El auge del populismo en Europa durante la última década ha sido objeto de intensos debates académicos y políticos, a menudo centrados en factores como la inmigración, la globalización o la crisis de identidad nacional. Sin embargo, una nueva investigación liderada por la University of Cambridge introduce un matiz decisivo en esta discusión: detrás del crecimiento de los movimientos populistas no se encuentran únicamente cuestiones culturales o geopolíticas, sino, sobre todo, preocupaciones cotidianas relacionadas con la economía doméstica y la calidad del empleo.
El estudio, basado en un amplio análisis de datos comparados en distintos países europeos, plantea que el malestar económico vivido en la vida diaria ha sido un motor fundamental del giro político experimentado en el continente.
La investigación, dirigida por la socióloga Lorenza Antonucci, se apoya en el análisis de decenas de miles de encuestas realizadas entre 2015 y 2018, un periodo clave en el que Europa vivió una oleada populista sin precedentes, marcada por acontecimientos como el Brexit o el ascenso de partidos radicales en numerosos países. A partir de estos datos, los investigadores concluyen que la ansiedad financiera —es decir, la preocupación constante por llegar a fin de mes, pagar facturas o afrontar gastos imprevistos— constituye uno de los factores más determinantes a la hora de explicar el voto populista, por encima incluso de variables tradicionalmente señaladas como la inmigración.
Uno de los hallazgos más contundentes del estudio es el impacto cuantificable de estas preocupaciones económicas en el comportamiento electoral. En países como Alemania, Francia o Suecia, los individuos que manifestaban niveles elevados de inseguridad financiera tenían entre un 17 % y un 20 % más de probabilidades de votar a partidos populistas en comparación con quienes se sentían económicamente seguros. En otros países como Italia, España o Países Bajos, el efecto, aunque algo menor, también resultaba significativo, con incrementos de entre el 4 % y el 10 %.
Estos datos adquieren una relevancia aún mayor si se tiene en cuenta el contexto político europeo, caracterizado por sistemas multipartidistas altamente fragmentados. En muchos casos, la diferencia de votos entre las principales fuerzas políticas apenas supera el 10 %, lo que significa que factores como la inseguridad económica pueden ser decisivos para inclinar el resultado electoral. En este sentido, el estudio sugiere que el populismo no es tanto un fenómeno marginal o excepcional, sino una respuesta directa a tensiones estructurales presentes en amplios sectores de la población.
Pero la investigación no se limita al ámbito de los ingresos o el nivel de vida. Otro elemento clave que emerge del análisis es la insatisfacción laboral. Según los datos recopilados, el descontento con la calidad del trabajo —incluyendo aspectos como la presión laboral, la falta de reconocimiento, la precariedad o la ausencia de perspectivas de mejora— también está estrechamente vinculado al apoyo a opciones políticas populistas. En algunos países europeos, esta variable llegó a aumentar la probabilidad de voto populista en hasta 12 puntos porcentuales.
Este fenómeno apunta a lo que la propia Antonucci denomina la “cara oculta de la inseguridad laboral”. No se trata únicamente de personas desempleadas o en situación de exclusión, sino también de trabajadores con empleo estable que, sin embargo, perciben una pérdida de control sobre su trabajo, una intensificación de las exigencias y una erosión progresiva de sus condiciones laborales. Este sentimiento de desgaste y frustración, difícil de medir en términos estrictamente económicos, se convierte en un caldo de cultivo propicio para el rechazo a las élites políticas y económicas.
El estudio también introduce un elemento de diferenciación de género en la relación entre trabajo y populismo. A partir del análisis de más de 20.000 pares de trabajadores en 23 países europeos, los investigadores detectaron que los hombres son especialmente sensibles a determinadas condiciones laborales. Por ejemplo, aquellos que trabajan bajo alta presión o con plazos ajustados presentan una mayor probabilidad de apoyar partidos populistas.
Sin embargo, el efecto es aún más pronunciado en casos de insatisfacción estructural, como sentirse mal remunerado, sin reconocimiento o sin oportunidades de progresión, donde el apoyo a opciones radicales puede aumentar de forma notable.
Este conjunto de evidencias cuestiona algunas de las interpretaciones más extendidas sobre el auge del populismo en Europa. Durante años, el foco se ha situado en los llamados “perdedores de la globalización” o en los sectores más desfavorecidos. No obstante, el trabajo de la Universidad de Cambridge sugiere que el fenómeno es mucho más transversal y afecta también a amplias capas de las clases medias trabajadoras, que experimentan inseguridad no tanto en términos absolutos, sino en relación con sus expectativas y su percepción de futuro.
Otro aspecto relevante del estudio es su reinterpretación de la crisis del coste de la vida. Aunque a menudo se presenta como un fenómeno reciente, vinculado a la pandemia o a tensiones geopolíticas actuales, los datos indican que sus raíces son más profundas y se remontan al periodo posterior a la crisis financiera de 2008 y los rescates bancarios. En este sentido, el populismo aparece como una expresión política acumulada de malestares económicos prolongados en el tiempo, más que como una reacción puntual a eventos recientes.
Además, la investigación redefine el concepto mismo de populismo, alejándolo de una ideología concreta para entenderlo como una lógica política que enfrenta a “el pueblo” con “las élites”. Bajo esta definición, el apoyo a partidos populistas puede manifestarse tanto en formaciones de derecha como de izquierda, lo que refuerza la idea de que el fenómeno responde a una percepción compartida de injusticia o abandono, más que a una orientación ideológica específica.



