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martes, julio 28, 2026

Los incendios forestales más devastadores ya queman treinta veces más superficie que hace cuatro décadas

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El paradigma es California, pero, por sus similitudes medioambientales y climáticas, los resultados de sendas investigaciones son susceptibles de ser extrapolables a España. Los incendios forestales están experimentando una transformación sin precedentes. Ya no solo son más numerosos o más extensos, sino que cada vez destruyen una mayor proporción de los ecosistemas que atraviesan.

Dos investigaciones de la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA) concluyen que los incendios de alta severidad —aquellos capaces de matar la mayor parte del arbolado y alterar profundamente el funcionamiento de los bosques— han aumentado de forma extraordinaria durante las últimas cuatro décadas. En California, la superficie afectada por este tipo de fuegos se ha multiplicado por treinta desde 1985, convirtiéndose en la modalidad dominante frente a los incendios de baja intensidad que históricamente contribuían a regenerar los ecosistemas.

La evolución refleja un cambio profundo en el comportamiento del fuego. Durante buena parte del siglo XX, los incendios forestales de intensidad moderada desempeñaban una función ecológica esencial: eliminaban vegetación acumulada, reciclaban nutrientes y favorecían la regeneración natural del bosque. Hoy, sin embargo, el escenario ha cambiado radicalmente. Los grandes incendios actuales generan temperaturas mucho más elevadas, destruyen amplias extensiones de árboles adultos, alteran los suelos y dificultan que los bosques recuperen su composición original, favoreciendo en muchos casos su sustitución por matorrales o pastizales.

El estudio, publicado en la revista científica Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS), analizó la evolución de los incendios forestales entre 1985 y 2024. Los resultados muestran que, mientras la superficie total quemada por incendios forestales se ha multiplicado aproximadamente por diez, la correspondiente a incendios de alta severidad ha crecido todavía mucho más rápido. Desde 2012, estos fuegos destructivos superan año tras año a los incendios de baja intensidad, una circunstancia que los investigadores consideran un punto de inflexión en la historia reciente de los ecosistemas forestales californianos.

Para los científicos, el cambio responde a la combinación de dos grandes factores que actúan de manera simultánea y se potencian mutuamente. El primero es el progresivo calentamiento del clima. El aumento de las temperaturas incrementa la capacidad de la atmósfera para absorber humedad, secando la vegetación, reduciendo la humedad del suelo y creando combustibles naturales mucho más inflamables. Cuanto más cálido y seco es el ambiente, mayor es la probabilidad de que un incendio evolucione hacia comportamientos extremos y resulte mucho más difícil de controlar.

Los investigadores explican este fenómeno mediante el denominado déficit de presión de vapor, un indicador que mide la diferencia entre la humedad que contiene el aire y la que podría llegar a contener. A medida que el planeta se calienta, ese déficit aumenta y la atmósfera actúa como una enorme esponja capaz de extraer agua de plantas, árboles y suelos. El resultado es una vegetación extraordinariamente seca que arde con mayor rapidez y libera más energía durante la combustión.

El segundo gran factor identificado por el estudio tiene que ver con la gestión forestal desarrollada durante gran parte del último siglo. Décadas de políticas orientadas a extinguir prácticamente cualquier incendio, sin distinguir entre fuegos beneficiosos y peligrosos, han favorecido una acumulación progresiva de biomasa en numerosos bosques. Árboles jóvenes, ramas secas, arbustos densos y otros combustibles vegetales se han ido acumulando hasta crear masas forestales mucho más compactas y vulnerables cuando finalmente se produce un incendio.

Esta paradoja constituye uno de los mensajes centrales de los investigadores. La estrategia basada exclusivamente en apagar todos los incendios consiguió reducir el fuego a corto plazo, pero terminó generando condiciones que favorecen incendios mucho más destructivos décadas después. Los bosques del oeste de Estados Unidos evolucionaron durante miles de años conviviendo con incendios frecuentes y de baja intensidad que eliminaban parte del combustible vegetal. Al interrumpirse ese ciclo natural, la vegetación acumulada ha terminado alimentando fuegos cada vez más violentos.

La tormenta perfecta

Los especialistas subrayan, además, que el cambio climático y la acumulación de combustible no actúan de forma independiente. Un bosque muy denso puede soportar determinados periodos secos sin sufrir incendios catastróficos, mientras que un clima más cálido puede no producir grandes fuegos si la carga de combustible permanece controlada. El verdadero problema surge cuando ambos factores coinciden: grandes cantidades de vegetación seca expuestas a temperaturas extremas y atmósferas cada vez más áridas.

Otro elemento que agrava el problema es la expansión de la actividad humana sobre áreas forestales y de interfaz urbano-forestal. Más del 90 % de los incendios tienen algún origen relacionado con actividades humanas, ya sea por infraestructuras eléctricas, maquinaria, vehículos, quemas agrícolas o negligencias. Al mismo tiempo, la construcción de viviendas en zonas de alto riesgo incrementa tanto la probabilidad de ignición como el impacto económico y social de los incendios.

Las consecuencias van mucho más allá de la pérdida de superficie forestal. Cuando un incendio alcanza alta severidad, destruye buena parte del arbolado adulto y dificulta enormemente la regeneración natural del bosque. En muchos casos, las especies arbóreas encuentran dificultades para recolonizar las zonas afectadas antes de que se produzca un nuevo incendio, favoreciendo una transformación permanente del paisaje hacia ecosistemas menos arbolados y con menor capacidad para almacenar carbono.

Este proceso tiene importantes implicaciones ambientales. Los bosques desempeñan un papel esencial en la regulación del ciclo del agua, la conservación de la biodiversidad y la captura de dióxido de carbono. Su degradación reduce la capacidad de mitigar el cambio climático y altera el funcionamiento hidrológico de las cuencas, afectando incluso al abastecimiento de agua para ciudades y actividades agrícolas. Según los investigadores, el coste económico de esta pérdida de servicios ecosistémicos continúa creciendo año tras año.

Los autores consideran que la solución pasa por combinar dos grandes líneas de actuación. La primera consiste en reducir las emisiones de gases de efecto invernadero para limitar el calentamiento global y evitar que las condiciones meteorológicas sigan favoreciendo incendios extremos. La segunda exige transformar la gestión forestal mediante una mayor utilización de quemas prescritas, eliminación selectiva de vegetación acumulada y recuperación de prácticas tradicionales de manejo del territorio, incluidas aquellas desarrolladas históricamente por comunidades indígenas.

No obstante, los propios investigadores advierten de que ninguna medida aislada resolverá el problema. Incluso una gestión forestal óptima no puede revertir por sí sola el incremento de las temperaturas y de la aridez atmosférica. Del mismo modo, frenar el cambio climático requerirá décadas para producir efectos apreciables sobre el comportamiento del fuego. Por ello, la adaptación deberá combinar prevención, planificación territorial, mejora de las infraestructuras, protección de las comunidades expuestas y restauración ecológica.

Las conclusiones de la UCLA encuentran eco en lo que está ocurriendo actualmente en otras regiones del mundo. Europa, incluida España, está registrando temporadas de incendios cada vez más intensas, impulsadas por olas de calor, sequías prolongadas y una elevada acumulación de combustible vegetal tras inviernos húmedos. Los expertos advierten de que la combinación de cambio climático, abandono rural y gestión insuficiente del territorio está generando condiciones similares a las observadas desde hace años en California.

 

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