“Ya hay un español que quiere vivir y a vivir empieza, entre una España que muere y otra que bosteza. Españolito que al mundo vienes, te guarde Dios. Una de las dos Españas ha de helarte el corazón”.
«Españolito» es el poema 53 del poeta y escritor Antonio Machado, perteneciente a su obra Campos de Castilla, Poemas y Cantares. Aparece en una canción de Joan Manuel Serrat sobre las dos Españas. La hemos escuchado todos cientos de veces a lo largo de los últimos 55 años, desde que Serrat lanzó la canción «Españolito» en 1969.
Desde tiempos inmemoriales han sido así las cosas en nuestra España: celtíberos y romanos, moros y cristianos, agramonteses y beamonteses, …y más recientemente, conservadores y liberales, isabelinos y carlistas, rojos y nacionales, fascistas y comunistas. Y siempre al fondo, el cuadro de Goya “Duelo a Garrotazos” que ilustra a la perfección el espíritu de las Dos Españas. La frase “Y tú más” lo resume perfectamente.
Todo eso ha pasado a los anales. España es lo que es, siempre hay dos Españas dispuestas a partirse la boca en una pelea sin fin, pies firmes en la tierra, como si estuvieran metidos en un bloque de hormigón, y dos buenos garrotes de dimensiones suficientes para ponerle las peras a cuarto al prójimo. Ahora estamos en la España estatal (central para algunos) y la España autonómica. La dirección estatal (desde que tenemos Constitución de 1978, la España Nacional ha desaparecido, extraída como una muela con caries) ha correspondido tradicionalmente al PP y al PSOE, unos y otros con alianzas puntuales según legislatura.
Estas formaciones se siguen llamando derecha e izquierda, pero a mi parecer recuerdan muy vagamente a esta concepción de la política. En realidad, son maquinarias electorales con la única máxima de obtener el poder y administrar el presupuesto, lo que deja pingües beneficios, por no mencionar la corrupción, endémica desde 1982, año del advenimiento del PSOE. Por su parte, las Comunidades Autónomas en número de 17, más las ciudades de Ceuta y Melilla, tienen sus propios gobiernos, que corresponden a PP o PSOE según zonas y épocas, y a esto se suman las peculiaridades regionales, con gobiernos de ese corte o bien de tipo nacionalista/separatista.
Como las autonomías pueden tener parlamentarios propios en el Congreso de los Diputados, de formaciones idénticas a las que gobiernan o tienen influencia en el ámbito regional, los gobiernos de turno se ven obligados a contar con ellos para asegurar las mayorías y las votaciones. Precisamente en el gobierno actual tenemos al segundo partido más votado en las elecciones de Julio 2023, junto a un popurrí interminable, una especie de Frente Popular, pero todavía no tenemos checas.
Cuando inauguramos Barcelona 92, el mundo se quedó estupefacto: la mejor Olimpiada de la historia abría sus puertas y España entraba por derecho propio, con su AVE de Madrid a Sevilla, su Expo Universal, también en Sevilla y su evento deportivo planetario, récord de medallas, por cierto, en el elenco de países civilizados, capaces de asumir compromisos reservados a una élite de naciones, por entonces a la cabeza del mundo.
Anteriormente habíamos pasado lo nuestro. La Guerra Civil y la Segunda Guerra Mundial habían dejado un país roto que había que reconstruir, y ese papel correspondió a las generaciones de los niños de la guerra y sus hijos (me cuento en esta última). El período vital del Gobierno de Franco se correspondió con dicha época, y entre esfuerzo y esfuerzo, coronado por el éxito (entre 1960 y 1970 España aceleró, dejó atrás el siglo XIX y puso las bases para su entrada en el XXI; se llamó el Milagro Español y la Década Prodigiosa).
Pero en medio de tanto esfuerzo nos tocó nuestra buena ración de cisnes negros. Hubo descarrilamientos de trenes, por malas condiciones de las vías. En 1941 se incendió Santander, y 10.000 personas perdieron su hogar, y más de 500 negocios quedaron destruidos. Hubo 1 muerto, un bombero de Madrid.
También, en relación con la meteorología en Levante: Inundación del Turia o Gran Riada de Valencia, en 1957. Nos costó 81 muertos por la tragedia y una obra que desvió el curso del río y solucionó las inundaciones en la ciudad de Valencia.
