Mientras que en España y otros países se suceden manifestaciones masivas en favor de Palestina, en los países árabes apenas se han producido expresiones en la calle por la misma causa. Un motivo de reflexión más para quienes desde la cómoda Europa apoyan regímenes, como el de Hamás en Gaza, que impiden la libre expresión de sus pueblos, siquiera en apoyo de sus supuestos hermanos en lo cultural y religioso. La cuestión es si acaso las manifestaciones en Europa, y en España en particular, país que fue islamizado a la fuerza durante 700 años, deberían reenfocarse contra esos regímenes que impiden que sus propios ciudadanos puedan solidarizarse con el pueblo palestino.
A lo largo de la historia contemporánea, la causa palestina ha sido una bandera compartida por el mundo árabe. Desde la creación del Estado de Israel en 1948, la solidaridad con los palestinos fue un elemento esencial de la identidad política y cultural en Oriente Medio. Sin embargo, durante la actual escalada de violencia en Gaza, las calles árabes permanecen en gran medida en silencio. Apenas se han registrado manifestaciones masivas, y la respuesta de la calle —tan decisiva en otras épocas— parece haberse disuelto. ¿Por qué? La respuesta se encuentra en una compleja combinación de factores políticos, sociales, económicos y psicológicos que revelan una profunda transformación del mundo árabe.
El miedo al Estado y el control del disenso
La primera y más visible razón es el férreo control político en la mayoría de los países árabes. Desde Marruecos hasta el Golfo Pérsico, la represión de la protesta pública se ha convertido en norma. Los regímenes autoritarios, endurecidos tras las revueltas de la Primavera Árabe de 2011, aprendieron una lección: las manifestaciones, aunque sean en apoyo a una causa exterior, pueden transformarse rápidamente en protestas contra el propio poder. En Egipto, por ejemplo, el gobierno de Abdel Fattah al-Sisi prohíbe cualquier tipo de concentración no autorizada. Las fuerzas de seguridad dispersan incluso pequeños grupos de manifestantes por temor a que la solidaridad con Gaza derive en consignas contra el régimen.
En otros países, como Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos o Bahréin, la situación es aún más restrictiva. Los Estados del Golfo, que presumen de estabilidad y modernización, no permiten protestas públicas de ningún tipo. Las muestras de apoyo a Palestina se limitan a declaraciones cuidadosamente medidas en redes sociales o a campañas humanitarias controladas por el Estado. En este contexto, la calle árabe —que en décadas pasadas fue un espacio de expresión colectiva— ha quedado neutralizada por el miedo y la vigilancia.
La fatiga política y el trauma post-Primavera Árabe
Otra razón profunda del silencio árabe es el agotamiento social y psicológico que dejó la Primavera Árabe. Las revueltas que comenzaron en 2011 con la esperanza de democratizar la región acabaron en guerras civiles, represión o regresos a regímenes aún más autoritarios. Siria, Libia y Yemen son hoy ejemplos de cómo la movilización popular terminó en destrucción. Ese trauma colectivo ha generado una profunda desconfianza hacia las protestas: muchos ciudadanos asocian ahora las manifestaciones con caos, sufrimiento y fracaso.
En países como Túnez, donde el levantamiento logró derrocar a una dictadura pero luego derivó en inestabilidad política y económica, el desengaño es palpable. La población se pregunta si realmente vale la pena salir a la calle por causas que, aunque justas, no cambiarán la realidad interna ni el curso de los gobiernos. El espíritu revolucionario se ha apagado, reemplazado por la resignación y la supervivencia cotidiana.
Normalización con Israel y cambio de prioridades regionales
Un factor clave es también la transformación geopolítica del mundo árabe. En los últimos años, varios países han firmado acuerdos de normalización con Israel —como Emiratos Árabes Unidos, Bahréin, Marruecos y Sudán— bajo los llamados Acuerdos de Abraham, impulsados por Estados Unidos en 2020. Estos pactos, que antes habrían sido impensables, reflejan un cambio de prioridades: el enemigo común ya no es Israel, sino Irán y su red de influencia en la región.
