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miércoles, julio 29, 2026

Manuel Montoya, general y escritor: «Pocas potencias serían capaces hoy del esfuerzo sostenido de España en la guerra de Cuba»

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Juan Manuel Llenderrozas
Juan Manuel Llenderrozas
General de Brigada de la Guardia Civil

Manuel Montoya Vicente es general de brigada de la Guardia Civil, una figura reconocida por su integridad, liderazgo y profundo sentido del deber. Nacido en Carboneras (Almería) en 1960, ha desarrollado una carrera ejemplar en la institución, ocupando destinos de alta responsabilidad tanto en España como en el extranjero, y ha sido distinguido con numerosas condecoraciones civiles y militares. Su vida profesional ha estado marcada por valores como el amor a la patria, la excelencia en el servicio y la defensa de los principios que definen a la Guardia Civil.

«Del torno al pedestal» es la tercera novela de Manuel Montoya, publicada por Bohodón Ediciones en 2025. En esta obra, el autor se adentra en el género de la novela histórica o, más concretamente, en el estudio histórico novelado, explorando la vida de Eloy Gonzalo García. La narración sigue los pasos de un niño abandonado en el torno de la inclusa de Madrid, quien, tras una vida llena de adversidades, logra ser inmortalizado como héroe nacional. Apenas seiscientos metros separan el orfanato del monumento que lo honra, pero entre ambos lugares media un abismo de miseria, superación y gloria.

El protagonista, hijastro de guardia civil, cabo de dragones y carabinero del reino, ve truncadas sus ilusiones por un desengaño amoroso que lo lleva a presidio. Condenado a doce años, solicita luchar en Cuba para redimir su pena y, en ese escenario, encuentra la gloria, la enfermedad y finalmente la muerte. La obra permite al lector intuir la personalidad de un ser humano que nunca pretendió convertirse en mito, pero que acabó siéndolo.

Manuel Montoya, consolida con «Del torno al pedestal» su faceta como autor de novela histórica, aportando una mirada rigurosa y literaria sobre figuras emblemáticas de la historia de España. Su experiencia vital y profesional, marcada por el rigor y el espíritu de servicio, se refleja en una obra que trasciende la mera ficción para convertirse en un homenaje a la resiliencia y el heroísmo. Sobre su trabajo literario le preguntamos en esta entrevista concedida a Delta13News.

Su trayectoria profesional en la Guardia Civil es extensa y reconocida. ¿En qué momento decidió dar el salto a la literatura?

Siempre he sentido una particular inclinación por la escritura y ya con catorce años participé en la capital gerundense en una final provincial de redacción. Cuando en el otoño de 2017 dejé el servicio activo, mi inquietud intelectual me llevó a lo que siempre me atrajo y cuando quise darme cuenta me vi escribiendo. Sin mayores pretensiones me presenté a algunos concursos de relato y tres años después ya atesoraba más de una quincena de premios por toda la geografía nacional.

Tras esas primeras incursiones en el relato breve, ¿qué le llevó a abordar historias de mayor recorrido y profundidad como “Una súplica en las olas”, “Hijos del destino” y ahora “Del torno al pedestal”?

Vaya por delante que considero al relato corto como un género de prosa sin el debido reconocimiento. Contar una historia breve que atrape al lector desde la primera página y que además consiga mantenerlo en vilo hasta un buen final, no es sencillo. Sin embargo, y entiendo que es una evolución natural, la riqueza en la trama y personajes de una novela siempre atrae a cualquiera autor por cuanto le concede la bondad de ahondar en un universo de matices, incompatible con el laconismo inherente al relato. En mi caso, tuve la “suerte del novato” y con mi primera novela gané el Baltasar Porcel de 2020. Nunca tuve la intención previa de escribir “novela histórica”, pero la satisfacción que me produjo en esa primera incursión la búsqueda documental de detalles sobre la batalla de Bailén o sobre la orfebrería en el virreinato de Nueva Granada, me condujo de inmediato hacia una vertiente que no quisiera abandonar.

¿Cómo surgió su interés por la figura de Eloy Gonzalo García, el héroe de Cascorro, y qué le impulsó a novelar su vida?

