“Rompiendo mitos”
Una serie editorial de Carlos Enrique Pérez Barrios
La experiencia alcanza su verdadero valor cuando evoluciona junto al conocimiento
La historia de la seguridad privada puede entenderse como la historia de una profesión que ha evolucionado al mismo ritmo que las amenazas, las organizaciones y la sociedad. Sin embargo, esa transformación no comenzó en universidades, centros de investigación o laboratorios tecnológicos. Fue construida por una generación de hombres y mujeres que, con escasos recursos académicos y prácticamente sin referencias doctrinarias, aceptó el enorme desafío de proteger personas, instalaciones y bienes cuando la seguridad era considerada más un oficio que una profesión.
Aquellos pioneros desarrollaron procedimientos cuando todavía no existían metodologías estandarizadas, organizaron servicios sin disponer de modelos de gestión ampliamente difundidos y aprendieron mediante la observación, el sentido común, la disciplina y la experiencia cotidiana. Su aula fue la realidad, sus maestros fueron las circunstancias y su principal herramienta consistió en analizar cada situación para encontrar la mejor respuesta posible.
Por eso, cualquier reflexión sobre el presente y futuro de la seguridad debe comenzar reconociendo la enorme deuda que la profesión mantiene con esa generación fundadora. Sin ella difícilmente existirían las empresas, asociaciones gremiales, programas de formación y niveles de desarrollo que hoy caracterizan al sector.
El mundo cambió y la profesión tuvo que transformarse. Las organizaciones dejaron de preocuparse únicamente por la protección física para incorporar continuidad del negocio, gestión integral de riesgos, protección de la información, resiliencia, inteligencia empresarial y seguridad digital. Simultáneamente, la delincuencia incorporó nuevas tecnologías, desarrolló estructuras transnacionales y alcanzó niveles de sofisticación impensables décadas atrás.
Ese escenario obliga a superar una falsa confrontación: decidir si vale más la experiencia o el conocimiento. No compiten entre sí. Se complementan y se fortalecen mutuamente.
La evolución nunca ha sido enemiga de la experiencia
Toda profesión madura llega a momentos en los que debe revisar sus certezas. La medicina abandonó tratamientos considerados durante siglos incuestionables; la ingeniería transformó métodos cuando aparecieron nuevos materiales; la aviación modificó procedimientos cuando la investigación demostró que existían alternativas más seguras.
Ninguna interpretó el conocimiento como una amenaza contra quienes habían ejercido durante décadas. Por el contrario, comprendieron que cada avance permitía responder mejor a los desafíos de su tiempo.
La seguridad no constituye una excepción. Cada nueva amenaza obliga a desarrollar procedimientos diferentes, cada avance tecnológico modifica la protección de los activos y cada transformación empresarial amplía nuestro campo de acción. En consecuencia, la experiencia continúa siendo indispensable, pero necesita dialogar permanentemente con el conocimiento para conservar toda su utilidad.
Allí aparece un fenómeno profundamente humano. Después de dedicar décadas a una profesión resulta natural confiar en los métodos que permitieron alcanzar resultados. También es comprensible cierta resistencia cuando nuevas herramientas modifican formas tradicionales de trabajar. Nadie disfruta abandonar aquello que domina para volver a sentirse aprendiz.
Sin embargo, precisamente allí comienza la diferencia entre quien entiende la experiencia como un punto de llegada y quien la concibe como una plataforma para continuar creciendo.
El verdadero profesional nunca deja de aprender porque comprende que cada nuevo conocimiento no disminuye su trayectoria: la fortalece. La experiencia proporciona criterio para interpretar la información; el conocimiento actualizado permite aplicar ese criterio sobre una realidad diferente.

Aprender también es una decisión profesional
La actualización no comienza cuando una empresa incorpora una nueva tecnología o un cliente exige procedimientos diferentes. Comienza cuando cada profesional acepta que aprender constituye una responsabilidad permanente y no una etapa limitada a los primeros años de su carrera.
Quien mantiene esa disposición descubre que la experiencia adquiere un significado distinto. Cada libro, congreso, diplomado, conversación profesional, investigación o nueva herramienta amplía el valor de lo aprendido anteriormente. La experiencia deja de representar simplemente años trabajados y se convierte en conocimiento vivo que evoluciona junto con la profesión.
Por ello, la verdadera autoridad profesional no nace exclusivamente de los años acumulados, sino de la capacidad para integrar lo aprendido ayer con aquello que el presente exige conocer. Esa integración permite algo todavía más importante: que el profesional experimentado pueda orientar a las nuevas generaciones sin renunciar a aprender también de ellas.
Una profesión obligada a evolucionar
La seguridad comenzó como una actividad eminentemente operativa, pero progresivamente incorporó disciplinas que décadas atrás parecían ajenas a su campo. Hoy resulta difícil concebir una organización moderna sin hablar de gestión de riesgos, continuidad del negocio, inteligencia estratégica, protección de información, ciberseguridad o resiliencia.
