Durante décadas, la testosterona ha sido una cuestión estrictamente médica dentro de las Fuerzas Armadas estadounidenses. Ahora, sin embargo, se ha convertido también en una cuestión de preparación militar, rendimiento físico, salud de los soldados y, en última instancia, de cultura política. El Pentágono ha anunciado una nueva política para someter anualmente a pruebas de deficiencia de testosterona a los miembros de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos mayores de 30 años, mientras que los militares más jóvenes podrán solicitar voluntariamente estos análisis.
La medida, presentada por el secretario de Defensa, Pete Hegseth, pretende detectar niveles anormalmente bajos de la hormona y ofrecer tratamiento cuando los profesionales médicos lo consideren indicado.

La iniciativa ha sido presentada por Hegseth como un programa destinado a garantizar que los militares puedan desempeñar sus funciones “en su mejor nivel absoluto”. El secretario de Defensa ha defendido que no se trata de administrar testosterona para convertir a los soldados en atletas artificialmente mejorados, sino de identificar posibles déficits hormonales y restaurar los niveles fisiológicos de quienes presenten una deficiencia clínica.
La diferencia no es menor: desde el punto de vista médico, la terapia de reemplazo de testosterona no es equivalente al dopaje ni a la utilización de esteroides anabolizantes para superar los niveles naturales del organismo. Sin embargo, el anuncio ha abierto un debate sobre los límites entre la medicina preventiva, la mejora del rendimiento y la creciente politización de la testosterona en Estados Unidos.
El programa ha sido bautizado políticamente como el “High-T Department”, un juego de palabras con la expresión “high testosterone” y la denominación del Departamento de Defensa. Hegseth ha vinculado la iniciativa con la necesidad de mantener una fuerza militar físicamente preparada, resistente y capaz de afrontar las exigencias de las operaciones contemporáneas. En el mensaje con el que presentó el programa, el secretario sostuvo que la finalidad es garantizar que los combatientes dispongan de la base biológica necesaria para soportar el esfuerzo de la guerra y mantener su capacidad operativa a largo plazo.
El anuncio se produce en un momento en el que la testosterona ha adquirido una extraordinaria carga simbólica en el debate político y cultural estadounidense. Para determinados sectores conservadores, la hormona se ha convertido en una especie de marcador de masculinidad, fortaleza, agresividad, energía y capacidad de liderazgo. En ese contexto, la decisión del Pentágono no puede analizarse únicamente como una medida médica.
También forma parte de una visión de las Fuerzas Armadas que pone el acento en el llamado “warrior ethos”, la cultura del guerrero, la condición física y la capacidad de combate. La cuestión central es si la testosterona debe ser tratada simplemente como un parámetro más de salud o si está siendo elevada a una especie de indicador biológico de la eficacia militar.
Una hormona esencial, pero no una fórmula mágica para combatir
La testosterona es una hormona sexual producida principalmente en los testículos en los hombres y, en cantidades mucho menores, en los ovarios y las glándulas suprarrenales de las mujeres. Participa en múltiples procesos fisiológicos: contribuye al mantenimiento de la masa muscular y ósea, influye en la producción de espermatozoides, interviene en la libido y puede afectar a los niveles de energía, el estado de ánimo y la composición corporal.
En los hombres, los niveles de testosterona tienden a disminuir con la edad. También pueden verse afectados por enfermedades, obesidad, determinados medicamentos, lesiones, alteraciones hormonales, estrés crónico, falta de sueño o lesiones cerebrales. En el caso de los militares, algunos de estos factores adquieren una importancia especial. El entrenamiento físico intenso, las largas jornadas, los despliegues, la privación de sueño, el estrés psicológico y las lesiones sufridas durante el servicio pueden influir en el sistema endocrino.
Pero la relación entre testosterona y rendimiento militar es mucho más compleja de lo que sugieren algunos discursos políticos. Tener más testosterona no convierte automáticamente a una persona en un mejor soldado. El rendimiento en combate depende de una combinación de fuerza, resistencia cardiovascular, entrenamiento, disciplina, experiencia, capacidad de decisión, coordinación, sueño, nutrición, salud mental y trabajo en equipo. Incluso desde el punto de vista físico, los niveles hormonales no pueden interpretarse aisladamente.
