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miércoles, julio 29, 2026

La armada invisible de Pekín: cómo China conquista los mares sin disparar un solo tiro

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Un nuevo informe del Centro Europeo de Excelencia para la Lucha contra las Amenazas Híbridas (Hybrid CoE) desvela la maquinaria con la que China expande su dominio marítimo explotando los vacíos del derecho internacional

Pescadores que no pescan. Guardacostas que actúan como una armada de guerra. Buques «civiles» que obedecen órdenes militares. Esta es, en síntesis, la estrategia con la que China lleva años ampliando su control sobre el mar de la China Meridional y el estrecho de Taiwán sin que ningún tribunal internacional, ni ninguna potencia occidental, haya logrado frenarlo de manera efectiva. Un informe recién publicado por el Hybrid CoE —el centro de excelencia de la OTAN y la UE para el análisis de las amenazas híbridas, con sede en Helsinki— pone nombre, cara y estructura a esta maquinaria.

Sus autores, David Song-Pehamberger y Sanni Klein, llevan meses documentando lo que denominan la «guerra híbrida marítima» de Pekín: una combinación de presión militar encubierta, manipulación del derecho internacional y despliegue masivo de entidades pseudo-civiles al servicio del Partido Comunista Chino. El resultado es un retrato tan detallado como inquietante.

Tres flotas, un solo mando

La clave del sistema es su arquitectura. China no opera con una sola marina de guerra, sino con tres. La primera es la convencional: la Armada del Ejército Popular de Liberación, conocida por sus siglas en inglés PLAN, con cascos grises y ya considerada la mayor del mundo por el número de buques. La segunda es la Guardia Costera China —casco blanco—, formalmente presentada como un cuerpo de seguridad civil, pero equipada con cañones de 76 milímetros, helicópteros y algunos de los buques patrulla más grandes del planeta. La tercera, y quizás la más opaca, es la Milicia Marítima: miles de embarcaciones pesqueras de casco azul cuyos tripulantes cobran subsidios estatales, reciben formación militar y acatan órdenes del mando supremo cuando la situación así lo requiere.

Lo más llamativo no es que existan estas tres fuerzas, sino que las tres obedezcan a un único mando: la Comisión Militar Central del PCCh, directamente controlada por Xi Jinping. El informe lo documenta con precisión: la integración formal se completó entre 2015 y 2018, cuando las reformas militares de Xi incorporaron la milicia y la guardia costera a la cadena de mando suprema. En papel, son civiles. En la práctica, son militares.

El arte de moverse en la zona gris

¿Por qué esta arquitectura tan compleja? La respuesta está en el derecho internacional. La Convención de la ONU sobre el Derecho del Mar —conocida como UNCLOS— define con precisión qué es un «buque de guerra» y qué obligaciones y limitaciones conlleva esa condición. Un guardacostas o una barca de pesca no entran en esa categoría. Y ahí, exactamente ahí, reside el ingenio de la estrategia china.

Al proyectar su poder militar a través de embarcaciones que no son técnicamente «buques de guerra», Pekín complica enormemente la respuesta de sus vecinos y de las potencias occidentales. ¿Cómo se responde militarmente a un pesquero? ¿Qué hace una fragata de la Armada filipina cuando un guardacostas chino le lanza un cañón de agua o le embiste el casco? Cualquier reacción desproporcionada puede presentarse ante la comunidad internacional como una agresión. Cualquier tolerancia, como una aceptación tácita de las pretensiones chinas.

El informe recoge episodios que ilustran esta lógica con crudeza. En junio de 2024, un marinero filipino resultó herido cuando la guardia costera china impidió a su embarcación reabastecer un puesto naval en el escollo de Segunda Thomas, dentro de la zona económica exclusiva de Filipinas. En agosto de 2025, un buque de la guardia costera china colisionó con un navío de su propia armada mientras perseguía una lancha filipina que llevaba ayuda humanitaria a pescadores. Manila denunció «piratería». Pekín habló de «defensa de la soberanía».

Una flota de ‘pescadores’ que no pesca

Si la guardia costera resulta controvertida, la milicia marítima es directamente desconcertante. Según el informe, sus embarcaciones —en número posiblemente superior a varios miles— participan en operaciones de bloqueo, acoso y ocupación progresiva de territorios disputados, todo ello bajo la apariencia de actividad pesquera ordinaria.