Esa transformación explica por qué la formación permanente dejó de ser una opción. Ningún profesional puede responder adecuadamente a problemas nuevos utilizando exclusivamente soluciones diseñadas para una realidad que ya cambió.
La experiencia aporta criterio, pero necesita alimentarse de conocimiento para conservar su capacidad de respuesta. Del mismo modo, el conocimiento necesita apoyarse en la experiencia para evitar convertirse en teoría desconectada de la realidad. La fortaleza no surge de privilegiar uno sobre otro, sino de integrarlos.
Por eso resulta simplista afirmar que los jóvenes poseen conocimiento mientras los veteranos poseen experiencia. Existen profesionales jóvenes con extraordinario criterio y veteranos que nunca dejaron de estudiar. También existen personas con importantes credenciales académicas que necesitan adquirir experiencia y profesionales con décadas de servicio que dejaron de actualizarse.
La diferencia no está determinada por la edad, sino por la actitud frente al aprendizaje.
En un entorno donde las amenazas evolucionan permanentemente, quien deja de aprender comienza, casi sin advertirlo, a perder capacidad para comprender aquello que debe proteger. No porque desaparezca lo aprendido, sino porque el mundo continúa avanzando mientras él permanece inmóvil.
El relevo no significa sustitución
Los profesionales que construyeron esta industria poseen un patrimonio que ningún libro puede reemplazar. Vivieron procesos que las nuevas generaciones conocen mediante relatos, enfrentaron situaciones imposibles de describir completamente en un manual y desarrollaron criterio después de muchos años tomando decisiones bajo presión. Ese conocimiento debe preservarse y transmitirse.
Pero las nuevas generaciones también poseen una responsabilidad. El acceso a universidades, diplomados, certificaciones y tecnologías no puede conducirlas a subestimar la experiencia de quienes las precedieron. La formación académica proporciona fundamentos; la realidad incorpora variables humanas que solamente la práctica permite comprender.
Por ello, el verdadero relevo generacional no consiste en sustituir una generación por otra. Consiste en lograr que ambas se enriquezcan mutuamente.
Mientras unos transmiten experiencia, criterio y prudencia, otros incorporan metodologías, tecnologías y perspectivas diferentes. Cuando esa relación se construye sobre respeto mutuo, desaparece la competencia entre experiencia y conocimiento y comienza a consolidarse una comunidad profesional mucho más sólida.

Experiencia y conocimiento: una alianza de futuro
El futuro de la seguridad no pertenece necesariamente a quien acumula más años de servicio ni a quien exhibe más certificaciones. Pertenece a quienes comprenden que el aprendizaje es permanente y que la excelencia nace de integrar experiencia y conocimiento.
Las organizaciones necesitan líderes capaces de escuchar antes de imponer, enseñar sin dejar de aprender y comprender que el cambio representa una oportunidad para fortalecer la profesión.
En ese contexto, la humildad intelectual se convierte en una condición indispensable del verdadero profesional. Solo quien acepta que todavía tiene algo por aprender conserva la capacidad de evolucionar junto con la realidad que debe proteger.
La seguridad no puede permanecer anclada en el pasado, pero tampoco debe renunciar a él. Necesita conservar la experiencia acumulada mientras incorpora continuamente nuevos conocimientos. Allí se encuentra la verdadera alianza capaz de prepararnos para los desafíos que todavía no conocemos.
El legado
Toda generación tiene la responsabilidad de entregar a la siguiente una profesión mejor que aquella que recibió.
Quienes ayudaron a construir la seguridad privada tienen, por tanto, una responsabilidad que trasciende sus propios logros: convertir su experiencia en conocimiento transmisible. No basta con recordar lo vivido; hay que enseñar por qué se tomaron determinadas decisiones, cuáles errores dejaron enseñanzas y qué principios demostraron conservar su valor a través del tiempo.
Las nuevas generaciones, por su parte, deberán recibir ese patrimonio con respeto, estudiarlo, cuestionarlo cuando sea necesario y enriquecerlo con nuevos conocimientos.
Ese será el verdadero legado: no dejar seguidores que repitan nuestras respuestas, sino profesionales capaces de encontrar respuestas mejores.
Porque llegará el momento en que quienes hoy enseñan ya no estarán presentes para orientar cada decisión. Entonces descubriremos si realmente cumplimos nuestra responsabilidad: cuando otros puedan avanzar apoyándose en nuestra experiencia, pero sin quedar prisioneros de ella.
La experiencia no debe convertirse en una muralla que proteja el pasado. Debe ser el puente sobre el cual las nuevas generaciones puedan construir el futuro.
Frase doctrinaria
“La experiencia enseña lo que ayer funcionó; el conocimiento permite comprender lo que mañana será necesario. El verdadero profesional une ambos para nunca dejar de aprender.”
Carlos Enrique Pérez Barrios es Magíster en Seguridad y Defensa Nacional, Consultor Internacional en Seguridad, Director General de Global Security Academy, conferencista y articulista, y autor de las obras: ‘Control de Riesgos – Manual para Estudios de Seguridad‘; ‘El Factor M‘ y ‘Venezuela: Reconstrucción desde las Cenizas‘