Desde una perspectiva humana, la orfandad absoluta es una condición dramática que siempre me ha hecho reflexionar por cuanto cabe suponer de carencias básicas y de dolor interior. Buena prueba de ello es que el argumento de mi segunda novela, “Hijos del destino”, gira alrededor de un pequeño de etnia fang que pierde a sus padres, siendo su progenitor guardia territorial de nuestra antigua Guinea. Con esa premisa, desde joven supe que Eloy Gonzalo fue inclusero, pero no indagué más en su vida hasta que casualmente en 1998, escribiendo un artículo sobre el centenario del desastre para la revista “Tierra, Mar y Aire”, leí por primera vez la impactante hazaña del bidón y la soga. En 2022, también sin pretenderlo, descubrí que nuestro héroe sirvió como carabinero del reino durante un trienio hasta que fue sentenciado a doce años de prisión militar en un consejo de guerra. Ese increíble cúmulo de dificultades y superaciones antes de alcanzar la gloria en Cuba me llevaron a la certeza de que había que hacer justicia con la memoria de ese valiente, del que nunca se había escrito una semblanza de suficiente amplitud. Bohodón Ediciones volvió a confiar en mí y así se fraguó esta novela.

«Del torno al pedestal» explora la vida de un héroe nacional que fue abandonado al nacer y olvidado al morir. ¿Qué mensaje espera transmitir al lector sobre el olvido institucional y la construcción del mito?

Dentro del drama del abandono inicial de Eloy, hay un detalle significativo y que no debe pasar desapercibido: la nota de abandono oculta entre las ropas del recién nacido. En ella, su madre da todos sus datos y los de los abuelos maternos, señal inequívoca de que no quería desligarse para siempre de la criatura. En cuanto al sentimiento que rodea a su muerte no es el de abandono, pues todo su batallón con el comandante Francisco Neila al mando están a su lado hasta el final y cuando fallece, instan al coronel del María Cristina 63 a que desplace al cementerio la música de la unidad y una sección sin armas para honrar al difunto. Comprobar en los escritos internos cómo verdaderos valientes – Neila fue el capitán al mando del enclave de Cascorro, ascendido y laureado por su defensa – llaman a Eloy Gonzalo “el héroe de Cascorro” indica la admiración que incluso entre los mejores supo granjearse el huérfano.

¿Qué fuentes históricas y documentales ha consultado para reconstruir la vida de Eloy Gonzalo con rigor y verosimilitud?

La verdad es que han sido muchas y muy diversas. En un esfuerzo de síntesis, señalar que la principal fuente primaria han sido las hojas de servicios de los mandos de compañía, sección y pelotón de Eloy y, por supuesto, la del propio héroe, obtenidas con el apoyo de los archivos de nuestro Ejército y del ministerio del Interior. En segundo lugar, la Biblioteca Nacional de España, de la que soy investigador y en la que he obtenido reseñas valiosas, en particular a través de la hemeroteca del principal periódico de la época, El Imparcial. Otro soporte esencial han sido las propias memorias de los dos principales contendientes en la “guerra necesaria”, Valeriano Weyler y Máximo Gómez, hombres disciplinados y metódicos que dejaron fiel reseña de sus vivencias diarias. Junto a esa base crucial, la ayuda personal y entusiasta de cronistas como el peñafielense Luis Miguel Velasco Peña o del chapinero Juan Pablo Domínguez Serrano, han sido cruciales para desentrañar aspectos del origen o la infancia del protagonista. Por último, mencionar la aportación especializada de compañeros del Arma de Caballería como el general Andrés Chapa o el Coronel Juan Delapuerta, o de la Guardia Civil como el coronel e historiador Félix González Román.

La novela muestra el contraste entre la miseria del orfanato y la gloria del pedestal. ¿Cómo trabajó literariamente ese abismo vital y social?

Debo reconocer que éste ha sido un aspecto que no me ha supuesto esfuerzo alguno, pues la propia vida de Eloy, con su absoluta y permanente resiliencia, genera con la mayor naturalidad esa evolución. Es precisamente el contraste que da título a la obra y que preside todas sus páginas y en el que queda patente que la vida que se narra nunca pretendió conseguir notoriedad, sino que tuvo como constante la búsqueda de una existencia sencilla.

¿Qué aspectos de la vida de Eloy Gonzalo considera más relevantes para la historia?

