La titular de Defensa, Margarita Robles, ha trasladado personalmente a Ángel Escribano, presidente de Indra; José Vicente de los Mozos, CEO de la compañía, y Manuel Escalante, director de tecnología, su preocupación por los sucesivos retrasos del programa de vehículos 8×8 para el Ejercito de Tierra.
Ante lo que considera la ministra de «incumplimiento» por parte de Indra, Robles, en un encuentro en el que estuvo acompañada de la secretaria de Estado de Defensa y el jefe de Estado Mayor del Ejército de Tierra, advirtió que «se reservan las acciones oportunas».
El proyecto del Vehículo de Combate sobre Ruedas (VCR) 8×8, conocido como Dragón, representa uno de los pilares centrales de la modernización militar española en el ámbito terrestre. Su contrato se firmó el 25 de agosto de 2020 con el consorcio Tess Defence, un agrupamiento que incluye empresas como Indra Sistemas, Santa Bárbara Sistemas, SAPA Operaciones y Escribano Mechanical & Engineering.
La idea es dotar al Ejército de Tierra de un blindado moderno, con gran capacidad táctica, protección, movilidad y capacidades digitales que sustituyan progresivamente a vehículos más antiguos como los BMR 6×6.
Se contemplan 348 unidades en la primera fase del programa, con entrega escalonada entre 2022 y 2027, aunque el contrato global tiene un horizonte mayor. Estas unidades están previstas en múltiples configuraciones: versiones de infantería, zapadores, ingenieros y otras funcionalidades especiales para adaptarse a distintos tipos de misiones.
Indra tiene un papel destacado en el desarrollo de los sistemas electrónicos, de comunicaciones, de conciencia situacional y en el sistema de misión del vehículo, incluyendo tecnologías de visión 360º con inteligencia artificial, sistemas autoprotección, navegación, enlace de datos y alerta.
Las dificultades, los retrasos y la tensión institucional
Aunque las expectativas iniciales del programa fueron altas, la ejecución ha sufrido retrasos notables. Para 2024, estaba previsto que se entregaran 92 vehículos, pero al cierre de ese año ninguna unidad fue entregada formalmente en servicio, lo que supone un incumplimiento relevante de los plazos acordados.
El Ministerio de Defensa ha expresado públicamente su preocupación por los sucesivos incumplimientos, y este martes visitaba Indra para trasladar esas inquietudes, reservándose acciones legales o contractuales contra el consorcio si no se corrigen los retrasos.

Una de las respuestas institucionales ha sido la reconfiguración del control accionarial: Indra aumentó su participación en Tess Defence para asumir la mayoría accionarial (más del 51 %) con el fin de mejorar la coordinación del proyecto y acelerar los tiempos. También se han impuesto sanciones económicas por los incumplimientos de hitos técnicos y de entrega. Los problemas no son solo de calendario, sino también de certificaciones, pruebas técnicas y homologaciones de los diferentes subsistemas, lo que ha provocado reprogramaciones de fechas y entregas mucho menores a lo previsto.
El Dragón no es solo un blindado moderno: se le concibe como parte de una transformación más amplia del Ejército de Tierra, orientada hacia la digitalización, la autonomía estratégica y la interoperabilidad. El sistema de misión “Maestre” de Indra se perfila como el “cerebro” del vehículo: integra los sensores, comunicaciones, sistemas de gestión de batalla, autoprotección, navegación y conciencia situacional. También la visión 360º con inteligencia artificial mejorará la capacidad para detectar amenazas, emboscadas, identificar amigos/enemigos y anticipar acciones.
Sin embargo, los retos siguen siendo múltiples. En primer lugar, la cumplimentación de los plazos y entregas: a día de hoy, los objetivos fijados no se han cumplido, lo que afecta tanto la credibilidad del programa como la operatividad del Ejército si no dispone de los vehículos a tiempo para actualizar su parque. En segundo lugar, los costes. Demoras implican costes adicionales, ajustes técnicos, mantenimiento de capacidades antiguas mientras los nuevos vehículos no están operativos, y posibles sobrecostes.
En tercer lugar, los desafíos técnicos inherentes a un vehículo que debe ser moderno, protegido, móvil, interoperable, con sistemas complejos: homologaciones, integración de software, resistencia al uso real, capacidad logística para mantenerlo, etc. Finalmente, también están las expectativas internacionales y estratégicas: si España quiere exportar estos vehículos o participar en operaciones conjuntas, debe asegurar que el Dragón cumpla con estándares OTAN, de transporte, interoperabilidad, peso, tamaño y capacidad de despliegue.
El Dragón 8×8 tiene todo lo necesario para ser un éxito estratégico: refuerza la capacidad defensiva española, fomenta la industria nacional (Indra, Santa Bárbara, Escribano, SAPA), procura autonomía en defensa, impulsa la modernización tecnológica y puede servir como referente exportable. Pero los retrasos acumulados, los incumplimientos de entregas, las penalizaciones, los reprogramas y la presión política indican que el riesgo de que el proyecto no alcance todas sus metas es real.
El futuro del programa depende de que se corrijan los cuellos de botella técnicos, se aceleren los procesos de certificación, se mejore la coordinación entre los miembros del consorcio (ahora bajo mayor control de Indra), y se garanticen los recursos económicos y organizativos necesarios. Si España logra eso, el Dragón puede convertirse en un vector clave para su defensa en el siglo XXI; si no, podría quedar como otro ejemplo de las dificultades crónicas de los grandes programas de armamento.