Los cisnes negros aparecen de vez en cuando, aleatoriamente, y su tiempo, lugar y causas no están predeterminados. El sino juega sus dados y los manda por todo el planeta: hoy uno aquí, mañana otro allí, la semana siguiente otro más allá. Continentes y naciones los sufren en varias formas: accidentes, incendios, terremotos, inundaciones, plagas…
Ya superada la Transición y en los comienzos de nuestra joven democracia, la Pantanada de Tous tuvo lugar en 1982. El sur de la provincia de Valencia se inundó con la rotura de la presa, con un caudal de agua de 16.000 metros cúbicos por segundo, lo que resultó en 8 fallecidos. La reconstrucción de la presa se terminó en 1996 y actualmente tiene una capacidad al menos cinco veces mayor que la que tenía cuando colapsó debido a la crecida del Júcar.
En Bilbao, en 1983, la ciudad se enfrentó al desbordamiento de la ría. Tras 72 horas de lluvias torrenciales, las aguas dejaron a su paso 34 muertos y 101 municipios inundados. La respuesta se produjo en 48/72 horas, con 10.000 efectivos militares ayudando sobre el terreno. La solidaridad española se desbordó y el voluntariado fue incontable. Por cierto, el PSOE de Felipe González estaba en el gobierno con mayoría absoluta (202 diputados) y reaccionó en el minuto uno.
Más recientemente, la Vega Baja de Alicante sufrió un fin de semana de lluvias en septiembre de 2019 (días 11, 12 y 13). La dichosa Depresión Aislada en Niveles Altos, o DANA, la gota fría de toda la vida, dejó más de 500 litros por metro cuadrado e inundó todo el sur de la provincia, con el resultado de 6 muertos y unas pérdidas materiales de 1.300 millones de euros.

El 29 de octubre de 2024, por la tarde, a la hora de la salida del trabajo, el área metropolitana de Valencia se inundó y municipios como Paiporta, entre otros, hasta un total de 75, sufrieron caos, muerte y devastación. Otros dos municipios de Castilla-La Mancha y uno de Andalucía corrieron la misma suerte. La inundación atrapó a la gente en los garajes, en los centros comerciales, en las carreteras, en los sótanos… los resultados ya los conocemos: más de 200 muertos y, según datos de la Policía y la Guardia Civil, más de 200 desaparecidos.
La catástrofe más importante del siglo ha tenido lugar en esta España, capaz de gestas como las mencionadas en nuestro año mágico de 1992. La DANA nos mostró su poder con su cara menos amable. Teniendo en cuenta que las gotas frías no se ajustan a límites comarcales o provinciales, estamos, obviamente, ante una catástrofe nacional. Por más que algunos la quisieran llamar estatal, otros tal vez la llamarían autonómica. Pero la naturaleza no entiende de estas fruslerías.
Desde la España de 1992, con la Olimpiada, el AVE, la Expo, nuestra nueva red de carreteras, autopistas y autovías, la red de Alta Velocidad extendida por todo el territorio, puertos y aeropuertos de importancia creciente, cifras mareantes de turismo anual que nos ponen a la cabeza del mundo en el sector, un sistema sanitario reconocido internacionalmente, uno de los lugares del mundo más agradables para vivir, un país en suma irreconocible si pensamos de dónde venimos… ¿cómo hemos llegado a una catástrofe provocada por una DANA que no nos es desconocida, pues cada año o cada pocos años sufrimos una o varias?
Previsión
Desde tiempos inmemoriales la humanidad ha tenido que vérselas con el agua, y ya los neolíticos construían palafitos, modelo de vivienda edificado sobre pilares que elevaban la edificación sobre el agua, a fin de permanecer inmunes a ella.
Ya en el siglo I de nuestra era, el emperador Trajano intentó controlar las crecidas del Tíber, que asolaba Roma de vez en cuando. Para ello, construyó un canal desde un segundo puerto que abrió para la Urbe, conectándolo con el río, de modo que una buena parte de las aguas de crecida se condujeran directamente al mar.
