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miércoles, julio 29, 2026

Irán y Estados Unidos, ochenta años de escaramuzas y amenazas

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Las relaciones entre Estados Unidos e Irán constituyen una de las tensiones geopolíticas más persistentes, enrevesadas y cargadas de simbolismo del mundo contemporáneo. No se trata de una simple disputa entre Estados o ideologías: es una larga cadena de desencuentros, operaciones encubiertas, amenazas militares y guerras indirectas que han alimentado décadas de hostilidad.

Desde el derrocamiento del primer ministro iraní Mohammad Mosaddegh en 1953 hasta los recientes enfrentamientos en el estrecho de Ormuz, o el último bombardeo estadounidense sobre instalaciones nucleares en suelo iraní, el vínculo entre ambas naciones ha sido más campo de batalla que canal diplomático.

El primer gran episodio que marcaría un punto de quiebre se produjo en 1953, cuando la CIA, con apoyo británico, orquestó un golpe de Estado para derrocar a Mosaddegh, el líder democrático que había nacionalizado el petróleo iraní. En su lugar, reinstauró al Sha Mohammad Reza Pahlaví, un monarca autoritario pero alineado con los intereses occidentales.

Este hecho, aunque silencioso en su momento, fue el punto de partida de la profunda desconfianza del pueblo iraní hacia Washington. Durante décadas, Estados Unidos fue percibido por millones de iraníes no como un socio, sino como un poder imperial que intervenía en los asuntos internos de la nación.

La situación se tornó explosiva con la Revolución Islámica de 1979. El derrocamiento del Sha y la llegada al poder del ayatolá Ruhollah Jomeini marcaron el inicio de una nueva era: la de un Irán teocrático y antioccidental. Ese mismo año, militantes islámicos tomaron la embajada estadounidense en Teherán y mantuvieron como rehenes a 52 diplomáticos durante 444 días. Esta crisis generó una ruptura total de relaciones diplomáticas, humilló a la administración de Jimmy Carter y convirtió a Irán en un enemigo público en la narrativa estadounidense.

Durante la década de 1980, la guerra Irán-Irak sirvió como otro escenario de confrontación indirecta. Aunque oficialmente Estados Unidos no participó directamente, apoyó al régimen iraquí de Saddam Hussein con inteligencia y recursos, en parte para debilitar a Irán.

Esta guerra, que costó más de un millón de vidas, fue uno de los conflictos más sangrientos del siglo XX. Irán acusó a Estados Unidos de fomentar el conflicto, y las tensiones se multiplicaron cuando, en 1988, un buque estadounidense —el USS Vincennes— derribó por error un avión comercial iraní con 290 pasajeros a bordo. Washington lo calificó como un accidente; Teherán lo consideró un acto de guerra.

Durante los años 90 y principios del siglo XXI, la confrontación pasó a un terreno más encubierto. Estados Unidos impuso duras sanciones económicas contra Irán, mientras acusaba al país persa de patrocinar el terrorismo y de mantener vínculos con grupos como Hezbolá en Líbano y Hamas en Palestina.

A su vez, Irán fue señalado como uno de los países del “eje del mal” por el presidente George W. Bush tras los atentados del 11 de septiembre. Aunque Irán no tuvo relación con Al Qaeda, el discurso de seguridad global de Washington justificó el endurecimiento de su postura ante cualquier actor que pudiera representar una amenaza al orden occidental.

Uno de los episodios más relevantes de este siglo fue la creciente tensión en torno al programa nuclear iraní. Durante la década de 2000, Estados Unidos y sus aliados acusaron a Irán de desarrollar tecnología con fines militares bajo la fachada de un programa civil. Las sanciones económicas se intensificaron y las amenazas de intervención militar se volvieron frecuentes.

En 2015, tras años de negociaciones, se firmó el acuerdo nuclear entre Irán y las principales potencias mundiales, incluido Estados Unidos, lo que supuso una tregua relativa. Sin embargo, en 2018, el presidente Donald Trump se retiró unilateralmente del pacto, reimponiendo sanciones y desatando un nuevo ciclo de hostilidad.

A partir de entonces, el conflicto volvió a intensificarse. En enero de 2020, Estados Unidos realizó un ataque con drones que mató al general iraní Qasem Soleimani en Bagdad. La operación fue justificada por Trump como una medida preventiva para evitar ataques contra personal estadounidense, pero para Irán fue un acto de guerra. Teherán respondió lanzando misiles sobre bases militares estadounidenses en Irak, marcando uno de los momentos más tensos desde 1979. Aunque no hubo una guerra abierta, el fantasma de una confrontación directa se hizo más palpable que nunca.

Desde entonces, los incidentes en el golfo Pérsico, los ciberataques mutuos y las acusaciones cruzadas de espionaje han mantenido viva la tensión. Irán ha sido acusado de atacar buques petroleros, hostigar bases aliadas en la región y seguir desarrollando capacidades nucleares. Por su parte, Estados Unidos ha fortalecido su presencia militar en la región, ha aumentado el cerco económico y ha promovido alianzas con Israel y Arabia Saudí, enemigos históricos del régimen iraní.

En 2025, con Donald Trump de nuevo en la presidencia, la narrativa ha vuelto a endurecerse. El lenguaje de ultimátums, advertencias y amenazas de represalias “sin precedentes” ha reactivado el miedo a una guerra regional. Trump ha dado plazos a Irán para reducir su influencia en Siria, Iraq y Yemen, bajo amenaza de «acciones contundentes», lo que se consumó la madrugada del domingo.

Hasta ahora se había limitado a reforzar la presencia naval en el estrecho de Ormuz y aumentar las sanciones. Irán, por su parte, ha endurecido su retórica, pero ha evitado una confrontación directa. El equilibrio es frágil, pero ambos países saben que una guerra abierta podría ser desastrosa para toda la región.

A lo largo de más de siete décadas, Estados Unidos e Irán han mantenido una relación marcada por la agresividad, la desconfianza y el enfrentamiento. Aunque nunca han entrado en una guerra formal -¿podría ser ahora el momento?-, los enfrentamientos han sido constantes: desde sabotajes hasta asesinatos selectivos, desde bloqueos diplomáticos hasta ataques militares indirectos. El conflicto no se libra solo con armas, sino también con sanciones, ciberataques, propaganda y operaciones secretas. La paz, en este vínculo, ha sido siempre un paréntesis entre dos crisis.

La pregunta, entonces, no es si Estados Unidos e Irán están enfrentados, sino cuánto tiempo más podrá sostenerse esa confrontación sin cruzar el umbral de una guerra total. Porque, como ha demostrado la historia, en esta relación no hay reconciliación a la vista, solo equilibrios inestables que tiemblan con cada decisión.

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