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viernes, julio 31, 2026

Cuando Franco también denunciaba el sufrimiento palestino y repudiaba al Estado de Israel

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

La historia de desencuentros entre Israel y España es la historia de dos naciones que, a pesar de compartir la memoria de la diáspora sefardí y una creciente interdependencia económica, siguen enfrentadas en el plano político por su visión del conflicto en Oriente Medio. Mientras España busca mantener un papel de mediador y defensor del derecho internacional, Israel exige una relación basada en el reconocimiento de sus necesidades de seguridad.

Hoy, las relaciones diplomáticas son relativamente formales y estables, pero la tensión latente se reactiva cada vez que el conflicto en Gaza o en Cisjordania se intensifica, como ha ocurrido desde 2023, cuando la organización terrorista Hamás ocasionó la matanza y secuestro de centenares de israelíes y la siguiente respuesta del Gobierno de Netanyahu. La historia, pues, demuestra que España e Israel mantienen un delicado equilibrio entre la cooperación y el desencuentro, un equilibrio que sigue poniendo a prueba la diplomacia de ambos países.

En este marco, la historia resulta ser, a veces, paradójica e incluso chocante en algunos aspectos. La defensa de Palestina ha puesto en el espejo a la dictadura franquista y al actual gobierno socialista que lidera Pedro Sánchez. La posición del régimen de Francisco Franco frente a la creación del Estado de Israel en mayo de 1948 fue hostil y de no reconocimiento, y el apoyo a los palestinos más que notorio durante décadas, tanto que se mantuvo así durante toda la dictadura hasta el gobierno de Felipe González.

En 1948 España estaba aislada diplomáticamente tras la Segunda Guerra Mundial debido a su afinidad con las potencias del Eje. La ONU había aprobado en 1947 el Plan de Partición de Palestina, pero España no participaba activamente en la ONU (fue admitida recién en 1955). El nuevo Estado de Israel buscaba legitimidad internacional y reconocimiento de gobiernos en todo el mundo. Franco, sin embargo, se negó a reconocer a Israel y mantuvo su alineamiento simbólico con los países árabes, que se oponían a la partición y a la creación del nuevo Estado.

Entre las razones del rechazo franquista destacaban la ideología y el antisemitismo. El régimen franquista estaba marcado por un discurso de antisemitismo político y religioso, heredado del nacionalcatolicismo. Aunque España había permitido el tránsito de algunos judíos sefardíes durante la guerra, Franco mantenía una visión hostil hacia el sionismo.

En paralelo, Franco buscaba romper el aislamiento internacional cultivando lazos con los países árabes, sobre todo con Egipto y más tarde con Arabia Saudí. En este contexto, apoyar a Israel hubiera significado enfrentarse al bloque árabe. Porque presentarse como aliado del mundo árabe y musulmán servía a Franco para reforzar su discurso de España como reserva espiritualfrente a las potencias occidentales y el comunismo.

La España franquista no estableció relaciones diplomáticas con Israel en ningún momento entre 1948 y 1975. El gobierno español votó sistemáticamente en foros internacionales contra resoluciones favorables a Israel y en apoyo a posiciones árabes y palestinas. La prensa oficial del régimen describía la creación de Israel como una imposición ilegítima de las potencias vencedoras de la guerra y solía subrayar el sufrimiento palestino.

Israel, por su parte, tampoco mostró interés en estrechar lazos con el régimen de Franco, al que veía como un gobierno autoritario vinculado a los fascismos europeos. Esta falta de relación se prolongó hasta después de la muerte de Franco. Fue recién en 1986, bajo el gobierno socialista de Felipe González, cuando España reconoció oficialmente a Israel y estableció relaciones diplomáticas plenas.