Eloy Gonzalo fue un superviviente, un ser capaz de caer mil veces y levantarse con más fuerza tras cada traspiés. Si algo destacaría de aquel ser humano, tal vez sea su sentido del honor, del deber. Puede parecer accesorio, pero se crió hasta los once años en casas cuartel de la Guardia Civil como “hijo del Cuerpo”. Quien conozca cuanto se respira a diario en esas unidades de vida y servicio, entenderá bien que en esas vivencias infantiles del héroe radica buena parte de su fortaleza.

El segundo aspecto destacable a mi entender fue su condición de chapinero. En su segundo abandono vital, con once años es capaz de atravesar a pie el puerto de Arrebatacapas y cubrir en dos días de marcha en solitario los más de cincuenta kilómetros que separan San Bartolomé de Pinares de Chapinería para volver al pueblo en que fue feliz y del que siempre se sintió parte. Allí vivirá después otros nueve años más hasta su ingreso en filas y nunca renunciará a definirse como “inclusero y chapinero”. Cuando tras la gloria recibió algunos premios, su mayor anhelo era regresar un día libre a la península y con unos pequeños ahorros, establecerse en el pueblo que le vio crecer.

Eloy Gonzalo nunca pretendió ser un mito, pero acabó siéndolo. ¿Hay alguna singularidad en este caso que pueda explicar la razón de la enorme movilización popular que provocó su hazaña?

En las contiendas cubanas, como en tantas otras, hubo episodios de valor extremo. Por centrarnos en esa guerra del 95 al 98, la táctica de los mambises propició enfrentamientos de entidad reducida donde el valor individual brilló en numerosas ocasiones. El episodio del incendio nocturno de la posición rebelde en Cascorro hubiera sido uno más de entre muchos anónimos, de no ser por su filtración a la prensa nacional a través del corresponsal de El Imparcial en La Habana. La noticia de que un soldado desconocido se había prestado voluntario para atacar solo y en la oscuridad una posición rebelde fuertemente armada y que había logrado la hazaña, movilizó a toda España. Toda la nación se preguntaba quién sería aquel valiente, de entre los casi doscientos mil militares desplegados en la isla. En muchas familias, hijos, hermanos o sobrinos habían sido enviados a luchar en aquellas tierras y todos se preguntaron si el valiente sería su familiar. Cuando tras una semana de suspense se conoció la identidad del héroe y que además era inclusero y voluntario – así figuraba formalmente Eloy al haber solicitado por instancia su expedición – la población sintió al huérfano como alguien muy cercano, muy suyo. Cuando ocho meses después, perdió la vida en el hospital de Matanzas, el mito acabó de consagrarse entre los españoles.

Como oficial general y doctor en Paz y Seguridad Internacional, ¿cómo ha influido su experiencia profesional en la construcción de personajes y escenarios históricos?

Esta novela no ha sido mi primera aproximación a la guerra de independencia cubana, sobre la que ya había escrito varios artículos en las revistas “Tierra, Mar y Aire” y “Guardia Civil”. De ahí que desde un primer momento estuviera familiarizado con aspectos operacionales y tácticos de la “guerra necesaria”. Ahora bien, sí debo admitir que ha sido la primera vez en que he entrado a desentrañar hojas de servicio de combatientes de aquella contienda y, desde luego, leer renglones manuscritos donde se narran mil y una peripecias humanas de todo tipo – personales, médicas, de vida y movimientos en campaña, de acciones de guerra, etc. – ha sido una verdadera experiencia personal. Como es lógico, la preparación académica y profesional ha sido de gran ayuda tanto en esta faceta centrada en los hechos de armas del protagonista como también en su trayectoria como cabo de dragones y carabinero. Por último, el doctorado me ayuda siempre por la referencia permanente que supone en pos de las fuentes primarias como base de cualquier investigación seria. Ese rigor implica muchas veces un considerable esfuerzo añadido, pero nutrirse del testimonio de quienes fueron protagonistas directos de los hechos, tiene su compensación final.

¿Qué dificultades encontró al novelar una vida marcada por el abandono, la injusticia y el desengaño, hace ya casi siglo y medio, y cómo las resolvió desde el punto de vista narrativo y ético?

