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Oriente Próximo: Perspectivas históricas y geopolíticas
El análisis examina la evolución histórica y las dinámicas geopolíticas de Oriente Próximo, una región de relevancia estratégica marcada por una inestabilidad constante. Se abordan hitos clave como el impacto del acuerdo Sykes-Picot, la caída del Imperio Otomano, y la formación del Estado de Israel, además de eventos contemporáneos como los Acuerdos de Abraham y los recientes conflictos entre Irán e Israel. También se analiza el papel de actores fundamentales, como Israel e Irán, y la intervención de potencias externas como Estados Unidos y China. Este enfoque permite identificar los desafíos persistentes que dificultan la paz y la estabilidad en la región, destacando la interacción entre tensiones históricas y nuevas dinámicas estratégicas.
Oriente Próximo: Perspectivas históricas y geopolíticas
Oriente Próximo, históricamente visto como un punto de encuentro de culturas, religiones e intereses estratégicos, ha sido el telón de fondo de conflictos que han marcado la historia moderna.
Desde la caída del Imperio Otomano en 1918 hasta el aumento de las tensiones en la región en tiempos recientes, cada fase de su desarrollo histórico ha estado marcada por una inestabilidad constante y múltiples fracasos en los intentos de negociación.
En este estado de cosas, el presente análisis examinará los principales hitos históricos, los actores clave y las dinámicas geopolíticas que definen Oriente Próximo en el siglo XXI, con un enfoque particular en el papel de Israel como actor estratégico en la región.
El acuerdo Sykes-Picot, firmado en 1916 durante la Primera Guerra Mundial, fue un tratado secreto entre el Reino Unido y Francia, con el respaldo de Rusia, que sentó las bases para la división de los territorios del Imperio Otomano en zonas de influencia y control. Este acuerdo trazó fronteras en Oriente Próximo sin atender a las realidades culturales, históricas o políticas de las comunidades locales, priorizando los intereses estratégicos de las potencias europeas. Estas delimitaciones han sido objeto de un análisis crítico debido a su impacto en las dinámicas políticas y sociales de la región, así como al surgimiento de tensiones que han persistido a lo largo del tiempo .
El colapso del Imperio Otomano tras la Primera Guerra Mundial marcó el inicio de una nueva era para Oriente Próximo. La Liga de las Naciones, antecedente de la Organización de las Naciones Unidas, asignó la administración de los antiguos territorios otomanos a potencias europeas a través del sistema de mandatos. Esto introdujo una autoridad extranjera en una región profundamente arraigada en tradiciones culturales y religiosas.
En 1920, Palestina quedó bajo el Mandato Británico, con el objetivo declarado de facilitar su transición hacia el autogobierno .
Así las cosas, la Declaración Balfour de 1917, en la que Gran Bretaña expresó su apoyo a la creación de un «hogar nacional para el pueblo judío» en Palestina, constituyó un hito clave en la historia de la región. Durante las décadas de 1920 y 1930, la inmigración judía, impulsada tanto por el antisemitismo europeo como por las aspiraciones sionistas, aumentó significativamente. Este crecimiento intensificó los enfrentamientos entre las comunidades judías y árabes, mientras la incapacidad británica para gestionar las tensiones derivó en políticas contradictorias que agravaron el malestar en ambos grupos .
De modo que, la Segunda Guerra Mundial, transformó profundamente el panorama internacional, reforzando la urgencia de crear un estado judío que sirviera como refugio. En 1947, la ONU aprobó la Resolución 181, que proponía la partición de Palestina en dos estados, uno judío y otro árabe, mientras que Jerusalén quedaría bajo administración internacional. Los líderes judíos aceptaron esta propuesta, pero los árabes la rechazaron, percibiéndola como una colonia de occidente que desconocía sus derechos históricos sobre la tierra y constituía una agresión al mundo árabe .
El 14 de mayo de 1948, David Ben Gurión proclamó la independencia del Estado de Israel, marcando un momento fundamental en la historia de Oriente Próximo. La respuesta fue inmediata: una coalición de países árabes atacó al nuevo estado al día siguiente, iniciando la Primera Guerra Árabe-Israelí. A pesar de enfrentarse a una notable inferioridad numérica, las fuerzas israelíes no solo lograron defenderse, sino también expandir su control territorial más allá de las fronteras propuestas por la ONU. Este conflicto, conocido por los palestinos como la Nakba (catástrofe), provocó el desplazamiento de cientos de miles de personas y sentó las bases para un ciclo de hostilidades que continúa hasta nuestros días .
La Guerra de los Seis Días, en 1967, marcó otro punto de inflexión en la geopolítica de la región. Ante amenazas inminentes, Israel llevó a cabo una operación militar relámpago que resultó en la ocupación de Cisjordania, Jerusalén Este, Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí. Este éxito militar consolidó a Israel como una potencia regional y transformó el equilibrio estratégico en Oriente Próximo. Sin embargo, estas victorias también intensificaron el resentimiento árabe y alimentaron el nacionalismo palestino, liderado por la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), que desempeñaría un papel central en las décadas siguientes .
La victoria israelí en la Guerra de los Seis Días de 1967 marcó un cambio profundo en la geopolítica de Oriente Próximo. Con la ocupación de Cisjordania, Jerusalén Este, Gaza, los Altos del Golán y la península del Sinaí, Israel no solo consolidó su posición como una potencia militar indiscutible, sino que también alteró el equilibrio estratégico en la región. Este éxito militar, sin embargo, intensificó el resentimiento árabe y avivó el nacionalismo palestino, que se estructuró bajo la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), consolidándose como un actor clave en las décadas posteriores .