Tanto Egipto con su Nilo como China con su Yang-Tsé y otros grandes ríos, por no mencionar los Estados Unidos con el Mississippi o la regulación del Valle del Tennessee, y la presa Hoover que regula el río Colorado, han realizado grandes obras de canalización y represado de las aguas de sus principales vías fluviales, que anteriormente causaban enormes daños. De este modo, han protegido su medio, han proporcionado agua bajo control a sus habitantes, y han podido regar extensas zonas de cultivo sin peligro para las poblaciones.
En España, con menos medios y tras la inundación de Valencia en 1957, se cambió el curso del Turia y se amplió la capacidad de su cauce para evitar futuras inundaciones. De hecho, en esta ocasión, la ciudad de Valencia ha sufrido solamente la inundación de un barrio.
En Europa tenemos un ejemplo de nación, los Países Bajos, cuyos territorios, muchos de ellos, están por debajo del nivel del mar. Gracias a sus sistemas de diques y esclusas, consiguen que el país no se inunde, ni desde fuera ni desde dentro.
Desde tiempos ancestrales, la especie humana ha procurado mantener limpios los arroyos, torrenteras y canales de escorrentía en las zonas afectadas, para que las aguas fluyan uniformemente y así paliar en parte los efectos de las lluvias incontrolables. Sin embargo, las nuevas preocupaciones ambientales nos impiden tocar una sola brizna del campo, no sea que un mosquito se quede sin hogar.
Debido a esta nueva visión, con la liberación de presas y represas que recogían flujos, los humanos han convertido en peligrosas algunas áreas afectadas por las inundaciones, volviéndolas aún más peligrosas. La zona más afectada en la presente catástrofe dispone, desde que existen los satélites y pueden crear mapas topográficos tridimensionales, de herramientas que han delimitado las zonas de riesgo. Se ha encontrado que 314.000 viviendas de las provincias de Castellón, Valencia, Alicante y Murcia se hallan en dichas zonas. Para colmo, la normativa urbanística es muy laxa. Posiblemente, más de una tercera parte de las viviendas situadas en áreas inundables se ha construido después de disponer de los mapas topográficos correspondientes a dichas áreas.
Así pues, conociéndose las áreas de riesgo en la Comunidad Valenciana, no se ha actuado sobre la cuestión urbanística, advirtiendo a los moradores o a los futuros compradores de la ubicación inadecuada de sus viviendas. Tampoco se han hecho las obras de acondicionamiento sobre el terreno, para canalizar aguas a presas con tal propósito, ni se han realizado canalizaciones que conduzcan a tal fin. No se han llevado a cabo otras obras de protección como diques u otros modelos en los que los Países Bajos son pioneros, disponiendo de ellos tanto en la costa como en el interior.
El Economista informa de la existencia de un Plan Global frente a las inundaciones del Júcar del año 2000, que preveía la construcción de tres presas para asegurar la mitad del territorio inundable. Con la construcción, y citamos la publicación, de estas tres presas, se controlarían 246 km2 con la presa de Estubeny, 520 km2 con la presa de Montesa y 300 km2 con la presa de Marquesado, lo que representaría el 48% de las zonas inundables.

La catástrofe
Con una combinación de zonas bajas susceptibles de quedar inundadas, riachuelos y torrentes sucios durante años, sin labores de limpieza y sin una red de canalización y defensas que lleven el exceso de agua a vías fluviales principales y la remansen en presas construidas a tal efecto; es decir, con un territorio inundable y con 314.000 viviendas incluidas dentro de su superficie, los protocolos de aviso, alarma y protección poco pueden hacer contra las fuerzas de la naturaleza desatada.
Los servicios de meteorología franceses habían advertido de la posibilidad de casi 500 litros por metro cuadrado en pocas horas para la DANA que se presentaba amenazadora para la zona, con vientos cálidos procedentes del sur (Sáhara continental) que recogían mucho vapor de agua del Levante mediterráneo, ya que estas aguas retienen temperaturas altas tras el reciente tórrido verano. Los franceses avisaron también del riesgo para la vida de las personas. Los japoneses, por su parte, también clavaron el pronóstico.
Por su parte, los diferentes servicios nacionales (estatales) y autonómicos también daban su pronóstico para el martes 29 de octubre, con fuertes lluvias anunciadas para la tarde de dicho día. Con las recomendaciones habituales, pero sin una alerta concreta de máximo peligro para que las personas se pusieran a cubierto y pudieran adoptar medidas defensivas. Incluso la Confederación Hidrográfica del Júcar iba dando y retirando avisos (por e-mail), hasta tres, de la posible crecida del río, en volumen suficiente como para despertar las alarmas.