España franquista frente a Israel: del rechazo fundacional al aislamiento diplomático

Cuando el 14 de mayo de 1948 David Ben Gurión proclamó en Tel Aviv la independencia del Estado de Israel, la comunidad internacional se dividió entre el reconocimiento inmediato de la nueva nación y la resistencia de los países árabes, que rechazaban lo que consideraban una imposición colonial en sus territorios. En España, bajo la dictadura de Francisco Franco, la reacción fue inequívoca: desconfianza, hostilidad y no reconocimiento.

El franquismo nació enraizado en una cultura política en la que el antisemitismo religioso y político formaba parte de su discurso oficial. Aunque España no participó directamente en la Segunda Guerra Mundial, el régimen simpatizó con las potencias del Eje y compartió su retórica contra lo que llamaba “la conspiración judeo-masónica”. En ese contexto, la creación de Israel en 1948 fue percibida desde Madrid como la cristalización de un proyecto “judío” que encajaba en la visión conspirativa del régimen.

La propaganda oficial vinculaba al sionismo con el comunismo internacional, pese a que Israel nacía con una fuerte impronta socialista pero también con el respaldo de Estados Unidos. Para el franquismo, ambas potencias —URSS y EE.UU.— eran sospechosas, aunque por motivos distintos, y el nuevo Estado judío aparecía como un instrumento de ese tablero geopolítico. Más allá de la ideología, había razones políticas concretas. En 1948 España estaba aislada internacionalmente: la ONU había recomendado la retirada de embajadores y el régimen apenas encontraba interlocutores. En ese marco, Franco buscó un resquicio diplomático en el mundo árabe.

Los países árabes, enfrentados a Israel desde el primer día, ofrecían una oportunidad: no habían combatido contra Franco en la guerra civil y veían a España como una posible aliada frente al bloque occidental. Establecer vínculos con Egipto, Siria, Líbano o Arabia Saudí permitía a Franco intentar romper el cerco internacional. Reconocer a Israel habría cerrado esa puerta de inmediato.

Durante los años cincuenta y sesenta, España fue construyendo una relación privilegiada con naciones como Egipto, Marruecos o Arabia Saudí. El franquismo presentó a España como un país con un pasado de convivencia con el islam —la herencia andalusí era instrumentalizada propagandísticamente— y como un puente entre Occidente y el mundo árabe. Ese posicionamiento le dio frutos y varios países árabes defendieron el ingreso de España en la ONU en 1955 y facilitaron acuerdos económicos y energéticos. A cambio, España se mantuvo firmemente en la trinchera contraria a Israel.

Israel y la mirada recelosa hacia España

Desde el otro lado, Israel tampoco mostró interés en estrechar lazos con el régimen de Franco. La joven democracia israelí, nacida tras el Holocausto, veía a la dictadura española como un vestigio del fascismo europeo y como un socio poco fiable. La falta de reconocimiento no solo fue mutua, sino que se convirtió en una barrera infranqueable durante décadas.

En las relaciones internacionales, España quedó situada en una paradoja: buscaba acercarse a Estados Unidos y al bloque occidental durante la Guerra Fría, pero mantenía una política hacia Oriente Medio más próxima a la soviética, en tanto apoyaba sistemáticamente a los árabes frente a Israel.

Uno de los capítulos más delicados fue la cuestión de los judíos sefardíes. El franquismo utilizó su relación con comunidades sefardíes como un argumento para lavar su imagen internacional. España había permitido salvar a algunos judíos durante la Segunda Guerra Mundial gracias a diplomáticos como Ángel Sanz Briz. Sin embargo, esta narrativa no se tradujo en una política de acercamiento a Israel. Para el régimen, los sefardíes eran un vínculo cultural útil, pero no un puente hacia el reconocimiento del Estado hebreo.

Ni siquiera en los últimos años de la dictadura, cuando España buscaba con ansia integrarse más en Europa y en la comunidad internacional, hubo un giro en la política hacia Israel. La Guerra de los Seis Días en 1967 y la de Yom Kipur en 1973 reforzaron la dependencia española del petróleo árabe. Franco, pragmático, eligió mantener su alianza con los países árabes productores y volvió a sacrificar cualquier atisbo de acercamiento a Israel. En 1975, año de la muerte del dictador, España seguía sin reconocer a Israel. Ese vacío se convirtió en uno de los símbolos de la excepcionalidad diplomática franquista.

