La guerra ha vuelto a Europa y, con ella, ha regresado una certeza que durante décadas pareció diluirse: los conflictos armados convencionales a gran escala no pertenecen al pasado. La invasión rusa de Ucrania en febrero de 2022 no solo alteró el equilibrio de seguridad continental, sino que aceleró de forma dramática la transformación de la guerra terrestre.
En ese contexto nace la nueva edición del documento Tendencias 2024-2025 relacionadas con la fuerza terrestre futura, elaborado por el Mando de Adiestramiento y Doctrina del Ejército de Tierra español, una obra de prospectiva estratégica que actúa como espejo de un cambio de época en el arte de la guerra.
El informe parte de una premisa clara: el campo de batalla ya no es un espacio delimitado ni exclusivamente físico. Se ha convertido en un entorno expandido, interconectado y permanentemente disputado, donde confluyen el dominio terrestre, el aéreo, el espacial, el ciberespacio y, de forma creciente, el dominio cognitivo. La experiencia ucraniana ha demostrado que la superioridad militar ya no se mide únicamente en número de tropas o blindados, sino en la capacidad de integrar tecnología, información, automatización y velocidad de adaptación.
Uno de los elementos más disruptivos de esta transformación es la irrupción masiva de los sistemas robóticos y autónomos. Los drones, tanto aéreos como terrestres, han dejado de ser herramientas auxiliares para convertirse en protagonistas centrales del combate. Ucrania ha sido el primer laboratorio real de una guerra robotizada a gran escala, con millones de vehículos aéreos no tripulados desplegados en apenas tres años, muchos de ellos de bajo coste, adaptados sobre la marcha y producidos en cadenas casi artesanales. Rusia, lejos de quedarse atrás, ha respondido con una industrialización acelerada del uso de drones kamikaze, ataques combinados y municiones merodeadoras capaces de saturar las defensas enemigas.
Esta proliferación ha cambiado el carácter mismo del combate terrestre. El frente se ha vuelto transparente: cada movimiento es observado desde el aire, cada concentración de fuerzas es vulnerable a un ataque inmediato, y la sorpresa táctica resulta cada vez más difícil de conseguir. La vigilancia permanente ha reducido los márgenes de maniobra tradicionales y ha obligado a redescubrir técnicas clásicas como la dispersión, el camuflaje o el engaño, ahora reforzadas con redes multiespectrales y medidas de control electromagnético.
La guerra de drones no se limita al ataque. Defenderse de ellos se ha convertido en una prioridad absoluta. El documento describe cómo la defensa contra sistemas no tripulados exige arquitecturas multicapa que combinen sensores pasivos, guerra electrónica, interceptación cinética y, en un futuro próximo, armas de energía dirigida. El uso de misiles caros contra drones baratos ha demostrado ser insostenible, lo que ha impulsado el desarrollo de soluciones más económicas, desde fusiles inhibidores hasta drones interceptores diseñados para cazar a otros drones.
Pero la revolución no termina en el aire. Los vehículos terrestres no tripulados están ganando peso en misiones de reconocimiento, logística, evacuación sanitaria, desminado e incluso combate directo. La experiencia ucraniana ha mostrado que estos sistemas pueden compensar la inferioridad numérica mediante la automatización y la producción descentralizada. Estados Unidos, por su parte, avanza hacia plataformas modulares y eléctricas, concebidas para integrarse en unidades mixtas humano-máquina, anticipando un futuro donde soldados y robots operarán de forma coordinada bajo un mismo sistema de mando.
Esta integración humano-máquina redefine el papel del combatiente. Lejos de desaparecer, el soldado se convierte en el nodo central de un sistema complejo, apoyado por sensores, inteligencia artificial y plataformas autónomas que amplían su percepción, reducen su exposición al riesgo y aceleran su toma de decisiones. La optimización del rendimiento cognitivo del combatiente emerge así como una nueva frontera doctrinal, en la que la formación, la ergonomía, la gestión de la información y la resistencia psicológica adquieren una importancia estratégica.
Otro de los grandes ejes del informe es la consolidación del dominio espacial como elemento crítico de las operaciones terrestres. Las comunicaciones por satélite, el posicionamiento y la observación desde el espacio se han vuelto indispensables. El uso masivo de sistemas comerciales, como las constelaciones de satélites de órbita baja, ha permitido mantener la conectividad incluso en escenarios devastados, pero también ha generado nuevas dependencias y vulnerabilidades. La guerra de Ucrania ha evidenciado que la superioridad espacial no reside solo en tener satélites, sino en garantizar la resiliencia de los servicios frente a interferencias, ciberataques y acciones antisatélite.
En paralelo, el informe subraya la evolución hacia operaciones multidominio plenamente integradas. Las fronteras entre niveles táctico y operacional se difuminan, y la coordinación entre fuerzas terrestres, aéreas, espaciales, cibernéticas y de información se vuelve imprescindible. El combate ya no se decide únicamente destruyendo fuerzas enemigas, sino influyendo en su percepción, erosionando su voluntad de lucha y moldeando la narrativa del conflicto tanto en el frente como en la retaguardia.
La dimensión cognitiva de la guerra ocupa un lugar destacado. Las imágenes captadas por drones, difundidas de forma inmediata en redes sociales, se han convertido en armas psicológicas capaces de reforzar la moral propia y minar la del adversario. La batalla por la opinión pública, interna e internacional, se libra en tiempo real y condiciona tanto el apoyo político como la sostenibilidad del esfuerzo bélico.
Ante este panorama, los ejércitos de la OTAN han iniciado procesos de transformación acelerada. El documento analiza cómo se están revisando estructuras organizativas, doctrinas, sistemas de adiestramiento y modelos de adquisición. La lección es clara: los ciclos tradicionales de desarrollo militar, que se medían en décadas, ya no son compatibles con un entorno donde la tecnología se vuelve obsoleta en meses. La experimentación constante y la colaboración con la industria civil y el ecosistema tecnológico se convierten en factores decisivos.
El informe concluye que la fuerza terrestre futura será híbrida, distribuida y altamente conectada. Combinará plataformas sofisticadas con sistemas simples producidos en masa, integrará humanos y máquinas en formaciones mixtas y operará en un espacio de batalla continuo, sin límites claros entre paz y guerra. La capacidad de adaptación, más que la superioridad numérica o incluso tecnológica, será el verdadero factor diferencial.
En definitiva, Tendencias 2024-2025 relacionadas con la fuerza terrestre futura no es solo un análisis técnico, sino una radiografía de cómo la guerra está cambiando ante nuestros ojos. Un aviso para ejércitos y sociedades: la seguridad del futuro se decidirá tanto en el terreno como en los datos, en el espacio, en las mentes y en la velocidad con la que seamos capaces de comprender y anticipar el próximo cambio.



