Este lunes, 29 de septiembre, pasará como una fecha clave en la diplomacia del conflicto entre Israel y Gaza. Fue el día en que el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, se reunieron en la Casa Blanca y ofrecieron una conferencia de prensa conjunta para presentar públicamente lo que Trump calificó como un “plan de paz de 21 puntos” destinado a poner fin al conflicto en Gaza.
La expectativa era enorme. En los días previos, Trump había prometido que presentaría un titular contundente, un “algo especial” lo llamó, durante el encuentro con Netanyahu. Además, ya se habían filtrado partes del plan de 21 puntos que la Casa Blanca había enviado a las partes involucradas semanas atrás.
La rueda de prensa tuvo lugar en una sala representativa de la Casa Blanca, y fue transmitida en directo por medios internacionales e israelíes. Antes de iniciar formalmente, Trump y Netanyahu llegaron con cierto retraso, y se generó tensión mediática sobre si realmente habría un acuerdo inmediato o meras declaraciones simbólicas.
Trump abrió el acto agradeciendo la presencia de Netanyahu y celebrando lo que describió como una convergencia de voluntades para avanzar en un plan que “podría terminar la guerra en Gaza”. Según sus palabras, estaban “más allá de muy cerca” de lograr un alto el fuego definitivo. Subrayó que el plan exige varias condiciones: la liberación de todos los rehenes en un plazo máximo de 72 horas desde la aceptación del plan, el desarme de Hamás, la disolución de su papel político y militar en Gaza, y el establecimiento de gobernanza bajo un cuerpo administrativo palestino tecnocrático con supervisión internacional.
También enfatizó que Israel no anexaría Gaza bajo este esquema y que habría una fuerza internacional de estabilización para supervisar la transición.
Netanyahu, por su parte, fue más cauteloso, aunque no rechazó la propuesta. Dijo que esperaba que el plan “pudiera salir adelante”, siempre con condiciones de seguridad para Israel, incluida la eliminación del poder militar de Hamás y garantías de que no volvería a controlar Gaza.
Netanyahu se disculpa ante Qatar
Durante su intervención, también mencionó que antes de la conferencia se realizó una llamada en la que Israel expresó su “profundo pesar” por el ataque con misiles a un objetivo de Hamás en Doha, que causó la muerte de un oficial de seguridad catarí. Ese ataque había provocado tensiones diplomáticas con Qatar, país que había mediado en negociaciones previas entre Israel y Hamas. Netanyahu reconoció que el ataque infringió la soberanía de Qatar y prometió que Israel “no volverá a actuar de esa forma” allí.
En conjunto, el tono de la conferencia fue de optimismo cauteloso. Trump descargó buena parte de la presión sobre Hamas para que acepte el plan; pero también dejó claro que, para su administración, ese plan era un marco ineludible para reconducir la guerra hacia una paz negociada.
Los elementos del plan de 21 puntos
Aunque no todos los detalles se divulgaron durante la rueda de prensa, distintos medios ya habían anticipado gran parte del contenido. Entre los puntos más relevantes, la suspensión inmediata de las operaciones militares israelíes si el plan es aceptado; la liberación completa de los rehenes (vivos y muertos) en un plazo no mayor a 72 horas desde la aceptación del plan; el desarme total de Hamás y de cualquier otra organización militar en Gaza; la reconstrucción del territorio de Gaza con ayuda internacional, sin obstáculos para la entrada y distribución de ayuda humanitaria a través de organismos como la ONU; la gobernanza transitoria a cargo de un comité tecnocrático palestino, supervisado por un organismo internacional denominado “Board of Peace”, presidido por Trump, con otros países miembros; permiso para que miembros de Hamás que acepten renunciar a la violencia puedan salir de Gaza bajo condiciones seguras, y la no anexión de Gaza por parte de Israel, y derecho de los habitantes a permanecer o retornar si así lo desean.
El plan planteaba un enfoque integral no solo para poner fin a las hostilidades, sino también para reconstruir el tejido político, social y económico de Gaza bajo supervisión internacional.
