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martes, julio 28, 2026

¿Y si el problema no es la excepción, sino la regla? Una lectura criminológica de nuestro día a día

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El trabajo académico original puede descargarse en este enlace:

Y si el problema no es la excepción, sino la regla. Una lectura criminológica de nuestro día a día

Vivimos en la era del ruido

Cada mañana, antes de que el café esté listo, ya hemos consumido tres titulares contradictorios, dos vídeos cortados por la mitad y una opinión presentada como dato. Vivimos bombardeados: de noticias, de medias noticias, de noticias que nunca fueron noticias pero circularon como si lo fueran. El algoritmo no distingue entre lo urgente y lo importante, entre lo verdadero y lo verosímil. Solo distingue lo que genera reacción. Y nosotros, sin darnos cuenta, hemos empezado a pensar en reacciones en lugar de en ideas.

En ese ecosistema de saturación informativa, la complejidad sobra. Los matices molestan. Y las disciplinas que se dedican a entender —no a simplificar, sino a entender de verdad— quedan relegadas al margen del ruido. La criminología es una de ellas.

Quizás la próxima vez que pienses en un criminólogo no lo busques en una serie o en una tertulia

Búscanos donde estamos: en el expediente judicial, en el informe pericial, en el aula donde se está formando a quien tomará decisiones sobre tu seguridad, en la empresa donde alguien tiene que analizar si el fraude es posible antes de que ocurra. Llevamos décadas estudiando tu sociedad —tus miedos, tus agresores, tus víctimas, tu entorno— no para entretener, sino para comprender. Y comprender, hoy más que nunca, es un acto de resistencia.

Este artículo nació de esa resistencia. De la incomodidad de observar, con ojos criminológicos, el día a día de una sociedad que ha normalizado lo que no debería ser normal. No pretende ser un diagnóstico definitivo ni un manifiesto. Pretende hacer lo que el ruido no hace: detenerse, nombrar las cosas con precisión, y preguntar si de verdad queremos seguir mirando hacia otro lado.

Porque el problema, como verás, no es la excepción. Es la regla

Estamos llegando a un punto en el que, como sociedad, hemos naturalizado el comportamiento antisocial a todos los niveles. No es una percepción, es una realidad que podemos explicar desde las teorías criminológicas clásicas. El problema no es solo que ‘los de arriba’ y ‘los de abajo’ delincan; el problema es que lo hemos integrado como paisaje.

Arriba: La teoría de la asociación diferencial y la neutralización

Cuando vemos a ministros o altos cargos envueltos en escándalos que, sin ser quizás delito formal, son un ejemplo deplorable, no estamos ante fallos puntuales. Sutherland nos explicó con su teoría de la asociación diferencial que el comportamiento delictivo se aprende en entornos íntimos. Si en las altas esferas se aprende que el poder es un cheque en blanco, el abuso de posición se convierte en la norma del grupo.

Lo más grave es la disonancia cognitiva: se legisla despreciando la prostitución mientras, en la oscuridad, se consume. Se crean políticas contra la explotación mientras se generan los escenarios de espionaje de película, donde una persona con acceso a secretos oficiales se convierte en un riesgo de seguridad nacional por frecuentar ciertos entornos. Ahí opera la técnica de neutralización de Sykes y Matza: niegan el daño (‘no es para tanto’), condenan a los condenadores (‘es una caza de brujas’) o apelan a lealtades superiores (‘lo hago por el partido/país’). Este ambiente turbio no es un bug del sistema, es una característica de un poder que se siente inmune.

▸ Asociación diferencial (Sutherland)  El comportamiento delictivo se aprende en grupos de referencia cercanos. Cuando el poder normaliza el abuso, este se transmite como norma cultural de élite.

▸ Técnicas de neutralización (Sykes y Matza)  Mecanismos cognitivos que permiten a quien transgrede la norma mantener una autoimagen positiva: negación del daño, negación de la víctima, condena a los condenadores, apelación a lealtades superiores.

