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miércoles, julio 29, 2026

La percepción de inseguridad condiciona la movilidad nocturna de las mujeres en el centro de Madrid

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La forma en que las mujeres viven y recorren la ciudad durante la noche continúa siendo uno de los grandes desafíos para la planificación urbana contemporánea. Esta es una de las principales conclusiones del estudio “With Cat’s Eyes: Cartographic Methodology for an Analysis of Urban Security in the Central District of Madrid”.

Un trabajo académico publicado en la revista científica Land (Vol. 14, nº 10), editada por MDPI. El trabajo está firmado por los profesores Alejandro García García, Elena Agudo Sierra y Juan Diego López Arquillo, junto a los estudiantes Paula Aragón de Francisco, María Clara García Carrillo, Diego Naya Suárez y Telmo Zubiaurre Arrizabalaga, vinculados a la Universidad Europea de Canarias.

La investigación tiene su origen en un Trabajo Fin de Máster desarrollado en el Máster en Diseño Urbano y Movilidad Urbana Sostenible, dirigido por Alejandro García, y plantea una novedosa metodología para analizar cómo las mujeres perciben la seguridad en el espacio público madrileño.

Los investigadores parten de una constatación que consideran fundamental: la seguridad urbana no puede medirse únicamente a través de estadísticas de criminalidad o indicadores físicos del entorno. Aunque estos elementos siguen siendo importantes, sostienen que existe una dimensión subjetiva vinculada a las experiencias, emociones y percepciones de las personas que resulta imprescindible para comprender cómo se utiliza realmente la ciudad.

Según explican los autores, las desigualdades de género se hacen especialmente visibles durante las horas nocturnas, cuando muchas mujeres modifican rutas, horarios o hábitos de movilidad para evitar determinados espacios considerados inseguros.

Para desarrollar el estudio, los investigadores eligieron el distrito Centro de Madrid, uno de los espacios urbanos más complejos y dinámicos de España. Con una superficie aproximada de 5,2 kilómetros cuadrados y más de 149.000 habitantes, el distrito constituye un escenario singular por la coexistencia de una intensa actividad turística, una gran diversidad social y cultural, procesos de gentrificación y una elevada concentración de actividades comerciales y de ocio. A ello se suma que cerca del 40 % de sus residentes han nacido fuera de España, lo que convierte al distrito en un territorio especialmente heterogéneo desde el punto de vista demográfico.

Los autores consideran que esta combinación de factores genera tensiones urbanas específicas. Por un lado, la actividad económica y cultural favorece la presencia constante de personas en determinadas áreas. Por otro, existen espacios donde el control social informal disminuye considerablemente durante la noche, creando entornos percibidos como menos seguros.

El estudio señala que estas diferencias no siempre coinciden con los mapas oficiales de criminalidad y que, en numerosas ocasiones, la percepción ciudadana responde a factores mucho más complejos relacionados con la iluminación, la visibilidad, la actividad urbana o la presencia de otras personas.

Uno de los aspectos más innovadores de la investigación reside en su metodología. Los autores desarrollaron un sistema de análisis cartográfico que combina información objetiva y subjetiva mediante una aproximación multiescalar y feminista. Para ello utilizaron Sistemas de Información Geográfica (SIG), análisis espaciales, bases de datos urbanas y herramientas cuantitativas, junto con entrevistas, recorridos acompañados, observación directa y procesos de cartografía participativa. El objetivo era superar la tradicional separación entre los datos medibles y las experiencias vividas, integrando ambas dimensiones en una misma herramienta de diagnóstico urbano.

La metodología se estructuró en torno a cuatro grandes ámbitos de análisis. El primero se centró en la movilidad urbana, estudiando las redes de transporte público nocturno, la infraestructura ciclista y las condiciones de accesibilidad peatonal. El segundo abordó la calidad del entorno urbano, evaluando aspectos como la iluminación, la vegetación, el mobiliario urbano y la visibilidad. El tercero examinó las características generales del espacio público, incluyendo la limpieza, el mantenimiento y las condiciones ambientales. Finalmente, el cuarto nivel analizó los usos nocturnos de la ciudad, prestando atención a la distribución de actividades comerciales, culturales y de ocio.

Los resultados obtenidos muestran importantes desigualdades espaciales. En materia de movilidad, el estudio detecta que la red de transporte nocturno mantiene una estructura fundamentalmente radial, diseñada para conectar el centro de Madrid con otros distritos de la capital. Sin embargo, algunas zonas internas del propio distrito Centro presentan una cobertura más limitada. Barrios como Lavapiés o Embajadores registran mayores dificultades de accesibilidad, especialmente durante determinadas franjas horarias nocturnas. A ello se suman discontinuidades en la infraestructura ciclista y la existencia de obstáculos para los desplazamientos peatonales, como escaleras, aceras estrechas o barreras arquitectónicas.

La investigación también pone el foco sobre la escasez de espacios verdes accesibles durante la noche. Aunque el distrito cuenta con importantes áreas ajardinadas en su entorno, muchos de estos espacios permanecen cerrados durante las horas nocturnas, reduciendo significativamente las opciones de uso ciudadano. Los análisis realizados mediante el índice NDVI, utilizado para medir la presencia de vegetación, muestran una cobertura limitada en las zonas efectivamente accesibles por la noche. Según los autores, esta circunstancia contribuye a generar paisajes urbanos menos confortables y potencialmente menos acogedores para los desplazamientos nocturnos.