La ocupación de los territorios palestinos provocó la Primera Intifada (1987-1993), un levantamiento popular caracterizado por protestas masivas, huelgas y enfrentamientos que reflejaban el descontento de la población palestina. Durante este periodo, emergió Hamás en 1987 como una alternativa islamista a la OLP. Este grupo no solo rechazaba la existencia del Estado de Israel, sino que también se oponía a cualquier posibilidad de una solución negociada, introduciendo una dimensión religiosa al conflicto que complicaría aún más la búsqueda de la paz .
Simultáneamente, la Revolución Islámica de Irán en 1979 transformó profundamente la dinámica regional. Este movimiento revolucionario derrocó al Sha Mohammad Reza Pahlaví, cuyo régimen, caracterizado por un acelerado proceso de modernización y aperturismo hacia Occidente, había generado un fuerte descontento social. Su alianza estratégica con Estados Unidos y su alejamiento de los valores tradicionales de la sociedad iraní provocaron el rechazo tanto de las élites religiosas como de las clases populares, que veían en estas políticas una amenaza a su identidad cultural y religiosa .
Bajo el liderazgo del Ayatolá Jomeini, el nuevo régimen instauró una teocracia basada en los principios del islam chiita. En el ámbito internacional, adoptó una política exterior expansiva que combinaba apoyo ideológico, logístico y financiero a movimientos armados chiitas, como Hezbolá en el Líbano, con una retórica abiertamente hostil hacia Israel y las potencias occidentales. Esta estrategia permitió a Irán proyectar su influencia más allá de sus fronteras, al tiempo que desafiaba tanto a Israel como a las monarquías suníes aliadas de Occidente. Así, Irán se consolidó como un actor desestabilizador clave en Oriente Próximo, redefiniendo los equilibrios de poder en la región .
El apoyo iraní a Hamás fortaleció su control sobre Gaza, consolidando un frente que ha sido una fuente constante de tensión. Este respaldo ha exacerbado los conflictos regionales, como la Segunda Guerra del Líbano en 2006, en la que Israel enfrentó a Hezbolá, o los recientes intercambios de ataques balísticos y bombardeos entre Irán e Israel. Estos enfrentamientos subrayan la amenaza que representan los actores no estatales respaldados por Irán para la estabilidad de la región .
Un cambio significativo en la geopolítica regional se produjo con la firma de los Acuerdos de Abraham en 2020. Impulsados por Estados Unidos, estos acuerdos normalizaron las relaciones entre Israel y países árabes como Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Marruecos. Aunque no abordaron directamente el conflicto palestino, estos pactos representaron un avance estratégico, debilitando el aislamiento diplomático de Israel y realineando alianzas en un contexto marcado por la rivalidad entre Irán y los estados suníes .
Estos acuerdos no solo fortalecieron los lazos económicos y de seguridad entre Israel y sus nuevos socios, sino que también establecieron un muro de contención frente a la influencia de Irán en la región. Los países firmantes comparten con Israel la preocupación por las ambiciones expansionistas de Teherán, su programa nuclear y su respaldo a grupos armados como Hezbolá y Hamás. Esta alineación estratégica permite a estos estados coordinar esfuerzos para limitar el alcance de las operaciones iraníes y contrarrestar su influencia desestabilizadora .
Además, los Acuerdos de Abraham consolidaron un frente común entre Israel y varias monarquías suníes, reforzando una coalición implícita que equilibra el poder en Oriente Próximo. Este eje, respaldado por el liderazgo de Estados Unidos, busca no solo contener a Irán, sino también fortalecer la cooperación en áreas como la tecnología, la defensa y la inteligencia. Al normalizar relaciones con Israel, estos países árabes no solo mejoran su capacidad para resistir la injerencia iraní, sino que también envían un mensaje claro de que la región está avanzando hacia nuevas dinámicas de colaboración, dejando de lado las divisiones históricas en favor de objetivos comunes .
Sin embargo, este proceso también ha generado tensiones dentro del mundo árabe, especialmente con países que aún se oponen a la normalización con Israel y que ven estos acuerdos como una traición a la causa palestina. A pesar de ello, los Acuerdos de Abraham representan un hito en la política regional, marcando un realineamiento estratégico que desafía las ambiciones de Irán y refuerza un equilibrio de poder más favorable para Israel y sus aliados .
La creciente influencia de China, que en 2023 medió un acuerdo entre Arabia Saudí e Irán, añade una nueva dimensión a las dinámicas de poder en Oriente Próximo. Este movimiento subraya el interés de potencias externas en aprovechar las fracturas regionales para fortalecer su propia influencia, lo que complica aún más el panorama diplomático .
Los eventos de 2024 han intensificado las hostilidades en la región. Los ataques con misiles balísticos por parte de Irán contra Israel en represalia por la muerte de Hassan Nasrallah, líder de Hezbolá, y los bombardeos israelíes en territorio iraní han elevado el conflicto a un nivel sin precedentes. La incursión terrestre de Israel en el sur del Líbano y la presión internacional sobre grupos islamistas como Hamás reflejan un entorno donde la confrontación militar sigue siendo una herramienta clave en la política regional.
La paz en Oriente Próximo sigue siendo un objetivo complejo y distante, obstaculizado por profundas tensiones históricas no resueltas y la intervención constante de actores externos con intereses divergentes. Alcanzar una estabilidad duradera exigirá un enfoque integral que no solo contenga las ambiciones de Irán, sino que también fomente la consolidación de alianzas regionales capaces de construir un orden más estable.
Carlos Hugo Fernández-Roca es profesor del Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia de la Universidad UDIMA desde 2019, doctor en Derecho Constitucional por la Universidad Carlos III de Madrid y capitán del Ejército del Aire en excedencia.