La medicina distingue, además, entre tener un nivel bajo de testosterona y padecer un déficit clínicamente significativo. Un análisis aislado no basta necesariamente para diagnosticar hipogonadismo. Los niveles pueden variar en función de la hora del día, el estado de salud, el sueño y otros factores. Por eso, la evaluación médica debe tener en cuenta tanto las concentraciones hormonales como los síntomas y las causas subyacentes.
La propia política anunciada por el Pentágono se apoya en la idea de que el objetivo es detectar deficiencias reales y ofrecer tratamiento cuando esté médicamente indicado. La terapia de reemplazo, por tanto, no sería automática. El tratamiento dependería de la valoración clínica y, según la información difundida sobre el programa, su aceptación por parte del militar sería voluntaria.
El Ejército ya conocía el problema
Aunque el anuncio de 2026 ha convertido la testosterona en un asunto de primera línea política, el problema no es nuevo para las Fuerzas Armadas estadounidenses. El propio sistema sanitario militar ha estudiado durante años el uso de terapias de reemplazo de testosterona entre los miembros del servicio.
Un análisis publicado por el sistema sanitario militar estadounidense sobre los datos de 2017 contabilizó 5.093 militares en activo que habían adquirido una prescripción de terapia de reemplazo de testosterona entre más de un millón de hombres pertenecientes al componente activo. La prevalencia registrada fue de 4,7 casos por cada 1.000 militares varones. El estudio encontró que el uso era más elevado en determinados grupos, entre ellos miembros del Ejército, militares de mayor rango, personal de armas de combate y algunos colectivos profesionales concretos.
La existencia de estos tratamientos demuestra que la testosterona no es una sustancia ajena a la medicina militar. Los militares ya podían recibir tratamiento cuando existía una indicación clínica. La novedad de la política anunciada ahora reside en el intento de convertir la detección de una posible deficiencia hormonal en una parte sistemática de la vigilancia médica de una población militar extraordinariamente amplia.
Ese cambio plantea una pregunta fundamental: ¿por qué realizar pruebas anuales a todos los militares mayores de 30 años? La respuesta oficial es la prevención. La edad, la presión física y psicológica del servicio y determinadas condiciones médicas pueden contribuir a una disminución de la testosterona. Detectar antes el problema permitiría, según sus defensores, intervenir antes de que afecte a la salud y al rendimiento.
Los críticos, sin embargo, cuestionan que la edad de 30 años constituya por sí misma un criterio suficiente para establecer un programa de cribado tan amplio. También advierten de que un resultado analítico no debe confundirse con una enfermedad y de que una mayor disponibilidad de pruebas puede conducir a un aumento de diagnósticos y tratamientos que no siempre sean necesarios.
El estrés de la guerra y el cuerpo del soldado
La relación entre el servicio militar y la testosterona resulta especialmente compleja porque las Fuerzas Armadas someten al organismo a condiciones que pueden alterar la salud hormonal. El sueño irregular es uno de los factores más importantes. Un militar puede pasar periodos prolongados durmiendo pocas horas, cambiando constantemente de horario o trabajando durante la noche. La falta de sueño afecta a numerosos sistemas fisiológicos y puede tener consecuencias sobre la producción hormonal.
El estrés crónico es otro factor relevante. La vida militar puede implicar entrenamiento intenso, despliegues, separación de la familia, exposición a situaciones de peligro, incertidumbre y presión constante. En quienes han participado en operaciones de combate, además, pueden añadirse lesiones físicas y psicológicas que complican el cuadro.
Los traumatismos craneoencefálicos constituyen una preocupación particular. El cerebro desempeña un papel central en la regulación hormonal y las lesiones en determinadas regiones pueden afectar al funcionamiento del eje hipotálamo-hipófisis-testículos. En veteranos de combate, las lesiones cerebrales, el estrés postraumático, el dolor crónico y el consumo de determinados medicamentos pueden coexistir y dificultar la identificación de la causa exacta de una alteración hormonal.
A ello se suman las exposiciones ambientales y profesionales. Los militares pueden estar expuestos a combustibles, contaminantes, sustancias químicas, humo de incendios y otros factores cuya relación con la salud endocrina continúa siendo objeto de estudio. Las bases militares y los escenarios de operaciones también han suscitado debates sobre sustancias potencialmente dañinas y sus efectos a largo plazo.