En el día a día: La anomia de lo cotidiano

Luego bajamos al transporte público y vemos la pérdida de valores desde lo más íntimo de la persona. No hablo de un asiento cualquiera: hablo de los asientos preferentes para mayores, embarazadas o personas con lesiones. Ocuparlos con indiferencia, con la mirada clavada en el móvil fingiendo no ver, es un acto antisocial que hemos normalizado por completo. No hay sanción penal, pero hay una fractura ética profunda.

Desde la criminología, esto es anomia en estado puro: la desconexión entre las normas que decimos respetar y nuestras acciones reales. Durkheim nos alertó de que cuando los vínculos sociales se debilitan y el individualismo se exacerba, el tejido moral se deshilacha. Y Merton añadió que cuando la meta cultural es la comodidad personal inmediata, los medios —como la empatía o la cortesía— se abandonan sin culpa. El resultado es esa microagresión diaria que, sumada, construye una sociedad donde el fuerte ignora al débil sin consecuencias.

En la solidaridad: La anomia preconstituida y la parálisis del miedo

Por supuesto, sería injusto no reconocer que existen acciones generosas. Hay personas que siguen tendiendo la mano, que ayudan a otras a levantarse. Pero incluso ese resquicio de humanidad se enfrenta hoy a un desgaste sistemático. Nos acercamos a una ONG y nos encontramos con presuntos fraudes. Queremos donar alimentos y leemos publicaciones sobre su estado, sobre exigencias absurdas acerca de la ropa o los juguetes que deben estar ‘como nuevos’. La burocracia de la empatía y la sospecha institucionalizada contaminan el impulso solidario.

¿Qué produce esto? Una desconfianza aprendida. La ciudadanía interioriza que incluso ayudar es un terreno minado. Si a esto le sumamos la sensación de que actuar contra el abuso nos pone en riesgo —ser tildados de algo, ser grabados, ser puestos en el punto de mira—, el resultado es una sociedad sedada y asustada a partes iguales. Hemos delegado la solución: ‘que lo solucionen otros, porque yo me pongo en riesgo’. Esto no es simple pasividad; es lo que podríamos llamar una anomia preconstituida: un estado donde el pacto social se ha roto antes incluso de que actuemos, porque la norma ha perdido su fuerza vinculante y el miedo ha ocupado su lugar.

Abajo: La teoría del etiquetamiento y la indefensión aprendida

Y en la calle, la narrativa se invierte de forma aún más perversa. Bandas juveniles o individuos cometen atracos grabados. Pero si la ciudadanía actúa, se activa el martillo del etiquetamiento: se nos tilda inmediatamente de abusos de fuerza, racismo o de no entender las ‘necesidades’ del agresor. En un giro diabólico de la labeling theory de Becker, el estigma no cae sobre quien delinque, sino sobre quien defiende la norma. Se victimiza al agresor, olvidando a la víctima original.

Mientras tanto, se repite el mantra de una justicia ‘centrada en la víctima’, pero es un concepto despersonalizado, un fin teórico. La víctima real, el ciudadano que ya no se atreve a actuar, aprende una lección terrible: la indefensión. Aquí resuena la teoría de las ventanas rotas, pero no en el sentido del orden público, sino como símbolo: si el sistema no actúa con contundencia ante el desorden, la señal para el ciudadano honrado es clara: estás solo y desprotegido.

En las aulas: La profecía autocumplida

Este cóctel se traslada a las escuelas. Se oculta la violencia o no se actúa con contundencia por miedo a ‘victimizar al agresor’. Siempre hay voces ‘en contra de algo’, activando protocolos que, bajo la premisa de proteger, dejan a la comunidad educativa sin herramientas. Es el caldo de cultivo de lo que criminólogos como Hirschi llaman la ruptura del vínculo social: cuando el apego a las instituciones (la escuela) y la creencia en las normas falla, la conducta antisocial se dispara y se normaliza.

El eco de la Historia

«Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada, porque yo no era socialista. Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no dije nada, porque yo no era sindicalista. Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada, porque yo no era judío. Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí.» — Martin Niemöller

La indiferencia selectiva nos condena a todos. Cada vez que callamos ante el abuso del poderoso, cada vez que desviamos la mirada en el vagón de metro, cada vez que no actuamos porque ‘no es mi problema’, estamos escribiendo el mismo final.

