El próximo 20 de enero, Donald Trump jurará el cargo de presidente de los Estados Unidos de América e iniciará su segundo mandato, sin posibilidad de reelección, ya que disfrutó del primero en el periodo 2017-2021, cuando fue sustituido puntualmente por Joe Biden. Este segundo mandato es un acontecimiento histórico por muchas circunstancias, siendo una de las principales la polarización que está sufriendo el mundo desde comienzos de este siglo.
Durante la Guerra Fría (1945 – 1991) que comenzó a término de la Segunda Guerra Mundial, los antagonistas eran Estados Unidos y el Bloque Occidental, mayoritariamente representado por Europa y la OTAN, junto con los aliados de Extremo Oriente (Corea del Sur, Japón, Australia, Nueva Zelanda), frente a la URSS y el Pacto de Varsovia (conjunto de países del Este de Europa detrás del Telón de Acero, condenados a sufrir regímenes comunistas durante todo el período, hasta la caída del elefante soviético).
El resto del mundo se denominó Países No Alineados, un cajón de sastre donde había un poco de todo, desde simpatizantes de la URSS hasta simpatizantes del Bloque Occidental, sin olvidar que había países genuinamente neutrales, ya fuera porque no tenían peso político específico en la escala internacional, o porque actuaban conforme a sus intereses coyunturales.
Desde la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, el mundo ha evolucionado hacia la globalización, un fenómeno general de comunicaciones e intercambios mercantiles y culturales (el turismo es otro fenómeno también globalizado) que ha propiciado la aparición de nuevos jugadores en la partida geopolítica y que en la actualidad ha dado forma a nuevas asociaciones, que van tomando forma de bloques también, como en la Guerra Fría. La aparición de los BRICS, conformada inicialmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica en 2010 y ampliada posteriormente el 1 de enero de 2024 con la incorporación de Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán, ha constituido la asociación de un conjunto de naciones con más de 3.000 millones de habitantes y aproximadamente el 40% del PIB mundial. Estos datos indican el peso de esta nueva entente, de carácter mayoritariamente mercantil, pero que sin duda crea alianzas con otros perfiles dentro del grupo de miembros.
En el contexto de los diferentes y graves conflictos que asolan el planeta, es importante tener en cuenta la agresión rusa a Ucrania y los conflictos de los terroristas de Oriente Medio con Israel, apoyados mayormente por los ayatolás iraníes. No debemos olvidar las ansias anexionistas de China con Taiwán ni la colaboración de países como Corea del Norte e Irán con Rusia, proveedores de hombres y armamento que han permitido al régimen de Putin mantener su invasión en el Este de Europa y causar graves daños a Occidente con el subterfugio de la guerra híbrida.
Barcos rusos con bandera de conveniencia (incluso bandera china) no han parado de dañar instalaciones energéticas o de comunicaciones de la vecina Europa, adscrita casi en su totalidad a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Con un modus operandi muy simple: barcos de escaso valor o prácticamente en estado de desguace arrastran sus anclas en zonas de cableado o tuberías de conducción de suministros, y al engancharlos, los destruyen del tirón. Una fórmula muy sucia y barata de hacer una guerra soterrada a los países europeos que apoyan a Ucrania.
Los Estados Unidos de América tienen su propia problemática, al margen de su pertenencia a la OTAN y su apoyo con armamento, dinero y asesoramiento a Ucrania. Ellos padecen la plaga del narcotráfico procedente de México, la inmigración que sigue la misma ruta y otros conflictos regionales, como el del Canal de Panamá. El nuevo presidente estima que lo controlan los chinos y que además los barcos americanos pagan mucho por acceder al mismo. Por no mencionar la guerra de aranceles que se avecina. Estados Unidos amenaza a todos los países del mundo con cambiar su política arancelaria para todos aquellos que, de una u otra forma, creen problemas al coloso transatlántico.
En vigencia del cuadro descrito, Donald Trump tomará posesión como 47º presidente de los Estados Unidos (ya fue el 45º también, Joe Biden es el 46º) y ya está tomando decisiones sobre próximos nombramientos, entre los que figura Elon Musk como encargado de los recortes de presupuesto superfluo.