De algún modo lo expongo en la introducción de la obra. Esta semblanza se sitúa en una época de la que ya no hay testigos directos. Eso supone que intentar una novela “histórica” sobre Eloy Gonzalo sea como resolver un rompecabezas en el que faltan algunas piezas que es preciso crear para que encajen del mejor modo con las muchas ya disponibles. ¿Cuáles son esos vacíos en este caso? Varios, pero por citar algunos, tal vez los dos más importantes sean: la pérdida de la hoja de servicios de su padrastro, el guardia Díaz Reyes y el extravío de las testificales del consejo de guerra ordinario de la comandancia de Algeciras en la causa número 22 con todo lo que ello conlleva. La manera de resolver los interrogantes derivados de esos espacios “en negro” son en un primer momento el auxilio de referencias secundarias extraídas de documentación diversa (escritos de remisión, certificados, etc.) y cuando no hay mayor apoyo, aplicando la lógica tras indagar en los usos y costumbres del momento. Eso desde el prisma narrativo; en la vertiente ética, con la debida prudencia y evitando que en esas etapas sin luz se narren reflexiones o realidades que puedan dañar o simplemente alterar la visión y línea general ofrecida por los datos contrastables.

¿Considera que la memoria colectiva española ha sido justa con figuras como Eloy Gonzalo, o persiste una tendencia a la instrumentalización y el olvido?

Yo pondría el acento en el olvido y en el desconocimiento. El caso de Eloy Gonzalo es singular, como lo demuestran sus monumentos en Madrid, Chapinería o San Bartolomé de Pinares, las calles con su nombre o que una película de 1932 narraba ya su gesta. Sin embargo, nuestra traumática guerra civil ha supuesto un antes y un después en nuestra memoria colectiva. Ese triste punto de inflexión ha hecho que algunas generaciones vean las guerras de Cuba, Filipinas o el norte de África como etapas muy lejanas, cuando fueron protagonizadas por los tatarabuelos de nuestros jóvenes. Es una pena que figuras como el laureado general Joaquín Vara de Rey y Rubio sean desconocidas para el gran público español cuando son estudiadas en las academias militares estadounidenses como paradigma del mando en combate. Vara de Rey mantuvo hasta la muerte la posición del Fuerte del Viso en El Caney con apenas quinientos hombres, resistiendo durante doce horas el 1 de julio de 1898 los ataques de toda una división estadounidense de casi siete mil combatientes, dotados de artillería y ametralladoras. Cuando su cadáver fue desenterrado cuatro meses más tarde del campo de batalla y trasladado a Santiago, en prueba de reconocimiento a su valor, fuerzas de los Estados Unidos con banda y música acompañaron sus restos hasta el puerto. A la salida del navío que lo trasladaba, todos los buques de guerra norteamericanos fondeados en la rada de Santiago pusieron sus banderas a media asta, disparando una salva de artillería en señal de respeto y reconocimiento al valor demostrado por el general caído en la defensa del Caney.

¿Qué importancia otorga al contexto social y político de la época en la que vivió Eloy Gonzalo para comprender su destino y su legado?

Mucha, desde luego. La España de finales del siglo XIX era una potencia en declive, pero aún con posesiones en África, Asia, América y Oceanía. Aunque desangrada durante décadas por las guerras carlistas y la desigualdad económica, social y educativa, aún fue capaz de proyectar casi doscientos mil combatientes al otro lado del Atlántico, dotarlos de un buen armamento y equipo individual y mantenerlos en combate durante tres años ininterrumpidos, consciente de que en Cuba se jugaba gran parte de su esencia. Hoy, pocas potencias, incluidos los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, serían capaces de semejante esfuerzo sostenido. Ese marco general es fundamental para entender la figura de Eloy Gonzalo y cuanto significó como símbolo popular para aquella sociedad que seguía luchando por evitar la intrascendencia española después de siglos de protagonismo en el mundo.

¿Qué papel juega la documentación militar y los archivos en la veracidad y profundidad de sus novelas históricas?