El rumor de los tambores: La guerra como decorado emocional

Y por si fuera poco, de fondo suenan tambores de guerra. Continuamente. Mensajes, alertas, titulares que nos recuerdan que la guerra está cerca, que es posible, que es inminente. La guerra, ese entorno absolutamente deshumanizador y triturador de vidas. Y aquí no hablo solo de los frentes de batalla: hablo de cómo su sola amenaza constante nos transforma por dentro. La violencia se normaliza otra vez, pero esta vez envuelta en razonamientos que parecen justos, inevitables, geopolíticamente razonables.

Hannah Arendt nos advirtió sobre la banalidad del mal: cómo la violencia extrema puede administrativizarse, justificarse y, finalmente, aceptarse como un mal menor necesario. Cuando el horror se convierte en paisaje sonoro de fondo, la psique colectiva se escinde. Pasamos a modo supervivencia: protégete a ti y a los tuyos, acumula, desconfía. O a modo abandono: para qué actuar si todo puede estallar. O, peor aún, a modo lobo: donde el resto son ovejas y la única ética es la del más fuerte.

La tecnología y la tribalización de la verdad: el río que nos separa y nos riega

Y todo esto sucede mientras, en nuestras manos, sostenemos la herramienta perfecta para fragmentar la realidad. Las nuevas tecnologías nos permiten fragmentar vídeos y discursos, manipular mensajes, y evitar la lectura y el análisis profundo porque siempre hay otro mensaje esperando, otra notificación que atender. No es solo un cambio de hábito: es una mutación cognitiva.

McLuhan ya nos advirtió que el medio es el mensaje, y hoy el mensaje de la inmediatez tecnológica es claro: la complejidad sobra. La pausa para el análisis profundo se sustituye por el scroll infinito y la emoción reactiva. Byung-Chul Han habla de la sociedad del cansancio, donde la hiperatención fragmentada nos agota y nos vuelve incapaces de un pensamiento profundo. El resultado es una vuelta a tribus minimalizadas: grupos que se perciben como teóricamente diferenciados, pero que en realidad consumen una realidad absoluta y monocanalizada.

En términos criminológicos, esto es caldo de cultivo para la teoría del conflicto cultural: la norma del propio grupo se absolutiza, y la del otro se criminaliza. Se rompe el diálogo porque no hay lenguaje común; solo cámaras de eco que refuerzan la certeza de poseer la verdad absoluta. Pero la paradoja es demoledora: no nos damos cuenta de que el mismo río que nos impide el paso riega los campos. Ese río de información que nos divide, que nos enfrenta, que nos fragmenta en tribus hostiles, es el mismo que podría fertilizar un pensamiento complejo, una comprensión mutua, una sociedad más cohesionada. Hemos cambiado la profundidad por la trinchera.

La perversión del lenguaje y la inflación de la empatía

Un fenómeno que alimenta todo lo anterior es la manipulación del lenguaje. Términos que deberían unirnos se vacían o se tuercen hasta volverse herramientas de confrontación. La ‘empatía’ se exige a unos pero se niega a otros; la ‘víctima’ se utiliza como escudo para unos mientras se invisibiliza a otras. Se habla de ‘violencia’ de manera expansiva para ciertos contextos y se minimiza en otros. El resultado es un mapa semántico roto: todos usamos las mismas palabras, pero ya no hablamos de lo mismo.

Desde la criminología crítica, esto conecta con el concepto de violencia simbólica de Bourdieu: la imposición de significados que legitiman las relaciones de poder existentes. Cuando quien detenta el poder de nombrar decide qué es una víctima, qué es violencia, qué merece empatía, está también decidiendo quién queda fuera de esas categorías protectoras. Cuando el lenguaje se vuelve un campo de batalla semántico, la comunicación se rompe y el acuerdo social se vuelve imposible. No podemos pactar normas si no compartimos el significado de las palabras básicas.

