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miércoles, agosto 5, 2026

Dulcinea del True Crime. Capítulo XVI

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Dulcinea del True Crime. Capítulo XVI

CAPÍTULO XVI

De la conversación en el bar de la plaza que ninguno de los dos olvidará

Don Justo citó a Modesto por mensaje de texto, un lunes por la mañana, con una brevedad que no era habitual en él: Bar de la plaza. Miércoles a las once. Sin cámara.

Modesto llegó puntual. Sin cámara, como pedía el mensaje y también sin la mochila grande que solía llevar cuando venía a trabajar. Solo una chaqueta y el móvil en el bolsillo, que no sacó en ningún momento de los noventa minutos que duró la conversación.

Don Justo tampoco llevaba el cuaderno.

Se sentaron. Pidieron. Y don Justo habló durante un rato largo, con la calma de quien ha ordenado las cosas por dentro antes de sacarlas afuera.

Le habló de Encarna del quinto, que llevaba meses más animada porque había conocido a alguien en internet y que había perdido cuatro mil euros y cuatro meses de ilusión a manos de una empresa que fabricaba compañía por turnos desde Costa de Marfil. Le habló de la vergüenza con que Encarna había cargado sola durante semanas, de la vergüenza calculada, diseñada para que no denunciara.

Le habló de Aurelio del segundo, de los dieciséis mil euros y de los cuarenta y siete minutos. Del SMS que no era del banco. De él mismo, que había pasado un año vigilando furgonetas y no había dicho una palabra sobre phishing a ninguno de los vecinos del edificio que conocía de toda la vida.

Le habló de Adrián del tercero, dieciséis años, el móvil boca abajo, el silencio sostenido por la vergüenza y el miedo a la reacción. De la mochila que nunca abandonaba porque la mochila contenía el problema y el problema no podía alejarse de él.

Le habló de Amparo del cuarto derecha, que bajaba al buzón acompañada o no bajaba, que cancelaba citas con explicaciones que sonaban a permiso, que había tardado dos semanas en venir a tomar un café con Remedios y había llegado con los ojos en el reloj.

Le habló de la mujer de la biblioteca de Mota del Cuervo. Del pelo recogido con descuido. De los cuatro años. De las trescientas mil visualizaciones. De la frase que don Justo no había podido anotar porque no había tenido palabras para ella: El duelo de mi hija es el entretenimiento de otros.

Y luego habló de sí mismo.

— ✦ —

De lo que don Justo dijo sobre sí mismo

Lo dijo sin dramatismo, con la misma calma con que había hablado de los demás, que era la única manera en que don Justo Severo Recio sabía decir las cosas difíciles: de frente, sin adorno, con la pluma azul imaginaria de quien anota lo que es.

—Me pasé casi un año consumiendo historias sobre crímenes reales como si fueran entretenimiento —dijo—. Series, documentales, podcasts, vídeos. Su canal incluido. Y no lo hice para aprender nada útil. Lo hice porque me había jubilado y no sabía qué hacer con el tiempo y las pantallas me daban la sensación de que estaba haciendo algo importante. De que entendía el mundo mejor que antes. De que mi experiencia de portero y mi metodología y mi cuaderno verde servían para algo.

—Mientras tanto, Encarna perdía cuatro mil euros. Aurelio perdía dieciséis mil. Adrián llevaba semanas solo con algo que ningún adolescente debería llevar solo. Amparo del cuarto derecha no podía bajar al buzón sin permiso. Y yo tenía el cuaderno lleno de hipótesis sobre furgonetas de fontanería y mercadillos de segunda mano.

Modesto escuchaba. No tomaba notas. No grababa. Solo escuchaba, con las manos alrededor del vaso de agua, con la atención específica de quien sabe que lo que está oyendo le corresponde también a él aunque el nombre que aparezca sea otro.

—El problema no es el true crime —continuó don Justo—. El problema es lo que el true crime hace con quien lo consume en exceso. Distorsiona la percepción del riesgo. Genera la ilusión de que entender el crimen excepcional te protege del crimen común. Convierte el dolor de personas reales en material de consumo y llama a eso cultura. Y el consumidor —yo, en este caso, pero no solo yo— lo acepta porque es más fácil ver el crimen en una pantalla que ver lo que ocurre en el edificio donde llevas treinta años viviendo.

—Inés lo dice mejor que yo. Pero el caso es que lo he entendido tarde y a costa de personas que merecían que lo entendiera antes.

Silencio. El bar tenía a esas horas tres mesas ocupadas y una radio que ponía las noticias de las doce en un volumen que no molestaba pero que se oía.

—¿Y yo? —dijo Modesto, en voz baja.

—Usted —dijo don Justo— ha estado haciendo lo mismo que yo pero con ciento doce mil personas mirando. La diferencia de escala no es un detalle menor.

Modesto no contestó durante un momento.

—Tengo pendiente llamar a la familia de Madrid —dijo finalmente.

—Lo sé —dijo don Justo.

—Y tengo que hacer algo con el episodio 34. No basta con haber respondido el mensaje.

—No —dijo don Justo—. No basta.

Otro silencio. Modesto miraba la mesa.

—¿Qué hago con el canal? —preguntó.

Don Justo lo miró durante un momento. Luego dijo algo que no había planeado decir y que, sin embargo, era exactamente lo que correspondía:

—Llame a Inés Perada Vuelta. No para debatir. Para escuchar.

Modesto asintió despacio.

Pagaron a medias. Salieron a la plaza, que a esa hora tenía el sol de primavera encima y las palomas haciendo lo que las palomas hacen. Se despidieron con un apretón de manos que era diferente de todos los apretones de manos anteriores, aunque ninguno de los dos habría sabido explicar exactamente en qué.

Don Justo volvió a casa. Cancerbero lo recibió en la puerta con la efusión moderada de los galgos, que quieren mucho pero lo demuestran con discreción.

El cuaderno verde estaba en el despacho. Don Justo no fue al despacho.

No son casos. Son personas.

CAPÍTULO XVII

En que Modesto Fama Cuesta empieza a hacer algo diferente, con la ayuda de quien menos esperaba

CONTINUARÁ …

 

 

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