La iluminación urbana emerge igualmente como uno de los factores determinantes en la percepción de seguridad. El estudio identifica diferencias notables entre distintas zonas del distrito. Mientras las áreas de mayor atractivo turístico o comercial cuentan con niveles de iluminación más elevados y homogéneos, otros espacios presentan condiciones menos favorables. Los investigadores señalan que la disposición del arbolado, la orientación de las luminarias y determinados elementos arquitectónicos pueden generar áreas de sombra que reducen la visibilidad y afectan negativamente a la percepción de seguridad de las usuarias.

Otro de los hallazgos destacados se refiere a la distribución desigual de los recursos urbanos. Según la cartografía elaborada, las zonas más céntricas y visitadas, como el entorno de la Puerta del Sol o la Gran Vía, concentran mayores inversiones en mantenimiento, limpieza y equipamiento urbano. Por el contrario, otras áreas más residenciales presentan déficits relativos en algunos de estos servicios. El análisis también detecta que los niveles de ruido nocturno alcanzan valores especialmente elevados en los principales ejes de ocio, donde entre las once de la noche y las dos de la madrugada se registran intensidades acústicas superiores a los 65 decibelios.

La dimensión relacionada con los usos nocturnos revela una fuerte polarización espacial. Mientras determinadas calles mantienen una intensa actividad comercial y social hasta altas horas de la madrugada, otras quedan prácticamente desiertas poco después del cierre de los comercios. Esta coexistencia de espacios muy activos y otros escasamente transitados genera fuertes contrastes en la percepción de seguridad. Los autores sostienen que la presencia continuada de personas en el espacio público constituye uno de los principales factores asociados a la sensación de protección y confianza.

Especial relevancia adquiere el trabajo de cartografía participativa desarrollado en el barrio de Lavapiés. A través de entrevistas, recorridos nocturnos y mapas elaborados por las propias participantes, los investigadores recopilaron información detallada sobre los itinerarios cotidianos de las mujeres y sobre aquellos lugares percibidos como seguros o inseguros. Las participantes identificaron de forma recurrente como problemáticos los espacios con escasa iluminación, poca actividad comercial, baja presencia de peatones, calles estrechas o reducida visibilidad. En contraste, valoraron positivamente las avenidas amplias, los entornos con terrazas y comercios abiertos y las zonas donde existe una presencia constante de personas.

La percepción, eje de la acción

Uno de los aspectos más significativos del estudio es la constatación de que muchas mujeres adaptan sus desplazamientos cotidianos en función de estas percepciones. En numerosos casos, las rutas elegidas no coinciden con los trayectos más cortos o eficientes, sino con aquellos que ofrecen mayores garantías subjetivas de seguridad. Esta realidad, sostienen los investigadores, tiene consecuencias directas sobre la libertad de movimiento y sobre el ejercicio efectivo del derecho a la ciudad.

La superposición de todas las capas cartográficas permitió identificar áreas con condiciones especialmente favorables para la movilidad nocturna y otras donde se concentran diversos factores de vulnerabilidad. Según los resultados presentados en el artículo, los entornos de Ópera y Chamberí destacan por ofrecer mejores condiciones de accesibilidad, iluminación, actividad urbana y mantenimiento.

Por el contrario, Lavapiés y Huertas aparecen como espacios donde convergen múltiples elementos asociados a una mayor percepción de inseguridad, entre ellos deficiencias en la iluminación, menor cobertura de determinados servicios y una actividad urbana más irregular durante la noche.

Los autores defienden que la principal aportación de su trabajo consiste en integrar la experiencia subjetiva dentro de los procesos de análisis urbano sin relegarla a un papel secundario. A su juicio, las percepciones de las mujeres no deben considerarse simples opiniones individuales, sino información relevante para comprender cómo funciona realmente el espacio público. La metodología desarrollada permite que estas experiencias sean incorporadas al mismo nivel que los datos cuantitativos, enriqueciendo los diagnósticos y proporcionando una imagen más completa de la realidad urbana.

Las conclusiones del estudio apuntan a la existencia de una auténtica segregación espacial nocturna basada en la percepción de seguridad. Aunque la ciudad ofrece formalmente los mismos espacios a todos sus habitantes, las experiencias de uso muestran diferencias significativas según el género. Muchas mujeres limitan sus desplazamientos, modifican horarios o evitan determinadas zonas durante la noche, lo que condiciona su acceso al espacio público y reduce sus oportunidades de participación en la vida urbana.

Como respuesta a esta situación, los investigadores proponen diversas líneas de actuación para futuras políticas urbanas. Entre ellas destacan el refuerzo de la iluminación en zonas vulnerables, la mejora de la conectividad del transporte nocturno, la ampliación de las infraestructuras ciclistas accesibles, el fortalecimiento del mantenimiento urbano y la promoción de actividades que favorezcan una presencia más equilibrada de personas en el espacio público durante la noche. Asimismo, recomiendan extender este tipo de metodologías a otras ciudades para incorporar de forma sistemática la perspectiva de género en la planificación urbana.

El trabajo concluye que las ciudades contemporáneas deben ser capaces de reconocer la diferencia entre los espacios diseñados y los espacios realmente vividos. Sólo mediante la combinación de datos objetivos y experiencias subjetivas será posible identificar las «zonas de sombra» que permanecen ocultas en los análisis convencionales. En opinión de los autores, la planificación urbana del futuro deberá avanzar hacia modelos más inclusivos, sensibles a la diversidad y comprometidos con la construcción de entornos donde todas las personas puedan ejercer plenamente su derecho a la ciudad, independientemente de su género, edad o condición social.

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