Los retos que encarará Trump no son menores, entre ellos los citados con México, el Canal de Panamá, Canadá, la OTAN, China, Corea del Norte, Rusia, Irán… o la nueva ocurrencia de nuestro feliz nuevo inquilino: hacerse con Groenlandia, propiedad de Dinamarca en la actualidad. Los Estados Unidos tienen nuevos e insoslayables retos en el siglo XXI, que hacen temer por su posición como número uno de las naciones de la Tierra. Aunque su posición como gran potencia es indudable a corto y medio plazo, en el largo plazo no está tan claro, a menos que sepan planificar, mirar al futuro con luces largas y actuar en consecuencia.
Trump y la agenda para su mandato
El presidente electo tiene una agenda para 4 años y para más, pues Estados Unidos tiene un peso en el contexto internacional del que no puede escapar. Si miramos únicamente el contexto militar, Estados Unidos tiene más de 800 bases en el mundo entero, con sus correspondientes dotaciones tanto de medios materiales como humanos. Ese solo punto ya llena muchas hojas del calendario, pero además tiene otros frentes a los que atender y que son ineludibles, más aquellos de nueva creación, “made by Donald”.
En Panamá, el tratado Torrijos-Carter de 1977 concluyó con la entrega pacífica y en plena soberanía del canal al citado país, que desde entonces lo ha administrado e incluso ha ampliado las instalaciones, abriendo el 26 de junio de 2016 un nuevo ramal para barcos más grandes y de mayor calado. En la actualidad, los precios aplicados al paso de barcos estadounidenses y la percepción del nuevo mandatario americano sobre el verdadero control del canal (Trump dice que son los chinos los que mandan) hacen que éste se encuentre incómodo con la situación, renegando de la solución Carter y amenazando con retomarlo por la fuerza si fuera necesario. En esta cuestión, teniendo en cuenta el interés del mundo por mantener libre y abierta dicha vía, el presidente electo de Estados Unidos deberá hacer ejercicios diplomáticos de altura con el país administrador, para que las soluciones satisfagan a todas las partes y no lleguemos a un nuevo imperialismo norteamericano en una de las rutas más transitadas y más necesarias del mundo.

Canadá es otro de los puntos de la agenda del nuevo presidente. Los conflictos con el vecino del norte son amplios y no menores, pues ambos se quejan de desigualdad de trato en sus intercambios. Algo que resulta absurdo, ya que ambos países están muy imbricados política y comercialmente, y las relaciones de vecindad son de apoyo y de beneficio mutuo con el intercambio de materias. Ambos disponen de lo que le falta al otro en todos los campos habidos y por haber, y todo lo que tienen que hacer es ponerse de acuerdo con tratados de más profunda implicación y de fronteras abiertas, pues estos dos países están condenados a entenderse.
Piénsese que juntos conforman un continente de 20 millones de kilómetros cuadrados y de casi 400 millones de personas, un mercado único que los convierte en la primera potencia económica mundial, con 30 billones de dólares americanos en conjunto, casi el 30% del PIB mundial, cifrado en 105 billones ahora. Trump ha tenido la salida de pata de banco de recomendar a su homónimo canadiense que pida la inclusión en la Unión como Estado n.º 51, a fin de disfrutar de todas las ventajas (e inconvenientes) de pertenecer a los Estados Unidos. Naturalmente, los canadienses han dicho que no, celosos guardianes de sus raíces británicas y francesas que no quisieron integrarse ya en tiempos de la Declaración de Independencia. Pero cualquier conflicto comercial o fronterizo entre estos dos países debe ser resuelto por la vía diplomática, en aras de la buena vecindad y compromisos que les unen. Los recursos naturales de ambos son infinitos, y juntos, de los más importantes del planeta, y por lo tanto todas las ventajas derivadas de ello benefician a ambos.
El interés norteamericano por Groenlandia viene de lejos. No hay que olvidar que este océano tiene como países limítrofes o muy próximos a Estados Unidos, Canadá, Groenlandia/Dinamarca, Islandia, Reino Unido, Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. El Ártico lleva años cerrando cada vez menos las rutas marítimas por causa del hielo en invierno, y eso lo convierte en un paso entre continentes que ahorra muchos días de navegación. Es además un tesoro de reservas naturales, como metales, gas o petróleo, al tiempo que un extraordinario teatro de operaciones militares en una zona geoestratégica de primer orden.
