La historia profesional de Vicente de la Cruz no comienza en el ámbito privado ni en despachos corporativos, sino en uno de los periodos más duros de la historia reciente de España. Su entrada en el mundo de la protección personal fue casi accidental, marcada por el contexto de violencia terrorista de los años ochenta, cuando ETA golpeaba de manera sistemática a mandos militares, políticos y representantes del Estado.
Entonces, De la Cruz formaba parte de las Fuerzas Armadas, en unidades como la División Acorazada, que empezaron a especializar equipos de protección para salvaguardar a los altos mandos ante una amenaza real y constante. El asesinato del general Quintana Lacaci, jefe de la división, confirmó que no se trataba de una hipótesis, sino de una guerra soterrada que exigía respuestas profesionales. En ese escenario, la protección personal dejó de ser una función puntual para convertirse, sin que él lo supiera aún, en el eje central de su vida laboral.
Así lo cuenta en una entrevista en el programa ‘Memoria de delfín’, de Radio Nacional de España, que dirige Arturo Martín, cuya emisión íntegra puede escucharse en este enlace. Es una entrevista compartida con Alin Atodiresei, director de El Samurái Moderno, podcast audiovisual que puede escucharse también en Delta13News.
Aquellos primeros “pinitos”, como el propio De la Creuz mismo los define, marcaron el inicio de una profesión que entonces apenas existía en el ámbito privado. En España, la seguridad privada comenzó a desarrollarse de manera estructurada en los años ochenta, cuando hasta ese momento la protección de personas recaía exclusivamente en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Vicente fue testigo y protagonista de ese tránsito: de una protección improvisada y militarizada a un sector regulado, con formación homologada, requisitos legales estrictos y controles constantes. La figura del escolta privado empezó a tomar forma en paralelo a la necesidad social, política y empresarial de proteger a personas amenazadas.
El acceso a la profesión, explica De la Cruz, nunca fue sencillo. La legislación española es una de las más restrictivas del mundo en materia de seguridad privada. Para ejercer como escolta se exige una formación específica homologada por el Ministerio del Interior, superar pruebas teóricas y físicas convocadas por el Cuerpo Nacional de Policía y obtener la Tarjeta de Identidad Profesional (TIP), que habilita legalmente para trabajar en empresas de seguridad.
A ello se suma una segunda criba aún más exigente: la obtención de la licencia de armas, supervisada por la Guardia Civil, que requiere el aval de la empresa, pruebas psicológicas y la consideración expresa de “persona especialmente equilibrada”. El arma reglamentaria, una pistola semiautomática del calibre 9 mm, no es un símbolo de poder, sino una responsabilidad extrema, recuerda Vicente de la Cruz.
Durante décadas, miles de escoltas desempeñaron su labor en un contexto de amenaza constante. Alcaldes, concejales, empresarios, jueces o directivos vivieron durante años acompañados de equipos de protección. Muchos profesionales pasaron más de una década junto a la misma persona protegida, estableciendo vínculos de confianza absoluta.
Pero ese mundo se derrumbó de manera abrupta en 2012, con el final de la actividad armada de ETA. La derrota del terrorismo trajo consigo una consecuencia amarga para el sector: el 90 % de los escoltas se quedaron sin trabajo. De unos 5.000 profesionales se pasó a apenas 500. De la Cruz recuerda ese momento como una herida abierta: no hubo un plan de transición ni un amparo institucional para quienes habían dedicado su vida a proteger a otros.
Desde entonces, el sector ha sobrevivido en un equilibrio frágil. Ya no existen los grandes dispositivos permanentes, sino servicios fragmentados, esporádicos y de corta duración. Hoy, la protección se concentra en ejecutivos, empresarios extranjeros, turismo de alto nivel y, muy especialmente, en el mundo del espectáculo. Giras musicales, rodajes, presentaciones y eventos generan una demanda constante, aunque inestable.
A ello se suman nuevas realidades sociales: violencia de género, acoso, bullying extremo, situaciones en las que la protección personal se convierte en una última barrera para personas, incluso menores, que no pueden desarrollar una vida normal.