A pesar de la solemnidad con que se presentó el acuerdo, varios elementos críticos permanecen en disputa o sin contestar. En primer lugar, Hamas no participó directamente en las negociaciones —o al menos así lo afirmó su portavoz Taher al-Nounou, quien dijo que habían tenido conocimiento del plan solo a través de filtraciones mediáticas. Él recalcó que Hamás no está dispuesta a entregar sus armas y condiciona la liberación de rehenes a un cese total y cierre de operaciones militares israelíes.
Además, algunos analistas han puesto en duda la viabilidad política para Netanyahu: su coalición en Israel está compuesta por fuerzas que presionan por prolongar el conflicto, y aceptar un plan con límites muy fuertes podría ponerlo en riesgo interno. Los diplomáticos árabes, por su parte, han advertido que la anexión de Cisjordania, un proyecto que algunos sectores del gobierno israelí impulsan, sería incompatible con la normalización futura con países musulmanes. En ese sentido, Trump fue explícito en que bajo su administración no permitiría una anexión del territorio de Cisjordania.
Otro punto de tensión es la implementación: ¿cómo se puede poner en marcha el plan si Hamás rechaza o sabotea sus condiciones? Asimismo, existe la pregunta de quién garantizará la supervisión internacional, cómo se financiará la reconstrucción y qué garantías de seguridad tendrán los civiles.
La rueda de prensa no solo generó titulares sino también reacciones en cadena. El Estado de los Emiratos Árabes Unidos presionó a Netanyahu para que respaldara el plan de Trump y abandonara cualquier intención de anexión de la Cisjordania ocupada, argumentando que una anexión comprometería la posibilidad de normalización con países árabes. Otros países árabes han señalado que el reconocimiento de Israel y la normalización dependerán de avances concretos hacia una solución palestina viable.
Por su parte, la sociedad israeló ha expresado en la calle protestas simbólicas, como en Tel Aviv, donde activistas desplegaron una ilustración de Trump y Netanyahu con el lema “Don’t be fooled again” (“No vuelvan a engañarnos”), criticando la política de Netanyahu hacia Gaza y el estancamiento en la liberación de rehenes.
Dentro de la diplomacia, el perdón expresado por Netanyahu hacia Qatar por el ataque de Doha es una maniobra significativa. Qatar ha sido un mediador importante entre Israel y Hamás, y su cooperación es clave para cualquier arreglo duradero. Que Netanyahu haya reconocido públicamente que se violó la soberanía de Qatar podría facilitar que Doha retome su papel mediador con mayor legitimidad diplomática.
Este acto conjunto tiene varias dimensiones estratégicas. En primer lugar, representa un intento de la administración Trump por relanzar su papel como árbitro en Oriente Medio, más allá de un mero apoyo militar a Israel. El plan de 21 puntos propone una solución diplomática integral con Estados Unidos en el centro de la supervisión. En segundo lugar, es una apuesta audaz: convertir un conflicto altamente complejo en un marco de negociación con plazos exigentes y mecanismos internacionales de control.
Sin embargo, la viabilidad real del plan dependerá de múltiples factores: la aceptación de Hamás, la resistencia de los actores militares sobre el terreno, la capacidad de Netanyahu de comprometerse sin fracturar su base política, y el apoyo diplomático de actores regionales (Egipto, Qatar, Arabia Saudí, los Emiratos, Jordania).
En los próximos días, habrá que observar si Hamás responde formalmente, si se fijan los mecanismos de supervisión internacional, cómo se distribuye la ayuda humanitaria a Gaza y de qué manera Israel comienza a desescalar las operaciones. Si el plan fracasa, las consecuencias pueden ser brutales: más ciclos de violencia, una crisis humanitaria prolongada, y una erosión de la credibilidad de Estados Unidos como mediador.
Este lunes, Trump y Netanyahu escenificaron una oferta para un nuevo horizonte en Gaza. Pero entre las frases solemnes, los planes ambiciosos y las condiciones drásticas, persiste una pregunta grande: ¿será realidad un alto al fuego con justicia y seguridad, o solo otro anuncio más en medio de la guerra?