Otros países como China u otras grandes potencias podrían tener apetencias comerciales o militares en la zona. Por ello, el escenario es propio para que una gran potencia como Estados Unidos, ligada a Europa por razones culturales, económicas y geoestratégicas, desee que esta plataforma multiusos no caiga bajo la férula de ningún competidor, y obviamente los únicos que tienen la potencia suficiente para disuadir a cualquier otro merodeador interesado son ellos.
Al igual que los Estados Unidos de América compraron Alaska (1.518.800 km²) a los rusos en 1867 por 7,2 millones de dólares, el presidente Truman ofreció durante su mandato, en 1946, 100 millones de dólares a los daneses por Groenlandia. Esta tiene algo menos de 60.000 habitantes y es una autonomía dependiente de Dinamarca desde 2009. Anteriormente era de administración enteramente danesa. Esta isla-continente tiene 2.522.000 km² de extensión, más de 1.000.000 km² mayor que Alaska. Ya tuvo una base de ensayos nucleares estadounidense clausurada en 1967, Camp Century, y en la actualidad desconocemos si existen otras instalaciones de este tipo.

De ser así, serían emplazamientos secretos. El electo presidente Trump considera una necesidad de primer orden para la seguridad de su país el dominio de este territorio, por lo que los tratos con los locales nativos y el gobierno danés no han cesado. En 2019, el entonces 45º presidente estadounidense volvió a ofrecer comprar la isla, pero el primer ministro danés, Kim Kielsen, le dijo que “Groenlandia no está a la venta y no puede venderse, pero Groenlandia está abierta al comercio y a la cooperación con otros países, incluido Estados Unidos”.
Los inuit, nativos groenlandeses, están abiertos a las relaciones comerciales y desean mayor autogobierno para su isla, aunque la defensa es responsabilidad de Dinamarca. Obviamente, Groenlandia está defendida por una potencia de la OTAN, pero no con la suficiente consistencia como para disuadir a merodeadores interesados (léase Rusia y China). Por ello, la relación reforzada con los Estados Unidos parece imprescindible, en interés de todas las partes, incluida la Unión Europea y la OTAN.
De este modo, resulta obligado que Estados Unidos sea el socio preferente y paraguas protector del territorio, anticipándose a futuros usos comerciales, viajeros y de todo orden en la zona y en el Océano Ártico, que, debido a los deshielos, que en algunos casos llegan a ser casi permanentes, ha adquirido una importancia que no tenía cuando el mar estaba cubierto de hielo.
Verdaderas prioridades norteamericanas para los años venideros
El electo 47º presidente de Estados Unidos, Donald John Trump, y su nueva administración, están interesados en detener la inmigración procedente del sur, así como en acabar con el narcotráfico mexicano, para lo cual están dispuestos a considerar terroristas a las bandas organizadas del comercio de sustancias. Esto les acarreará complicaciones con la administración del país vecino, que deberán resolver mediante acuerdos.
Si bien en otras zonas del mundo Estados Unidos interviene con sus equipos en operaciones militares especiales para eliminar amenazas, no imaginamos a los Navy Seals o a los Boinas Verdes penetrando en México de modo subrepticio para organizar una masacre de bandas de narcos tras otra. Para esto, así como para el tema de la inmigración, deberán actuar por la vía diplomática, con la consabida política de palo y zanahoria (recordemos el modo de uso de diplomacia y fuerza por parte estadounidense: generosos con los amigos, duros con los enemigos, y política de estímulo y castigo para países remolones, que, aun estando de acuerdo con la primera potencia, se resisten a implementar sus políticas).
Así pues, Marco Antonio Rubio, de 53 años, de ascendencia cubana y bilingüe en español e inglés, secretario de Estado in pectore, tendrá ardua tarea para explicarles a sus colegas mexicanos lo que Estados Unidos desea en estas materias. Por el bien de ambos países y en evitación de males a la imbricada economía de intercambios mutuos, le deseamos al nuevo secretario de Estado todos los éxitos necesarios para llevar adelante estas dos iniciativas.
