Los documentales internacionales, de los que se hacen eco habitualmente las televisiones y plataformas digitales sobre la Segunda Guerra Mundial y en particular el desembarco de Normandía, contrasta con la casi nula repercusión que tiene, al menos en España, otra gran operación de desembarco, de la que dicen algunos expertos que influyó en la de Normandía, como es la de Alhucemas, protagonizada por tropas españolas con apoyo de las francesas.
Tan escasa repercusión como que el Gobierno español habría pasado deliberadamente de puntillas este año, a pesar de que se cumple una fecha significativa, el centenario de aquella proeza militar, probablemente, una de las más relevantes, y exitosas, de las desarrolladas por las fuerzas armadas españolas a lo largo de su historia.
Pero es casi costumbre. Lo de este año ha llamado más la atención al tratarse de un aniversario significativo. Pero la realidad es cada 8 de septiembre, en el calendario militar español, pasa inadvertida una de las operaciones más decisivas de la historia contemporánea del país: el desembarco de Alhucemas, realizado en 1925 en la costa norte de Marruecos.
A pesar de que se trató de la primera gran operación anfibia moderna, el Estado español no organiza conmemoraciones oficiales. El silencio contrasta con la magnitud histórica de aquel acontecimiento, pero responde a una combinación de razones políticas, diplomáticas y sociales que explican su ausencia en el relato institucional.
En primer lugar, el desembarco de Alhucemas se vincula directamente con la dictadura de Miguel Primo de Rivera, quien encabezaba el gobierno cuando se organizó la operación junto con el apoyo de Francia. Recordar oficialmente la fecha implicaría rendir homenaje a una victoria militar lograda bajo un régimen autoritario, lo que choca con la sensibilidad democrática actual y con la memoria oficial que España proyecta hacia dentro y hacia fuera. En este sentido, el peso de la dictadura enmarca el episodio en un contexto que el Estado prefiere no ensalzar.
Otro factor fundamental es la naturaleza colonial de la campaña. El desembarco puso fin a la resistencia de la República del Rif, liderada por Abd el-Krim, y consolidó el dominio colonial español y francés sobre el norte de Marruecos. Desde la óptica actual, celebrar esta victoria equivaldría a glorificar una intervención que supuso la represión de un movimiento anticolonial y la imposición de la soberanía extranjera sobre un pueblo que luchaba por su independencia. La diplomacia española, que desde la independencia marroquí en 1956 mantiene una relación compleja con Rabat, evita cualquier gesto que pueda interpretarse como una exaltación del colonialismo.
Por su fuera poca cosa, en aquella acción militar jugó un papel relevante Francisco Franco, quien comandaba las tropas de la Legión y por su operativa logró ser ascendido a general de brigada.
Además, está el factor diplomático con Marruecos. Las relaciones bilaterales son extremadamente sensibles y están marcadas por cuestiones como la soberanía del Sáhara Occidental, la gestión migratoria y la delimitación de aguas territoriales. Una conmemoración oficial del desembarco podría interpretarse en Rabat como una provocación, lo que pondría en riesgo la cooperación estratégica entre ambos países. En términos prácticos, la política exterior española prioriza la estabilidad diplomática sobre la exaltación de un episodio bélico que aún tiene connotaciones incómodas.
A ello se suma la memoria militar interna. El Ejército sí reconoce la importancia del desembarco de Alhucemas en manuales, estudios históricos y escuelas de formación, donde se destaca la innovación táctica y logística de la operación. Sin embargo, no se promueven actos públicos de gran escala. El recuerdo se mantiene dentro de los círculos castrenses, evitando una exposición social más amplia que podría generar polémica.
Por último, influye el debate interno sobre la memoria histórica en España. Mientras se impulsan leyes para recordar a las víctimas de la Guerra Civil y la dictadura franquista, celebrar una victoria colonial resultaría contradictorio con los valores democráticos actuales. La conmemoración oficial de Alhucemas se percibe como incompatible con el esfuerzo institucional de construir una narrativa que ponga en el centro los derechos humanos, la reconciliación y la condena de regímenes autoritarios.
En conclusión, España no celebra oficialmente el aniversario del desembarco de Alhucemas por una combinación de factores: su asociación con una dictadura, el carácter colonial del episodio, la necesidad de preservar las relaciones con Marruecos, el mantenimiento del recuerdo en ámbitos estrictamente militares y la coherencia con la política de memoria histórica. El silencio oficial no resta importancia al hecho en sí, pero lo relega al terreno académico y castrense, lejos de la conmemoración pública y estatal.



