El discurso pronunciado este viernes por Felipe VI en homenaje al jurista Francisco Tomás y Valiente ha reavivado la memoria institucional y académica sobre una de las figuras clave de la transición democrática española y sobre el impacto que su asesinato tuvo en la sociedad.
En un tono marcadamente personal y emotivo, el monarca combinó el recuerdo biográfico con una reflexión de alcance político y moral sobre la convivencia democrática, la memoria de las víctimas y la necesidad de preservar los valores constitucionales frente a la violencia. El acto, celebrado en la Universidad Autónoma de Madrid —escenario también del crimen hace tres décadas—, se convirtió así en una intervención de fuerte carga simbólica.
Desde el inicio, el Rey situó su intervención en el terreno de la experiencia personal. “Recordamos hoy a Francisco Tomás y Valiente. Para todos fue un eminente jurista… Para mí fue, además, profesor y maestro”, afirmó, subrayando el vínculo directo que mantuvo con el catedrático durante su etapa universitaria.
Felipe VI insistió en la dimensión humana del homenajeado y en la huella intelectual que dejó en sus alumnos, evocando la sensación de respeto que generaban sus clases: el profesor, dijo, transmitía esa “‘auctoritas’… definida por el silencio expectante que se crea a su alrededor”. Con ello, el monarca no solo reconstruyó la figura académica del jurista, sino que lo presentó como modelo de servidor público.
El discurso también contextualizó la relevancia intelectual de Tomás y Valiente dentro de la tradición jurídica española. El Rey recordó que, en el actual año de conmemoración del V centenario de la Escuela de Salamanca, el jurista habría participado “con entusiasmo en los seminarios académicos” dedicados a ese legado.
La referencia permitió a Felipe VI enlazar la figura del catedrático con la evolución histórica del derecho, destacando su capacidad para explicar “las sutilezas que llevaron del derecho natural al derecho de gentes”. Con esta mención, el monarca reforzó la imagen del homenajeado como puente entre la tradición jurídica clásica y la construcción del orden democrático contemporáneo.
Uno de los ejes centrales de la intervención fue el compromiso de Tomás y Valiente con la democracia. Felipe VI destacó que el jurista se implicó activamente en la consolidación de las libertades desde sus responsabilidades institucionales, recordándolo como una persona “comprometida y rigurosa” que entendía la función pública también en su dimensión creativa. El Rey subrayó que esa labor fue especialmente valiosa “en aquellos primeros compases de nuestra democracia”, una frase que remite al contexto delicado de la España de finales del siglo XX y que enmarca la figura del jurista dentro del proceso de normalización constitucional.
El momento más solemne del discurso llegó al abordar el asesinato perpetrado por la organización terrorista ETA el 14 de febrero de 1996. Felipe VI recordó que ocurrió “muy cerca de donde nos encontramos, en su despacho de la Facultad de Derecho”, y describió aquellos años como “tiempos muy duros” marcados por un “goteo de atentadosluis terroristas”.
El monarca calificó el crimen como un acto de “singular brutalidad, de sinrazón sin límites”, enmarcándolo dentro de la estrategia de terror de la banda. La evocación histórica buscó no solo honrar a la víctima, sino también advertir sobre los riesgos de banalizar aquella violencia.
Decía Francisco Tomás y Valiente, rememoró Don Felipe, que «‘cada vez que matan a uno, nos matan a todos un poco’. Qué razón tenía. Porque cuando se elige la violencia frente a la palabra, el objetivo es matar la convivencia, esto es, cercenar la libertad y sembrar el odio que impide la comprensión de aquél que piensa distinto. Ese y no otro era el objeto del terrorismo; tan totalitario e inhumano que cuesta creer que todavía hoy haya quien lo justifique y no lo condene«.
En ese contexto, el Rey recuperó una de las frases más conocidas de Tomás y Valiente: “cada vez que matan a uno, nos matan a todos un poco”. A partir de esa cita, Felipe VI elaboró una reflexión más amplia sobre el sentido del terrorismo, señalando que cuando se impone la violencia “el objetivo es matar la convivencia”. La intervención adquirió aquí un tono pedagógico, dirigido especialmente a las generaciones que no vivieron aquellos años, al advertir que el terrorismo buscaba “cercenar la libertad y sembrar el odio”. El mensaje implícito fue la necesidad de mantener viva la conciencia histórica para evitar la desmemoria.
La parte más política del discurso giró en torno al concepto de memoria democrática. El monarca fue explícito al afirmar: “la memoria no es una forma de revancha… La memoria es un deber cívico”. Esta idea —que puede considerarse la propuesta de portada por su carga institucional— vertebra buena parte de la intervención y conecta con el debate público actual sobre el relato del terrorismo. Felipe VI insistió en que “no podemos vivir, no podemos convivir, sin la memoria”, subrayando que el recuerdo de las víctimas constituye un elemento estructural de la convivencia democrática.
El Rey amplió además el foco para incluir a otras víctimas del terrorismo, mencionando a figuras como Ernest Lluch, Manuel Broseta o Miguel Ángel Blanco, entre otros. Con ello quiso evidenciar que la deuda democrática es colectiva: “debemos nuestra convivencia democrática a personas como Francisco Tomás y Valiente”. El discurso también recordó que las 853 víctimas mortales de ETA representan historias individuales truncadas, muchas de ellas aún sin resolución judicial, un apunte que introduce una dimensión de justicia pendiente en la narrativa oficial.
Otro pasaje significativo fue la evocación de las movilizaciones ciudadanas tras el asesinato, especialmente las manifestaciones de las manos blancas. Felipe VI describió aquel gesto como “un símbolo hermoso” que confirmó que la sociedad española había optado “rotundamente por el camino de la paz, del diálogo, de la no violencia”. Esta referencia refuerza la lectura del terrorismo como fenómeno derrotado no solo por la acción del Estado, sino también por la reacción cívica de la ciudadanía.
El discurso concluyó con un tono de reconciliación y compromiso institucional. El monarca recordó la frase dirigida por Tomás y Valiente a los hijos de Manuel Broseta —“No odiéis y que su recuerdo os haga sonreír”— para subrayar la dimensión ética del legado del jurista. Finalmente, vinculó esa herencia con la idea de armonía democrática, afirmando que el mejor homenaje posible es “el compromiso de todos con esa armonía en la que reside nuestra convivencia democrática”.

Don Felipe, junto a Doña Letizia, pronunciaba este discurso en el acto que presidían con el que la Universidad Autónoma de Madrid ha rendido homenaje al jurista y profesor Francisco Tomás y Valiente, con motivo del 30 aniversario de su asesinato por la banda terrorista ETA en su despacho de la Universidad, con el objetivo de ofrecer un acercamiento más amplio a su persona, a lo que representó y a la vigencia de su legado.
La exposición “In Memoriam Tomás y Valiente. 1996-2026” está abierta a todo el público en el hall de la segunda planta de la Facultad de Derecho, y está dedicada al recuerdo de quien fuera catedrático de Historia del Derecho de la UAM entre 1980 y 1996. Se articula en dos partes, la primera dedicada a la trayectoria personal, académica y pública de Tomás y Valiente; y la segunda a las reacciones tras su asesinato, los homenajes que se le tributaron y la trascendencia que ha tenido su figura.
El recorrido incluye una instalación que reproduce el despacho del profesor con sus estanterías originales. “Un despacho vacío, metáfora de una ausencia y de un trágico desenlace que nos empobreció a todos. Y una estantería en la que permanece su obra, metáfora también de una actividad destacada como historiador y jurista”, según el comité organizador de la exposición.



