La instrumentalización de la migración como amenaza híbrida en las fronteras

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Juan Manuel Llenderrozas
Juan Manuel Llenderrozas
General de Brigada de la Guardia Civil

«Las fronteras no solo separan territorios son el espejo donde se refleja la humanidad, entre la esperanza de quienes cruzan y la responsabilidad de quienes las protegen».

En el cambiante panorama de la seguridad global, las fronteras se han convertido en escenarios clave donde las amenazas híbridas se manifiestan con intensidad creciente. La instrumentalización de la migración emerge como una táctica disruptiva, utilizada para desestabilizar regiones y presionar políticamente a los estados. Este fenómeno no solo pone a prueba la capacidad de respuesta de actores como la Unión Europea, la OTAN o nuestra nación, sino que también desafía los principios éticos y humanitarios que nos definen. Este artículo analiza cómo los flujos migratorios, lejos de ser un fenómeno meramente humanitario, se han transformado en un recurso estratégico dentro de un escenario geopolítico cada vez más complejo y polarizado.

Las amenazas híbridas en las fronteras exteriores de la Unión Europea (UE) preocupan cada vez por su complejidad, naturaleza multidimensional y capacidad para desestabilizar tanto a los estados miembros como a la propia Unión; operan en la zona gris, entre la paz y la guerra, dificultando identificar al agresor y aplicando respuestas tradicionales. Estas amenazas, que combinan estrategias militares, políticas, económicas, cibernéticas y sociales, tienen un impacto significativo en la seguridad y estabilidad de las fronteras exteriores.

Entre tales amenazas se encuentran: los ciberataques a infraestructuras críticas y a los servicios esenciales; la desinformación y la manipulación informativa; las redes criminales transnacionales; la presión económica y diplomática; se puede incluir también a la explotación no autorizada de recursos naturales, los sabotajes a infraestructuras (como los gasoductos en el mar Báltico), el espionaje sobre cables de comunicaciones; y la presión migratoria instrumentalizada, que destaca como un vector clave utilizado de manera intencionada por actores estatales o no estatales extranjeros malintencionados para influir en las políticas y generar inestabilidad y otras actividades ilícitas que se desarrollan en la zona gris.

La explotación de flujos migratorios creados artificialmente como una amenaza híbrida en las fronteras se ha convertido en una estrategia cada vez más empleada para desestabilizar regiones y ejercer presión política o económica sobre otros estados. Este fenómeno que combina elementos de manipulación de flujos migratorios con objetivos geopolíticos convierte a las personas migrantes en meras herramientas dentro de un conflicto más amplio.

La instrumentalización de la migración se refiere al uso deliberado de los movimientos de población como herramienta de presión política, militar o económica contra otro estado u organización, fenómeno que es considerado una amenaza híbrida debido a que combina tácticas coercitivas y desestabilizadoras que explotan las vulnerabilidades del país objetivo.

En este nuevo tablero de ajedrez geopolítico, los peones no son soldados, son seres humanos desesperados, utilizados como fichas en un juego macabro donde estados hostiles orquestan crisis migratorias artificiales para socavar la estabilidad de sus adversarios. La estrategia es tan antigua como efectiva: aprovechar las vulnerabilidades de las sociedades democráticas, especialmente su compromiso con los derechos humanos y el derecho internacional.

A lo largo de las últimas décadas, la instrumentalización de la migración ha emergido como una herramienta estratégica en conflictos políticos y tensiones internacionales, donde los flujos migratorios se convierten en piezas de un complejo tablero geopolítico. Los siguientes casos, ordenados cronológicamente, ilustran cómo esta táctica híbrida ha sido empleada por actores estatales y no estatales para desestabilizar, negociar o ejercer presión sobre la Unión Europea y sus estados miembros.