En la cuestión canadiense, no dudamos que las relaciones de buena vecindad e intercambio, así como la cooperación militar entre ambos países, no se verán perturbadas por la llegada del nuevo mandatario. Antes bien, esperamos que reconduzcan sus relaciones y que los dos vecinos lleguen al entendimiento pleno, pues como ya hemos dejado expresado, ambos países tienen lo que el otro necesita en muchos campos, por lo que un entendimiento entre ambos vecinos y socios es muy deseable para el resto de los asociados occidentales y para el mundo en general. Bien es sabido que los norteamericanos quieren utilizar la guerra de aranceles como la parte “palo” de su política exterior. En la parte “zanahoria” estarán los beneficios que ambas partes obtendrían de sus acuerdos en lugar de confrontaciones. Esta política será así para ambos vecinos de Estados Unidos, los del norte y los de más abajo del Río Bravo.

En otros escenarios, Trump deberá hacer frente a la guerra en Ucrania, lo quiera o no, y aunque le parezca al electo presidente que la paz a cualquier precio sería una cosa buena, se olvida de algo extremadamente importante: una victoria rusa sin restricciones pondría a Europa bajo la bota del oso del Este, con Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Moldavia y Bielorrusia como siguientes víctimas propiciatorias. Está claro que a Donald J. Trump le gustaría usar la zanahoria con su viejo amigo Putin, pero los intereses geoestratégicos de Estados Unidos le obligarán, sí o sí, a enseñarle el palo, pues Estados Unidos, por muchos intereses que tenga en otras partes del mundo (Próximo Oriente, Lejano Oriente, todas las Américas y nuevos escenarios que irán surgiendo), no será lo que es sin su principal socio militar y comercial, la Vieja Europa, ya sea la UE o la OTAN.
Así pues, muchísimo cuidado con la resolución del capítulo Ucrania, pues si se cierra en falso, volveremos a las andadas, y lo que no se ha querido hacer esta vez, marcar las líneas rojas a Rusia, se deberá hacer más adelante de otra manera menos “amable”. Putin se está comportando en el interior de Rusia como un nuevo Stalin y en el exterior como un nuevo Hitler, y ya sabemos lo que sucedió cuando las potencias occidentales permitieron la remilitarización del Sarre en Marzo de 1936, o el Pacto de Munich de 1938 con la entrega de los Sudetes. Los alemanes acabaron en el Cáucaso.
Una de las cuestiones a las que deberá hacer frente el nuevo presidente de Estados Unidos es la guerra sucia híbrida que está llevando a cabo Putin, con sus ciberataques y sus viejos barcos fantasma bajo bandera de otros países. Los cortes de cables de comunicaciones y de tuberías de suministro mediante arrastre de anclas por el fondo del mar deben cesar, por las buenas o por las malas, porque son acciones de guerra no declarada que Occidente no debería tolerar. Por ello, más vale no firmar Versalles que duren 20 años, que esto ya lo hemos visto y vivido. En este asunto, deseamos a Trump la mejor coordinación con la OTAN y la UE para resolver la guerra de Ucrania y poner fin a esta cuestión.
En el Próximo Oriente, los éxitos obtenidos por Israel contra Irán y sus aliados terroristas en Gaza y Líbano deben ser aprovechados para dar definitivamente un vuelco en la zona a favor de la paz. Los hechos del 7 de octubre de 2023 han resultado en una caída de fichas de dominó, y la reciente debacle del régimen sirio pone la partida en la zona muy favorable para los socios occidentales, si bien hay que jugar los dados con extraordinaria habilidad. Sacar a Rusia de la zona, tumbar a Irán y al mismo tiempo vigilar a los nuevos señores de Siria no es tarea fácil, al tiempo que se ataca definitivamente a los hutíes de Yemen para que el tráfico seguro del Estrecho de Ormuz sea un hecho incontestable.
Como los acontecimientos están relacionados, jugar esta partida con decisión y habilidad es prioritario para los estadounidenses: eliminar la influencia rusa en esa área, eliminar el poder iraní ayudando a dicho pueblo a liberarse de los barbudos del turbante, consolidar el poder e influencia israelí en el sur de Siria y en Líbano y eliminar el peligro procedente de Yemen es una simultánea de altos vuelos, que si se consigue, repercutirá favorablemente a favor del poder estadounidense en otras partidas en juego.