La consecuencia es que un militar con bajos niveles de testosterona no necesariamente tiene un problema causado por el envejecimiento. Puede existir una enfermedad, una lesión, un trastorno endocrino, un problema de sueño, un efecto secundario de medicamentos o una combinación de varios factores. Por eso, la solución no puede reducirse simplemente a administrar testosterona.
La gran pregunta: ¿tratamiento médico o mejora del rendimiento?
La decisión del Pentágono ha reabierto un debate que lleva décadas acompañando al deporte de élite y a las Fuerzas Armadas: dónde termina el tratamiento médico y dónde empieza la mejora artificial del rendimiento.
Si un militar tiene una deficiencia clínicamente diagnosticada y recibe testosterona para recuperar niveles normales, el tratamiento puede considerarse una intervención médica. Pero si una persona con niveles normales utiliza testosterona para superar las concentraciones fisiológicas habituales y ganar masa muscular, fuerza o capacidad de recuperación, la cuestión es completamente diferente.
La política anunciada por el Pentágono insiste en que su objetivo es la restauración, no la mejora artificial. La formulación resulta esencial para evitar que el programa se convierta en una puerta abierta al dopaje hormonal. El objetivo declarado es que un militar con una deficiencia pueda recuperar una función normal, no que un militar sano pueda elevar sus niveles hormonales por encima de lo que produciría naturalmente su organismo.
Sin embargo, el límite puede resultar difícil de establecer en la práctica. La testosterona no funciona como un interruptor de encendido y apagado. Existen niveles considerados normales con amplios márgenes y personas con concentraciones similares pueden experimentar síntomas diferentes. El diagnóstico requiere contexto clínico.
Además, el propio concepto de “optimizar” la capacidad de un soldado puede generar controversia. La palabra “optimización” pertenece al lenguaje de la mejora del rendimiento, mientras que la medicina suele hablar de tratar una enfermedad o corregir una deficiencia. Cuando ambas ideas se mezclan, la frontera ética se vuelve más difusa.
Una política que llega en un contexto de expansión de la terapia de testosterona
El programa militar coincide con un movimiento más amplio de la Administración Trump para revisar el enfoque estadounidense sobre la terapia de reemplazo de testosterona. El Departamento de Salud y Servicios Humanos anunció en junio de 2026 que la Administración de Alimentos y Medicamentos, la FDA, había solicitado cambios en la información de prescripción de los productos de terapia de reemplazo de testosterona a partir de una revisión de datos clínicos y de la evidencia científica existente.
Entre los cambios planteados figuraba la eliminación de una advertencia que señalaba que la seguridad y eficacia del tratamiento en hombres con hipogonadismo relacionado con la edad no estaban establecidas, así como modificaciones en la información relativa a los riesgos asociados con el cáncer de próstata y la hiperplasia benigna de próstata.
El momento político, por tanto, es significativo. La testosterona está dejando de ser únicamente una cuestión vinculada a determinados pacientes con déficit hormonal para entrar en un debate más amplio sobre la salud masculina, el envejecimiento, la masculinidad y el rendimiento físico.
La política del Pentágono puede interpretarse como una extensión de esa tendencia. Si el Ejército estadounidense representa uno de los entornos laborales más exigentes físicamente del país, sus defensores argumentan que la detección temprana de problemas hormonales puede contribuir a mantener la capacidad de servicio de sus miembros.
Pero sus detractores advierten de que el ejército no debería convertirse en un laboratorio de políticas hormonales. El hecho de que una persona pertenezca a las Fuerzas Armadas no significa que su organismo deba ser optimizado permanentemente mediante intervenciones médicas. La misión de la medicina militar debería ser mantener la salud y la capacidad funcional del militar, no convertir cada parámetro biológico en un objetivo susceptible de ser aumentado.
El antecedente de los esteroides y las fuerzas especiales
El debate adquiere una dimensión adicional debido al historial de consumo de sustancias para mejorar el rendimiento en determinados sectores de las Fuerzas Armadas estadounidenses. El entrenamiento de las unidades especiales exige niveles extraordinarios de fuerza, resistencia y recuperación. La presión por superar las pruebas físicas y mantenerse en unidades altamente competitivas puede generar incentivos para el uso de sustancias.