Este proceso no es inocente ni accidental. La criminología del poder —Quinney, Chambliss— lleva décadas documentando cómo la definición del delito y de sus categorías morales sirve para proteger a quienes detentan el poder de definir. Cuando ciertos tipos de daño ni siquiera tienen nombre en el diccionario penal o en el debate público, es porque alguien ha decidido que no lo merecen. Y esa decisión, en sí misma, es ya un acto de poder.

▸ Violencia simbólica (Bourdieu)  Forma de violencia ejercida mediante la imposición de esquemas de percepción y valoración que los propios dominados asumen como legítimos. Opera en el lenguaje, la cultura y la clasificación social.

La huida hacia dentro y la falsa desconexión

Ante este panorama —ruido bélico, desconfianza institucional, tribalización tecnológica, miedo a actuar—, muchas personas optan por la retirada: ‘yo me centro en lo mío, en mi familia, en mi círculo íntimo’. Parece una respuesta protectora y razonable. Pero esta retirada masiva es precisamente lo que vacía el espacio público y lo entrega a quienes sí lo ocupan con agendas de abuso o polarización.

Es lo que Bauman llamó la modernidad líquida: vínculos frágiles, compromisos temporales, repliegue al consumo privado como sustituto de la acción colectiva. Es otro modo de anomia silenciosa: no porque la norma no exista, sino porque hemos decidido que no merece la pena luchar por ella. Y cuando el ciudadano honrado abandona la plaza pública, la plaza no queda vacía: queda ocupada por los que mejor se organizan, que suelen ser los que tienen menos escrúpulos.

La trampa de la retirada es su apariencia de sensatez. Desde fuera, parece prudencia; desde dentro, parece autoprotección. Pero en términos colectivos, es la estrategia más eficaz para garantizar que nada cambie. Tocqueville ya lo identificó en el siglo XIX como el riesgo del individualismo democrático: la tendencia de los ciudadanos libres a encerrarse en el círculo de familia y amigos, dejando que la sociedad grande se las arregle sola —hasta que la sociedad grande llama a su puerta.

▸ Modernidad líquida (Bauman)  Condición social caracterizada por la fluidez, la fragilidad de los vínculos y la sustitución del compromiso colectivo por el consumo y la satisfacción inmediata. El espacio público se vacía de ciudadanía activa.

La dignidad en el aula: el respeto al otro como fundamento de la sociedad

Si hablamos de escuelas, tenemos que ser valientes con lo más básico: el derecho del otro a ser tratado con dignidad. No como abstracción jurídica, sino como práctica cotidiana y concreta. No tenemos derecho a levantar la falda de una compañera, ni a bajar los pantalones de otro. No tenemos derecho a ridiculizar, a buscar la mofa en lo que percibimos como diferencia —las gafas, la forma física, el estilo de vida, el acento, los gustos.

Esto parece elemental, pero no lo es. El acoso escolar —el bullying— rara vez nace de la maldad abstracta; nace de la necesidad de reafirmación del propio ego a costa de alguien percibido como más débil o diferente. Es, en miniatura, la misma estructura de poder que vemos en los otros escalones de este análisis: quien tiene la sartén por el mango —popularidad, fuerza física, carisma, respaldo del grupo— la usa para humillar, para demarcar la frontera entre el que pertenece y el que no.

La criminología del desarrollo —Farrington, Moffitt— ha documentado extensamente que los patrones de dominación y humillación aprendidos en la infancia y la adolescencia no se quedan en el patio del recreo. Se reproducen en las relaciones de pareja, en los entornos laborales, en la política. Enseñar a respetar al prójimo no es un lujo pedagógico ni una moda: es la inversión preventiva más rentable que existe. Porque cuando respetamos al prójimo, creamos sociedad. Y cuando lo humillamos, empezamos a destruirla.

El respeto no surge de la nada. Parte de algo más profundo: el respeto por uno mismo. Quien tiene un sentido sólido de su propia dignidad no necesita construirla a costa de la ajena. La autoestima saludable —no la arrogancia, sino el arraigo en el propio valor— es el mejor antídoto contra la crueldad ordinaria. Ahí la escuela, la familia y la comunidad tienen una responsabilidad que no puede delegarse en ningún algoritmo ni en ningún protocolo de actuación.

