A mediados de este mes, Donald Trump anunciaba que tenía previsto reunirse con Vladimir Putin en la ciudad de Budapest (Hungría) en “las próximas dos semanas o así” para tratar el conflicto entre Rusia y Ucrania. Sin embargo, apenas unos días después la Casa Blanca declaraba este marters que “no hay planes para que el presidente Trump se reúna con el presidente Putin en un futuro inmediato”, tras una conversación entre el secretario de Estado estadounidense y el ministro de Exteriores ruso. Al mismo tiempo, Ucrania, los aliados europeos y los analistas expresaron escepticismo sobre el valor de una cumbre de este tipo.
Paralelamente, surgió una tensión estratégica relevante: Ucrania había solicitado al Gobierno estadounidense misiles Tomahawk de largo alcance para atacar objetivos en territorio ruso. Trump había sugerido que podría suministrarlos si se mostraba un estancamiento del conflicto, pero al mismo tiempo puso reparos: dijo que prefería terminar la guerra sin necesidad de esos misiles, que Estados Unidos también los necesitaba. Por su parte, Rusia advirtió fuertemente que el suministro de Tomahawks a Ucrania representaría una “etapa cualitativamente nueva de escalada” y achacó a Washington la responsabilidad de las consecuencias.
En este escenario, Putin ha decidido no moverse de sus líneas fundamentales: no acepta un cese del fuego inmediato bajo los términos exigidos por Ucrania y Occidente, exige neutralidad de Ucrania y desmontar sus capacidades militares. Nada que no se sepa ya.
La gran pregunta ahora es: ¿Ha calculado Putin bien el riesgo de no ceder, es decir, de mantener su postura rígida, frente a la posibilidad de que Trump pierda la paciencia o cambie de estrategia armamentística hacia Ucrania?
Los riesgos para Putin de mantener la rigidez son, en primer lugar una escalada de apoyo occidental a Ucrania. Al negarse a negociar desde posiciones más flexibles, Rusia corre el riesgo de provocar una mayor implicación de EE.UU. y de la OTAN con Ucrania. Si Trump decidiera facilitar o permitir misiles de largo alcance como los Tomahawk, Ucrania podría golpear más allá de la frontera ucraniana. Rusia ha manifestado que considera eso un umbral crítico.
Si Ucrania adquiere capacidad de atacar más profundamente territorio ruso, la correlación de fuerzas podría cambiar —o al menos percibirse que cambia—. Putin corre el riesgo de que su invocación de “no negociación” y “no cesión” se convierta en una ventaja para Occidente: empujar a Ucrania a exigir armas más agresivas, y a EE.UU. a ponerse más firme.
Luego está el desgaste diplomático y político que todo ello supone para Putin. Rusia se queda aislada en la mesa de negociación cuando no muestra disposición a ceder siquiera lo mínimo aceptado por Occidente. La cancelación del encuentro de Budapest puede interpretarse como una señal de que Moscú no ve utilidad en sentarse. Eso debilita la posición de Rusia como interlocutor serio para la pacificación. Este desgaste puede traducirse en sanciones más duras, apoyo militar mayor a Ucrania, o simplemente en una pérdida de margen diplomático para Rusia.
No hay que olvidarse del coste que la guerra le supone a Rusia. Al no moverse de sus demandas, Rusia prolonga la guerra. Una guerra prolongada consume recursos económicos, humanos, desgaste del aparato militar, y puede generar fricción interna —aunque los medios rusos raramente lo muestren explícitamente—. Cuanto más dure el conflicto sin que Rusia logre un resultado decisivo, más vulnerable queda a un contragolpe ucraniano apoyado por Occidente.
¿Riesgo de que Trump opte por una escalada armamentística? Bueno, si Trump considera que la diplomacia no avanza y que Rusia no está dispuesta a negociar seriamente, podría decidir cambiar de rumbo hacia un suministro más agresivo de armas a Ucrania —lo que por supuesto Putin quiere evitar. Tal cambio podría alterar la dinámica de poder, e incluso implicar que EE.UU. decida intervenir de forma más directa, lo que situaría a Rusia en una posición más arriesgada.