Las cifras oficiales del Ministerio del Interior hablan de unos 1.100 servicios de escolta autorizados en la actualidad, aunque no todos se ejecutan de forma efectiva. Muchos protegidos renuncian por el coste económico o por la falsa sensación de seguridad.
El sector, explica De la Cruz, ha encontrado una vía de continuidad en el ámbito internacional, donde los escoltas españoles gozan de un prestigio notable. Países como Israel, referencia mundial en seguridad, reclutan a profesionales españoles, entre policías, guardias civiles y escoltas privados, para impartir formación, reconociendo una escuela construida a base de experiencia real, sin manuales previos ni modelos importados.
Escoltar no es una película
La esencia del trabajo, insiste Vicente de la Cruz, no está en la reacción, sino en la prevención. La imagen cinematográfica del escolta que salva a su protegido en el último segundo es una ficción peligrosa. En la realidad, si un atentado se ejecuta correctamente, el atacante suele tener ventaja. La clave es anticiparse, planificar hasta el aburrimiento, detectar lo que no encaja.
Esa forma de mirar el mundo se convierte en una segunda naturaleza: observar manos, miradas, salidas, movimientos. Incluso en la vida familiar, esa vigilancia permanece. Comer de espaldas a la pared, controlar accesos, analizar entornos es ya un reflejo imposible de apagar.
La discreción es otro pilar irrenunciable. El escolta lo sabe todo y no puede decir nada. En torno a una persona protegida gravita un ecosistema de curiosidad, ambición y oportunismo. Todos preguntan, todos quieren saber, todos buscan información. Guardar silencio es una obligación ética y profesional. A veces, incluso, hay que mentir sobre la propia profesión, inventar una identidad anodina —comercial, asesor, acompañante— para no llamar la atención. El glamour asociado al sector se diluye rápidamente cuando se encadenan jornadas de 16 horas, se duerme tres horas y se vive en hoteles que no se disfrutan.
De la Cruz desmitifica también la idea de que la protección es solo fuerza física. Aunque hay contextos, como el control de masas, fenómenos fan y similares, donde el físico es relevante, la mayoría de los servicios se sostienen sobre inteligencia, análisis y planificación. En ese terreno, hombres y mujeres compiten en igualdad.
De hecho, las mujeres han demostrado ser especialmente eficaces en labores de observación y vigilancia encubierta, pasando desapercibidas en contextos donde nadie sospecha. En el País Vasco, recuerda, su papel fue decisivo en muchas operaciones de información preventiva.
Las RRSS como problema
Las redes sociales se han convertido hoy en uno de los mayores riesgos. Para un escolta, son una fuente de información crítica y, al mismo tiempo, un peligro constante. Una fotografía, un fondo, una montaña al fondo pueden delatar una ubicación exacta. Por eso, la disciplina digital es absoluta: perfiles profesionales, información desfasada, imágenes fuera de contexto. La protección moderna ya no solo se juega en la calle, sino en el espacio virtual.
Tras décadas de servicio, Vicente de la Cruz no idealiza su recorrido. Ha conocido palacios, hoteles de lujo, cumbres internacionales, reuniones del Banco Mundial. Ha estado cerca del poder y de la toma de decisiones globales. Pero su conclusión es sobria: nada de eso quita el sueño ni añade valor personal. Lo que permanece es una comprensión más cruda y directa del mundo, una visión estratégica que no se aprende en los medios ni en los libros, sino en la experiencia directa.
La profesión de escolta, tal como la describe Vicente de la Cruz, es una mezcla de sacrificio, silencio y responsabilidad extrema. Una labor invisible que solo se valora cuando falla, y que ha evolucionado desde el terrorismo doméstico hasta los riesgos globales actuales. Hoy, con menos efectivos y más incertidumbre, sigue siendo una pieza esencial en un mundo donde la seguridad absoluta no existe, pero la prevención marca la diferencia entre la vida y la tragedia.



