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miércoles, julio 29, 2026

El Neolítico marcó la institucionalización de la violencia humana, según un estudio

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La violencia entre los grupos humanos no surge con la civilización ni con la agricultura: sus raíces se remontan al Paleolítico, aunque su carácter y función cambian significativamente con la sedentarización y la complejidad social, de modo que puede hablarse de que es en el Neolítico cuando esta violencia se «institucionaliza», según los hallazgos presentados por los profesores de prehistoria y arqueología de la UNED Francisco Javier Muñoz Ibáñez e Íñigo García Martínez de Lagrán.

En un reciente encuentro académico celebrado en el Centro de la UNED en Sevilla, en el marco del programa Humanidades a corta distancia, ambos especialistas analizaron la violencia prehistórica desde una perspectiva arqueológica y antropológica. Muñoz Ibáñez centró su exposición en el Pleistoceno, revisando evidencias de agresiones físicas, canibalismo y traumas detectados en yacimientos como Atapuerca, El Sidrón, Shanidar o Jebel Sahaba. Según sus conclusiones, la violencia era esporádica durante el Paleolítico, pero hacia el final del Pleistoceno comenzaron a documentarse episodios recurrentes y de mayor envergadura.

Por su parte, García Martínez de Lagrán examinó la violencia desde el Neolítico hasta el Calcolítico, vinculándola con la aparición de excedentes, almacenamiento de recursos y jerarquización social. Señaló cómo la violencia se convierte en una herramienta estructural para controlar territorios, recursos y poblaciones, evidenciada por recintos amurallados, restos de masacres y diferencias en ajuares funerarios.

Casos como los fosos de Talheim en Europa central o poblados amurallados en la Península Ibérica muestran que los conflictos se organizaron de forma sistemática, con ejecuciones planificadas y enfrentamientos vinculados al control económico y social.

Los datos arqueológicos sugieren, además, un cambio en la naturaleza de las heridas y en la supervivencia de las víctimas: disminuyen los golpes directos y aumentan las lesiones punzantes y fracturas defensivas, reflejando una violencia más estructurada y planificada. Los estudios isotópicos incluso identifican a víctimas foráneas, lo que indica incursiones o conflictos intercomunitarios.

El análisis comparativo de ambas etapas pone en cuestión la imagen del “buen salvaje” y muestra que la capacidad de infligir daño es inherente a la humanidad, aunque su escala y finalidad evolucionan con la complejidad social. En sociedades paleolíticas, los episodios violentos son aislados y relacionados con conflictos puntuales o rituales; en sociedades neolíticas y calcolíticas, la violencia se institucionaliza, organizada en torno a jerarquías, propiedad y defensa de recursos.

Estos hallazgos permiten comprender mejor cómo la violencia se integra en la dinámica social desde los albores de la humanidad, aportando claves para interpretar estructuras de poder, territorialidad y rituales en sociedades prehistóricas, según el estudio del que informa en una nota la UNED.

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