▸ Criminología del desarrollo (Farrington, Moffitt)  Estudia las trayectorias vitales de la conducta antisocial desde la infancia. Identifica los factores de riesgo tempranos —incluyendo el acoso y la humillación— y su correlación con la delincuencia adulta. La intervención temprana es la más eficaz.

El volante como espejo: respeto cívico y criminología vial

Hay un escenario que condensa de forma especialmente reveladora todos los fallos del contrato social que hemos venido analizando: la conducción. El automóvil convierte al individuo en un actor anónimo, protegido por la carrocería, separado del otro por cristales y velocidad. Y en ese espacio de anonimato, afloran los mismos mecanismos de deshumanización, neutralización y dominación que hemos visto en los otros ámbitos.

La ira al volante —road rage— no es un fenómeno de carácter en el que unos son agresivos y otros no. Es, en gran medida, un fenómeno situacional: el estrés acumulado, la sensación de injusticia relativa (‘ese me ha cortado el paso’), la impunidad percibida del anonimato y la desinhibición que produce la separación física del otro. Cuando el automóvil se convierte en ariete —cuando se usa para intimidar, cerrar el paso, acosar a otro conductor o peatón—, ya no estamos ante un fallo de educación vial. Estamos ante violencia instrumentalizada, ante una conducta que en otro contexto llamaríamos sin titubear agresión.

Desde la criminología vial —campo en el que Forentia 360 trabaja activamente—, la falta de respeto como primera respuesta en la vía pública no es un dato menor. Es un indicador de la salud del tejido social. Las investigaciones sobre conducta pro-social al volante muestran que la cortesía vial no es solo cuestión de seguridad: es una práctica de ciudadanía. Ceder el paso, señalizar con tiempo, reconocer el error propio con un gesto, no responder a la agresión con agresión —estos actos pequeños construyen, acumulados, una cultura vial que reduce los accidentes, reduce la violencia y, de paso, nos recuerda que el otro conductor es también una persona con su propia carga.

La misma anomia preconstituida que paraliza al ciudadano en el metro o en la plaza pública aparece al volante: ‘si soy el único que cede, me toman por tonto’. La lógica del prisionero —si coopero y el otro no, pierdo— acaba imponiendo la agresividad como norma de facto. Romper ese bucle requiere lo mismo que en los demás ámbitos: la decisión individual de actuar como si la norma compartida todavía tuviese valor, aunque el entorno diga lo contrario. Conducir con respeto es, también, un acto político.

▸ Criminología vial  Rama aplicada que estudia la conducta infractora y violenta en el contexto del tráfico: causas, perfiles, factores situacionales y de riesgo, y estrategias de prevención. Integra la psicología del comportamiento vial, la teoría de la oportunidad y el análisis de la impunidad percibida.

Conclusión: ¿Hemos perdido la humanidad?

Aunque no nos haya pasado nada directamente, la percepción de inseguridad es real y es racional. Si los de arriba delinquen amparados en la neutralización y la asociación diferencial, si en el metro ignoramos al que necesita el asiento, si en la calle el etiquetamiento paraliza a quien defiende la norma, si la solidaridad se burocratiza hasta generar sospecha, si el lenguaje se pervierte hasta hacernos incapaces de nombrar lo que compartimos, si la retirada individual vacía el espacio público, si en las aulas la humillación se normaliza como moneda de poder, si al volante la ira se convierte en primera respuesta, si la guerra nos arrastra a la supervivencia emocional y si la tecnología nos fragmenta en tribus enfrentadas que olvidan el río común, el contrato social no está en riesgo: ya está roto. O quizás, peor aún, reescrito con la tinta de la ley del más fuerte y del algoritmo más polarizante.