Al enfrentarse a todos estos escenarios, Trump estaría protegiendo los intereses de su país en la gran partida que mantiene en el Lejano Oriente con China. El Mar de China Meridional y el estrecho que separa Taiwán de China es un punto muy caliente. Estados Unidos está bien secundado en la zona por Corea del Sur, Japón y Australia, y los chinos no paran de engrandecer sus flotas de guerra, tanto en el mar como en el aire, con vistas a la gran invasión: la que tienen pendiente desde 1949, para recuperar Formosa (Taiwán) y unirla definitivamente al régimen de Pekín. En este escenario, la panoplia desplegada por ambos contendientes es amplia. Los chinos han hecho una expansión diplomática mundial sin precedentes, solo comparable a la del gigante americano, mediante la adquisición de derechos en los cinco continentes.
Empresas, puertos marítimos y aéreos, bases de cooperación militar y préstamos a países en necesidad han convertido la política exterior china en un inmenso desafío de orden mundial a los estadounidenses y a todo el conjunto de sus aliados en cualquier parte del globo, y la integración dentro de los BRICS, asociación de la que China es líder incontestable, le otorga aún más poder y credibilidad al desafío chino.
Es por esta gran partida que hemos comentado antes que las victorias parciales en el resto de escenarios son vitales para Estados Unidos, pues refuerzan el poder de sus aliados al tiempo que merman el del contrario. En esta nueva Guerra Fría (no tan fría) que lleva varios años en marcha, restar influencia a Rusia, empobrecerla e incluso atraerla al bando propio con reglas claras de juego, al tiempo que derrotar a Irán y restar la pieza siria, pueden ser victorias parciales necesarias para el equilibrio geoestratégico. Los acuerdos de paz con Rusia, al resolver la cuestión de Ucrania, deben dejar claro al gigante del Este que los intercambios solo serán posibles en un escenario de paz y que la cooperación y no la guerra es la fórmula para el éxito del progreso de los pueblos.
Mientras tanto, la independencia energética (y el abaratamiento de costes) es más que nunca necesario para Occidente y esa es la mejor página del libro que los socios del Oeste pueden mostrar a Putin: con nosotros, negocios y prosperidad. Sin nosotros, ostracismo y ruina. En mi opinión el lenguaje firme y las reglas claras son la mejor arma para enfrentar a cualquier tirano de esta categoría, pues la historia nos enseña que las políticas de apaciguamiento conducen finalmente a conflictos más grandes, mucho más sangrientos y muchísimo más caros.
Y en el conjunto de todos estos juegos de guerra y paz que necesariamente se tienen que resolver, un mayor acercamiento a India y a países de América del Sur restarían peso y protagonismo al bloque liderado por China. India es un gran país emergente que ya tiene el 4º o 5º PIB más importante del mundo, pero aún debe homologarse con China para que el peso específico de esta naciente potencia incline la balanza. India es miembro BRICS al tiempo que socio de occidente y por ello, la cooperación con este gran país es absolutamente necesaria.
Si recientemente los chinos están llevándose inteligencia estadounidense a sus nuevos Silicon Valleys chinos, amenazando con desmantelar el original en California, los estadounidenses deben hacer ofertas cuantiosas a los genios indios, que los tiene y muchos, suficientes para atender las necesidades de ambos países. Una cosa debe tener clara el nuevo presidente, todos sus asesores y todo el “think tank” norteamericano reunido: en 1992 Clinton dijo “es la economía, estúpido” y ganó las elecciones. En el siglo XXI “es la tecnología, estúpido”. O Estados Unidos y sus dirigentes entienden eso, o la brecha tecnológica, más que cualquier otra, les hará perder el liderazgo. Estados Unidos necesita multiplicar por diez, al menos, su número de cerebros en tecnología punta para equilibrar la partida con China, que está demostrando que es un competidor de altura en todos los campos donde la ciencia moderna pueda ser de aplicación.
No le vendría mal tampoco al país liderado por Trump echar un vistazo a la inteligencia disponible en todos los rincones de las Américas e importar todo cerebro brillante que encuentre. Máxime teniendo en cuenta que los Estados Unidos tienen ya 62 millones de hispanohablantes, en su mayoría bilingües. Nunca es mal año para dominar más lenguas.
Otra cuestión no menor para el gran país del norte de América es la demografía. Citamos unos datos que hemos tomado de una fuente fiable: CNN. El informe mostró diferencias en las tasas de fertilidad total por raza: entre las mujeres blancas no hispanas, ningún estado tuvo una tasa de fertilidad por encima del nivel de reemplazo; entre las mujeres negras no hispanas, 12 estados lo alcanzaron; y entre las mujeres hispanas, 29 estados lo lograron.
