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miércoles, julio 29, 2026

Lo que reclama Pedro Sánchez lo fijó la ONU en 1947, pero los árabes prefirieron la guerra

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

El conflicto entre árabes e israelíes en Palestina es un tema complejo que hunde sus raíces en disputas territoriales, identidades nacionales, y diferencias religiosas y culturales. El conflicto tiene su origen en la disputa por la tierra, particularmente en la región que hoy comprende Israel y Palestina. Ambas comunidades reclaman derechos históricos y conexiones a la tierra.

Después de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto, la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó un plan de partición en 1947 que dividía la tierra en un estado judío y otro árabe, precisamente lo que ahora piden algunos, como el presidente del Gobierno de España, Pedro Sánchez, con Jerusalén bajo administración internacional. Esto llevó a la creación del Estado de Israel en 1948, que supuso el desplazamiento de cientos de miles de árabes palestinos. Este éxodo, conocido como la Nakba (la «catástrofe» en árabe), sigue siendo un tema central en el conflicto.

Las guerras árabe-israelíes, especialmente la Guerra de 1948, la Guerra de 1967 y la Guerra de 1973, contribuyeron a la configuración actual del conflicto, con cambios en las fronteras y el control de territorios clave. Así, Israel ocupó Cisjordania, Gaza y Jerusalén Este después de la Guerra de 1967. La construcción de asentamientos judíos en estos territorios ha sido un tema central de controversia y ha obstaculizado los esfuerzos de paz.

Las dos Intifadas (levantamientos palestinos) y los actos de violencia han exacerbado las tensiones a lo largo de los años. Cuestiones como los controles de movimiento, el acceso a recursos y las respuestas militares han sido fuente de conflicto.

A todo ello se unen las, aparentemente, irreconciliables diferencias religiosas y culturales entre ambos pueblos. Jerusalén, una ciudad sagrada para judíos, cristianos y musulmanes, ha sido un punto focal del conflicto debido a las reclamaciones de soberanía y la gestión de lugares sagrados. Varios intentos de resolver el conflicto a través de procesos de paz han tenido resultados mixtos. Las cuestiones clave incluyen las fronteras, los refugiados palestinos, el estatus de Jerusalén y la seguridad.

Todos los posibles avances en este tiempo, que no han sido muchos, ciertamente, han saltado por los aires cuando la organización terrorista Hamás lanzó un ataque a poblaciones judías en la frontera que llevó a Israel a declarar una guerra cuyo final no está del todo claro, pero que cuenta con el apoyo mayoritario de los países, incluidas las grandes potencias occidentales, como Estados Unidos o Alemania, y de perfil de otros como España, que denuncia tanto los actos terroristas de Hamás como la ofensiva militar de Israel.

En cualquier guerra, todos pierden, y más la población civil, y más aún si esta población civil es usada como ‘escudo’ para uno de los bandos. No vemos que el ejército israelí use esta estrategia para afrontar el lanzamiento de misiles desde la Gaza de Hamás, mientras que no es descartable que la organización terrorista sí lo haga, incluso que, como han señalado algunos observadores, impida que civiles abandonen Gaza en contra de su deseo. Al final de todo eso se sabrá, porque, al final todo termina por saberse, y quien corresponda deberá responder de ello.

En particular, si, como asegura Israel -aunque todos hemos visto vídeos probatorios-, Hamás ubicó su armamento y sus lanzamisiles en lugares que cabría esperar que no fueran los esperados, como hospitales o colegios. De este modo, es obvio que un bombardeo sobre estas posiciones se llevará por delante espacios civiles con víctimas civiles, so pretexto para la parte atacante de que eran objetivos militares. Pero ¿acaso Israel habría de dejar que siguieran usándose estos espacios civiles para seguir atacando a Israel? La pregunta sobre la responsabilidad podría hacernos pensar que no está tanto en quien bombardea, como en quien, a sabiendas, pondrá esos objetivos en el lugar que causará más víctimas civiles.

¿Debemos de fiarnos en tiempos de guerra de unos o de otros? Claro que no, pero sí fiarnos de aquellas pruebas observables y recogidas por fuentes diversas independientes. Y una de ellas sitúa como una de las mentiras gordas del conflicto aquel bombardeo sobre un hospital que causó decenas de víctimas inocentes, que Hamás atribuyó, aun oliendo a pólvora, a Israel, pese a que esa masacre fue, finalmente, obra de los propios terroristas, uno de cuyos cohetes falló estrepitosamente, cayendo sobre el centro sanitario. Cosas que pasan cuando colocas los lanzamisiles en el propio aparcamiento del hospital.

Luis Miguel Belda es periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

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