Se desencadenó el diluvio: llovió intensamente durante más de tres horas en la tarde del martes citado. La gente se encontraba en su trabajo o saliendo del mismo, comprando en centros comerciales, circulando por la carretera, llegando a su población, etc. La concatenación de atascos por materia acumulada en las torrenteras hizo su efecto represa; las aguas descorcharon los tapones y el volumen de las riadas aumentó exponencialmente, llevándose por delante todo a su paso violentamente en 75 municipios de la Comunidad Valenciana y otras anexas. Paiporta y otras poblaciones se convirtieron inmediatamente en zona cero del desastre. Con un balance provisional a la hora de escribir esta tribuna superior a 200 muertos, la inmensa mayoría en la provincia de Valencia, también en Albacete y en Cádiz, y más 80 desaparecidos, el episodio pasa a la historia negra de las desgracias acaecidas en España. La más grande en lo que va de siglo.
Justo cuando se empezaron a tener noticias de la gran desgracia, comenzó el lanzamiento de fango. Pero esta vez de verdad. No ese del que se habla en los medios afines al gobierno o directamente de titularidad pública (¿sicarios? ¿palmeros? ¿subvencionados?), sino un fango aterrador, mezclado con sangre, llanto y miseria. Con él se andan atizando unos y otros, ahora que la cosa ya no tiene remedio.
En fango a la hora de la verdad
Llegados aquí, con más de doscientas víctimas mortales de cuerpo presente y más de 80 desaparecidos, asistimos una vez más al glorioso espectáculo de la legión hispana maniobrando: las administraciones públicas, micrófono en mano, a modo de garrote (Goya y su “Duelo a Garrotazos”, ya lo dijimos al principio) y sin haber puesto nadie un pie en el barro (fango). El terreno de juego real, las inundaciones. El terreno de juego virtual, con ambas Españas armadas de sus micrófonos, la estatal (antes decíamos nacional pero ya no se puede) y la autonómica y sus altavoces (prensa, radio, televisión), en un duelo de responsabilidades que nos dejó atónitos a todos, mientras muertos y desaparecidos esperaban una ayuda que tendría que venir necesariamente del exterior de las localidades afectadas.

En un país modélico en cuestiones de solidaridad, que se lanzó a la carretera sin esperar y que se encontró con el caos en la zona cero, que no había una sola autoridad ni personal de responsabilidad prácticamente en los primeros cinco días después de la debacle. La guerra mediática del fango se recrudeció a medida que pasaban los días y las horas, con un presidente de la Comunidad Autónoma Valenciana desbordado por los acontecimientos y un presidente del Gobierno de España (así lo llaman todo el tiempo en la publicidad institucional) jugando a un póker-monopoly macabro que ha llevado al paroxismo el sufrimiento de los afectados. Estaban enzarzados en una guerra de competencias y un laberinto de protocolos sin modo alguno de activar los recursos necesarios para ayudar a las víctimas y poner orden en el caos producido en la zona devastada. Nuestro hombre de la Moncloa, máximo responsable de lo que sucede en España, y su equipo ministerial, jugaban a un extraño juego de puesta a disposición de medios: “pero me los tienes que pedir”.
El resultado ha sido que, en la peor catástrofe de la historia reciente, en vez de activar todos los recursos de la nación tras el descalabro (porque aunque no quieran, la nación existe y es solidaria; los brazos que moverán las palas y las piernas que pisarán el barro son de hombres y mujeres de toda la nación) y ponerlos a disposición de las víctimas, hemos asistido a un espectáculo de burocracia y juego de competencias que nos ha dejado con la palabra en la boca y abochornados de nuestros rectores. Todos nos hemos preguntado: ¿en qué manos estamos? Las personas afectadas, llenas de agua y de barro, sin servicios, agua potable, luz, comida, comunicación inalámbrica, vías de acceso, con cadáveres en cualquier rincón, sótano o fosa, y supervivientes aferrados a tejados, techos de coches, ramas de árboles o a la deriva, sin saber cómo ni dónde. Y, por supuesto, sin ayuda médica o sanitaria, con inválidos y paralíticos estadísticamente incluidos entre las víctimas, ya como fallecidos, ya como desaparecidos, ya como supervivientes.
