24.5 C
Madrid
miércoles, julio 29, 2026

Coque Astillero, autor de ‘Pazman’: «El silencio fue uno de los grandes protagonistas del conflicto vasco»

Debe leer

Juan Manuel Llenderrozas
Juan Manuel Llenderrozas
General de Brigada de la Guardia Civil

Coque Astillero es un autor que ha irrumpido con fuerza en el panorama literario español gracias a Pazman, finalista del Premio Azorín 2022, una novela que mezcla intriga, crítica social y una profunda reflexión sobre la naturaleza humana. Con un estilo directo y contemporáneo, Astillero construye un relato que invita al lector a cuestionar la violencia, la convivencia y el papel del individuo frente a los conflictos de su entorno. Su obra está siendo comentada tanto en círculos literarios como en medios culturales por su audacia temática y su capacidad para conectar con un público joven y adulto por igual.

En esta entrevista hablaremos con Coque Astillero sobre el origen de Pazman, los temas que atraviesan la novela y su visión sobre el panorama actual de la literatura. También conoceremos su proceso creativo, las influencias que marcaron su escritura y sus próximos proyectos. Una oportunidad para adentrarnos en la mente de un autor que está dando mucho de qué hablar y que propone una narrativa fresca pero cargada de mensaje.

Coronel Astillero, nació usted en Guinea Ecuatorial, hijo de un guardia civil destinado allí durante los últimos años de la presencia española. ¿Cómo marcó esa experiencia familiar, con la evacuación de 1968 que su padre vivió como uno de los «Últimos de Guinea”, su vocación hacia la Benemérita?

A decir verdad, mi estancia en el continente africano fue efímera, yo apenas nací en Guinea —si así puede expresarse— un 3 de abril de 1968. La independencia se proclamó el 12 de octubre de aquel mismo año, pero ya meses antes se había empezado a repatriar a los españoles. Las mujeres y los niños primero, después los hombres; por último, los militares: ahí estaba mi padre, un joven teniente de las compañías móviles de la Guardia Civil. Su última noche en África la pasó atrincherado junto a sus guardias, en la playa, de espaldas al mar; una barcaza de la Armada española los rescató al alba. Ciertamente, había épica en las historias que contaban mi padre y mi bisabuelo y mi abuelo maternos, igualmente guardias civiles —ellos llegaron a aquel paraíso ecuatorial mucho antes, recién terminada la Guerra Civil—.

Eran relatos de audacia, de aventuras, de espíritu pionero, pero también de humildad. Que la de Guinea Ecuatorial fuera la única descolonización africana sin derramamiento de sangre es un logro que los historiadores nunca han puesto en valor. Y buena parte de ese éxito se lo debemos a los miembros del Cuerpo que estuvieron allí; satisfechos con el deber cumplido, sin embargo, nunca reclamaron su cuota de gloria. Donde otros hubiesen recurrido a las armas, aquellos guardias echaron mano de lo que mejor sabían hacer, respirar hondo y templar gaitas, tal y como habrían reaccionado ante una revuelta en la mina o una algarada en el campo españoles. Guinea Ecuatorial fue una provincia española hasta el último día y todos sus habitantes tenían la consideración de españoles. Probablemente por esa razón, en su misión de mantener el orden, los guardias civiles en ningún momento olvidaron que los que con piel más oscura tenían frente a ellos seguían siendo sus compatriotas.

No me hice guardia civil por esas historias, me quedaban muy lejos. Sí, con el paso del tiempo, me hicieron apreciar más este oficio simpar.

Ha desarrollado su carrera profesional en ámbitos tan diversos como Italia, Bosnia y Herzegovina, y el País Vasco. ¿Cuál de estos destinos le cambió más como persona? ¿Hay algún momento concreto en el que sintió que se transformaba interiormente?