La crisis de los cayucos en Canarias (2006 y repuntes en 2020-2024)

En 2006, las costas de las Islas Canarias fueron testigos de un fenómeno alarmante: miles de personas llegaban hacinados en frágiles embarcaciones desde la fachada occidental de África. En este escenario, algunos gobiernos africanos, enfrentados a presiones económicas y sociales, adoptaron una postura ambivalente, tolerando las rutas de tráfico humano hacia Europa. Más de una década después, entre 2020 y nuestros días, este fenómeno ha resurgido con fuerza, revelando la misma estrategia subyacente: permitir el tránsito masivo de migrantes como herramienta para presionar a la UE y reclamar mayores ayudas económicas y cooperación al desarrollo. Los migrantes, impulsados por la desesperanza y la promesa de una vida mejor, se convierten en fichas de una partida que se juega desde las capitales de los países de origen y tránsito.

La desestabilización del Mediterráneo Central (2015-2017)

Con la caída del régimen del coronel Muammar al-Gaddafi, en 2011, Libia quedó sumida en el caos, este vacío de poder permitió que milicias y redes criminales explotaran la migración como un lucrativo negocio. Entre 2015 y 2017, las costas libias se convirtieron en un punto neurálgico para la salida de embarcaciones abarrotadas hacia Italia; pero no solo las mafias se beneficiaron, algunas facciones armadas libias utilizaron los flujos migratorios para negociar con la UE, exigiendo recursos financieros a cambio de frenar la migración irregular. En este juego de poder, miles de vidas humanas quedaron atrapadas en un cruel ciclo de explotación, sufrimiento y muerte en el mar.

Turquía y la presión sobre Europa (Acuerdo de 2016 y crisis de 2020)

En medio de la crisis migratoria desatada por la guerra en Siria, la Unión Europea y Turquía alcanzaron en 2016 un acuerdo destinado a frenar la llegada de refugiados. A cambio, Ankara recibiría miles de millones de euros para gestionar los campamentos de refugiados en su territorio. Sin embargo, Turquía no dudó en utilizar la amenaza migratoria como un arma de negociación. En 2020, el gobierno de Recep Tayyip Erdogan permitió que más de 13.000 de migrantes viajaran hacia las fronteras griegas, desatando una nueva crisis en el Egeo, este movimiento buscaba presionar a Bruselas para obtener mayores recursos económicos y concesiones políticas en otros asuntos estratégicos, dejando en evidencia la fragilidad de los compromisos bilaterales.

El acuerdo UE-Turquía de 2016 estableció un modelo de «diplomacia migratoria» con tres fases:

  • Contención inicial (2016-2019), donde se produjo una reducción del 87% en llegadas a Grecia.
  • Presión estratégica (2020), con amenazas reiteradas de «abrir las puertas» durante disputas energéticas.
  • Normalización condicionada (2021-actualidad), mediante uso continuado como moneda de cambio en negociaciones comerciales.

Este caso ilustra cómo la gestión fronteriza puede convertirse en recurso negociador permanente más que en solución definitiva.

Marruecos y la crisis de Ceuta y Melilla (2021-2022)

En mayo de 2021, las aguas que rodean Ceuta se vieron invadidas por una marea humana: más de 10.000 personas cruzaron irregularmente hacia el enclave español en pocas horas, muchas de ellas eran menores no acompañados. Este hecho parece que no fue fortuito, la relajación de los controles fronterizos por parte de Marruecos coincidió con un momento de alta tensión diplomática con España, provocado por la acogida del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, en un hospital español.

Melilla, junto con Ceuta, ha sido históricamente un punto estratégico de presión migratoria hacia la Unión Europea debido a su ubicación como frontera terrestre directa entre África y Europa. Los episodios de asaltos masivos a las vallas que separan la ciudad autónoma del territorio marroquí son un ejemplo de cómo los flujos migratorios pueden instrumentalizarse tanto actores estatales como redes criminales. El 24 de junio de 2022, Melilla fue escenario de uno de los asaltos más trágicos registrados hasta la fecha, más de 2.000 migrantes intentaron cruzar la valla fronteriza en un operativo masivo y coordinado.

