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Dulcinea del True Crime. Capítulo XVIII
CAPÍTULO XVIII
De la asociación de víctimas, del nuevo portero y de otras cosas que don Justo Severo aprendió sin cuaderno
Fue Inés quien le habló de la asociación. Lo hizo en un correo electrónico, breve y directo como todos sus correos, en respuesta a uno de don Justo en que este le preguntaba —con más torpeza de la habitual, porque escribir a Inés le seguía produciendo una mezcla de respeto y turbación que el tiempo no había terminado de suavizar— si había algún modo de ser útil que no implicara un cuaderno.
Inés le respondió con el nombre de una asociación de víctimas de accidentes de tráfico que tenía sede en la capital de provincia y que buscaba voluntarios para acompañamiento: personas que pudieran estar presentes en las reuniones, que escucharan, que ayudaran con gestiones administrativas, que hicieran de puente entre las familias y los recursos disponibles.
Don Justo fue a la primera reunión convencido, como era su costumbre, de que iba a aportar. Salió de ella sin haber dicho prácticamente nada.
Había escuchado durante dos horas a personas reales hablar de pérdidas reales. No usaban vocabulario criminológico. No hablaban de perfiles ni de patrones ni de factores de riesgo. Hablaban de los cumpleaños que ya no tienen destinatario. De los asientos vacíos en la mesa de Navidad. De los conductores que nunca entendieron que aquella tarde no era un episodio de nada: era el último día de alguien.
Hablaban de cómo el sistema judicial a veces les hacía sentir que ellos eran los que molestaban. De cómo los medios de comunicación cubrían el accidente durante dos días y luego desaparecían y la familia se quedaba sola con el expediente y el silencio. De cómo la gente del entorno, pasado el primer mes, dejaba de preguntar porque la vida seguía y uno no sabía muy bien cómo preguntar por el dolor de alguien que ya debería estar mejor.
Don Justo volvió a casa callado. Remedios, que lo vio entrar, no preguntó nada. Le puso el guiso de lentejas.
—¿Cómo ha ido? —preguntó cuando don Justo llevaba un rato comiendo.
—Bien —dijo don Justo—. Voy a seguir yendo.
Y siguió yendo. Los martes, a las seis de la tarde, en el local de la asociación que olía a café de máquina y tenía sillas plegables dispuestas en círculo y un mural en la pared que alguien había pintado con flores y nombres. Don Justo se sentaba en el círculo. Escuchaba más de lo que hablaba, que era algo nuevo para él. Y cuando hablaba, lo hacía sin teorías: con las palabras sencillas de quien está ahí y no tiene más que ofrecer que estar ahí, que a veces es exactamente lo que hace falta.
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Del nuevo portero y del legado
El número catorce de la calle Alameda tenía nuevo portero desde febrero. Se llamaba Darío, tenía treinta y cuatro años, venía de un pueblo de Badajoz y había llegado al trabajo con las referencias en orden y la disposición callada de quien sabe que los comienzos requieren observación antes que acción.
Don Justo lo había visto en el proceso de incorporación con la mirada del experto que evalúa a su sucesor, que es una mirada difícil de disimular y que Darío había soportado con una paciencia que auguraba buenos años de portería.
Un sábado de mayo, don Justo llamó a la puerta de la portería y le preguntó a Darío si tenía una hora. Darío dijo que sí. Don Justo lo invitó a dar una vuelta por el edificio.
No llevaba el cuaderno. Llevaba treinta y un años.
Le explicó quién vivía en cada piso y qué necesitaba. Le dijo que el señor del segundo, Aurelio, era mayor y vivía solo y que convenia echarle un ojo si algún día no se le veía en dos días seguidos, que eso no era lo normal en él. Le dijo que la señora del quinto, Encarna, había pasado una época difícil y que ahora estaba mejor pero que apreciaba que la saludaran por el nombre, que la hacía sentir menos sola. Le dijo que en el cuarto derecha las cosas habían cambiado recientemente y que Amparo, la señora, estaba en un proceso que requería tranquilidad y discreción.
Le habló de la farola del garaje que llevaba años dando problemas y que requería aviso al presidente antes de que llegara a fundirse del todo. Le habló del seto de la entrada, que había que podar antes de noviembre para que no generara ángulos ciegos en el portal. Le habló de la cámara del aparcamiento, cuyo ángulo cubría el rincón equivocado desde hacía una década y que debería reorientarse en algún momento.
Le habló de todo esto sin llamarlo CPTED. Sin llamarlo vigilancia natural ni refuerzo territorial ni mantenimiento del espacio. Le habló de ello como lo que era: el conocimiento de alguien que había vivido ese edificio durante treinta y un años y sabía que cuidar un espacio era cuidar a las personas que lo habitaban.
Darío escuchaba y asentía, con la libreta en la mano.
—¿Anota usted todo esto? —preguntó don Justo.
—Lo más importante —dijo Darío.
—Bien —dijo don Justo. Y pensó que eso era exactamente lo correcto: anotar lo importante, no todo.
Al terminar la vuelta, en el portal, Darío le tendió la mano.
—Gracias —dijo—. Esto vale más que el manual.
Don Justo estrechó la mano. Salió a la calle. El sol de mayo en Olmeda del Espino tenía esa calidad específica de los soles de primavera en la Mancha que hace que todo parezca más nítido de lo habitual, como si el mundo hubiera decidido mostrar sus contornos con más claridad que de costumbre.
Cancerbero lo esperaba en la puerta de casa con la expresión de quien lleva esperando un rato razonable y no le importa pero le gustaría que constara.
No son casos. Son personas.
CAPÍTULO XIX — FINAL
De lo que don Justo Severo encontró al cerrar el cuaderno verde y de lo que Cancerbero supo desde el principio
CONTINUARÁ …




