El libro ‘Spain Wasn’t So Different’ (Ediciones Trea), obra de Álvaro de Diego González, Nuria María Ríos Sánchez y María Sánchez Martínez se presenta como una obra colectiva que propone una reinterpretación profunda del franquismo a través de una categoría analítica poco habitual en este campo: el “poder blando” (soft power), concepto formulado por Joseph Nye. Lejos de centrarse exclusivamente en la dimensión represiva del régimen, la monografía plantea que la dictadura franquista desarrolló estrategias sofisticadas de influencia cultural, mediática y diplomática que contribuyeron a su legitimación tanto interna como internacional.
El principal argumento del libro es claro y provocador: España bajo Franco no fue tan diferente de otros países en su capacidad para generar influencia a través de mecanismos no coercitivos. Esto no implica equiparar moralmente el franquismo con las democracias, sino señalar que, incluso un régimen autoritario puede utilizar herramientas de atracción; la legitimidad internacional no depende exclusivamente de la naturaleza política del sistema y la cultura, la imagen exterior y los intercambios simbólicos pueden suavizar —o al menos matizar— la percepción de un régimen.
En este sentido, la obra dialoga con estudios como el de Neal M. Rosendorf, que analizó cómo el franquismo se “vendió” a Estados Unidos mediante turismo, cine y relaciones públicas. Conversamos con Álvaro de Diego, coautor de este ensayo, director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales y Catedrático de Periodismo en la Universidad CEU San Pablo.
Esta obra sostiene que el franquismo utilizó herramientas de “poder blando”. ¿Hasta qué punto cree que esta idea obliga a replantear la visión tradicional de la dictadura como un régimen exclusivamente basado en la coerción?
Han sido muy pocos los autores, entre ellos Rosendorf, los que han explicado en profundidad los recursos de poder blando que desplegó el franquismo para abandonar el ostracismo internacional. Sin embargo, este es el primer estudio sistemático que aborda cómo, desde todas las perspectivas posibles, la dictadura trató de afianzar una imagen internacional mucho más amable. Esta idea obliga a replantearnos el hecho de que el régimen no solo se sostuviese por la coerción, sino por cierta apática pasividad de la sociedad española y la conveniencia internacional.
El concepto de Joseph Nye nace en el contexto de las democracias liberales. ¿Qué riesgos existen al aplicarlo a un régimen autoritario como el franquista? ¿Puede distorsionar el análisis histórico?
El concepto de poder blando que forja un politólogo de Harvard llamado Joseph Nye sigue muy vigente en la actualidad. Por un lado, la primera democracia del mundo ha colocado al frente a un presidente que esgrime un discurso incendiario y que no solo amenaza, sino que incumple compromisos, amenaza a sus socios tradicionales, inicia guerras sin un plan a largo plazo y desempolva amenazas arancelarias. Por tanto, las democracias no están a salvo de deslizarse hacia el poder duro. Por otro lado, los regímenes autoritarios actuales como los Emiratos del Golfo Pérsico acuden al poder blando para blanquear su imagen internacional a través de manifestaciones populares de la cultura como el fútbol. Aplicar el concepto de poder blando a una dictadura como la franquista no distorsiona el análisis histórico porque explica los recursos utilizados por un Estado autoritario para su percepción exterior. No distorsiona el análisis histórico porque estas claves deben explicarse en un contexto más amplio de autoritarismo.
En el libro planea una cuestión clave: dónde está el límite entre mejorar la imagen exterior y una apertura auténtica. En su opinión, ¿el franquismo evolucionó realmente o simplemente perfeccionó su aparato propagandístico?
Se trata de una excelente pregunta. El franquismo acudió al poder blando cuando estaba muy lejos de emprender la liberalización de los últimos años. Franco, concluida la Segunda Guerra mundial, recibió a un reportero de una agencia norteamericana de noticias y se mostró extraordinariamente cordial con él, no porque coincidiera ideológicamente con el llamado mundo libre, es decir, con las democracias. Lo hizo porque deseaba evitar el aislamiento internacional que intuía después de la derrota del eje. Esa estrategia de poder blando se explica dentro de una política cosmética de acomodación a las circunstancias: el régimen acentúa su carácter católico y anticomunista para tratar de obtener la ayuda de los Estados Unidos de América. Y lo consigue.
Ahora bien, el franquismo nunca fue monolítico, especialmente a medida que transcurrían los años, la guerra civil se iba alejando y aparecían nuevas generaciones en la universidad que miraban al futuro. Algunos políticos del régimen tenían sincera vocación aperturista y, por tanto, su recurso al poder blando era algo más que una táctica de circunstancias. Castiella. y muy especialmente Fraga como ministro de Información y Turismo en los años 60, estaban convencidos de que había que abrir el régimen. La Ley de Prensa de 1966 fue probablemente el hito más importante del aperturismo de la segunda mitad del franquismo. Fraga tuvo que resistir las presiones de sus compañeros en el Consejo de Ministros, que finalmente se cobraron su cabeza política en 1969.
