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martes, julio 28, 2026

EE.UU. se suma a Irán en el bloqueo de Ormuz

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Éramos pocos y…‘, ya conocen el dicho. O este otro, del diálogo de una afamada película protagonizada por Gene Kelly: «Uno es compañía, dos es multitud‘. Pues algo así sucede desde este domingo en torno a Ormuz, el estrecho que se ha convertido en el eje sobre el que gira todo lo concerniente a la guerra en Irán. Estados Unidos se ha sumado al bloqueo del estrecho, como ya hace Irán.

Un mensaje publicado este domingo por Donald Trump en su red social, Truth Social, constituye una pieza política cargada de tensión geopolítica, retórica confrontativa y afirmaciones de gran calado internacional. Ya estábamos acostumbrados a ello. Pero en este el mandatario estadounidense articula una narrativa en la que acusa directamente a Irán de incumplir compromisos relacionados con la apertura del Estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más estratégicas del planeta para el transporte de petróleo y gas.

Lo sabemos, perol recordémoslo: Este paso, situado entre el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán, canaliza aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de crudo, lo que convierte cualquier alteración en su tránsito en un factor de inestabilidad global inmediata.

A vueltas con el fracaso entre paréntesis de las negociaciones habidas en Pakistán, ya cerradas, Trump sostiene que Irán habría prometido mantener abierta esta vía y no lo ha hecho, lo que —según su relato— ha generado “ansiedad, desubicación y dolor” en múltiples países. Estas palabras reflejan una estrategia discursiva habitual en el presidente: amplificar el impacto global de las acciones de un adversario para reforzar la legitimidad de una respuesta firme.

En este caso, introduce además la acusación de que Teherán habría colocado minas en el estrecho, aunque reconoce simultáneamente que buena parte de sus capacidades navales habrían sido destruidas, una aparente contradicción que no reduce la gravedad del mensaje, sino que apunta a un escenario de incertidumbre deliberada. La mera sospecha de la presencia de minas, señala Trump, sería suficiente para disuadir a armadores y navieras, provocando un bloqueo de facto sin necesidad de confirmación total.

El discurso también se adentra en el terreno del honor nacional y la reputación internacional, al afirmar que Irán habría sufrido un “daño permanente” en su imagen global. Esta apelación no es menor: en el contexto diplomático, la credibilidad de un Estado es un activo esencial, especialmente cuando se trata de acuerdos sobre seguridad marítima o compromisos nucleares. Sin embargo, Trump parece ir más allá del análisis reputacional y adopta un tono imperativo, exigiendo la reapertura inmediata del estrecho y acusando a Irán de violar “todas las leyes existentes”, en una referencia genérica al derecho internacional marítimo y a la libertad de navegación.

En paralelo, el presidente introduce un elemento inesperado en su mensaje: una referencia detallada a reuniones diplomáticas en Islamabad, bajo la mediación de figuras clave de Pakistán como el mariscal de campo Asim Munir y el primer ministro Shehbaz Sharif. Trump asegura haber sido informado por su vicepresidente, JD Vance, así como por enviados especiales como Steve Witkoff y su yerno Jared Kushner. La inclusión de estos nombres no solo busca dotar de legitimidad a su relato, sino también proyectar una imagen de continuidad en su influencia política y diplomática.

Uno de los pasajes más llamativos del texto es la afirmación de que Pakistán habría agradecido a Trump por evitar una guerra con India que, según él, habría costado entre 30 y 50 millones de vidas. Esta cifra, extraordinariamente alta, no se acompaña de contexto o evidencia, pero cumple una función retórica clara: magnificar su papel como pacificador global y reforzar su narrativa de liderazgo decisivo. En este punto, el mensaje se desplaza momentáneamente del conflicto con Irán hacia una autoafirmación de su legado en política internacional.

No obstante, el núcleo del comunicado vuelve rápidamente al tema central: el programa nuclear iraní. Trump describe una reunión maratoniana de casi 20 horas con representantes iraníes, entre ellos Mohammad-Bagher Ghalibaf, Abbas Araghchi y Ali Bagheri. A pesar de reconocer avances en otros puntos de negociación —que incluso considera preferibles a continuar operaciones militares—, insiste en que todos ellos quedan eclipsados por un único obstáculo: la negativa de Irán a renunciar a sus ambiciones nucleares.

Este planteamiento encaja con una de las posiciones más constantes de Trump desde su etapa en la Casa Blanca: la oposición frontal a cualquier escenario en el que Irán pueda desarrollar armamento nuclear. Su declaración final, “IRAN WILL NEVER HAVE A NUCLEAR WEAPON!”, escrita en mayúsculas, no es solo una afirmación política, sino una advertencia que encapsula su doctrina de presión máxima. En ella confluyen elementos de disuasión, unilateralismo y una visión del orden internacional en la que Estados Unidos —bajo su liderazgo— actúa como garante último de la seguridad global.

 

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