Cuando Rusia lanzó la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, gran parte de los analistas militares occidentales pensaban que el conflicto podría resolverse en cuestión de semanas o meses. Moscú disponía de una población muy superior, una economía varias veces mayor que la ucraniana, uno de los mayores arsenales nucleares del mundo y unas fuerzas armadas que, sobre el papel, estaban consideradas entre las más poderosas del planeta. Sin embargo, más de cuatro años después, la realidad es muy diferente.
Rusia controla una parte importante del territorio ucraniano, mantiene la iniciativa en numerosos sectores del frente y continúa avanzando lentamente en algunas zonas, pero no ha conseguido una victoria estratégica decisiva ni ha provocado el colapso del Estado ucraniano. Por el contrario, la guerra se ha convertido en un prolongado conflicto de desgaste que consume enormes recursos humanos, económicos y políticos para ambos bandos.
La primera explicación es que la superioridad numérica no siempre se traduce en una victoria rápida. La historia militar está llena de ejemplos en los que un ejército más pequeño ha resistido durante años frente a una potencia mayor. En el caso de Ucrania, la defensa nacional se convirtió desde el principio en una cuestión existencial. Para los soldados ucranianos, la guerra no se percibe como una operación exterior ni como una campaña limitada, sino como una lucha por la supervivencia del país. Esa motivación ha permitido sostener un esfuerzo bélico extraordinario durante años y absorber pérdidas que en otras circunstancias habrían resultado insoportables.
A ello se suma que Rusia cometió importantes errores estratégicos durante la fase inicial de la invasión. El Kremlin parecía convencido de que el gobierno ucraniano se derrumbaría rápidamente y de que buena parte de la población recibiría favorablemente a las tropas rusas. Ninguna de esas previsiones se cumplió. Las fuerzas rusas se encontraron con una resistencia mucho más fuerte de la esperada y con graves problemas logísticos. Aunque el ejército ruso ha corregido muchas de esas deficiencias desde entonces, el fracaso inicial impidió alcanzar los objetivos políticos y militares que Moscú perseguía en los primeros meses de la guerra.
Otro factor decisivo es la transformación tecnológica del campo de batalla. La guerra de Ucrania está siendo considerada por numerosos expertos como el primer gran conflicto de la era de los drones. Miles de vehículos aéreos no tripulados vigilan permanentemente las líneas enemigas, detectan movimientos de tropas y dirigen ataques de precisión. Esto dificulta enormemente las grandes ofensivas mecanizadas tradicionales. Un ejército puede concentrar tanques y blindados, pero esa concentración suele ser detectada rápidamente y convertirse en un objetivo prioritario. Como consecuencia, las operaciones ofensivas generan enormes pérdidas para ganancias territoriales muy limitadas.
La densidad de fortificaciones constituye otro obstáculo fundamental. Después de años de combates, el frente se extiende a lo largo de más de mil kilómetros y está cubierto por trincheras, campos de minas, refugios reforzados, sensores y sistemas de vigilancia. En muchos sectores, el nivel de fortificación recuerda a las guerras de posiciones del siglo XX, pero combinado con tecnologías propias del siglo XXI. Esta situación hace extremadamente difícil lograr rupturas operativas profundas. Incluso cuando uno de los bandos conquista una localidad, suele encontrarse inmediatamente con nuevas líneas defensivas preparadas detrás.
También influye el apoyo internacional a Ucrania. Aunque las ayudas occidentales han sufrido retrasos y controversias políticas, Estados Unidos, la Unión Europea y otros aliados han proporcionado durante años armamento, inteligencia, entrenamiento y financiación. Sin ese apoyo, Ucrania probablemente habría tenido muchas más dificultades para sostener la guerra. Moscú no combate únicamente contra las capacidades internas ucranianas, sino contra un sistema de apoyo internacional que ha permitido a Kiev compensar parcialmente su inferioridad material.
Paradójicamente, la propia superioridad rusa ha generado problemas. Rusia dispone de más hombres y más recursos que Ucrania, pero también necesita una cantidad enorme de efectivos para mantener un frente gigantesco. Cada kilómetro conquistado debe ser defendido, abastecido y administrado. Además, los avances rusos suelen producirse a costa de elevadas bajas humanas. Diversos estudios militares coinciden en que las ganancias territoriales obtenidas durante los últimos años han sido relativamente modestas en comparación con el coste pagado en personal y material.
