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lunes, julio 27, 2026

Antonio Tortosa (Tecnifuego): «Los ES-Alert son valiosos, pero no sustituyen la comunicación puerta a puerta ni el criterio técnico del mando de la emergencia»

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

El devastador incendio forestal que ha arrasado parte de la provincia de Almería y que ha dejado un balance provisional de trece fallecidos ha vuelto a situar a España frente a una de las consecuencias más dramáticas de la combinación de temperaturas extremas, vegetación altamente combustible y fenómenos meteorológicos adversos. Más allá de la magnitud de la tragedia humana, el suceso reabre el debate sobre la capacidad de prevención, la rapidez de la respuesta de emergencia, la planificación territorial y la preparación de la población ante incendios cada vez más intensos, rápidos e impredecibles, en un contexto en el que los expertos llevan años alertando de que los grandes incendios forestales serán cada vez más frecuentes.

La catástrofe de Almería obliga ahora a extraer lecciones que trascienden la investigación concreta de las causas del fuego. Especialistas en gestión de emergencias, protección civil, ingeniería forestal y cambio climático coinciden en que reducir el riesgo pasa por una estrategia integral que combine una mejor gestión del monte, sistemas de alerta temprana más eficaces, planes de evacuación conocidos por la ciudadanía, coordinación entre administraciones e inversiones sostenidas en prevención durante todo el año, y no únicamente en la campaña estival. El objetivo no puede limitarse a extinguir incendios, sino a evitar que vuelvan a repetirse tragedias de esta magnitud.

En este marco, adquieren gran relevancia las consideraciones de los uno de los más reputados expertos en España sobre esta materia, Antonio Tortosa, presidente de Tecnifuego, en esta entrevista concedida a Delta13News.

¿Qué factores convierten un incendio forestal en una tragedia de las dimensiones que hemos visto en Almería y qué lecciones técnicas deberían extraerse para evitar que vuelva a repetirse?

Una tragedia de estas dimensiones rara vez responde a un único factor. Suele producirse cuando coinciden un incendio de evolución muy rápida, condiciones meteorológicas adversas, una elevada carga de combustible vegetal, población dispersa y dificultades para comunicar o ejecutar las medidas de protección.

En un gran incendio, un cambio de viento, la orografía o la aparición de focos secundarios por pavesas pueden alterar el escenario en cuestión de minutos. Una carretera que parecía segura puede dejar de serlo poco después. Por eso, las decisiones sobre evacuación o confinamiento deben basarse en la información que manejan los responsables del operativo de emergencia, y no en la percepción individual de quienes se encuentran sobre el terreno.

Sin prejuzgar lo sucedido en Almería, la primera lección es que los planes de emergencia y autoprotección deben prepararse antes de que llegue el fuego. Las poblaciones expuestas necesitan planes conocidos, accesos despejados, puntos de reunión, rutas previstas y mecanismos eficaces para trasladar instrucciones claras. También es necesario formar a la ciudadanía para que sepa cómo actuar durante la emergencia.

¿Están preparados los actuales sistemas de alerta, evacuación y coordinación entre administraciones para responder a incendios que evolucionan con tanta rapidez, o es necesario replantear los protocolos?

España dispone de planes, estructuras de coordinación y profesionales altamente preparados, pero los incendios están evolucionando más rápido que algunos de los modelos con los que seguimos trabajando. Los planes de emergencias de Protección Civil deben organizar los medios disponibles, preparar la llegada de recursos externos y garantizar la seguridad y la evacuación de las personas amenazadas.

Más que afirmar que todo el sistema falla, debemos revisar si los protocolos se adaptan a incendios que pueden cambiar de dirección, intensidad y velocidad en pocos minutos y afectar simultáneamente a varios núcleos dispersos. Hay que analizar cada tipo de emergencia y comprobar si las alertas llegan por los canales adecuados, si las instrucciones fueron suficientemente claras, si existían rutas alternativas previamente evaluadas y si toda la población sabía qué debía hacer.

Los sistemas de aviso masivo son una herramienta valiosa, pero no sustituyen la planificación local, la comunicación puerta a puerta cuando sea necesaria ni el criterio técnico del mando de la emergencia. De hecho, en el caso de Los Gallardos se ha abierto un debate sobre la decisión de no utilizar ES-Alert, que la Junta justificó por el riesgo de enviar instrucciones generales a personas que necesitaban respuestas distintas según su ubicación. La revisión debe ser técnica y serena, no orientada a buscar conclusiones precipitadas. Además, se debe contar siempre con la opinión de los técnicos y profesionales que componen la dirección de la emergencia.

