La transparencia también afecta a los errores. Ningún sistema de inteligencia artificial es infalible. Una falsa alarma puede provocar el desplazamiento innecesario de un equipo de seguridad; una identificación incorrecta puede afectar a una persona inocente; una predicción equivocada puede conducir a una asignación ineficiente de recursos.

Por ello, la supervisión humana no es un elemento accesorio, sino una de las principales garantías frente a los errores algorítmicos.

En la seguridad privada, el impacto puede ser igualmente significativo. Los vigilantes pueden recibir alertas procedentes de cámaras inteligentes, sensores perimetrales, sistemas de control de accesos o drones. En lugar de dedicar buena parte de su tiempo a observar pantallas, pueden concentrarse en verificar incidencias y actuar cuando el sistema identifica una situación que requiere atención.

El modelo que se perfila es el de un vigilante aumentado por tecnología

La máquina observa constantemente; el algoritmo analiza; el operador interpreta y decide. La misma lógica puede aplicarse a grandes eventos. En un estadio, recinto ferial o concierto pueden existir miles de personas y cientos de cámaras. Un sistema inteligente puede ayudar a detectar aglomeraciones anómalas, objetos abandonados o movimientos hacia zonas restringidas.

En situaciones de emergencia, la capacidad para correlacionar información puede resultar especialmente importante. Una alarma de incendios, una evacuación, una interrupción de comunicaciones y una concentración de personas pueden producir simultáneamente cientos de señales. Un sistema automatizado puede ayudar a los centros de control a establecer prioridades.

Pero también en estos escenarios deben existir límites. Una multitud no es automáticamente una amenaza, del mismo modo que un comportamiento diferente de la norma no significa necesariamente que exista actividad delictiva.

La inteligencia artificial funciona mejor cuando se utiliza para complementar el conocimiento humano, no cuando se convierte en una autoridad incuestionable.

El futuro de la lucha contra el crimen estará probablemente marcado por una creciente integración entre IA, videovigilancia, sensores, análisis de datos, ciberseguridad, inteligencia policial y sistemas autónomos. Europol ya trabaja desde su Innovation Lab en tecnologías destinadas a ayudar a las fuerzas de seguridad a responder a amenazas emergentes. En julio de 2026, la organización destacaba proyectos destinados a abordar el volumen creciente y heterogéneo de datos procedentes de la web, la deep web y la dark web.

La tendencia también obligará a mejorar la formación de policías, investigadores y profesionales de seguridad. No bastará con saber utilizar una plataforma. Será necesario comprender sus limitaciones, interpretar sus resultados y detectar cuándo una recomendación algorítmica puede ser incorrecta.

La consecuencia más importante de esta transformación puede ser, paradójicamente, que la tecnología obligue a reforzar el componente humano. Cuanto más sofisticados sean los sistemas automáticos, mayor será la necesidad de profesionales capaces de cuestionar sus resultados.

La lucha contra el crimen no se convertirá en una batalla entre humanos y máquinas. Será una combinación de ambos. Los algoritmos podrán procesar millones de datos en segundos, encontrar relaciones y detectar anomalías. Los profesionales aportarán contexto, experiencia, responsabilidad y capacidad de decisión.

La gran cuestión será dónde situar la frontera. ¿Hasta qué punto debe una máquina anticipar un delito? ¿Cuándo una anomalía puede justificar una intervención? ¿Quién responde cuando el algoritmo se equivoca?

La respuesta determinará el modelo de seguridad de las próximas décadas.

La inteligencia artificial ofrece una oportunidad para mejorar la prevención, acelerar investigaciones y hacer más eficiente la coordinación entre vigilantes, policías y centros de control. Pero sus beneficios dependerán de que se utilice con datos fiables, sistemas auditables y límites claros.

Porque la verdadera revolución no consiste en que una máquina pueda vigilar una ciudad entera. Consiste en que pueda ayudar a los profesionales a distinguir, entre miles de señales simultáneas, cuáles requieren realmente atención.

Y en esa capacidad de separar el ruido de la amenaza puede estar una de las claves de la seguridad del futuro.

 

 

spot_img

Publicidad

spot_img

Última Hora

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Aquí puede consultar nuestra Aviso Legal y Política de Privacidad