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martes, agosto 25, 2026

ANÁLISIS. Irán como laboratorio de la guerra económica del siglo XXI

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La guerra económica contra Irán: los pilares de una nueva forma de hacer la guerra

La guerra económica ha dejado de ser una expresión reservada a los análisis geopolíticos para convertirse en una herramienta estratégica de primer orden. En el conflicto que enfrenta a Estados Unidos e Irán, la presión sobre la economía iraní constituye ya uno de los principales instrumentos utilizados por Washington para tratar de doblegar la capacidad de resistencia de Teherán sin depender exclusivamente de las operaciones militares convencionales.

El objetivo no consiste únicamente en provocar una recesión o reducir los ingresos del Estado iraní, sino en atacar los circuitos que permiten a un país financiar su aparato militar, mantener sus relaciones comerciales, acceder a divisas y sostener su capacidad de influencia exterior. Lo analiza paso a paso la Sala de Análisis Estratégico de Delta13News.

La ofensiva estadounidense contra Irán ha entrado además en una nueva fase. El pasado 20 de agosto, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, anunció que Washington preparaba lo que calificó como las sanciones más duras de su historia, dentro de una estrategia denominada «Economic Fury«. El anuncio llegó después de que Donald Trump amenazara con una campaña de «guerra económica» contra Irán y contra cualquier país que proporcionase a Teherán una vía para mantener sus actividades financieras y comerciales.

La estrategia combina sanciones financieras, persecución de las redes de intermediación, presión sobre las exportaciones de petróleo, bloqueo de activos, sanciones secundarias y presión sobre empresas y países terceros.

La cuestión de fondo es qué significa realmente una guerra económica y cuáles son los pilares sobre los que se sostiene. En términos generales, puede definirse como el empleo deliberado de instrumentos económicos, financieros, comerciales, tecnológicos y logísticos para reducir la capacidad de un adversario de actuar y obligarlo a modificar su comportamiento político o estratégico. A diferencia de una guerra convencional, no necesita comenzar con una declaración formal de hostilidades. Puede desarrollarse mediante decisiones administrativas, restricciones financieras, controles de exportación, aranceles, embargos, congelación de activos o presión sobre empresas privadas.

En el caso iraní, además, estos instrumentos no aparecen de forma aislada. Se superponen con una confrontación militar, con la amenaza sobre las rutas marítimas y con una batalla diplomática destinada a convencer a terceros países de que mantener relaciones económicas con Teherán puede tener un coste elevado. El resultado es una arquitectura de presión cuyo propósito es cerrar progresivamente las vías de financiación, comercio y suministro que permiten a Irán mantener su economía y, sobre todo, financiar sus capacidades militares y estratégicas.

El primer pilar: el petróleo

El primer gran pilar de la guerra económica contra Irán es el petróleo. No se trata de una cuestión secundaria. Los hidrocarburos constituyen una de las principales fuentes de ingresos exteriores de Irán y, por tanto, cualquier estrategia destinada a reducir la capacidad financiera del Estado iraní debe intentar limitar sus exportaciones petroleras.

Washington ha centrado durante años buena parte de sus sanciones en compañías, intermediarios, buques y redes utilizadas para comercializar petróleo iraní. En mayo de 2026, el Departamento del Tesoro estadounidense anunció medidas contra empresas, personas y embarcaciones vinculadas al comercio de petróleo y productos petroquímicos iraníes. En una de esas operaciones fueron bloqueados 19 buques relacionados con esos envíos.

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La lógica es sencilla: si Irán no puede vender su petróleo con normalidad, pierde divisas; si pierde divisas, dispone de menos recursos para importar productos, estabilizar su moneda, financiar sus programas militares y sostener sus redes internacionales.

