El informe sobre inversión en defensa elaborado por la Organización del Tratado del Atlántico Norte no constituye únicamente una radiografía del gasto militar de los treinta y dos aliados. En realidad, representa la constatación estadística de un cambio histórico que está alterando el equilibrio estratégico occidental. Por primera vez desde el final de la Segunda Guerra Mundial, Europa está asumiendo una responsabilidad financiera mucho mayor en su propia seguridad, impulsada tanto por la guerra de Ucrania como por la presión ejercida por Estados Unidos para que los aliados europeos incrementen sustancialmente su contribución al sostenimiento de la Alianza.
Los datos del documento muestran que el esfuerzo realizado por los miembros europeos y Canadá no tiene precedentes en la historia reciente. Desde 2014, el gasto adicional acumulado en defensa supera ya los 1,36 billones de dólares (a precios constantes de 2021), una cifra que ilustra la magnitud del rearme emprendido por las democracias occidentales tras la anexión rusa de Crimea y, especialmente, después de la invasión de Ucrania en febrero de 2022. El crecimiento ha sido prácticamente continuo durante los últimos doce años, pero se acelera de forma muy notable a partir de 2022, cuando prácticamente todos los gobiernos europeos revisan sus estrategias nacionales de seguridad.
La propia OTAN destaca que solo entre 2024 y 2025 los aliados europeos y Canadá incrementaron su gasto básico en defensa en más de un 19 %, lo que supone un aumento superior a 90.000 millones de dólares constantes o aproximadamente 139.000 millones de dólares corrientes en un solo ejercicio presupuestario. Pocas veces en tiempos de paz se había registrado una expansión de semejante magnitud en los presupuestos militares de un conjunto tan amplio de países.
Del objetivo del 2 % al horizonte del 5 %
Durante más de una década, el indicador de referencia dentro de la OTAN fue dedicar el 2 % del Producto Interior Bruto a defensa. Ese compromiso, adquirido inicialmente en la cumbre de Gales de 2014, pretendía corregir años de reducción presupuestaria tras el final de la Guerra Fría.
Sin embargo, el informe refleja que ese objetivo ha quedado superado por la nueva realidad estratégica. La cumbre celebrada en La Haya en 2025 acordó elevar el listón hasta un compromiso global equivalente al 5 % del PIB antes de 2035, repartido entre un 3,5 % destinado al gasto militar propiamente dicho y otro 1,5 % dedicado a inversiones relacionadas con la seguridad y la resiliencia nacional, incluyendo infraestructuras críticas, innovación tecnológica, protección de redes, industria de defensa y preparación civil frente a crisis.
El informe revela además que algunos países han comenzado ya a adaptarse a esa nueva meta. Las previsiones para 2026 indican que cinco aliados alcanzarán el objetivo del 3,5 % de gasto estrictamente militar, mientras que diecisiete cumplirán el compromiso del 1,5 % en inversiones de seguridad, y cinco países lograrán ya el objetivo agregado del 5 % del PIB, casi una década antes del plazo previsto.
Polonia, el nuevo referente militar europeo
Si existe un país cuya evolución resume el cambio estratégico experimentado por Europa ese es Polonia. Hace apenas una década Varsovia destinaba poco más del 2 % de su economía a defensa. Hoy se ha convertido en el principal inversor militar del continente y en uno de los aliados que más rápidamente están ampliando sus Fuerzas Armadas.
El informe refleja un crecimiento extraordinario tanto en gasto absoluto como relativo. Polonia aparece ya entre los países con mayor esfuerzo presupuestario de toda la Alianza, muy por encima de la media europea, impulsada por su condición de Estado fronterizo con el área de influencia rusa y por la percepción de que constituye uno de los territorios potencialmente más expuestos ante una eventual escalada militar en Europa oriental.
La modernización polaca no se limita al incremento presupuestario. Incluye la adquisición masiva de carros de combate, sistemas de defensa antiaérea, artillería de largo alcance, cazas de última generación y nuevas capacidades terrestres que están transformando completamente su potencial militar.
Los países bálticos consolidan el mayor esfuerzo relativo
Junto a Polonia destacan Estonia, Letonia y Lituania. Los tres pequeños Estados bálticos mantienen desde hace años algunos de los porcentajes de inversión más elevados de toda la OTAN. Su proximidad geográfica a Rusia explica que hayan convertido la defensa nacional en una prioridad absoluta.