La pregunta es más profunda: ¿estamos cediendo el poder humano a elementos de abuso y rapiña institucionalizado? ¿Estamos sedados, asustados, o ambas cosas? ¿Estamos renunciando a la complejidad para refugiarnos en tribus que nos dan certezas falsas? Hemos entrado en ese bucle de ‘que lo solucionen otros’ porque actuar se percibe como un riesgo. Y ese es el verdadero triunfo de la anomia: no el caos, sino el silencio.

No se trata de ser alarmistas, sino de dejar de normalizar el comportamiento antisocial como un hecho inevitable. Se trata de recordar que una sociedad que no distingue entre el verdugo y la víctima, que castiga la reacción ética y justifica la transgresión en todos los extremos de la pirámide, es una sociedad que ha dejado de creer en sí misma.

¿Qué opináis? ¿Hemos normalizado que el garante de la norma sea visto como el enemigo o como un ingenuo? ¿Estamos ante una anomia preconstituida de la que ya no sabemos salir sin un chivo expiatorio al que señalar en la otra orilla del río?

Glosario de marcos teóricos citados

Teoría de la Asociación Diferencial (Sutherland, 1939)

El comportamiento delictivo se aprende a través de la interacción con grupos de referencia íntimos. La frecuencia, duración, prioridad e intensidad del contacto con definiciones favorables al delito determinan la probabilidad de conducta antisocial.

Técnicas de Neutralización (Sykes y Matza, 1957)

Mecanismos cognitivos que permiten al individuo neutralizar internamente las normas antes de transgredirlas: negación de responsabilidad, del daño, de la víctima; condena a los condenadores; apelación a lealtades superiores.

Anomia (Durkheim, 1897; Merton, 1938)

Estado de desestructuración normativa en el que el individuo no encuentra referentes culturales o institucionales válidos que guíen su conducta. Merton añade la distinción entre metas culturales y medios institucionales, fuente de tensión y desviación.

Teoría del Etiquetamiento / Labeling Theory (Becker, 1963)

La desviación no es una cualidad del acto, sino el resultado de la aplicación de una etiqueta por parte de quienes tienen poder de definición. El estigma puede convertirse en carrera desviada.

Teoría del Control Social (Hirschi, 1969)

El vínculo social —apego, compromiso, implicación, creencia— es lo que inhibe la conducta desviada. Su debilitamiento, y no la motivación criminal, explica la delincuencia.

Teoría de las Ventanas Rotas (Wilson y Kelling, 1982)

El desorden visible y no atendido en el espacio público genera una señal de abandono institucional que invita a la escalada de conductas antisociales.

Banalidad del Mal (Arendt, 1963)

La violencia extrema puede producirse sin motivación ideológica expresa, mediante la normalización burocrática y la renuncia al juicio moral individual.

Teoría del Conflicto Cultural (Sellin, 1938)

El conflicto entre sistemas normativos de distintos grupos —clase, etnia, subcultura— genera delincuencia cuando las normas del grupo dominante se imponen como universales.

Violencia simbólica (Bourdieu, 1970)

Forma de dominación ejercida mediante la imposición de esquemas cognitivos y valorativos que los propios dominados asumen como legítimos, naturales o inevitables. Actúa en el lenguaje, la clasificación social y la cultura.

Modernidad líquida (Bauman, 2000)

Condición social de la hipermodernidad caracterizada por la fragilidad de los vínculos, la flexibilidad extrema y el repliegue hacia el consumo privado como sustituto del compromiso colectivo. El espacio público pierde ciudadanía activa.

Criminología del desarrollo (Farrington; Moffitt, 1993)

Estudia las trayectorias vitales de la conducta antisocial desde la infancia y la adolescencia. Identifica factores de riesgo tempranos —incluyendo la victimización por pares— y su proyección en la vida adulta. Fundamento de los programas de prevención temprana.

Criminología vial

Rama aplicada de la criminología que analiza la conducta infractora y violenta en el contexto del tráfico: causas, perfiles, factores situacionales de riesgo y estrategias de prevención. Integra psicología del comportamiento vial, teoría de la oportunidad e impunidad percibida.

 

Santiago Navas Gómez es Criminólogo y fundador de Forentia 360

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