Pero existe una dificultad fundamental. El petróleo es un producto globalizado y existe una amplia infraestructura internacional capaz de buscar rutas alternativas. Los cargamentos pueden cambiar de intermediario, bandera, documentación o destino; los buques pueden utilizar estructuras empresariales complejas y las operaciones financieras pueden fragmentarse entre distintas jurisdicciones. Por eso la guerra económica contra el petróleo no consiste simplemente en prohibir la compra de crudo iraní, sino en perseguir toda la cadena logística y financiera que permite que ese crudo llegue finalmente al comprador.

La dimensión internacional del problema es especialmente relevante porque China se ha convertido en uno de los principales compradores del petróleo iraní. La presión estadounidense sobre las empresas y países que mantienen relaciones comerciales con Irán introduce así una segunda dimensión: Washington no sólo intenta cortar el flujo de dinero entre Irán y sus clientes, sino elevar el coste para aquellos terceros que contribuyen a mantenerlo.

El segundo pilar: el sistema financiero

El segundo gran frente es el financiero. En una economía moderna, disponer de petróleo no significa necesariamente disponer de dinero utilizable. Para convertir una exportación en recursos económicos efectivos es necesario acceder a bancos, sistemas de pagos, divisas, seguros, empresas de transporte y mecanismos internacionales de compensación.

Ahí reside una de las principales ventajas estructurales de Estados Unidos. El peso del dólar y la centralidad del sistema financiero estadounidense permiten a Washington ejercer presión incluso sobre empresas que no son estadounidenses.

La experiencia de las sanciones anteriores contra Irán demuestra el alcance de este mecanismo. Durante la campaña de máxima presión desarrollada a partir de 2018, Estados Unidos consiguió que numerosas empresas internacionales abandonasen el mercado iraní ante el riesgo de perder su acceso al sistema financiero estadounidense. Washington llegó a utilizar la amenaza de sanciones contra bancos y compañías extranjeras para impedir que continuaran operando con determinadas entidades iraníes.

La utilización del sistema financiero como arma tiene una característica especialmente poderosa: no es necesario perseguir directamente a todos los operadores. Basta con generar incertidumbre y elevar el riesgo hasta que los propios bancos y empresas decidan abandonar las operaciones con el país sancionado.

Es el fenómeno conocido como «overcompliance» o sobrerreacción de cumplimiento. Una entidad financiera puede decidir que resulta demasiado arriesgado mantener una relación con un cliente iraní aunque jurídicamente exista una vía para realizar determinadas operaciones. El banco prefiere renunciar al negocio antes que exponerse a una multa multimillonaria o a perder su acceso al mercado estadounidense.

El tercer pilar: las sanciones secundarias

Las sanciones secundarias constituyen probablemente uno de los elementos más poderosos de la estrategia estadounidense.

Una sanción tradicional afecta a los ciudadanos, empresas o instituciones del país que impone la medida. Una sanción secundaria va más allá: amenaza también a empresas extranjeras que hagan negocios con el objetivo de las sanciones.

El mecanismo genera una especie de perímetro económico alrededor de Irán. Una empresa europea, asiática o de Oriente Medio puede no estar sometida directamente a la legislación estadounidense en todas sus actividades, pero puede tener intereses en Estados Unidos, utilizar dólares, mantener cuentas en bancos estadounidenses o vender productos en el mercado norteamericano. Washington puede utilizar esas conexiones como palanca.

La amenaza consiste, en esencia, en obligar a elegir: comerciar con Irán o conservar el acceso a determinados mercados y sistemas financieros estadounidenses.

Esta capacidad convierte las sanciones estadounidenses en algo mucho más amplio que una política bilateral. Su radio de acción puede alcanzar a empresas situadas a miles de kilómetros de Washington.

Este mes, la nueva ofensiva estadounidense ha elevado explícitamente esa amenaza. Trump ha advertido que los países y entidades que proporcionen a Irán una «lifeline» económica pueden enfrentarse a consecuencias económicas severas.

El cuarto pilar: el bloqueo de activos

Otro elemento fundamental consiste en impedir que Irán pueda disponer de determinados activos situados en el exterior.