Para las mujeres blancas no hispanas, la tasa de fertilidad total más alta se registró en Utah, con 2.099,5, y la más baja en el Distrito de Columbia, con 1.012. Entre las mujeres negras no hispanas, la tasa de fertilidad total más alta se registró en Maine, con 4.003,5, y la más baja en Wyoming, con 1.146.
Siguen aumentando los nacimientos prematuros en Estados Unidos
Para las mujeres hispanas, la tasa de fertilidad total más alta se registró en Alabama, con 3.085, y la más baja en Vermont, con 1.200,5, y Maine, con 1.281,5. El informe tenía algunas limitaciones, incluyendo que, para algunos grupos de mujeres, el número de nacimientos utilizados como base para calcular la tasa de fertilidad total era pequeño. Sin embargo, en general, “aunque casi todos los estados carecen de una tasa de fertilidad total que indique que su población total aumentará debido a los nacimientos, estos resultados demuestran que existe una variación en los patrones de fertilidad dentro de los estados entre los grupos según la raza y el origen hispano”.
De esta lectura se deduce que, si bien el estamento blanco de procedencia anglosajona o europea constituyó originalmente la base de la población desde el Mayflower (1620), la evolución posterior, debido a que Estados Unidos es un país muy grande y ha logrado poblarse gracias a las emigraciones desde todos los puntos del planeta, actualmente es la minoría más importante, no llegando ya al 50% de la población total (aproximadamente un 41,5%), y el resto está compuesto por hispanos (20%), afroamericanos (12,5%), asiáticos (6%), multirraciales (10%) y otras procedencias (10%).
Las tasas de fertilidad por mujer son variables por etnias y regiones o estados, y también dependiendo del extracto socioeconómico de la comunidad de pertenencia. Y, aunque la tasa de fertilidad (hijos por mujer en Estados Unidos) es de 1,64 (y bajando, tendencia generalizada en el mundo entero), no lo es para el conjunto de las mujeres norteamericanas, y dentro de ellas el grupo blanco de procedencia anglosajona o europea tiene las tasas más bajas. Con lo que, a futuro, la composición por grupos de procedencia étnica en Estados Unidos va a seguir variando, siendo la tendencia más clara la de la disminución del grupo denominado blanco de procedencia anglosajona o europea.
Por ello, Estados Unidos, de cara al mantenimiento de la influencia de su imperio global en el mundo, debe plantearse muy claramente, en primer lugar, atraer e integrar inteligencia adquirida fuera a modo de recursos humanos, cuanto más masivos mejor. Preferentemente podrá hallar viveros en India, el sureste asiático y en Hispanoamérica. Además, deberá esforzarse en elevar el nivel cultural del conjunto de la población, para poder mantener el estilo de vida y el modelo económico y sociológico.
Si consideramos que China tiene más de 1.400 millones de personas y la India también, es claro para los estadounidenses que deberán afrontar un crecimiento de su población que les permita mantener la pirámide demográfica en geometrías aceptables; de lo contrario, el envejecimiento y la caída en el número de habitantes serán inevitables.
Otro punto que debería preocuparles es que el PIB europeo en ningún caso debería caer, por pura cuestión de supervivencia. Hace 20 años, el PIB de la Unión Europea y de Estados Unidos estaba en cifras similares, pero en la actualidad, los norteamericanos, con menos población (350 millones frente a 500 millones), superan a la UE en una proporción de 1,5 a 1. Puede parecer un éxito para Estados Unidos, pero no lo es, porque el porcentaje de incidencia en el PIB mundial se reduce cada año a favor de potencias emergentes. Es prioritario que Estados Unidos considere de interés para su seguridad nacional el que Europa siga siendo un bloque próspero, al tiempo que debería preocuparse por hacerlo más compacto, en aras de un fortalecimiento mutuo de poder.
Todas estas cuestiones —económicas, políticas, demográficas, militares, culturales y de todo orden— deberán ser examinadas por los “think tanks” estadounidenses, de modo que puedan dar respuesta a los desafíos globales. Pues el mundo del siglo XXI cambia a tal velocidad que cada 10 años habrá que revisar todo lo pensado y planificado, y estos son los signos de estos tiempos.
Por Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años




Gran fortuna contar con el maestro Antonio.