Los conflictos armados no solo dejan tras de sí destrucción, desplazamientos forzosos y crisis humanitarias. También crean las condiciones ideales para el resurgimiento de enfermedades infecciosas que, en circunstancias normales, podrían prevenirse mediante la vacunación.
Un estudio internacional liderado por investigadores de la Universidad de Nueva York (NYU) y del King’s College de Londres concluye que las guerras están estrechamente asociadas con un aumento de la carga mundial del sarampión, una de las enfermedades más contagiosas que existen, al provocar el colapso de los sistemas sanitarios, interrumpir las campañas de inmunización y deteriorar las condiciones socioeconómicas de las poblaciones afectadas.
La investigación, publicada en la revista científica PLOS Medicine, constituye uno de los análisis más amplios realizados hasta la fecha sobre la relación entre violencia armada y enfermedades prevenibles por vacunación. Sus conclusiones llegan en un momento especialmente delicado para la salud pública internacional, marcado por el incremento simultáneo de conflictos armados, desplazamientos masivos de población y un preocupante resurgimiento del sarampión en distintas regiones del planeta.
Los investigadores analizaron datos procedentes de numerosos países afectados por conflictos y comprobaron que la guerra incrementa la incidencia del sarampión a través de dos mecanismos principales. El primero es directo: la destrucción de hospitales, centros de salud y cadenas logísticas dificulta o incluso imposibilita mantener los programas rutinarios de vacunación infantil. El segundo, y según el estudio el más importante, actúa de forma indirecta mediante el deterioro generalizado de las condiciones económicas y sociales que acompaña a los conflictos, agravando la vulnerabilidad de la población frente a las enfermedades infecciosas.
El trabajo pone de relieve que los efectos de una guerra sobre la salud pública van mucho más allá de las víctimas provocadas directamente por la violencia. Cuando un conflicto obliga a cerrar hospitales, destruye infraestructuras sanitarias o fuerza el desplazamiento de millones de personas, también desaparecen los programas de inmunización infantil, se interrumpen los controles epidemiológicos y aumenta el riesgo de que enfermedades previamente controladas vuelvan a propagarse con rapidez.
El sarampión representa uno de los ejemplos más claros de esta amenaza. Se trata de una enfermedad extremadamente contagiosa que puede prevenirse eficazmente mediante la vacunación, pero que continúa causando miles de fallecimientos cada año cuando disminuye la cobertura vacunal. Para mantener la denominada inmunidad colectiva es necesario que alrededor del 95 % de la población infantil reciba las dos dosis de la vacuna. Cuando ese umbral desciende, el virus encuentra rápidamente bolsas de población susceptible donde expandirse.
Según los autores, los conflictos armados afectan precisamente a ese equilibrio. Las campañas de vacunación dejan de llegar a comunidades aisladas por los combates, las familias desplazadas pierden el acceso a los servicios sanitarios y los gobiernos destinan recursos crecientes a necesidades militares en detrimento de la atención sanitaria. Todo ello genera una acumulación progresiva de menores no vacunados que facilita la aparición de grandes brotes epidémicos.
El estudio identifica además un efecto menos visible, pero igualmente relevante: el empobrecimiento derivado de las guerras. La destrucción de la actividad económica, el aumento de la inseguridad alimentaria, la malnutrición infantil y el deterioro de las condiciones de vida reducen la capacidad de las comunidades para hacer frente a enfermedades infecciosas. En consecuencia, el impacto del conflicto sobre el sarampión no se limita únicamente a la interrupción de las vacunas, sino que afecta al conjunto de los determinantes sociales de la salud.
Los investigadores sostienen que esta relación ayuda a explicar por qué numerosos países inmersos en conflictos prolongados registran brotes recurrentes de enfermedades prevenibles. En regiones afectadas por guerras civiles o crisis humanitarias prolongadas, los programas de inmunización pueden quedar suspendidos durante meses o incluso años, creando generaciones enteras de niños sin protección frente a virus altamente contagiosos.
La investigación adquiere especial relevancia en el contexto internacional actual. Durante los últimos años, conflictos como los de Sudán, la República Democrática del Congo, Gaza, Myanmar o determinadas zonas del Sahel han provocado desplazamientos masivos de población y un deterioro profundo de sus sistemas sanitarios. Paralelamente, organismos internacionales han alertado del incremento de brotes de sarampión y otras enfermedades prevenibles precisamente en estas áreas afectadas por la violencia.
Los autores recuerdan que las consecuencias trascienden las fronteras nacionales. En un mundo caracterizado por una intensa movilidad internacional, los brotes surgidos en zonas de conflicto pueden propagarse rápidamente hacia otros países si coinciden con coberturas vacunales insuficientes. La salud pública, subrayan, constituye un bien global cuya protección depende también de la estabilidad política y de la capacidad para mantener operativos los sistemas sanitarios durante las crisis humanitarias.
La servicios de salud debieran ser protegidos
El estudio también pone el foco sobre la importancia de preservar los servicios esenciales de salud incluso en escenarios de guerra. Las campañas de vacunación, la vigilancia epidemiológica y el suministro de medicamentos deben considerarse infraestructuras críticas que requieren protección específica por parte de la comunidad internacional. Interrumpir estos programas durante largos periodos puede generar consecuencias sanitarias que perduren mucho después del final de los combates.
Las conclusiones coinciden con la creciente preocupación de organizaciones internacionales por el resurgimiento mundial del sarampión. Tras los retrocesos registrados durante la pandemia de COVID-19 y las interrupciones sufridas por numerosos programas de inmunización, varios países han experimentado un aumento significativo de casos durante los últimos años. La combinación de bajas coberturas vacunales, desplazamientos de población, desinformación sobre las vacunas y conflictos armados está configurando un escenario especialmente favorable para la reaparición de esta enfermedad.
Más allá del ámbito epidemiológico, los investigadores consideran que sus resultados deberían influir en el diseño de las políticas internacionales de ayuda humanitaria. Las intervenciones en zonas de conflicto no pueden limitarse al suministro de alimentos o refugio, sino que deben incorporar desde el primer momento estrategias de vacunación, refuerzo de los sistemas sanitarios y recuperación de los programas de salud pública para evitar que las epidemias agraven aún más el impacto humanitario.
El trabajo aporta, además, una perspectiva novedosa sobre la relación entre paz y salud global. Tradicionalmente, ambas cuestiones se han abordado como ámbitos independientes, pero el estudio demuestra que la estabilidad política constituye también un factor determinante para controlar enfermedades infecciosas. Allí donde desaparecen los servicios sanitarios, aumentan las probabilidades de que virus prevenibles vuelvan a convertirse en una amenaza para millones de personas.