El desgaste como arma
Hay quien describe ya esta guerra como una «guerra de atrición estructural«. El objetivo principal ya no es necesariamente conquistar grandes extensiones de territorio en poco tiempo, sino desgastar progresivamente al adversario: destruir sus capacidades industriales, agotar sus reservas humanas, erosionar su economía y debilitar su cohesión política. Rusia apuesta a que podrá resistir más tiempo que Ucrania y que el apoyo occidental terminará reduciéndose. Ucrania, por su parte, confía en que el coste acumulado para Moscú termine siendo insostenible.
¿Está Rusia realmente estancada? La respuesta requiere matices. Decir que Rusia está completamente bloqueada sería incorrecto. Moscú continúa obteniendo avances territoriales, especialmente en sectores del Donbás. Sin embargo, esos avances suelen ser lentos, costosos y están lejos de las grandes maniobras que caracterizan una victoria decisiva. Rusia mantiene la iniciativa estratégica en numerosos puntos del frente, pero no ha logrado destruir las fuerzas armadas ucranianas ni obligar a Kiev a aceptar sus condiciones.
Rusia avanza, pero demasiado lentamente para alcanzar una victoria rápida. Ucrania resiste, pero no dispone por ahora de los medios necesarios para expulsar completamente a las fuerzas rusas. El resultado es una guerra prolongada cuyo desenlace sigue abierto.
¿Existe riesgo de que Rusia colapse? Esta es una cuestión mucho más compleja. Si por «colapso» se entiende una situación similar a la desintegración de la Unión Soviética en 1991, la mayoría de los especialistas consideran que ese escenario no parece inminente. Rusia sigue siendo un Estado funcional, conserva importantes ingresos energéticos, mantiene el control político interno y ha demostrado una capacidad de adaptación económica superior a la que muchos observadores esperaban en 2022. Incluso algunos economistas rusos consideran que, aunque existe riesgo de desaceleración o recesión, no se prevé necesariamente un hundimiento económico inmediato.
Sin embargo, tampoco puede afirmarse que Rusia esté libre de riesgos. El enorme gasto militar ejerce una presión creciente sobre las finanzas públicas. Algunos análisis destacan que el país afronta problemas estructurales relacionados con la escasez de mano de obra, el envejecimiento demográfico, las sanciones tecnológicas, la inflación y la dependencia de una economía orientada cada vez más hacia el esfuerzo bélico.
La cuestión demográfica es especialmente importante. Rusia dispone de una población mucho mayor que Ucrania, pero no ilimitada. Mantener durante años una guerra de alta intensidad exige reemplazar continuamente bajas, reclutar nuevos soldados y sostener simultáneamente la producción industrial. Diversos estudios señalan que la disponibilidad de trabajadores y personal militar se está convirtiendo en una de las principales limitaciones estratégicas para Moscú.
Otro factor de riesgo es la creciente dependencia de la economía de guerra. Muchas industrias rusas funcionan actualmente gracias al gasto militar masivo. Esa situación puede sostenerse durante un tiempo, pero genera desequilibrios que podrían hacerse más visibles si la guerra continúa durante muchos años. Algunos centros de análisis internacionales advierten de que Moscú podría verse obligado en el futuro a elegir entre intensificar todavía más la movilización económica o revisar sus objetivos estratégicos.
No obstante, conviene evitar dos errores frecuentes. El primero es pensar que Rusia está a punto de derrumbarse. El segundo es asumir que Rusia puede sostener indefinidamente el esfuerzo bélico sin costes crecientes. La realidad probablemente se sitúa entre ambos extremos.
El escenario más probable
A mediados de 2026, la hipótesis más plausible no es una victoria aplastante de ninguno de los dos bandos, sino la continuación de una larga guerra de desgaste. Rusia conserva ventajas importantes en población, recursos y producción militar. Ucrania mantiene una fuerte capacidad defensiva, una elevada motivación nacional y el respaldo de sus aliados occidentales. Ninguna de las partes parece capaz de imponer por sí sola una solución militar definitiva en el corto plazo. Hace pocos días Zelenski tendió la mano a Putin y este vino a decir poco menos que ‘tararí que te vi’.
Por ello, la gran incógnita no es tanto quién ganará la próxima batalla, sino qué sociedad será capaz de soportar durante más tiempo los costes humanos, económicos y políticos del conflicto. En las guerras de desgaste, la resistencia suele ser tan importante como la fuerza militar. Y, hasta ahora, tanto Rusia como Ucrania han demostrado una capacidad de resistencia mucho mayor de la que muchos observadores imaginaron al comienzo de la invasión.



