El calor extremo se ha convertido en uno de los mayores desafíos para las ciudades del siglo XXI y amenaza con alterar profundamente la salud pública, la economía y la planificación urbana. Un estudio internacional liderado por investigadores de la Universidad de Oxford ha elaborado el primer índice global comparable para evaluar el riesgo que afrontan las principales ciudades del planeta frente a las temperaturas extremas, concluyendo que la vulnerabilidad urbana depende no solo del clima, sino también de factores sociales, demográficos, económicos y de capacidad de adaptación.
La investigación analiza 205 de las mayores ciudades del mundo y dibuja un mapa que servirá de referencia para orientar futuras políticas de resiliencia climática.
El trabajo parte de una premisa que los investigadores consideran esencial: dos ciudades con temperaturas similares pueden afrontar riesgos muy distintos. La amenaza del calor no depende únicamente de los grados que marque el termómetro, sino también de la edad de la población, la calidad de las viviendas, la disponibilidad de zonas verdes, el acceso a sistemas de refrigeración, el nivel de ingresos, la capacidad de los servicios sanitarios y la preparación institucional para responder a episodios de calor extremo.
A diferencia de estudios anteriores, centrados casi exclusivamente en variables meteorológicas, el nuevo modelo incorpora indicadores de exposición, vulnerabilidad y capacidad de respuesta. El resultado es una clasificación mucho más completa del riesgo real al que están expuestos millones de habitantes, permitiendo identificar aquellas ciudades donde el impacto humano de las olas de calor puede ser especialmente elevado incluso cuando las temperaturas absolutas no sean las más extremas del planeta.
Uno de los hallazgos más significativos es la fuerte concentración geográfica del riesgo. Más del 95 % de las ciudades situadas en el nivel más alto de vulnerabilidad se encuentran en el sur y sudeste asiático y en África subsahariana, regiones caracterizadas por un rápido crecimiento urbano, una elevada densidad de población y una capacidad limitada para adaptarse al cambio climático. Estas áreas combinan altas temperaturas con infraestructuras insuficientes, amplios sectores de población vulnerable y una rápida expansión urbana que dificulta la implantación de medidas de mitigación.
Según la clasificación elaborada por los investigadores, Ciudad Ho Chi Minh aparece como la ciudad con mayor riesgo de calor extremo del mundo. Le siguen Bangkok y Samut Prakan, mientras que entre las cincuenta urbes más vulnerables figuran numerosas ciudades de India, Indonesia, Pakistán, Bangladesh, Nigeria y otros países donde la urbanización avanza con gran rapidez y los sistemas de protección climática siguen siendo limitados.
Los autores advierten de que el calor extremo ya no constituye un fenómeno estacional o excepcional. El aumento continuado de las temperaturas globales está incrementando tanto la frecuencia como la intensidad y duración de las olas de calor, convirtiéndolas en una amenaza permanente para las grandes áreas metropolitanas. Las denominadas «islas de calor urbanas», provocadas por la acumulación de asfalto, hormigón y edificios, agravan todavía más el problema al impedir que las ciudades se enfríen durante la noche.
Esta circunstancia tiene importantes consecuencias sanitarias. La imposibilidad de recuperar temperaturas más bajas durante las horas nocturnas incrementa el riesgo de enfermedades cardiovasculares, respiratorias y renales, además de elevar la mortalidad entre personas mayores, niños, trabajadores al aire libre y ciudadanos con enfermedades crónicas. Los investigadores recuerdan que el calor constituye actualmente uno de los fenómenos meteorológicos que provoca un mayor número de fallecimientos a escala mundial, superando incluso a otros desastres naturales de mayor impacto mediático.
La investigación subraya que el riesgo tampoco se distribuye de manera uniforme dentro de una misma ciudad. Los barrios con menor renta, viviendas peor aisladas, menor presencia de árboles o escasez de espacios verdes soportan temperaturas sensiblemente superiores y ofrecen menos posibilidades de protección a sus habitantes. De este modo, el cambio climático no solo constituye un problema ambiental, sino también un factor que amplía las desigualdades sociales existentes.
Sectores más expuestos a los riesgos
Otro de los aspectos destacados del informe es la creciente interacción entre el calor extremo y la actividad económica. Las elevadas temperaturas reducen la productividad laboral, dificultan el funcionamiento de infraestructuras críticas, incrementan el consumo energético destinado a refrigeración y generan importantes costes para los sistemas sanitarios. Sectores como la construcción, la agricultura, el transporte o los servicios de emergencia figuran entre los más expuestos a estas consecuencias.
Los investigadores consideran que la adaptación urbana será tan importante como la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Entre las medidas prioritarias proponen ampliar la infraestructura verde mediante parques y arbolado urbano, utilizar materiales que reflejen mejor la radiación solar, rediseñar edificios para favorecer la ventilación natural, crear refugios climáticos accesibles para la población y desarrollar sistemas de alerta temprana capaces de anticipar episodios de calor extremo.
El estudio también pone de relieve la necesidad de incorporar la planificación climática a todas las políticas urbanas. La ubicación de hospitales, escuelas, residencias de mayores, redes de transporte o nuevas zonas residenciales deberá tener en cuenta, cada vez más, la exposición al calor extremo y la capacidad de adaptación de cada territorio.
Aunque la investigación identifica un riesgo especialmente elevado en Asia y África, Europa tampoco queda al margen del problema. Las sucesivas olas de calor registradas durante los últimos veranos han puesto de manifiesto la creciente vulnerabilidad del continente. Ciudades de España, Francia, Italia o Grecia han registrado temperaturas récord, noches tropicales persistentes y un aumento de la mortalidad asociada al calor, obligando a las administraciones a reforzar los planes de emergencia y las estrategias de adaptación urbana.
Para los autores, disponer de un marco internacional comparable permitirá a los responsables públicos identificar prioridades, asignar recursos con mayor eficacia y evaluar la evolución del riesgo conforme avance el calentamiento global. El índice no pretende únicamente clasificar ciudades, sino ofrecer una herramienta práctica para orientar inversiones en infraestructuras resilientes y proteger a las poblaciones más vulnerables.
Las conclusiones adquieren especial relevancia en un momento en que más de la mitad de la población mundial vive ya en entornos urbanos y las previsiones apuntan a que esa proporción seguirá creciendo durante las próximas décadas. La concentración demográfica en grandes áreas metropolitanas convierte a las ciudades en el principal escenario donde se librará la adaptación al cambio climático.