La congelación de activos puede afectar a cuentas bancarias, participaciones empresariales, propiedades, fondos de inversión, embarcaciones o cualquier otro recurso económico sujeto a jurisdicción estadounidense.

Su importancia no radica solamente en el valor nominal de los bienes bloqueados. También está en el mensaje que transmite a los operadores internacionales: los activos vinculados a determinadas personas o entidades iraníes pueden quedar fuera de circulación. La guerra económica convierte así el patrimonio en un campo de batalla.

La capacidad para localizar, identificar y bloquear esos activos depende además de una enorme infraestructura de inteligencia financiera. Las autoridades necesitan conocer quién controla una empresa, quién se encuentra detrás de una transferencia, qué buque pertenece realmente a qué operador y qué sociedad actúa como pantalla de otra.

Por eso las sanciones contemporáneas dependen cada vez más de la combinación entre inteligencia económica, análisis de redes empresariales, datos bancarios y seguimiento de operaciones comerciales.

El quinto pilar: perseguir las redes clandestinas

Irán ha desarrollado durante décadas mecanismos destinados a sortear las sanciones. La respuesta estadounidense consiste ahora en perseguir esas redes.

El Departamento del Tesoro ha denominado «shadow banking» a algunas de las estructuras utilizadas por Irán para mover dinero fuera de los circuitos financieros convencionales. En abril de 2026, OFAC sancionó a 35 personas y entidades que, según Washington, participaban en una arquitectura financiera clandestina capaz de movilizar decenas de miles de millones de dólares vinculados a la evasión de sanciones.

En mayo, otra operación estadounidense apuntó contra casas de cambio y sociedades pantalla utilizadas para facilitar transacciones vinculadas a bancos iraníes sancionados y a las ventas de petróleo y productos petroquímicos.

La estrategia demuestra cómo ha cambiado la naturaleza de las sanciones. Ya no basta con identificar a un banco estatal iraní. Hay que reconstruir una red de empresas, intermediarios, sociedades instrumentales, agentes financieros y transportistas.

En este sentido, la guerra económica se parece cada vez más a una operación de inteligencia.

El sexto pilar: la logística y el transporte

Una economía puede tener compradores y dinero, pero necesita transportar las mercancías.

Por eso los buques, aseguradoras, puertos, compañías navieras y operadores logísticos se han convertido en objetivos estratégicos.

El petróleo iraní puede ser transportado mediante estructuras comerciales opacas, cambios de bandera y redes de intermediación. La presión estadounidense intenta incrementar el coste de esas operaciones hasta hacerlas más difíciles y arriesgadas.

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Aquí aparece una de las principales conexiones entre la guerra económica y el poder marítimo.

El estrecho de Ormuz constituye el ejemplo más evidente. Por él circulaba antes de la actual crisis aproximadamente una quinta parte del petróleo comercializado mundialmente. La reducción del tráfico durante la confrontación entre Estados Unidos e Irán ha provocado una alteración significativa de los mercados energéticos y un aumento de la incertidumbre sobre el suministro.

La utilización de un punto geográfico estratégico como instrumento de presión demuestra que la geoeconomía y la geopolítica están estrechamente relacionadas.

El séptimo pilar: el control tecnológico

La guerra económica del siglo XXI tampoco puede entenderse sin la tecnología.

Los controles sobre exportaciones pueden impedir que un país acceda a determinados semiconductores, componentes electrónicos, maquinaria industrial, sistemas de navegación, equipos de telecomunicaciones o tecnologías de doble uso.

El objetivo no es necesariamente paralizar toda la economía. Puede ser mucho más selectivo: impedir que el adversario tenga acceso a aquellas tecnologías que necesita para modernizar sus fuerzas armadas, desarrollar misiles, drones, sistemas de inteligencia o infraestructuras industriales.

En el caso iraní, Estados Unidos ha puesto también el foco en las redes internacionales utilizadas para adquirir componentes y equipamiento destinados a las capacidades militares.