Crucial, sin la menor duda. Para quienes no conozcan la capacidad y solvencia del Instituto de Historia y Cultura Militar, organismo dependiente del Cuartel General del Ejército de Tierra, señalar que es responsable de la protección, conservación, catalogación, investigación y divulgación del patrimonio histórico, cultural, documental, museográfico y bibliográfico de la rama terrestre de las Fuerzas Armadas. Por ello, desde el IHYCM cualquier ciudadano puede acceder a los inmensos fondos documentales de la red de archivos militares que encierran con todo detalle muchas páginas desconocidas de nuestra historia. Sin la ayuda inestimable de esta base testimonial, plenamente sistematizada y compilada, cualquier trabajo histórico que pretenda rigor y generación de conocimiento sería inviable.

¿Cómo ha evolucionado su estilo y su visión literaria desde sus primeros relatos hasta esta última novela?

Posiblemente de manera paralela a mi propia trayectoria vital. Cuando empecé a escribir, como he comentado, acababa de dejar el servicio activo en destinos de máxima exigencia. En esos primeros momentos, la escritura supuso un bálsamo anímico en el que ocupar cuerpo y mente de un modo gratificante. Hoy ya, con el sosiego de estos años, la literatura supone una realización en sí misma, la manera de seguir aportando un granito de arena para recuperar con orgullo la memoria colectiva de nuestra nación.

¿Puede adelantarnos si tiene nuevos proyectos literarios en marcha y si seguirá explorando episodios y personajes olvidados de la historia española?

Hay tanto por conocer y aprender, que raro es el día que no tropiezo con alguna historia digna de generar una buena obra en memoria de cuantos sirvieron a España. La semana pasada leía con cierta tristeza cómo se produjo la toma pacífica de Agaña, la capital de Guaján, la actual Guam, en las Marianas, por parte de los Estados Unidos de Norteamérica, dejando para siempre a los queridos chamorros que aún hoy conservan muchas tradiciones españolas. Ayer mismo leía que el parque Bach Tun Diep de cuatro mil metros cuadrados, situado en el centro de Ciudad Ho Chih Ming (la antigua Saigón) fue territorio español durante seis décadas hasta 1922 y que se perdió sin reclamación alguna, o que en un cementerio hispano-francés cerca de Da Nang descansan 32 de los 500 soldados españoles que allí desembarcaron junto a 2.500 galos en 1858 en el marco de la guerra de la Cochinchina. Hay tantos hechos olvidados pidiendo que alguien los recupere para la conciencia de país…

Finalmente, ¿qué espera que el lector sienta o reflexione al cerrar «Del torno al pedestal»?

Me gustaría que esta lectura propiciara tres reflexiones, una anímica y fundamental y las otras dos, secundarias, de mera certeza histórica. La primera, la esencial, que la vida de Eloy Gonzalo, desde su nacimiento hasta su muerte, fue un ejemplo de superación frente a la adversidad y una lección para que cualquier lector valore con ánimo positivo su propia existencia por difícil que ésta haya sido o esté siendo. La segunda, que nada es tan moderno como parece y que la guerra de Cuba nació en gran parte a causa de los aranceles a la exportación del azúcar, que también quiso ser comprada antes que ocupada y que necesitó de grandes cantidades de desinformación para conseguir el apoyo del pueblo estadounidense. Por último, la tercera e ignorada popularmente, que el Ejército español nunca fue vencido militarmente en Cuba ni por los mambises cubanos ni después por los Estados Unidos de Norteamérica. En el momento del protocolo de Washington de 10 de agosto de 1898, la Capitanía General de Cuba contaba con más de 123.000 hombres bien armados, instruidos y aclimatados que controlaban todo el territorio al oeste de la trocha Júcaro-Morón, donde residía el 74% de la población de la isla y donde radicaba toda su inmensa riqueza azucarera. Además, había que añadir un numeroso contingente de voluntarios cubanos que defendían la pertenencia a España. La capitulación fue simple consecuencia del cumplimiento por nuestros militares de la decisión política del gobierno de la nación, pero no de derrota alguna en el campo de batalla.

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3 COMENTARIOS

  1. los que hemos tenido la suerte de trabajar bajo las órdenes del general don Manuel Montoya Vicente estamos muy orgullosos de ver lo grande en todos los aspectos que es este hombre que podía haber sido cualquier cosa en la vida porque Dios te ha dado una cabeza privilegiada tiene todos los valores que hacen grande a un ser humano.
    Gracias mi General.

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