La instrumentalización en Bielorrusia (2021-2022)

El otoño de 2021 marcó un episodio sin precedentes en la guerra híbrida moderna en las fronteras orientales de la Unión Europea. Miles de migrantes, provenientes de Oriente Medio y África, fueron transportados deliberadamente a Bielorrusia y dirigidos hacia las fronteras de Polonia, Lituania y Letonia. Este movimiento, dirigido por el régimen de Alexander Lukashenko, no tenía como objetivo el bienestar de los migrantes, sino desestabilizar a la UE en represalia por las sanciones económicas impuestas contra su gobierno. Bielorrusia emitió visados, organizó vuelos y facilitó el tránsito de personas hacia zonas fronterizas, donde quedaron atrapadas en condiciones inhumanas. Esta crisis híbrida, cargada de sufrimiento humano, evidenció cómo las migraciones pueden ser manipuladas como un arma política. Las estimaciones de la agencia Frontex sugieren que el 92% de los intentos de cruce en 2021 fueron facilitados activamente por el régimen de Lukashenko.

Afganistán y la amenaza de una nueva crisis migratoria (2021)

La retirada de las tropas de la OTAN y el regreso de los talibanes al poder en Afganistán en 2021 generaron temores de una nueva oleada de refugiados hacia Europa. Mientras miles de afganos intentaban huir, algunos países vecinos como Irán y Pakistán comenzaron a advertir que no asumirían la carga de los refugiados sin un apoyo financiero significativo de la comunidad internacional. La amenaza de «dejar pasar» a los migrantes hacia Europa se convirtió en un mensaje recurrente, demostrando una vez más cómo los flujos migratorios pueden ser usados como una herramienta de presión en la diplomacia internacional.

La efectividad de esta táctica reside en su naturaleza poliédrica. Por un lado, genera una crisis humanitaria que demanda recursos inmediatos y atención mediática. Por otro, provoca tensiones sociales internas que pueden erosionar la cohesión social y política del país receptor. El dilema moral que plantea es devastador ¿cómo equilibrar la seguridad nacional con el imperativo humanitario?

La presión migratoria es una realidad que transciende de lo meramente humanitario para convertirse en un complejo juego donde confluyen intereses políticos, económicos y de seguridad. Para la OTAN, la Unión Europea y España, este fenómeno no es solo una cuestión de fronteras; se contempla como un importante desafío y una amenaza híbrida, un desafío que pone a prueba su capacidad de respuesta, sus principios y su unidad frente a un mundo en constante cambio.

La OTAN, la migración en el marco de las amenazas híbridas

En el complejo entramado de la OTAN, donde la defensa colectiva y la estabilidad son prioritarias, los flujos migratorios han emergido como un elemento disruptivo. La Alianza ha incorporado la «instrumentalización de la migración» en su nuevo concepto estratégico, reconociendo que la seguridad en el siglo XXI trasciende las concepciones tradicionales de la defensa territorial.

Aunque no constituye el eje central de su misión, la Alianza Atlántica observa atentamente cómo la migración puede utilizarse como arma en conflictos híbridos, convirtiéndose en un medio para desestabilizar a sus estados miembros tratando se socavar su cohesión política y alianza, a la vez que genera costes económicos y sociales insostenibles, y fuerza a concesiones diplomáticas o geopolíticas. La OTAN reconoce que diversos actores autoritarios emplean la migración como un instrumento de ataque contra la soberanía y la integridad territorial de los estados.

Ejemplos como la citada crisis de Bielorrusia en 2021, donde el régimen de Lukashenko empujó deliberadamente a miles de migrantes hacia las fronteras orientales de la UE, se perciben como intentos de erosionar la cohesión de los aliados. Frente a esto, la OTAN actúa en silencio, pero con firmeza con patrullas navales en el Mediterráneo, análisis estratégicos de los riesgos asociados y una creciente preocupación por el impacto que estas crisis pueden tener en la seguridad colectiva.