Cada etapa aportó lo suyo. En orden cronológico, el País Vasco responde a la pregunta perfectamente: me transformó. Los noventa no eran los años de plomo, pero seguían cayendo compañeros a manos de los asesinos de ETA, y en las calles podías sentir el odio militante de unos y la equidistancia utilitarista de otros; de muy pocos, cariño. La experiencia de la lucha antiterrorista te hace madurar más y más rápido, pronto aprendes que la naturaleza humana es frágil y con la debida manipulación se transforma a los hombres en monstruos.

El de Bosnia y Herzegovina, aunque breve, fue un periodo también muy revelador. La historia no es siempre como la cuentan; me fui de allí con la sensación de que los buenos no lo eran tanto y los malos eran unos pobres diablos. Italia, por último, fue una etapa totalmente distinta. De entrada, conocí un país y a sus gentes desde dentro, los italianos te acogen y te hacen sentirte en casa, lo cual es una fortuna y un privilegio. En el ámbito profesional, aprendí el valor de la coordinación policial a nivel interno y de la cooperación en el plano internacional. Y descubrí una realidad criminal única, la mafia, que en sus distintas franquicias regionales es capaz de desafiar y poner en jaque al Estado de derecho tanto como la más sanguinaria organización terrorista.

Como diplomado en Estado Mayor que maneja varios idiomas y ha trabajado en cooperación internacional, ¿cómo ha influido esa perspectiva global en su visión de España y de los conflictos internos que ha vivido nuestro país?

Suelo decir que, con independencia del destino, cometido o función de cada momento, mucho del tiempo que he trabajado en el extranjero lo he pasado haciendo pedagogía.

Las noticias que cruzan nuestras fronteras a veces proyectan una visión fragmentada o sesgada de la actualidad española. Entonces, a uno le toca explicar el contexto y la historia que, obvios para nosotros, son desconocidos para los extranjeros. A modo de ejemplo, a inicios de este siglo XXI, siendo profesor de antiterrorismo en la Escuela de Oficiales de Carabinieri en Roma, una pregunta frecuente —para mi absoluta perplejidad— de los jóvenes sottotenenti (alféreces) era por qué España oprimía al País Vasco y no le concedía la independencia que reclamaba ETA.

La cuestión, pues, no es cómo la perspectiva global de alguien puede influir en su visión de España, sino cómo desde la perspectiva internacional se percibe la actualidad española. En nuestro país hemos descuidado siempre el relato.

Antes de embarcarse en la aventura literaria de Pazman, ¿hubo algún acontecimiento, misión o vivencia concreta en su trayectoria profesional o personal que, en retrospectiva, sienta que fue un verdadero punto de inflexión y que, aunque quizá no supiera entonces, resultaría esencial para su impulso creativo y narrativo? ¿Puede compartir alguna anécdota significativa que le ayudara a descubrir esa necesidad de contar historias?

Para responder a la primera cuestión, solo puedo recomendar la lectura de Pazman; tarde o temprano iba hacerlo en algún momento de la entrevista, y este es muy apropiado. En Pazman, una autoficción, lo que cuento fueron experiencias personales que, igual que semillas, con los años germinaron en mi memoria. Crecieron de tal manera, que no me cabían en la cabeza y tuve que recolectarlas y plasmarlas sobre el papel.

Respecto a la anécdota, hay una que ayuda a entender no tanto la necesidad de contar historias en general como la de Pazman concretamente. Tiene que ver con la novela Patria. Cuando se publicó allá por 2016, todo el mundo hablaba de Patria y me parecía entender que trataba sobre el sufrimiento que ETA había infligido al pueblo vasco. Un día le pregunté a un compañero que la había leído: «¿Nosotros no salimos entonces?». «No, solo va de los vascos», me contestó tajante. No era posible, me dije, que los guardias civiles, los que habíamos puesto tantos muertos, no figurásemos en aquellas seiscientas y pico páginas. Así que decidí escribir una obra que nos reivindicase. Y por favor, que no se tome esto como una crítica a la magnífica obra de Fernando Aramburu. Él escribió el libro que quería escribir. Yo hice lo propio.