¿Hasta qué punto el cambio climático, el abandono del medio rural y la acumulación de combustible vegetal están cambiando el comportamiento de los incendios en España?

Lo están cambiando de manera profunda. El cambio climático favorece temperaturas más extremas, olas de calor más tempranas, sequías prolongadas y temporadas de riesgo más largas. Pero la meteorología no actúa sola. Durante décadas, el abandono del medio rural ha transformado el paisaje. Donde antes había cultivos, pastos, viñedos o aprovechamientos forestales que introducían discontinuidades, ahora encontramos grandes superficies continuas de vegetación. Esa continuidad permite que, una vez iniciada la ignición, el fuego encuentre menos obstáculos y avance con mayor rapidez e intensidad.

La campaña de 2026 añade un elemento particular. Las lluvias de primavera favorecieron un crecimiento importante de vegetación y sotobosque que, con la llegada del calor, se convierte en una mayor carga de combustible vegetal. Esto no significa necesariamente que vaya a haber más incendios, pero sí que algunos pueden propagarse más deprisa y resultar mucho más difíciles de controlar. No podemos cambiar la climatología a corto plazo. El ámbito en el que sí podemos actuar es el territorio: reducir la continuidad de la vegetación, recuperar usos agrícolas, ganaderos y forestales, mantener infraestructuras preventivas y sostener actividad económica en las zonas rurales.

¿Qué papel desempeña la ciudadanía en la prevención y en la respuesta durante una emergencia de este tipo? ¿Qué errores son los más frecuentes cuando un incendio amenaza viviendas o urbanizaciones?

La ciudadanía tiene un papel decisivo antes y durante la emergencia. Buena parte de los incendios tiene detrás un factor humano, muchas veces por negligencias no intencionadas como el uso de maquinaria que genera chispas, quemas, colillas, barbacoas o comportamientos imprudentes en el medio natural. Cuando el incendio ya se ha producido, la prioridad debe ser protegerse y colaborar con las autoridades que gestionan la emergencia. Los errores más frecuentes y peligrosos son esperar demasiado para reaccionar, regresar a buscar pertenencias, utilizar rutas distintas a las indicadas, desplazarse para observar el incendio, difundir rumores o ignorar una orden de evacuación o confinamiento.

También hay un problema de falta de preparación previa. Quienes viven en urbanizaciones o viviendas próximas al monte deberían conocer los planes de emergencia municipales, saber por dónde se realizaría una evacuación, mantener despejados los accesos y reducir la vegetación y los materiales combustibles alrededor de sus casas.

La población solo ve una parte de lo que ocurre. Los responsables del operativo trabajan con datos sobre el viento, la orografía, la intensidad del fuego, los nuevos focos y la situación de las vías. Por eso, hacer caso a las instrucciones oficiales es una de las principales medidas de autoprotección. Los planes de emergencia contemplan medidas distintas —evacuación, alejamiento o confinamiento— en función de las condiciones concretas de cada situación.

Mirando al futuro, ¿qué inversiones y medidas considera prioritarias para reducir el riesgo de grandes incendios forestales: más medios de extinción, una mejor gestión del monte, ¿nuevas tecnologías o cambios en la planificación urbanística?

No hay una única solución. Los medios de extinción son imprescindibles y deben seguir mejorando, pero concentrar toda la inversión en apagar incendios cuando ya se han declarado sería insuficiente. La prioridad debe ser una gestión sostenida del territorio: reducción de combustible vegetal, mantenimiento de discontinuidades, apoyo a la agricultura, la ganadería y los aprovechamientos forestales, conservación de accesos e infraestructuras preventivas, planificación y limpieza específica de las zonas de interfaz urbano-forestal.

También es necesario revisar cómo se construye y se mantiene el entorno de urbanizaciones y viviendas situadas junto al monte. Las franjas perimetrales, la limpieza de parcelas, los accesos para vehículos de emergencia, la instalación de una red de hidrantes para el abastecimiento a los vehículos contra incendios, planes de emergencia y autoprotección y la disponibilidad de espacios seguros deben incorporarse a la planificación urbanística y no dejarse para cuando el incendio ya está encima.

Las nuevas tecnologías pueden mejorar la predicción mediante el análisis de temperatura, humedad, viento, estado de la vegetación y humedad del suelo, y facilitar la detección temprana y la toma de decisiones. En 2026, AEMET ha incorporado nuevas variables a su índice de peligro para ofrecer información más precisa a los servicios de prevención y extinción. La fórmula debe ser equilibrada, combinando mejores medios de extinción, mucha más prevención territorial, tecnología útil y poblaciones preparadas. Pero el éxito se decide, en buena medida, antes de que aparezca la primera llama.

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