La muerte en 2022 de un aspirante a Navy SEAL durante el proceso de formación y las investigaciones posteriores sobre el uso de sustancias han contribuido a aumentar la preocupación sobre el consumo de drogas y productos destinados a mejorar el rendimiento en determinados ambientes militares. El problema no se limita a la testosterona prescrita médicamente. Incluye esteroides anabolizantes, suplementos de composición dudosa y otras sustancias.
El riesgo es que una política que facilite el acceso médico a la testosterona sea interpretada por algunos militares como una legitimación general del uso de hormonas para mejorar el rendimiento. La diferencia entre tratamiento médico y abuso puede quedar oscurecida por la retórica de la “optimización”.
La propia cultura militar puede intensificar esa presión. En una organización en la que la fuerza física, la resistencia y la capacidad para superar el dolor son valores centrales, admitir un problema hormonal puede ser percibido por algunos miembros como una señal de debilidad. Paradójicamente, una política de cribado sistemático podría ayudar a normalizar la atención médica y reducir el estigma. Pero también podría reforzar la idea de que el cuerpo del militar debe mantenerse constantemente en un nivel máximo de rendimiento.
El sueño, la alimentación y el entrenamiento antes que la hormona
Una de las principales críticas que ha recibido el énfasis en la testosterona es que puede desviar la atención de los factores básicos que influyen en la salud hormonal. Dormir bien, mantener una alimentación adecuada, controlar el estrés y evitar el sobreentrenamiento son elementos fundamentales para la salud de cualquier militar. La falta de sueño puede afectar al rendimiento cognitivo y físico incluso cuando los niveles de testosterona son completamente normales. Un soldado cansado puede tomar peores decisiones, reaccionar más lentamente y ser más vulnerable a las lesiones.
La nutrición también desempeña un papel relevante. Un déficit calórico extremo, una alimentación inadecuada o una carga de entrenamiento excesiva pueden alterar el funcionamiento hormonal. En esos casos, administrar testosterona sin corregir el problema de fondo puede ser una solución parcial.
El ejercicio, por supuesto, es igualmente importante. El entrenamiento de fuerza puede mejorar la composición corporal y la capacidad funcional, mientras que el ejercicio cardiovascular es esencial para la resistencia. La cuestión es que un militar con una condición física deficiente no necesariamente tiene una deficiencia de testosterona.
La tentación de buscar una explicación hormonal para todos los problemas de rendimiento puede ser peligrosa, piensan algunos. Un soldado que duerme cuatro horas, soporta un estrés crónico y mantiene una dieta deficiente puede sentirse fatigado aunque sus niveles hormonales sean normales. La testosterona no puede sustituir al descanso ni resolver por sí sola las consecuencias del desgaste psicológico.
La controversia médica: los riesgos de tratar a quien no necesita tratamiento
La terapia de reemplazo de testosterona puede ser beneficiosa para personas con una deficiencia diagnosticada, pero no está exenta de riesgos. El tratamiento puede afectar a la producción natural de espermatozoides y tener consecuencias sobre la fertilidad. También requiere seguimiento médico y evaluación de posibles efectos adversos.
La cuestión de la próstata ha sido históricamente uno de los grandes debates en torno a la testosterona. La revisión de la información de los productos por parte de la FDA y las autoridades sanitarias estadounidenses demuestra que los riesgos y beneficios siguen siendo objeto de evaluación científica.
También existen preocupaciones relacionadas con el sistema cardiovascular, el hematocrito y otros parámetros clínicos. La evidencia científica no permite reducir el debate a una conclusión sencilla del tipo “más testosterona equivale a mejor salud” o “la testosterona es siempre peligrosa”. La respuesta depende de la situación clínica, la dosis, el seguimiento y las características del paciente. Por eso, uno de los principales retos del nuevo programa militar será evitar que la prueba anual se convierta automáticamente en una prescripción. Un resultado bajo debe conducir a una evaluación, no necesariamente a un tratamiento inmediato.
¿Qué ocurre con las mujeres militares?