En junio de 2026, el Tesoro estadounidense sancionó a personas y empresas vinculadas a redes de adquisición de armamento para la Guardia Revolucionaria y el Ministerio de Defensa iraní, incluyendo operadores radicados en China y Hong Kong.

La guerra económica se convierte así también en una guerra por las cadenas de suministro.

El octavo pilar: las criptomonedas y las nuevas finanzas

La digitalización ha creado nuevas vías para intentar sortear las sanciones.

Las criptomonedas y los activos digitales ofrecen potencialmente mecanismos alternativos para mover valor fuera de las redes bancarias tradicionales. Por ello también han entrado en el campo de batalla económico.

En junio de 2026, OFAC incluyó en su campaña contra Irán a Nobitex, descrita por el Tesoro estadounidense como la mayor plataforma iraní de intercambio de activos digitales, junto con otras plataformas. Washington acusó a estas entidades de facilitar financiación ilícita y evasión de sanciones.

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El mensaje es claro: la guerra económica ya no se libra únicamente entre bancos tradicionales. También alcanza a exchanges, criptomonedas, sistemas digitales de pago y nuevas formas de transferencia de valor.

El noveno pilar: la presión sobre terceros países

Una guerra económica eficaz necesita aliados o, al menos, neutralizar a los posibles proveedores de oxígeno económico del adversario.

En el caso iraní, esto significa presionar a países que continúan comprando petróleo, vendiendo mercancías, facilitando servicios financieros o permitiendo que empresas nacionales actúen como intermediarias.

La estrategia estadounidense adquiere así una dimensión diplomática.

Washington intenta convencer a otros gobiernos de que colaborar con Irán puede tener consecuencias económicas. El problema es que esta política puede generar tensiones con países que no comparten la estrategia estadounidense.

China es el ejemplo más importante. Si Estados Unidos intenta bloquear de manera más agresiva las exportaciones petroleras iraníes destinadas a China, la disputa deja de ser exclusivamente una confrontación entre Washington y Teherán y puede transformarse en un conflicto geoeconómico mucho mayor.

Por eso las sanciones contra terceros tienen un doble filo. Pueden aumentar considerablemente la presión sobre Irán, pero también acelerar la búsqueda de sistemas comerciales y financieros alternativos al dominio estadounidense.

El décimo pilar: la guerra sobre la moneda

La moneda constituye otro campo de batalla.

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Las sanciones reducen la disponibilidad de divisas, dificultan las importaciones y pueden generar una depreciación de la moneda nacional. Cuando el rial pierde valor, los productos importados se encarecen y aumenta la inflación.

La presión sobre la moneda puede convertirse en un círculo vicioso: menos exportaciones significan menos divisas; menos divisas dificultan las importaciones; la escasez de bienes aumenta los precios; la inflación deteriora el poder adquisitivo; y la pérdida de confianza puede acelerar la depreciación monetaria.

Estados Unidos ya había utilizado esta lógica durante anteriores campañas de máxima presión. El propio Departamento de Estado estadounidense señaló en 2019 que el rial había perdido aproximadamente dos tercios de su valor y que la inflación iraní había alcanzado niveles muy elevados.

En la actual confrontación, las consecuencias sociales vuelven a ser visibles. Associated Press ha informado de una inflación próxima al 70%, una fuerte pérdida de poder adquisitivo y dificultades crecientes de las familias iraníes para afrontar productos básicos.

El undécimo pilar: la inflación como arma indirecta

La inflación no es formalmente una sanción, pero puede convertirse en una de sus consecuencias más importantes.

Cuando un Estado pierde ingresos procedentes del petróleo y tiene dificultades para acceder a divisas, su capacidad para financiar importaciones disminuye. Si además existen problemas de transporte y restricciones comerciales, el coste de determinados productos aumenta.

El efecto termina llegando a los ciudadanos.

Este es uno de los aspectos más controvertidos de la guerra económica. Sus defensores sostienen que la presión económica puede evitar una escalada militar de mayores dimensiones y obligar al Gobierno iraní a modificar su comportamiento. Sus críticos argumentan que las sanciones generalizadas pueden provocar un deterioro de las condiciones de vida de la población sin garantizar que el régimen cambie su política.