Pazman no es solo su primera novela, sino que llega veinticinco años después de los hechos que narra. ¿Por qué necesitó tanto tiempo para encontrar la distancia emocional necesaria?

No habría sido capaz de escribir sobre el dolor reciente de personas que perdieron tan brutalmente a sus seres queridos. Desde un profundo respeto a las víctimas, solo cuando pasó el tiempo y las heridas de alguna manera empezaron a cicatrizar, creí oportuno escribir la novela.

¿Y cómo equilibra en su obra el respeto al dolor ajeno con la necesidad de contar una verdad histórica que considera silenciada?

No es fácil. Lamentablemente, la representación de la violencia en la literatura se ha vaciado de contenido para convertirse en reclamo. En Pazman dosifico la violencia, intento mostrar solo la justa para ilustrar, por un lado, la sangre fría y el desprecio por la vida humana de las bestias etarras, y por otro, el desgarramiento emocional de las víctimas. Víctimas que no puedo nombrar sin recordar, una vez más, que mientras no se les pida perdón y queden crímenes sin esclarecer, no podremos pasar página. Para pasar página, se necesita justicia y perdón. Sin esos requisitos, es imposible que las viudas, los huérfanos o los padres que perdieron a sus hijos superen sus traumas.

El tratamiento del silencio en la literatura sobre el conflicto vasco suele ser un tema controvertido. En su caso, ¿cómo concilió la necesidad de romper el silencio con la prudencia y el respeto hacia quienes protagonizaron esas historias?

El silencio fue uno de los grandes protagonistas del conflicto vasco. Distinguiría dos tipos, cualitativamente muy diferentes. Uno, el de muchos vascos, era un silencio que hacía daño a los oídos; a veces enraizado al miedo, a veces a la ideología, se propagó como una omertà endémica. Otro, fue el de las sepulturas; era este un silencio impotente, absoluto. Cabría añadir un tercero en relación con la pregunta que me plantea: el que guardamos por años los que estuvimos arriba. En mi caso, romperlo fue un ejercicio de responsabilidad. Otros colectivos lo habían hecho antes, cada cual aportando su pieza del puzle vasco, pero faltaba una, fundamental a mi juicio, que se omitía —no entraré a valorar el porqué de esa ausencia—: el sacrificio de quienes lucharon contra ETA. Yo conocía muchas historias de ese sacrificio protagonizadas por guardias civiles. Merecían ser contadas. Y di un paso al frente.

Pazman destaca por su hibridación de géneros y estructuras. ¿Cómo afrontó el reto de equilibrar novela histórica, thriller y crónica testimonial en una misma obra?

Decía Vargas Llosa que la ficción es la contraportada de la Historia y, de alguna extraña manera, llena sus vacíos y recovecos. Pazman tiene algo de eso. En toda ficción, además, es posible rastrear la experiencia del autor y en ese sentido mi novela parte de una realidad identificable, la llegada al País Vasco de un joven teniente de la Guardia Civil, que claramente soy yo. A partir de ahí, el material autobiográfico se impregna de ficción poco a poco hasta que la trama alcanza autonomía propia, tanta, que los personajes cobran vida y son ellos mismos, no yo como autor, quienes toman las decisiones —de no ser así, Pazman habría sido una predecible biografía—.

Si tuviera que cuantificarlo, diría que la novela arranca con un 90% de realidad y un 10% de ficción y al acabar esos porcentajes se han invertido. En este punto son necesarias dos notas aclaratorias. Una, que aquí la ficción no alude al grado superior de la imaginación, en absoluto: se trata solo de una licencia literaria para  jugar con hechos y situaciones que sucedieron en otro tiempo y lugar. Otra, que en los muy contados casos en que efectivamente echo mano de la invención, lo hago con un claro propósito. Dejaré que lo explique un lector en una reseña: «Alguna cosa hay en el libro que nunca sucedió, pero lo verdaderamente sorprendente es que jamás se materializara, pues habría sido perfectamente posible e incluso lógico que hubiera acontecido. No revelaremos ahora de qué hablamos, el lector se dará cuenta por sí mismo y quizá llegue a formularse las preguntas fundamentales: ¿cómo es posible que nunca se diera esa situación con ese resultado? y ¿de qué madera estaban hechos aquellos guardias civiles que no transitaron nunca por aquel camino?».