Una de las críticas más importantes al anuncio ha sido la aparente centralidad del modelo masculino en la política hormonal. La testosterona también desempeña funciones fisiológicas en las mujeres, aunque sus niveles naturales son mucho más bajos que en los hombres. Las mujeres militares también pueden sufrir alteraciones hormonales, problemas de salud, fatiga, estrés y consecuencias derivadas del entrenamiento y del servicio.
Algunos críticos han cuestionado que el Pentágono ponga en marcha un programa específico de testosterona para los militares mayores de 30 años sin presentar simultáneamente un programa equivalente de vigilancia integral de la salud hormonal para las mujeres. La pregunta es si el Ejército está construyendo una política de salud o si está utilizando la testosterona masculina como símbolo de una determinada concepción de la preparación militar.
La cuestión es especialmente sensible porque el debate sobre las capacidades físicas de hombres y mujeres en las Fuerzas Armadas estadounidenses ha estado fuertemente politizado durante los últimos años. Las normas de aptitud física, el acceso a puestos de combate y la incorporación de mujeres a determinadas unidades han sido objeto de controversia.
En ese contexto, vincular la testosterona con la idea de “letalidad” o con una supuesta cultura de guerrero puede alimentar la percepción de que el programa tiene una dimensión ideológica además de médica.
La paradoja de las hormonas en el Ejército
El debate contiene una paradoja. Por un lado, el Pentágono está dispuesto a facilitar la detección y el tratamiento de la testosterona baja en determinados militares. Por otro, las políticas estadounidenses sobre otras formas de tratamiento hormonal han sido objeto de una intensa controversia.
El Departamento de Defensa ha adoptado en los últimos años políticas restrictivas respecto a determinados tratamientos hormonales relacionados con la disforia de género y la transición. Las normas sobre quién puede servir, bajo qué condiciones y qué tratamientos pueden recibir financiación militar han cambiado durante las distintas administraciones y han generado un intenso debate político.
La coexistencia de ambas realidades ha provocado críticas por lo que algunos consideran una aplicación desigual del principio médico. Si la administración de hormonas puede ser compatible con el servicio militar cuando se trata de corregir una deficiencia de testosterona, se preguntan algunos críticos, ¿por qué la cuestión hormonal debe ser tratada de forma diferente en otros contextos médicos?
El Pentágono sostiene que se trata de situaciones clínicas y políticas distintas. Sus críticos consideran que el contraste revela una tensión entre la medicina y la ideología. En cualquier caso, la testosterona se ha convertido en uno de los terrenos donde se cruzan la política sanitaria, la identidad, la preparación militar y la batalla cultural estadounidense.
La ciencia detrás de la idea de “mantener la letalidad”
El lenguaje utilizado por los defensores del programa es inequívocamente militar. No se habla únicamente de bienestar o calidad de vida, sino de preparación, capacidad operativa y letalidad. La cuestión es si la testosterona puede contribuir de forma directa y demostrable a esas capacidades.
La respuesta científica es compleja. En una persona con una deficiencia hormonal real, el tratamiento puede mejorar síntomas como la fatiga, la pérdida de masa muscular o la disminución de la libido. Si la deficiencia afecta al estado general de salud, corregirla puede mejorar indirectamente el rendimiento físico y psicológico.
Pero eso no significa que elevar la testosterona de una persona sana vaya a producir automáticamente un soldado más eficaz. El combate no es una competición de culturismo. La fuerza es importante, pero también lo son la precisión, la resistencia mental, la toma de decisiones, la disciplina y la capacidad de actuar coordinadamente bajo presión.
En algunos escenarios, una mayor agresividad podría incluso ser contraproducente. La capacidad de controlar las emociones y seguir órdenes bajo situaciones extremas es un elemento esencial de la profesión militar. Cualquier tratamiento que produzca cambios de humor o alteraciones psicológicas debe ser cuidadosamente vigilado.
La idea de que la testosterona es una especie de combustible biológico de la guerra simplifica en exceso la fisiología humana. Un ejército moderno necesita soldados sanos y preparados, no necesariamente soldados con los niveles hormonales más altos posibles.
Un experimento de alcance nacional
La nueva política puede terminar convirtiendo a las Fuerzas Armadas estadounidenses en uno de los mayores grupos poblacionales sometidos a vigilancia sistemática de los niveles de testosterona. El programa permitirá reunir una enorme cantidad de datos sobre la relación entre edad, actividad física, entrenamiento, estrés, lesiones, enfermedades y niveles hormonales.