A pesar de disponer de economías relativamente reducidas, el esfuerzo realizado por estos países resulta proporcionalmente muy superior al de la mayoría de las grandes economías europeas. El informe muestra cómo han incrementado de forma sostenida tanto el gasto militar como la inversión en equipamiento, investigación y capacidades tecnológicas desde 2014.
Alemania culmina un cambio histórico
Uno de los fenómenos más relevantes que refleja el documento es la transformación experimentada por Alemania. Durante décadas, Berlín mantuvo una política de fuerte contención militar derivada de las consecuencias políticas e históricas de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la invasión rusa de Ucrania provocó un cambio sin precedentes.
El denominado Zeitenwende —el «cambio de época» anunciado por el Gobierno alemán— ha supuesto un incremento continuo del presupuesto de defensa que sitúa a Alemania entre los países que más recursos destinan ya al sostenimiento de la Alianza. El informe muestra una evolución ascendente tanto en términos absolutos como relativos, consolidando a Berlín como uno de los pilares financieros de la defensa europea.
Reino Unido y Francia mantienen su liderazgo
Aunque la atención suele centrarse en el espectacular crecimiento de Polonia o Alemania, el informe confirma que Reino Unido y Francia continúan siendo las dos grandes potencias militares europeas.
Ambos países mantienen presupuestos muy superiores a los del resto de aliados europeos, sustentados además por capacidades estratégicas únicas, como sus fuerzas nucleares, portaaviones, submarinos de propulsión nuclear y capacidad de proyección global. Su esfuerzo financiero continúa creciendo durante el periodo analizado, reforzando su papel como principales contribuyentes europeos a las operaciones internacionales de la OTAN.
Estados Unidos sigue siendo el gigante militar de la Alianza
A pesar del crecimiento europeo, el informe deja claro que Estados Unidos continúa soportando la mayor parte del esfuerzo financiero de la organización.
El presupuesto militar estadounidense supera ampliamente al conjunto de cualquier otro aliado y continúa representando el núcleo de las capacidades estratégicas de la OTAN, especialmente en materia de inteligencia, defensa antimisiles, transporte estratégico, capacidades espaciales y disuasión nuclear.
No obstante, los gráficos incluidos en el documento muestran una tendencia significativa: mientras el gasto estadounidense mantiene un crecimiento sostenido, el incremento registrado por Europa y Canadá durante la última década ha sido considerablemente más intenso, reduciendo parcialmente la diferencia existente entre ambas orillas del Atlántico.
El peso creciente de la industria militar
El informe también permite observar un cambio cualitativo en la composición del gasto. Cada vez una mayor proporción de los presupuestos nacionales se destina a la adquisición de equipamiento de alta tecnología, investigación y desarrollo, modernización industrial e innovación militar.
La OTAN insiste en que no basta con incrementar el gasto; también resulta imprescindible mejorar la calidad de la inversión, priorizando capacidades que permitan responder a las nuevas formas de conflicto, desde la guerra electrónica hasta los sistemas autónomos, la inteligencia artificial, el espacio o la ciberdefensa.
Quizá la principal conclusión política del informe sea que Europa ha dado definitivamente por terminado el denominado «dividendo de la paz». Durante más de treinta años, la mayor parte de los gobiernos europeos redujeron progresivamente sus presupuestos militares convencidos de que una guerra de gran intensidad en el continente era altamente improbable. Ese consenso ha desaparecido.
La OTAN constata ahora que la inmensa mayoría de sus miembros está inmersa en un proceso de rearme estructural cuya duración se prolongará, al menos, durante la próxima década. Ya no se trata únicamente de responder a la guerra de Ucrania, sino de reconstruir unas capacidades militares que muchos países habían reducido de manera significativa desde principios de los años noventa.
En ese nuevo contexto, el debate ya no gira sobre si aumentar o no el gasto en defensa, sino sobre la rapidez con la que cada país será capaz de hacerlo y sobre la capacidad de sus industrias nacionales para absorber un volumen de inversión que, según evidencia este informe, no tiene precedentes en la historia reciente de la Alianza Atlántica.