Su novela mezcla realidad, ficción y cine de forma muy particular, con títulos de películas encabezando cada capítulo. ¿Qué papel ha jugado el séptimo arte en su vida personal? ¿Hay alguna película que considere definitoria en su formación como persona?

Podría afirmarse que todo empezó con el cine. Mis pinitos en la escritura fueron como guionista; a ciencia cierta, no sé por qué me acerqué a ese mundo, el caso es que escribí unos cuantos guiones. Eran guiones de género sobre temas que me atraían pero que  desconocía y me obligaban a documentarme muchísimo: exorcismo, extraterrestres, reencarnación, canibalismo… «Este es un friki», pensará alguno, y no negaré que no doy motivos para tal conclusión.  En cualquier caso, aunque disfruté mucho esa etapa, constaté que el de los guionistas es un gremio muy hermético donde es complicado hacerse un lugar si no eres profesional, así que decidí probar suerte con otros géneros, poesía y novela.

No tengo una película en mi vida, sino dos: Rocky y El cazador. Una habla de superación, de fe en uno mismo, de perseguir los sueños; la otra, de amistad, pura, la que se forja cuando se comparte trinchera. En Pazman lo explico mejor y con más detalle: ¡otro motivo para la leer la novela!

En el plano literario, ¿cuáles son los autores o corrientes narrativas que considera sus principales referentes? ¿Hay algún escritor contemporáneo que admire especialmente o que haya influido en el estilo de Pazman?

Me fascina el realismo mágico de García Márquez y Juan Rulfo; de hecho, lo he practicado   —de un modo suigéneris— en alguna obra inédita  y en un nuevo proyecto aún en ciernes. Respecto a autores, admiro por encima de todos a Luis Landero y a Benedetti; obviamente, no me han influenciado en el estilo de Pazman, no les llego ni a la suela de los zapatos. Con todo, en Pazman creo haber encontrado lo que los escritores llaman la propia voz. Sí, mi voz es la del narrador de Pazman.

Lleva décadas compaginando una carrera militar de primer nivel con una vocación literaria. ¿Cómo es el Coque Astillero escritor cuando se quita el uniforme? ¿Hay contradicciones entre el militar y el novelista que conviven en usted?

Centrándonos en el acto de escribir, hay un conflicto irresoluble. En mi trabajo como oficial de la Guardia Civil, los tropos, la ironía o la hipérbole no tienen cabida. Redactar un informe, un oficio, incluso un correo electrónico, para mí supone un penoso ejercicio de represión creativa.

¿Cómo ha sido la recepción crítica y del público de Pazman? ¿Le ha sorprendido alguna interpretación o comentario de lectores que haya arrojado luz nueva sobre su propio texto?

En una de las presentaciones de Pazman, me acompañó el cineasta y amigo Iñaki Arteta. Se deshizo en parabienes, pero uno me congratuló sobremanera: «La novela es visual, se nota que escribiste guiones».

Y de las reseñas de los lectores, ha habido muchas que ciertamente me han impactado. «Imprescindible» y «muy necesario» son los comentarios más repetidos. «Alguien tenía que contarlo», «agita conciencias», «sobrecogedora visión de aquella terrible realidad», «la lectura es fresca a más no poder, te lo puedes pulir en un par o tres días sin darte cuenta», fueron otras opiniones que me gustaron.