La experiencia iraní demuestra precisamente esa contradicción.

El duodécimo pilar: el aislamiento empresarial

Otra pieza fundamental es conseguir que las grandes multinacionales abandonen el mercado objetivo.

La estrategia funciona mediante una combinación de sanciones directas, incertidumbre regulatoria y riesgo financiero.

Una empresa internacional puede considerar atractivo un mercado como Irán, pero si existe la posibilidad de que una operación con una compañía iraní provoque sanciones estadounidenses, el cálculo cambia.

El resultado puede ser un aislamiento progresivo del país.

Durante la campaña estadounidense de máxima presión de la pasada década, más de un centenar de grandes corporaciones abandonaron el mercado iraní, según cifras difundidas por el Departamento de Estado estadounidense.

Este fenómeno tiene una consecuencia especialmente relevante: las empresas privadas terminan funcionando como ejecutoras indirectas de la política exterior de Washington.

El decimotercer pilar: inteligencia económica

La guerra económica moderna requiere información.

Estados Unidos necesita saber qué empresas compran petróleo iraní, qué bancos financian las operaciones, qué buques transportan la mercancía, qué compañías están detrás de las sociedades pantalla y qué intermediarios facilitan las transferencias.

La inteligencia económica se convierte así en una herramienta de combate.

La identificación de redes financieras clandestinas, por ejemplo, requiere analizar transacciones, estructuras corporativas, registros mercantiles, movimientos marítimos y relaciones entre individuos y sociedades.

Es una batalla por los datos.

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En este terreno, los servicios de inteligencia, el Departamento del Tesoro, OFAC, las agencias aduaneras y otros organismos estadounidenses pueden combinar información procedente de fuentes públicas y privadas para reconstruir circuitos económicos que pretenden permanecer ocultos.

El decimocuarto pilar: la presión psicológica

Toda guerra económica tiene también una dimensión psicológica.

El objetivo no es únicamente conseguir que una determinada transacción deje de producirse. También se pretende generar incertidumbre sobre el futuro.

Si los empresarios creen que las sanciones serán cada vez más duras, pueden abandonar anticipadamente un mercado. Si los bancos consideran que Irán será todavía más difícil de financiar, pueden cerrar cuentas. Si los inversores creen que la economía continuará deteriorándose, pueden retirar capital.

La expectativa puede producir efectos antes incluso de que las medidas entren plenamente en vigor.

Por eso declaraciones como las realizadas recientemente por Trump y Bessent tienen importancia económica por sí mismas. El anuncio de sanciones futuras puede modificar decisiones empresariales, mercados financieros y precios energéticos incluso antes de conocerse todos los detalles de las nuevas medidas. Los mercados reaccionaron al alza ante las nuevas amenazas de presión sobre Irán.

El decimoquinto pilar: el dominio de los mercados energéticos

La guerra económica contra Irán tiene además una característica paradójica: intentar reducir los ingresos petroleros iraníes puede contribuir a elevar el precio internacional del petróleo.

Si el mercado anticipa una reducción de la oferta, el precio puede aumentar.

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Esto significa que Estados Unidos puede conseguir que Irán venda menos petróleo pero, simultáneamente, provocar que cada barril tenga un valor mayor.

El efecto final sobre los ingresos iraníes dependerá de cuánto disminuyan las exportaciones frente a cuánto aumenten los precios.

Para los consumidores occidentales existe otro riesgo: una guerra económica prolongada puede traducirse en gasolina y energía más caras.

El mercado ya está incorporando parte de ese riesgo. Reuters ha señalado que los flujos de petróleo a través de Ormuz han caído drásticamente respecto a los niveles anteriores a la guerra, mientras los precios y los costes de transporte han aumentado.

El gran interrogante: ¿puede ganar Estados Unidos una guerra económica?

Esta es probablemente la pregunta central.

La historia demuestra que las sanciones pueden provocar daños económicos enormes, pero no necesariamente consiguen por sí solas cambiar el comportamiento político de un régimen.

Irán lleva décadas sometido a diferentes niveles de sanciones. Ha desarrollado mecanismos para adaptarse, desde redes comerciales informales hasta intermediarios, sociedades pantalla, mercados alternativos y mecanismos de intercambio con países dispuestos a mantener relaciones con Teherán.

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La propia existencia de esas estructuras demuestra una de las grandes limitaciones de la guerra económica: cuanto más tiempo permanece vigente, mayor puede ser la capacidad de adaptación del país sancionado.

La experiencia histórica también muestra que las sanciones pueden funcionar mejor cuando están asociadas a una salida diplomática.

El ejemplo del acuerdo nuclear de 2015 es significativo. Las negociaciones que condujeron al JCPOA estuvieron relacionadas con la perspectiva de aliviar determinadas sanciones a cambio de restricciones sobre el programa nuclear iraní. Estudios sobre la evolución de las sanciones señalan que las medidas estadounidenses contribuyeron a reducir las exportaciones petroleras iraníes, pero también que el proceso terminó desembocando en negociaciones.

La economía como continuación de la guerra por otros medios

La situación actual demuestra que la frontera entre guerra militar y guerra económica se ha difuminado.

Una operación militar puede destruir una refinería, una instalación militar o una infraestructura concreta. Una sanción puede impedir que esa infraestructura vuelva a recibir componentes extranjeros.

Un ataque puede destruir un depósito de combustible. Una restricción financiera puede dificultar que el Estado compre combustible para sustituirlo.

Una operación militar puede afectar a una determinada cadena logística. Una sanción puede perseguir a las empresas que intenten reconstruirla.

Ambas estrategias se complementan.

Por eso resulta difícil analizar la actual confrontación entre Estados Unidos e Irán únicamente desde la perspectiva militar. La presión económica es una campaña paralela destinada a modificar los cálculos estratégicos del adversario.

En agosto de 2026, esa combinación es especialmente visible. Washington ha presentado las nuevas sanciones como una forma de incrementar la presión sin necesidad de recurrir inmediatamente a una nueva gran ofensiva militar. Bessent llegó a presentar la estrategia como un «uno-dos»: bloqueo y sanciones.

El riesgo de una guerra económica global

El principal riesgo es que la guerra económica contra Irán deje de ser una confrontación bilateral.

Si Estados Unidos sanciona a empresas chinas, indias, turcas, emiratíes u otras que mantengan relaciones con Irán, la batalla puede trasladarse a terceros países.

Esto puede acelerar una tendencia que ya se observa en la economía mundial: la fragmentación de los sistemas comerciales y financieros.

Los países empiezan a buscar alternativas para reducir su vulnerabilidad frente a las sanciones. Se incrementan los acuerdos comerciales bilaterales, se utilizan monedas diferentes del dólar, se desarrollan sistemas de pagos alternativos y se diversifican las cadenas de suministro.

La paradoja es evidente: cuanto más eficaz sea el uso estadounidense de su poder financiero, mayor puede ser el incentivo de otros países para construir mecanismos que reduzcan ese poder en el futuro.

La batalla por el dólar

En última instancia, uno de los activos estratégicos más importantes de Estados Unidos no es únicamente su capacidad militar, sino la centralidad del dólar.

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El poder de Washington para sancionar a empresas y bancos extranjeros está estrechamente relacionado con el papel internacional de la moneda estadounidense y con la importancia de los mercados financieros de Estados Unidos.

Mientras empresas y bancos de todo el mundo necesiten dólares, quieran operar en Estados Unidos o mantener relaciones con instituciones financieras estadounidenses, Washington conservará una poderosa capacidad de presión.

Por eso la guerra económica contra Irán puede tener consecuencias que van mucho más allá de Oriente Medio.