¿Por qué, entonces, podría Putin haber calculado que esta postura rígida le conviene? Mantener una postura intransigente transmite a la dirigencia rusa y al aparato militar que no habrá concesiones fáciles. Eso puede fortalecer la posición de Putin dentro de Rusia, frente a la opinión de que “ceder” equivale a debilidad. A nivel externo, también proyecta que Rusia está convencida de que su esfuerzo es legítimo y no negociará con debilidad.
Así mismo, Putin puede estar apostando a que Occidente —y en especial EE.UU.— tenga límites de apoyo a Ucrania, por fatiga militar, política o presupuestaria. Si Rusia percibe que el suministro de armas costosas a Ucrania no es sostenible a largo plazo, entonces la rigidez puede funcionar como apuesta: “Esperamos que ellos se cansen primero”.
Si Rusia se niega a negociar, fuerza a Ucrania a prolongar la guerra o a aceptar un acuerdo desfavorable. Esto preserva las posiciones que ha ganado hasta ahora. Desde esa óptica, la rigidez permite que Rusia mantenga el statu quo o incluso tratar de incrementarlo, en lugar de retroceder bajo presión diplomática.
Y al no dar pasos visibles hacia un acuerdo, Rusia evita crear expectativas de paz que luego no pueda cumplir. En este sentido, la cancelación de la cumbre en Budapest puede entenderse como una maniobra. Si Rusia entra a una reunión sin prepararse para hacer concesiones, corre el riesgo de verse obligada a ceder o a quedar mal. Mejor cancelar, mantener la superioridad del relato.
Uso de la amenaza como herramienta disuasoria
Rusia ha hecho saber que la introducción de misiles de largo alcance a Ucrania cruzará una línea roja. Al mantener una postura dura, Putin configura el tablero para que cualquier escalada armamentística occidental pueda ser atribuida a una provocación de Occidente y no a una concesión rusa. Esto refuerza aunque sea como retórica, la narrativa de que “nos obligan”.
Retomamos la cuestión: ¿Ha calculado bien Putin o se está jugando algo grave? La estrategia de Putin es coherente con sus intereses de corto y medio plazo, pero entraña riesgos significativos de medio y largo plazo. Dicho de otro modo: sí, ha hecho un cálculo, pero no está garantizado que sea acertado.
Si Trump o la administración estadounidense decidieran cambiar de estrategia y dotar a Ucrania de armas de alto impacto (por ejemplo, los Tomahawk), Rusia se vería en una posición más estrecha porque la correlación de fuerzas podría cambiar. La advertencia rusa al respecto deja claro que evalúan ese peligro.
Por otra parte, el aislamiento diplomático puede crecer, incrementando las sanciones y horadando la base de apoyo internacional de Rusia. Una guerra prolongada favorece a Ucrania si consigue acumulación de armas y apoyo occidental, lo que podría llevar a una derrota o a una retirada forzada de Rusia en algún frente. En suma, si Occidente percibe que la negociación no avanza, podría decidir un cambio de política más agresivo, lo cual Rusia ha advertido, pero no controlado.
En cualquier caso, la gran incógnita del tablero es Donald Trump. Si Trump pierde la paciencia por la prolongación del conflicto y decide suministrar directamente misiles Tomahawk a Ucrania —o liberar esa opción para Ucrania— eso modificaría drásticamente el marco para Rusia.
Actualmente Trump ha adoptado una postura ambigua: habla de suministrar Tomahawks si Rusia no se aviene al cese del fuego, pero al mismo tiempo dice que preferiría no hacerlo. Rusia ha respondido con amenazas (“toda la responsabilidad será suya”). Así que Putin sabe que existe una línea roja: si Occidente cruza esa línea, la escena cambia.
Para Putin es clave que Trump no decida proporcionar los Tomahawks o que lo haga de forma limitada o condicionada. Si Trump se mantiene en la ambigüedad o retrocede, la estrategia rusa se ve reforzada. Si Trump cambia el rumbo y los suministra de forma sustancial, el cálculo de Putin se verá puesto a prueba de forma severa. Continuará…