Los gobiernos árabes que han normalizado relaciones con Israel tienen ahora un interés estratégico y económico en mantener la calma. No quieren alimentar el sentimiento antiisraelí ni verse presionados por sus propias poblaciones. Incluso países que no han firmado acuerdos formales, como Arabia Saudí o Egipto, mantienen contactos discretos y una cooperación de seguridad con Tel Aviv. En este nuevo escenario, la causa palestina ha pasado de ser un eje central de la identidad árabe a convertirse en un asunto incómodo, que los gobiernos prefieren mantener en un segundo plano.
Crisis económicas y prioridades internas
A esta ecuación se suma una realidad innegable: la crisis económica y la precariedad social que atraviesan la mayoría de los países árabes. Inflación, desempleo, desigualdad y corrupción dominan la agenda cotidiana de millones de ciudadanos. Para muchos, las preocupaciones por la vivienda, el trabajo o el precio de los alimentos pesan más que una guerra en Gaza que, aunque cercana emocionalmente, se percibe como un conflicto lejano e inmutable.
En Egipto, la libra se ha devaluado de forma dramática, y los subsidios estatales se reducen cada año. En Jordania y Líbano, el descontento se concentra en los problemas estructurales internos. En Marruecos, el aumento del coste de vida ha desplazado cualquier otro tema de las conversaciones populares. Ante este panorama, las causas internacionales pierden terreno frente a la urgencia de sobrevivir día a día.
La represión digital y el control del discurso
A diferencia de épocas pasadas, las redes sociales —que en la Primavera Árabe fueron una herramienta de movilización— se encuentran hoy vigiladas y censuradas. En muchos países, los usuarios pueden ser arrestados por publicar mensajes considerados “incitadores” o “contrarios a la seguridad nacional”. Esto ha generado una nueva forma de autocensura: la solidaridad con Palestina se expresa mediante mensajes vagos o simbólicos, sin llamados a la acción que puedan ser interpretados como subversivos.
El control digital también tiene un componente internacional. Plataformas como X (antes Twitter), Facebook o Instagram filtran contenidos o restringen la visibilidad de publicaciones pro-palestinas, lo que limita el alcance del activismo en línea. Así, incluso el espacio virtual que antes servía para articular la solidaridad se ha visto reducido a una mera válvula simbólica.
La fragmentación ideológica y la pérdida de una narrativa común
Durante gran parte del siglo XX, el nacionalismo árabe y la causa palestina fueron dos caras de la misma moneda. Desde Nasser hasta Arafat, la idea de una “nación árabe unida contra la injusticia” daba sentido a los movimientos políticos y sociales de la región. Hoy esa narrativa ha desaparecido. Las guerras sectarias, las divisiones entre sunitas y chiitas, y la rivalidad entre potencias regionales —como Arabia Saudí, Irán, Turquía o Qatar— han fragmentado por completo la identidad árabe.
Cada Estado sigue sus propios intereses, y la causa palestina ya no es un símbolo unificador, sino un recordatorio incómodo de las divisiones. En algunos casos, incluso se percibe como una cuestión politizada o manipulada por facciones islamistas como Hamás, lo que genera recelos entre sectores laicos o liberales que desconfían de ese discurso.
Una solidaridad silenciosa
A pesar de la ausencia de manifestaciones, no se puede afirmar que los pueblos árabes sean indiferentes al sufrimiento palestino. En cafés, mezquitas y redes sociales, la empatía sigue viva, aunque se exprese en formas discretas: donaciones, campañas humanitarias, rezos colectivos o simples conversaciones cotidianas. En el fondo, existe una frustración generalizada por la impotencia ante un conflicto que parece no tener fin, y por la sensación de que las protestas, por sí solas, ya no cambian nada.
El silencio árabe ante Gaza no es sinónimo de desinterés, sino el reflejo de un cambio de era. La región ha pasado del entusiasmo revolucionario y la retórica panarabista a una etapa de pragmatismo, miedo y cansancio. Los regímenes autoritarios controlan las calles, las economías oprimen a las poblaciones, y las alianzas internacionales se reconfiguran. En este contexto, la causa palestina, que alguna vez encendió pasiones y movilizó multitudes, se diluye entre la censura y la desesperanza.
El resultado es una solidaridad contenida, más emocional que política, más privada que pública. Mientras los bombardeos continúan en Gaza y las potencias negocian en los despachos, las calles árabes guardan silencio. Un silencio que no es olvido, sino una mezcla amarga de impotencia, miedo y desencanto.
Luis Miguel Belda es Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia




