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miércoles, julio 29, 2026

‘Las huellas no son únicas, según la IA’: la réplica desde la criminalística a una conclusión apresurada

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Un estudio publicado en Science Advances ha sido presentado por buena parte de los medios como el final de un dogma forense centenario. La realidad, entendida desde un buen análisis forense y desde la criminalística, dice otra cosa muy distinta.

Cuando un titular afirma que la inteligencia artificial ha «desmentido» un principio que ha sostenido la identificación forense durante más de un siglo, el primer reflejo de quien trabaja en criminalística no debería ser la alarma, sino la prudencia. Porque, en la mayoría de los casos, ese titular no resiste la lectura del estudio que dice estar resumiendo.

Es lo que ha ocurrido con la investigación publicada en Science Advances —revista de primer cuartil, con un riguroso proceso de revisión por pares— en la que un equipo de las universidades de Columbia y Buffalo entrenó un algoritmo de aprendizaje profundo capaz de detectar similitudes morfológicas en la orientación de las crestas papilares de las falanges distales de un mismo individuo, concretamente en torno al núcleo del dactilograma, en huellas de tipo monodelto y bidelto. Es un trabajo solvente desde el punto de vista computacional. Sus conclusiones, sin embargo, son mucho más modestas que el alcance que les han dado los medios generalistas.

Lo que el estudio realmente demuestra (y lo que no)

El algoritmo alcanza una precisión del 77 % al asociar huellas de distintos dedos pertenecientes a una misma persona. Es un dato relevante, pero conviene leerlo con precisión: encontrar similitudes entre las huellas de los distintos dedos de un mismo individuo no es lo mismo —ni remotamente— que afirmar que las huellas dactilares no son únicas. Son dos cuestiones radicalmente distintas. El estudio no permite realizar ningún tipo de cotejo lofoscópico, ni tiene, a día de hoy, valor identificativo en términos criminalísticos. Su utilidad forense es, en este momento, limitada.

Sin embargo, los titulares que circularon en los medios generalistas —«La IA demuestra que las huellas no son únicas»— son, sencillamente, falsos. El propio artículo no afirma eso. Estamos ante un tratamiento mediático sesgado y capcioso que distorsiona las conclusiones de la investigación. Y conviene decirlo con claridad: lo que sacude el principio histórico de unicidad no es la ciencia, sino el sensacionalismo informativo.

No lo digo solo yo. Christophe Champod, profesor de ciencias forenses de la Universidad de Lausana, ha sido tajante: «Han redescubierto algo conocido; en esencia, es una exageración». Simon Cole, catedrático de Criminología, Derecho y Sociedad en la Universidad de California en Irvine, ha apuntado en la misma dirección, situando además la cuestión en su justo plano epistemológico: la afirmación de que no existen dos huellas exactamente iguales —que él mismo califica como no demostrada pero intuitivamente cierta— no queda refutada por el hallazgo de similitudes entre ellas.

¿Por qué la huella sigue siendo única?

Para entender la solidez del principio de unicidad conviene recordar cómo se forman las huellas. Las crestas papilares se forman entre las semanas diez y diecinueve de vida intrauterina, y en su desarrollo no interviene únicamente la carga genética: también influyen la presión del líquido amniótico, la temperatura, la posición del feto en el útero… Un cóctel de circunstancias irrepetibles. Tanto es así que ni siquiera los gemelos monocigóticos —que comparten el 100 % de su ADN— tienen las mismas huellas dactilares. En la práctica forense documentada jamás se han hallado dos huellas idénticas, ni entre individuos diferentes ni en el mismo individuo.

El verdadero hallazgo: una conversación necesaria sobre rigor

Lo que sí debería preocuparnos es algo más profundo y menos visible: la distancia creciente entre lo que un estudio científico afirma y lo que los medios cuentan que afirma. Los autores del trabajo eran científicos informáticos, no especialistas en lofoscopia, y eso explica en parte la sobreinterpretación posterior. Pero la responsabilidad principal del titular distorsionado no recae en ellos, sino en la cadena de transmisión que convirtió una observación estadística sobre similitudes intrapersonales en el desmentido de un principio centenario.

Aquí es donde la criminalística contemporánea encuentra una de sus tareas más urgentes: enseñar a leer la ciencia. No solo a los profesionales del sector, también a la ciudadanía. Un periódico no es una revista científica. Un titular no equivale a un hallazgo. Y la primera defensa frente a la desinformación técnica es, paradójicamente, una habilidad muy poco tecnológica: el pensamiento crítico.

Inteligencia artificial: herramienta extraordinaria, no sustituto

Conviene situar también el papel de la IA en este escenario. Es una herramienta valiosísima —este mismo estudio lo demuestra al detectar patrones en la orientación de crestas que el ojo humano no puede cuantificar de forma sistemática—, pero la interpretación de esos datos, su contextualización forense y su validez probatoria dependen enteramente del profesional. La IA puede ver patrones; lo que no puede es comprender su significado criminalístico, no entiende lo que implica una evidencia en un juicio, no conoce la cadena de custodia, no puede defender un dictamen pericial ante un tribunal.

El perito del futuro tendrá que dominar ambos mundos: la técnica clásica y las herramientas tecnológicas. Saber interpretar tanto una huella con lupa como un resultado generado por un algoritmo de aprendizaje profundo. Y, sobre todo, saber explicar la diferencia. En el Máster Universitario en Criminalística de la Universidad Francisco de Vitoria, casos como el de Columbia y Buffalo no son anécdota: son material de trabajo. Se analizan la metodología, los resultados y, muy especialmente, el tratamiento mediático que recibieron. Porque hoy formar a un buen perito implica formar también a un buen lector de ciencia.

La criminalística: una disciplina viva

Lejos de demostrar que la criminalística es vulnerable, esta polémica demuestra todo lo contrario: estamos ante una disciplina viva, en constante revisión, capaz de absorber avances tecnológicos sin perder de vista sus fundamentos empíricos. La criminalística nunca ha funcionado por dogmas. Funciona por evidencias. Y cada vez que alguien las cuestiona —desde la academia o desde un algoritmo— el sistema responde donde siempre ha respondido: en el laboratorio, en los protocolos, en la cadena de custodia, en la sala de un tribunal.

Por eso, cuando un letrado cite en un juicio el titular de un periódico generalista como si fuera prueba científica, el perito que defienda su informe necesitará tener los conocimientos, el rigor y la seguridad para explicar, con datos, por qué esa información está distorsionada.

Las huellas, las de verdad, siguen siendo únicas. Lo que tenemos que aprender a distinguir quizá, es la huella del titular.

 

Laura Gómez García es profesora doctora, criminóloga y directora del Máster Universitario en Criminalística UFV

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