Desde el punto de vista científico, esos datos podrían tener un enorme valor. El sistema sanitario militar podría estudiar la incidencia real de la deficiencia de testosterona entre los militares, identificar factores de riesgo y analizar qué tratamientos producen mejores resultados.
Pero también surgirán preguntas sobre la privacidad médica. Los militares no son simplemente pacientes civiles. Forman parte de una estructura jerárquica en la que la información médica puede tener consecuencias profesionales. Un militar puede preguntarse si revelar una alteración hormonal puede afectar a su carrera, a su destino o a sus posibilidades de ascenso.
La confianza será, por tanto, fundamental. Si los militares creen que el programa se utiliza exclusivamente para mejorar su salud, es más probable que colaboren. Si sospechan que los resultados pueden convertirse en un mecanismo de control o evaluación profesional, la iniciativa podría generar resistencia.
El riesgo de la testosterona como símbolo político
Quizá el elemento más llamativo de esta nueva política sea que una hormona ha dejado de ser solamente una cuestión médica para convertirse en un símbolo político. En la cultura estadounidense contemporánea, la testosterona se ha incorporado a discursos sobre masculinidad, fortaleza, disciplina y liderazgo. Algunas figuras públicas han convertido el debate sobre los bajos niveles de testosterona en una crítica general a los estilos de vida sedentarios, la obesidad, la mala alimentación y lo que consideran una pérdida de la masculinidad tradicional.
La Administración Trump ha mostrado un interés creciente por ampliar el debate sobre la salud masculina y el acceso a los tratamientos hormonales. El Pentágono, al situar la testosterona en el centro de su política de preparación militar, introduce esa discusión en una institución en la que la retórica de la fuerza física tiene un peso especial.
La pregunta es si la ciencia conseguirá mantenerse por delante de la política. La testosterona puede ser una herramienta médica útil. Pero no es una ideología, ni una prueba de masculinidad, ni una garantía automática de eficacia militar.
El futuro del programa dependerá en gran medida de cómo se aplique. Si se utiliza para detectar problemas médicos reales, investigar las causas de las deficiencias y ofrecer tratamientos bajo supervisión clínica, puede convertirse en una herramienta útil para la salud de los militares. Si, por el contrario, la política acaba creando una presión cultural para que los soldados mantengan niveles hormonales cada vez más elevados, el programa podría contribuir a la medicalización del rendimiento militar.
El Ejército estadounidense se enfrenta a un dilema que va mucho más allá de una simple analítica. Necesita soldados físicamente preparados, pero también debe evitar que la preparación se convierta en una obsesión por la optimización biológica. Necesita mejorar la salud de sus miembros, pero no transformar cada diferencia fisiológica en una enfermedad. Necesita estudiar los efectos del estrés, el sueño, las lesiones y el envejecimiento, pero no reducir todos esos problemas a la testosterona.
La verdadera prueba de la nueva política no será cuántos militares reciben tratamiento. Será si el Pentágono consigue distinguir entre una deficiencia médica que debe corregirse y una presión cultural por aumentar el rendimiento a cualquier precio.
La testosterona puede ayudar a un militar que realmente la necesita. Puede formar parte de una estrategia de recuperación de la salud y de mantenimiento de la capacidad operativa. Pero la eficacia de un ejército no se mide únicamente en sus niveles hormonales. Se mide también en la calidad de su entrenamiento, la preparación de sus unidades, la salud mental de sus miembros, la capacidad de sus mandos, la tecnología de la que dispone y la confianza que existe entre quienes sirven y la institución a la que sirven.
La nueva política estadounidense convierte a la testosterona en una pieza más de la maquinaria de preparación militar. El tiempo dirá si se trata de una medida médica prudente o del comienzo de una nueva etapa en la que el Pentágono intentará medir, vigilar y optimizar cada vez más profundamente la biología de sus soldados. En la guerra del futuro, la tecnología, la inteligencia artificial, los drones y los sistemas autónomos ocuparán buena parte del campo de batalla. Pero Estados Unidos parece decidido a recordar que, detrás de todos esos sistemas, seguirá existiendo un cuerpo humano. Y ahora quiere asegurarse de que sus hormonas también estén listas para combatir.