La Unión Europea, una balanza entre la solidaridad y la seguridad

La Unión Europea se encuentra en el epicentro de esta nueva modalidad de conflicto híbrido, convertida en objetivo prioritario por su prosperidad económica, estabilidad política y, paradójicamente, por sus propios valores fundamentales. La UE considera la llegada irregular de migrantes como un problema de seguridad fronteriza y una preocupación especial por las llegadas irregulares a través de las rutas mediterráneas y atlánticas. La UE afronta una doble vulnerabilidad: por un lado, su compromiso con la libre circulación dentro del espacio Schengen la hace especialmente sensible a la crisis migratoria, por otro, la disparidad de criterios entre los estados miembros sobre la gestión migratoria genera fracturas internas que los adversarios explotan hábilmente.

Según datos recientes de la agencia FRONTEX, en el primer trimestre de 2025, se habrían producido más de 33.600 llegadas irregulares al territorio de la Unión, de ellas corresponden 9.627 al Mediterráneo oriental y 9.205 a la ruta de África occidental, también se registraron 8.542 cruces a través del Mediterráneo central.

En el corazón de la Unión Europea, donde las decisiones se forjan en el crisol de intereses nacionales y comunitarios, la migración se ha convertido en uno de los temas más divisivos. Las imágenes de embarcaciones abarrotadas en el Mediterráneo, los campamentos improvisados en las fronteras orientales o las tensiones en puntos críticos como Ceuta y Melilla son un recordatorio constante de que Europa es, para muchos, la última esperanza.

Pero detrás de esa narrativa humanitaria subyacen tensiones profundas, ya que mientras unos claman por una mayor solidaridad entre los estados miembros, otros abogan por blindar las fronteras. La agencia FRONTEX se ha convertido en el escudo visible de la UE, patrullando mares, costas y fronteras, mientras los acuerdos con terceros países, como Turquía, Marruecos o Mauritania, buscan contener los flujos antes de que lleguen al continente. Sin embargo, estos acuerdos tienen un precio: concesiones políticas, apoyo económico y, en ocasiones, la complicidad frente a prácticas que rozan lo inhumano.

La instrumentalización de la migración por parte de actores externos ha añadido una capa de complejidad. Turquía, con su amenaza de «abrir las puertas» si no se cumplen sus demandas, o Bielorrusia, jugando con la desesperación de miles para chantajear a Europa, han demostrado que la migración puede ser una herramienta poderosa en el tablero geopolítico.

España, frontera viva entre dos mundos

Para nuestra nación, la migración no es una realidad lejana ni abstracta, es una experiencia diaria, tangible, que se vive en las costas mediterráneas, en las vallas de Ceuta y Melilla, o en los muelles abarrotados de las islas Canarias. Como puerta de entrada a Europa desde África y América, España se encuentra en la encrucijada de la esperanza y la desesperación.

En el caso de Melilla, por ejemplo, la frontera adquiere una dimensión casi simbólica. Allí, miles de personas esperan su momento, atrapadas entre la dureza de la vida en sus países de origen y las promesas de una vida mejor al otro lado de la valla. Los asaltos masivos a esta frontera, como el trágico episodio de junio de 2022, ya citado, revelan la complejidad de una situación donde las vidas humanas se convierten, a menudo, en moneda de cambio en negociaciones políticas.

España, consciente de su posición estratégica, ha optado por un enfoque pragmático: reforzando los sistemas de vigilancia avanzados, como el Sistema Integral de Vigilancia Exterior (SIVE), fomentando la colaboración policial mediante el establecimiento de patrullas conjuntas y el despliegue de destacamentos terrestres, aéreos y navales en algunos de los países de origen y estrechando lazos con países clave, pero esta relación es delicada. Estos socios son tan necesarios como impredecibles, no hay que olvidar que tienen la capacidad de usar los flujos migratorios para presionar a España y a la UE, según convenga en cada momento.

España ha defendido activamente la inclusión de la migración como amenaza híbrida en la OTAN, además, la reciente Estrategia Nacional de Seguridad Marítima, de 2024, ya considera que la migración irregular es un riesgo para la seguridad de la navegación y la vida de los migrantes, quienes son, además, vulnerables a la explotación por parte del crimen organizado.