No fue hasta 1986, bajo el gobierno socialista de Felipe González, cuando España dio el paso histórico de reconocer oficialmente al Estado de Israel y establecer relaciones diplomáticas plenas. Ese acto cerró un largo ciclo de casi cuatro décadas en las que el franquismo se había mantenido en una posición de aislamiento respecto al nuevo Estado judío, por razones tanto ideológicas como de cálculo político.

La herencia histórica. Del Edicto de Granada a la diáspora sefardí

Con todo, la relación entre el pueblo judío y España está profundamente marcada por el pasado medieval. Durante siglos, la comunidad judía floreció en la península ibérica, particularmente en Al-Ándalus y en los reinos cristianos, contribuyendo a la ciencia, la filosofía y el comercio. Sin embargo, la firma del Edicto de Granada en 1492 por los Reyes Católicos ordenó la expulsión de los judíos que se negaran a convertirse al cristianismo, lo que provocó un éxodo masivo de sefardíes.

Aunque esta expulsión ocurrió siglos antes de la creación del Estado de Israel, su memoria histórica ha influido en la percepción mutua entre ambos países. Para muchos israelíes de origen sefardí, España representa tanto un pasado de esplendor cultural como de persecución y exilio. Este trauma histórico condicionó durante décadas la posibilidad de una relación normalizada.

Durante los años 60 y 70, la política exterior española se caracterizó por un fuerte respaldo a la causa palestina, tanto en la ONU como en foros internacionales. Madrid se convirtió en uno de los pocos países europeos en abrir las puertas a líderes de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), incluyendo a Yasser Arafat.

Como ya se ha indicado, no fue hasta el 17 de enero de 1986, en el marco de la integración de España en la Comunidad Económica Europea, cuando el Gobierno de Felipe González decidió reconocer oficialmente al Estado de Israel. Este fue un momento histórico que puso fin a décadas de distancia diplomática, aunque no sin polémica. El reconocimiento estuvo acompañado de un discurso en el que España reafirmaba su apoyo a una solución de dos Estados para el conflicto israelo-palestino. Para Israel, el gesto de España fue importante pero llegó tarde en comparación con otros países europeos. Para el mundo árabe, en cambio, fue visto como una “traición” de un aliado tradicional.

Desde el establecimiento de relaciones, las tensiones no han desaparecido. España ha mantenido una postura crítica frente a las políticas de Israel en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza. Los gobiernos españoles, de distintos signos políticos, han condenado de manera recurrente la construcción de asentamientos israelíes, el bloqueo sobre Gaza y las operaciones militares que han provocado víctimas civiles.

En momentos de escalada del conflicto, como las guerras de Gaza de 2008-2009, 2014 y 2021, las declaraciones de Madrid han generado malestar en Tel Aviv. Israel ha acusado en varias ocasiones a España de parcialidad y de adoptar un enfoque “pro-palestino”. Uno de los puntos más álgidos de esta relación se produjo en noviembre de 2014, cuando el Congreso de los Diputados en España aprobó por abrumadora mayoría una proposición no vinculante que instaba al Gobierno a reconocer oficialmente al Estado palestino. Aunque el reconocimiento no fue inmediato ni unilateral, el gesto tuvo un gran peso simbólico y fue interpretado por Israel como una presión diplomática.

Tras la matanza de 2023, que España condenó también, las cosas no han ido a mejor, más bien a peor. El actual gobierno aspira a convertirse en abanderado mundial del rechazo a Israel por su actuación en Gaza. Lo que hoy, lo que ahora se escriba, en horas o en días, a lo sumo, pues ser solo papel mojado. En esta cuestión, sale a cuenta invocar el típico y tópico dicho periodístico: seguiremos informando.

Luis Miguel Belda es Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

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