Creo intuir el secreto de Fernando Lázaro con el mundo que le rodeaba, bien fueran amigos, su familia, compañeros de trabajo…, incluso fuentes de información, siempre delicadas en el ámbito en el que se movía: Fernando era Fernando. Siempre era Fernando. Lo era cuando trataba con un policía de raso o un ministro del Interior, con una fuente fiable o un papanatas que solo buscaba entorpecer una investigación o adquirir protagonismo. Lo era con periodistas de talla como él como con periodistas como yo, recién llegado a Madrid de las ‘provincias romanas’, en un tiempo en el que, como Paco Martínez Soria, yo rondaba las calles de la ‘capetal’ mirando los edificios hacia arriba y entorpeciendo el tráfico al cruzar las calles.
Fernando comunicaba no solo con los lectores a los que suministraba exclusivas, sino con cualquiera que se cruzara en su camino. El brillo de las medallas que atesoró desde sus inicios en Diario16 -cabecera en la que también trabajé un año, en su puesta de largo en Baleares, a las órdenes de otro histórico, Fernando Reinlen– hasta su profusa y prolífica carrera en el que ha sido su diario de referencia, y que ayudó a fundar, El Mundo, nunca nos cegaron a los demás.
Es que, además, Fernando no era de medallas y parabienes, era de trabajo machacón, de lo que es un periodista sin más. Y eso que, con sorna, le recuerdo a veces quejarse de que sus fuentes no entendían de fines de semana o días libres. A un ministro le llegó a pedir por teléfono que esperara a terminar de jugar con su hijo en el parque infantil un domingo por la tarde. Luego de esto, al día siguiente cosechaba otra portada.
No digo que la de ahora no sea una etapa histórica para un periodista, pero la que coincidí en el tiempo con este periodista fue de marca mayor, en lo de malo. Porque la banda asesina ETA protagonizaba la actualidad de un país en la que los periodistas no dábamos abasto a tanto horror y sin razón.
Yo conozco a Fernando en la época en que Francisco Tomás y Valiente es asesinado a sangre fría en la universidad por Jon Bienzobas -fue mi bautismo periodístico-; la época en que los periodistas asistimos con estupor in situ al asesinato de Miguel Ángel Blanco en Ermua; la época en que los periodistas pudimos bajar al zulo donde habían torturado más de un año a Ortega Lara.
Nos acompañaban en aquel momento por la vía oficial otros dos periodistas, Fernando Delgado y Juan Delgado, que estaban al frente del gabinete de prensa del Ministerio del Interior. A Juan le vi hace no muchos años, pero de Fernando Delgado no pude despedirme: también falleció de otra larga enfermedad. Otro Fernando que impactó a este periodista pardillo al que también ayudó a hacer su carrerilla en esta profesión y al que nunca pude hacer llegar mi promesa de enviarle un jamón -me lo recordaba cada navidad, como un mantra.
Una época que no era nueva para Fernando Lázaro, quien ya nos había contado a todos, por medio de sus reportajes, las miserias de la ‘guerra sucia’ contra el terrorismo por parte del Gobierno. Ese mismo Fernando, que por todo eso debía estar ya en ese tiempo en los altares del periodismo, era el que no distinguía entre los grandes y los pequeños, como lo era yo, que veíamos en él el que queríamos ser, también en su empatía con las víctimas: porque sí, el periodismo debe ser en teoría objetivo, pero los periodistas no necesariamente, y estar con las víctimas siempre y en todo lugar debe ser subjetivo, y él lo era, y los demás aprendimos de él.
Mi último intercambio de mensajes con él tenía lugar el pasado 15 de enero de 2024, hace ya año y medio, cuando conectamos en Instagram: “Amigo. Cuánto tiempo. Un abrazo enorme”, me escribía en la mensajería interna, el último mensaje. El plan, mi plan, era entrevistarle para este diario – en el que colaboro como analista- en su calidad de reputado periodista de Interior. Lamento haber llegado tarde para hacerlo en persona, pero como sé que estás ahí arriba, haciendo ya amigos como era tu costumbre, igual preparo un cuestionario, para cuando tengas un rato.