Las autoridades del país moderno que creíamos tener han dejado tirada a la gente en el peor momento, jugando a sus juegos políticos, siempre con el cálculo electoral en la mano y siempre procurando echar la culpa al otro. El rédito político en la calculadora y el verdadero tahúr del Mississippi haciendo las cuentas de sus ganancias (recuerden que Alfonso Guerra del PSOE llamó de este modo al presidente del Gobierno de la UCD, Adolfo Suárez González). El tahúr no es otro que Pedro Sánchez Pérez-Castejón, presidente del Gobierno y líder del PSOE. Dicen que Lincoln dijo (no lo dijo literalmente, pero sí en espíritu) que “puedes engañar a algunos todo el tiempo, puedes engañar a todos algún tiempo, pero no puedes engañar a todos todo el tiempo”.
Nuestro presidente del Gobierno de España lleva mucho tiempo intentando eso, pero cada vez cuela menos. Más y más gente le va tomando la matrícula. En esta terrible desgracia, los cálculos se les han ido de las manos, con la Administración nacional intentando ningunear y humillar a la autonómica mientras regateaba los medios para acudir en tromba y como un solo hombre a la zona cero. Pero esta vez las cosas han salido mal: la gente de a pie, los que de verdad han metido medio cuerpo en el fango real para ayudar a sus compatriotas, saben perfectamente qué se necesitaba una vez sucedida la catástrofe, y cuánto tiempo y por qué se ha demorado la ayuda.
Cualquier persona medianamente empática y sensible a la desgracia ajena recoge al herido de la cuneta y lo lleva a urgencias hospitalarias inmediatamente. Después, ya se ocuparán los responsables correspondientes de averiguar su nombre, dirección y circunstancias, así como el número de su tarjeta de la Seguridad Social. Primero la ayuda y luego la burocracia. En nuestra catástrofe, so pretexto del juego político, se han enredado en un laberinto de competencias de modo que los afectados no han visto un guardia civil, un policía, un bombero, un médico o un helicóptero en casi una semana. Pero el pueblo sabe muy bien quién disponía de la panoplia de hombres y recursos necesarios para atender al caso.
Difícilmente se podrá culpar a la Comunidad Valenciana y a su presidente Mazón del despropósito de no atender a las necesidades de las víctimas inmediatamente, cuando los medios inagotables del Estado para un caso así han sido retenidos por las autoridades que realmente disponen de ellos. Esta vez, a nuestro personaje en la Moncloa le ha sido tomada la matrícula por todos cuantos el caso vieren y entendieren. Que se le ha visto el plumero, vamos.
Conclusión: sangre, fango, miseria e ineficacia. Denominador común: la mezquindad.
Las previsiones han fallado. Áreas enteras previstas por los mapas topográficos han quedado inundadas, y 3 presas de planes antiguos, al menos del año 2000, no se han construido. No se ha protegido, por tanto, ese casi 50% de terreno que podría haber pasado de inundable a protegido, y se ha perdido un cuarto de siglo en estudiar qué se podía hacer con el otro 50%, una vez implementadas las soluciones para una parte. Las licencias de obra de la época del boom del ladrillo se han dado alegremente por las administraciones, porque poco les ha importado dónde se construya una vivienda con riesgo de vida para las personas.
Por lo visto en esta desgracia, que se ha cebado con 78 poblaciones españolas, 75 de ellas en la Comunidad Valenciana, la burocracia, la ineficacia, la ineptitud de los dirigentes y el cálculo político han mostrado su cara más fea. Obviamente, con la responsabilidad apabullante del que más medios tiene. Si Sánchez dispone de una máquina excavadora y Mazón de una pala a pie de obra, por mucho que pongamos en orden la sucesión de eventos y el protocolo de activación ante catástrofes, y por mucho que queramos ponderar las responsabilidades de unos y de otros, el que dispone de los medios es el que tiene que acudir inmediatamente a salvar y a solucionar lo humanamente posible.
En nuestro caso, con 314.000 viviendas amenazadas de inundación y con un desastre administrativo histórico por medio, los medios del Estado ni estaban ni se les esperaba. Han tardado 5 días en comparecer en una operación de alto riesgo que exigía presencia inmediata. Una urgencia de libro.