La OTAN, la UE y España contemplan la presión migratoria como un desafío complejo que requiere un enfoque multidimensional, que va desde la gestión de fronteras, la cooperación internacional hasta la atención a los derechos humanos de los migrantes. La instrumentalización de la migración como amenaza híbrida es una preocupación central para los tres actores, ya que puede desestabilizar la seguridad regional y vulnerar los derechos humanos de los migrantes.

Europa, en la encrucijada

La presión migratoria se dibuja como una narrativa compleja, donde la esperanza de quienes buscan una vida mejor choca con los intereses de quienes deben gestionar las fronteras. La OTAN observa desde su posición estratégica, consciente de los riesgos que este fenómeno implica en el marco de las amenazas híbridas. La Unión Europea lidia con sus propias contradicciones, intentando encontrar un equilibrio entre la seguridad y los principios humanitarios que la definen. España, como frontera viva entre dos mundos, enfrenta un desafío constante, tratando de ser fiel a sus compromisos internacionales mientras protege su soberanía y a sus ciudadanos.

En este cruce de caminos, la gestión de la migración es mucho más que una cuestión de números o políticas; es un reflejo de cómo los actores globales enfrentan los dilemas éticos, estratégicos y humanos de un mundo cada vez más interconectado.

Los ejemplos presentados, separados por contextos geográficos y temporales, comparten un elemento común, la instrumentalización de la migración como una herramienta de para alcanzar objetivos. Ya sea para obtener ventajas económicas, políticas o estratégicas, los flujos migratorios se han convertido en un arma híbrida que expone las vulnerabilidades de las fronteras exteriores de la UE y desafía los principios humanitarios. En cada caso, las vidas humanas se relegan a un segundo plano, transformadas en un recurso táctico en el juego geopolítico del siglo XXI.

La instrumentalización de la migración puede generar crisis humanitarias, ya que los migrantes se usan como peones en juegos de poder, sin considerar sus derechos y necesidades. La respuesta a estas situaciones requiere un enfoque multidimensional que involucre la cooperación internacional, la gestión de fronteras y la atención a las causas profundas de la migración.

Es determinante entender la naturaleza de las amenazas híbridas para poder graduarlas y responder de manera efectiva. Estas amenazas buscan explotar las vulnerabilidades de los estados, confundir y claramente desestabilizar. La falta de claridad sobre la atribución y la mezcla de tácticas hace que las respuestas tradicionales sean insuficientes, es necesario un enfoque más integral, mayor adaptabilidad y cooperación para proteger las fronteras y la seguridad nacional.

Las amenazas híbridas, con especial énfasis en la presión migratoria creada artificialmente, representan un desafío complejo para la seguridad de la UE, que requieren una comprensión profunda de sus métodos, objetivos y actores. Para enfrentarlas de manera efectiva, es esencial ofrecer una respuesta coordinada que combine capacidades operativas, cooperación internacional y estrategias innovadoras que aborden las dimensiones tanto de seguridad como las humanitarias de estos fenómenos. Esto requiere no solo un enfoque táctico inmediato, sino también una visión estratégica a largo plazo para mitigar los riesgos y proteger las fronteras exteriores de la Unión.

La presión migratoria, como amenaza y agresión híbrida, representa uno de los desafíos más complejos para la seguridad contemporánea, su naturaleza asimétrica, su impacto multidimensional y su capacidad para explotar las vulnerabilidades democráticas la convierten en un arma particularmente efectiva en el arsenal de la guerra moderna.

La victoria en este nuevo campo de batalla no se medirá en términos de territorio conquistado o del resultado de batallas ganadas, sino en la capacidad de las sociedades democráticas para mantener su integridad y valores mientras se adaptan a estas nuevas formas de conflicto. El futuro de la seguridad global dependerá, en gran medida, de nuestra capacidad para comprender y contrarrestar estas amenazas emergentes.

Juan Manuel Llenderrozas es General de Brigada de la Guardia Civil (R)

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