Cada vez que Estados Unidos utiliza el acceso al dólar como instrumento de presión, otros Estados tienen un incentivo adicional para desarrollar alternativas.

No significa que el dólar vaya a perder de inmediato su posición dominante. Significa que el uso geopolítico de las infraestructuras financieras puede convertirse, a largo plazo, en uno de los principales factores de transformación del sistema económico internacional.

Irán como laboratorio de la guerra económica del siglo XXI

Irán se ha convertido, en este sentido, en uno de los principales laboratorios mundiales de la guerra económica.

Durante décadas ha experimentado con diferentes formas de resistencia: comercio con socios alternativos, redes informales, intermediarios financieros, empresas pantalla, rutas marítimas opacas y utilización de nuevas tecnologías.

Estados Unidos, por su parte, ha perfeccionado progresivamente su capacidad para rastrear esas redes y aplicar presión sobre ellas.

El enfrentamiento entre ambos países ofrece una anticipación de cómo podrían desarrollarse futuras guerras económicas.

Ya no se trata únicamente de bloquear puertos o embargar mercancías. Se trata de controlar datos, pagos, seguros, tecnologías, rutas comerciales, plataformas digitales, cadenas logísticas y acceso a mercados.

La guerra económica moderna es, en definitiva, una guerra por las conexiones.

Una nueva doctrina de poder

El caso iraní revela finalmente una transformación profunda de la política internacional.

Durante buena parte del siglo XX, el poder de un Estado se medía fundamentalmente por su territorio, sus fuerzas armadas, sus recursos naturales y su capacidad industrial.

En el siglo XXI se añaden otros elementos: control de las infraestructuras financieras, dominio tecnológico, capacidad para imponer estándares, acceso a los mercados, control de las cadenas logísticas y capacidad de recopilar y analizar información.

Estados Unidos dispone de una combinación excepcional de estos instrumentos.

Irán, por su parte, intenta compensar su aislamiento mediante redes alternativas.

La actual «guerra económica» puede interpretarse así como una pugna entre dos modelos de poder: el poder de la centralidad, basado en el acceso al sistema financiero y comercial dominante, frente al poder de la adaptación, basado en la creación de circuitos alternativos.

La batalla no se libra únicamente en Washington, Teherán o el estrecho de Ormuz. Se libra también en bancos de Singapur, puertos del Golfo, compañías de Hong Kong, mercados de petróleo, aseguradoras internacionales, plataformas digitales y despachos de abogados especializados en sanciones.

Y esa es precisamente la principal característica de la guerra económica contemporánea: puede desarrollarse prácticamente en cualquier lugar.

La ofensiva estadounidense contra Irán demuestra que las guerras del futuro pueden comenzar mucho antes de que se produzca el primer disparo. Pueden comenzar con una transferencia bancaria bloqueada, una licencia de exportación denegada, un buque incluido en una lista de sanciones, una compañía que abandona un mercado o un banco que decide cerrar una cuenta.

El campo de batalla es la economía mundial.

Y quien controla sus principales nodos —el dinero, los mercados, la tecnología, la energía, la logística y la información— dispone de una capacidad de presión que, en determinadas circunstancias, puede resultar tan estratégica como una fuerza militar.

La gran incógnita es si esa capacidad será suficiente para obligar a Irán a modificar su comportamiento o si, por el contrario, terminará acelerando la creación de un sistema internacional cada vez más fragmentado, en el que las grandes potencias construyan sus propias redes económicas, financieras y tecnológicas para reducir su vulnerabilidad frente a las sanciones.

En esa disyuntiva se encuentra buena parte del futuro de la confrontación entre Estados Unidos e Irán. La guerra económica puede ser una alternativa a una guerra militar de mayor escala. Pero también puede convertirse en una guerra prolongada por otros medios, con consecuencias que acabarían afectando no sólo a Irán y Estados Unidos, sino al precio de la energía, las rutas marítimas, las cadenas de suministro y el equilibrio de poder de toda la economía mundial.

 

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