Se calcula que, hasta 100.000 vehículos, además de viviendas, locales y vidas, han quedado inutilizados. Dentro de esas vidas, incuestionablemente hay mujeres, niños, ancianos, inválidos y paralíticos, y también personas con medicación permanente, que han estado esperando la ayuda día tras día. No sabemos, al margen de los sufrimientos, la cantidad de vidas que se podrían haber salvado de haberse actuado a tiempo.

La visita de las autoridades a la zona ha puesto de manifiesto la condición humana de unos y otros, pues ha llegado tarde y con pocas expectativas de soluciones a corto plazo. En un desastre de tamaña importancia, revertir la situación puede llevar fácilmente 5 o 10 años, si no más, y esto pensando si se va a proceder a la planificación de soluciones permanentes, porque de no hacerlo, las DANAS que se pasean por la zona no van a dejar de soltar su carga mortífera, llegada la ocasión. Los años venideros pondrán a prueba la capacidad de aprendizaje de las administraciones públicas. Para colmo, la gente ha expresado su malestar y Sánchez se marchó a las primeras de cambio, dejando al Rey a solas con el público, al que hizo frente con su mejor cara y trató de tranquilizar con buenas palabras, a riesgo de que le hubieran dado el palo que no le dieron al Presidente. El Rey ha demostrado una vez más su saber estar, acompañado por su consorte, que también aguantó la situación a pie firme. Un elogio para ellos.
El clima informativo de los últimos años en torno al inquilino de la Moncloa es de todo menos tranquilizador. Si estuviese permitido en el hemiciclo utilizar audios, vídeos y hemeroteca para ilustrar las intervenciones, el discurso sería un monólogo de Sánchez versus Sánchez: cualquier partido político u orador de turno no tendría más que sacar el audio o vídeo correspondiente para rebatir a Sánchez. No hay absolutamente nada que dijera este presidente en el pasado que no sea todo lo contrario de lo que dice hoy. Como dijo Quevedo, “vuestra dentadura poca dice vuestra mucha edad… y es la primera verdad que se ha visto en vuestra boca”. Claro, la creatividad de estos individuos (los de la clase política) no tiene límite y hablan siempre en “politiqués”, una jerga que sólo ellos entienden. Este señor a las mentiras las llama “cambios de opinión” y se queda tan fresco.
Así, noticias sobre indultos, amnistías, pelotazos, cuponazos y casos de corrupción se acumulan sobre las mesas de redacción y este señor las llama “fango”. Fango es lo que hay en Levante, Albacete y Cádiz, fango hasta el techo, provocado por la imprevisión de una clase política incapaz, insolvente, indolente, inexperta, inepta, discapacitada y menor de edad. Y mezquina hasta decir basta. Fango mezclado con mucha sangre, mucho dolor y muchos recursos de la Nación que deberán quedar disponibles para atender a este despropósito. Pero mientras tanto, el caso ocupa portadas de medios audiovisuales, periodísticos y de internet, y desplaza la corrupción del PSOE y de Sánchez y su entorno a la página 23 como poco. Así ganamos tiempo.
Y la última jugada del calculista supremo: ahora vamos a proporcionar un tercio del cálculo presupuestado para cubrir las necesidades del desastre, pero los otros dos tercios deberán ir impresos sobre el presupuesto de 2025. Por este método coercitivo, pongo a todos los operadores políticos contra la pared y cuelo de matute el pelotazo catalán previsto de 70.000 millones que me piden para seguir en la Moncloa, al tiempo que transfiero cuantas competencias me exijan, incluyendo la independencia fiscal catalana y su participación en los gastos comunes a la carta, según sus deseos.
¿Estamos o no estamos ante jugadas políticas calculadas, de un tahúr sin escrúpulos ni límites en su chantaje a la nación? Ah, y no se lo pierdan: el PP, listo para machacar y ningunear a Mazón y preparado para colaborar con este PSOE, y sentado esperando para heredar, una vez más, el sillón de la Moncloa. Los votantes deberían mirar estos asuntos con mucho cuidado y plantearse el despido permanente e irrevocable de estos malos administradores. No lo olviden ustedes, los votantes; ustedes son sus jefes. No seleccionen a malos empleados.
Por Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años