No por casualidad sería luego el hombre fuerte del primer gobierno de la monarquía del Rey Juan Carlos I. Fue él quien trató de llevar adelante la reforma política que nos condujera a la democracia y que finalmente protagonizó Adolfo Suárez. Es más, aunque la destitución de Fraga y Castiella, ministro de exteriores, supuso una inequívoca involución política, los efectos de sus políticas alcanzaron la transición y crearon una inercia favorable para el cambio democrático. Creo que la clave está en si el impulso a las políticas de poder blando respondía a una necesidad y se adoptaba a regañadientes o, por el contrario, se trataba de llevar su impulso hasta las últimas consecuencias. Hemos aludido a dos ministros, Castiella y Fraga, que aplicaron una coordinada política que alineaba la acción exterior con el desarrollo político doméstico.

Analizan elementos como el cine, la prensa o incluso la gastronomía como instrumentos políticos. ¿Cree que estas formas de “poder blando” tuvieron más impacto en la legitimación internacional del régimen o en la transformación interna de la sociedad española?
Fueron varios los elementos que determinaron la deslegitimación del franquismo. El más importante de todos ellos fue el alejamiento temporal de la guerra civil española. En la universidad surgieron nuevas generaciones no hipotecadas por el conflicto. La desafección de amplias capas de la Iglesia católica con respecto al régimen representó en realidad el gran disparo a la línea de flotación del franquismo, hasta el punto de que, probablemente, fue lo único que preocupó al propio Franco y a los políticos más conservadores. Por otro lado, el franquismo fue cada vez menos monolítico. Se pasó de una situación de competencia entre familias o grupos ideológicos en su seno a otra en la que la pauta la marcaba el eje apertura-inmovilismo. Estas formas de poder blando tuvieron quizá más impacto a corto plazo en la esfera internacional. No obstante, a medio y a largo plazo tuvieron un efecto doméstico de mucho mayor calado.
La apertura al turismo facilitó la ingente entrada de divisas en nuestro país, pero a la larga familiarizó al español medio con otras costumbres y usos sociales. Puede decirse que las políticas de poder blando también se asentaban en la transformación que estaba sufriendo la población española. La mujer, bien que moderadamente, se incorporaba a los estudios universitarios y a la vida laboral, un aspecto que no dejaba de ser explotado de forma amable, pero indudablemente propagandística. Si España era un país seguro, que comenzaba a tener buenas infraestructuras y gozaba de una envidiable gastronomía, no resultaba muy difícil vender en el extranjero un producto atractivo.
Ustedes sugieren que ciertas dinámicas del franquismo facilitaron la transición. ¿Hasta qué punto la apertura cultural y mediática de los años 60 preparó el terreno para el cambio político posterior?
La transición democrática española comportó un gran y meritorio acuerdo entre los herederos aperturistas del franquismo y la oposición antifranquista. Quienes iniciaron la transición fueron el rey Juan Carlos, Torcuato Fernández-Miranda, Adolfo Suárez y las Cortes del difunto dictador. Existía una clase política joven consciente de que el franquismo no podría sobrevivir sin Franco. La reconciliación entre los españoles y el bien supremo del país exigía para ellos transitar hacia un sistema de libertades. El único límite infranqueable en el que pensaban consistía en el método elegido para acceder a la democracia. Las libertades debían alcanzarse desde la legalidad interior sin pasar cuentas a los responsables anteriores.
La apertura cultural y mediática de los años 60 preparó sin duda el cambio democrático posterior. Con sus limitaciones, la Ley Fraga de 1966 alumbró el llamado “parlamento de papel” que familiarizó a los españoles con las instituciones liberales cuando no había un parlamento de verdad. El desarrollo económico y la aparición de una fuerte clase media determinó el apoyo a esta estrategia de conquista de la libertad. Sin embargo, la transición consistió básicamente en un acuerdo entre élites políticas que fueron superando gradualmente la desconfianza mutua sobre la base del pacto y consenso.
Permítame una pregunta más. El libro arranca con referencias al contexto internacional actual. ¿Qué paralelismos ve entre el uso del poder blando en el franquismo y las estrategias de imagen que emplean hoy tanto democracias como regímenes autoritarios?
Nye explicó que la fortaleza de las democracias reside en la superioridad moral de sus valores, que facilita un fácil ejercicio del poder blando. Ahora bien, ese despliegue del poder blando debe combinarse con el ejercicio en ocasiones del poder duro, al que ningún país con un sistema político legítimo tampoco puede renunciar. Las sanciones económicas o incluso el propio ejercicio de la fuerza militar se hacen precisas cuando la restauración del equilibrio internacional o la salvaguarda de los propios derechos humanos así lo exigen. Pudo ejercer el poder blando con cierto afán instrumentalista, pero de lo que no cabe duda es de que España era un país occidental que por cultura, tradición y desarrollo, debía reintegrarse en el club de las democracias al que naturalmente estaba llamado. Junto a esto, como he dicho, no eran ajenos ni siquiera algunos políticos más lúcidos del franquismo.
El problema surge cuando las estrategias de poder blando responden a meras respuestas coyunturales que no vienen acompañadas por el deseo de liberalizar los regímenes políticos. ¿Ejerce China el poder blando? Sin ninguna duda. ¿Tienen intención sus dirigentes de democratizar el país? No lo parece. En el caso de España el crecimiento socioeconómico facilitó, que no determinó, el cambio democrático. El espectacular crecimiento chino convive con la parálisis política más evidente. ¿Responde la participación de Marruecos en la organización de un Mundial de Fútbol, junto a las dos democracias ibéricas, a una determinación de apertura real? ¿O es una muestra más de su decidido impulso por incrementar su prestigio internacional e influencia?