Los autores documentan dos episodios recientes de enorme relevancia táctica. El 25 de diciembre de 2025, alrededor de dos mil barcos pesqueros chinos se congregaron en el mar de la China Oriental y formaron una barrera flotante de más de cuatrocientos kilómetros de longitud con forma de L. Semanas después, el 11 de enero de 2026, cerca de mil cuatrocientas embarcaciones abandonaron simultáneamente sus labores y se alinearon en formación norte-sur de dimensiones similares. Varios de esos barcos habían participado previamente en actividades de la milicia.

No son pescadores pescando. Son fuerzas paramilitares ejecutando maniobras de bloqueo.

Taiwán, el gran laboratorio

El teatro donde esta estrategia alcanza su mayor sofisticación es el estrecho de Taiwán. El informe dedica una atención especial a los ejercicios militares chinos —bautizados como Joint Sword 2023, 2024A y 2024B, y Justice Mission 2025— que han ido escalando en intensidad, en complejidad y en la integración de las tres fuerzas. Si en 2022 los ejercicios todavía se limitaban a la armada convencional, en 2025 la guardia costera ya participaba en simulacros de bloqueo total de los puertos taiwaneses, operando codo con codo con buques de guerra.

En 2024 se registraron más de tres mil seiscientas incursiones de aeronaves militares chinas en la zona de identificación de defensa aérea de Taiwán, frente a las mil setecientas del año anterior. Buques del PLAN patrullan en las inmediaciones de la isla prácticamente todos los días. El objetivo declarado de estos ejercicios no es únicamente la preparación combativa, sino el desgaste psicológico y material de las fuerzas taiwanesas, así como la normalización de la presencia militar china en aguas que Pekín considera propias.

Una sentencia ignorada, una ley doblada

Uno de los pasajes más reveladores del informe recuerda que, en 2016, la Corte Permanente de Arbitraje de La Haya dictaminó que las reclamaciones históricas de China sobre el mar de la China Meridional —delimitadas por su polémica «línea de los nueve trazos»— carecían de fundamento jurídico. El fallo es vinculante y definitivo. Pekín lo declaró «nulo y sin valor» y siguió adelante.

Una década después, el control chino sobre la región es más sólido que nunca. No mediante la conquista militar abierta, sino a través de la ocupación progresiva, la presión sostenida y la reinterpretación sistemática de las normas internacionales. China lleva años construyendo islas artificiales en arrecifes disputados —más de tres mil doscientos acres de terreno ganados al mar— y las ha convertido en bases militares con pistas de aterrizaje, puertos y sistemas de misiles.

¿Qué pueden hacer Occidente y sus aliados?

El informe no es complaciente con las democracias occidentales. Sus autores advierten que la dificultad para responder a las tácticas chinas no proviene únicamente de la astucia de Pekín, sino también de la renuencia de los estados democráticos a actuar fuera de los marcos jurídicos establecidos, que China, precisamente, está utilizando como escudo.

La recomendación central es aparentemente sencilla, pero políticamente costosa: reconocer de manera oficial que la guardia costera y la milicia marítima chinas son fuerzas militares, y tratarlas como tales. Ello implicaría señalar públicamente la contradicción entre la legislación interna china —que las define explícitamente como parte de las fuerzas armadas— y el discurso internacional de Pekín, que las presenta como organismos civiles.

Sin embargo, este informe es más hábil en el diagnóstico que en la prescripción. Las recomendaciones se quedan en un nivel de generalidad que, para quien busque respuestas concretas sobre reglas de enfrentamiento, mecanismos de atribución o instrumentos jurídico-diplomáticos en el seno de la OTAN o la UE, resultará insuficiente. Es, en todo caso, una limitación comprensible en un documento de análisis estratégico que no pretende ser un manual operativo.

Lo que el informe sí logra, con claridad y rigor, es demostrar que la expansión marítima china no es un fenómeno espontáneo ni una serie de incidentes aislados. Es una estrategia deliberada, sistemática y en constante evolución, diseñada para ganar terreno —literalmente— sin cruzar la línea que obligaría a una respuesta armada. Una guerra que, por ahora, se libra en la zona gris. Y en la zona gris, China lleva años ganando.

David Song-Pehamberger y Sanni Klein, «China’s maritime hybrid warfare: How Beijing uses lawfare and civilian entities to amplify military power», Hybrid CoE Paper 31, mayo de 2026.

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