Una lectora describía telegráficamente: «Engancha. Emociona. Estremece. Enternece. Esclarece. Enfurece. Todo junto y a la vez revuelto a través de la mirada de alguien que rozó el abismo». «Estoy llorando emocionada», reconocía otra; «terminar el libro y llorar», confesaba una tercera.

Me llamó la atención especialmente esta apreciación: «En Pazman, los personajes son “mortales” porque mueren, pero también porque son humanos, de carne y hueso, están muy lejos de ser divinos o superhéroes como el título pueda sugerir. Frente a los malos, que son de verdad malos, los buenos de esta novela tienen luces y sombras».

Y esta observación es muy reveladora: «Para quienes conozcan el mundillo de los servicios de información de la Guardia Civil en los tiempos crudos de la lucha contra ETA, la historia de Pazman es una evocación intensa y constante; potente, muy potente… Para los ajenos a ese mundo, Pazman es una puerta abierta a los modos y maneras de la investigación policial antiterrorista; ahora bien, la de verdad, no la de las películas…».

Pero, si tuviera que quedarme con una sola reseña, sería esta: «Digno finalista del Premio Azorín de novela 2022, que bien pudo haber ganado».

Como lector, ¿qué busca en una novela? ¿Puede recomendar tres libros (de cualquier época o género) que considere imprescindibles para quien quiera comprender la España reciente a través de la literatura?

De una novela, quiero que me atrape, que me evada, que en su lectura aprecie un dominio superior del idioma y que me haga reflexionar.

Respecto a la historia reciente de España, no concibo entenderla sin los Episodios nacionales de Pérez Galdós, testimonio sublime de cómo nació lo que nos une a todos los españoles, un sentimiento mucho más poderoso que las ideologías que después han tratado de separarnos. Para comprender esto último, en Los cipreses creen en Dios, de José María Gironella, se ilustra magistralmente el proceso cancerígeno que fue dividiendo en dos bandos a la sociedad española hasta desembocar en la Guerra Civil. Finalmente, la forma en que lograríamos reconciliarnos y pasar de la dictadura a la democracia la cuenta muy bien Victoria Prego en su crónica faraónica Así se hizo la Transición.

¿Está trabajando ya en una segunda novela? ¿Seguirá explorando el universo de la lucha antiterrorista o tiene otras historias por contar que le quiten el sueño?

Escribir Pazman fue una catarsis tan liberadora como dolorosa.  De un lado, sentí que me quitaba un gran peso de encima, necesitaba contar ciertas cosas y lo hice, pero a costa de reabrir un baúl de recuerdos que por años había mantenido cerrado a cal y canto; no necesariamente malos recuerdos, basta que como un sacacorchos te retuerzan por dentro y te hagan aflorar emociones que uno creía tener controladas… De momento voy a hacer un paréntesis, quizá más adelante vuelva a escribir sobre la lucha antiterrorista, no me faltan historias e ideas, pero ahora, para despejarme, estoy con algo bastante más mundano y ligero. En una ocasión, Alex de la Iglesia propuso un decálogo para guionistas y uno de sus consejos era traicionarse a sí mismo. «Si lo tuyo es el drama, escribe comedia». En algo así estoy ahora en mis ratos libres.

Ha mencionado en alguna ocasión que tiene «una variada obra inédita de novelas, poemarios y guiones de cine». ¿Veremos alguna adaptación cinematográfica o televisiva de Pazman? ¿Hay productores interesados? ¿Le gustaría participar en el proceso creativo?

Hay un proyecto tan ilusionante como embrionario del que, por razones obvias, no puedo dar apenas detalles. Una productora se ha interesado por la novela, quieren hacer una serie. Es un proceso que tiene sus ritmos y que podría llegar a buen puerto o no, veremos, conviene tener los pies en el suelo. En cualquier caso, de materializarse, puedo adelantar que participaría como asesor del guion.

Después de una vida dedicada al servicio público y ahora con el reconocimiento literario por haber sido finalista del Premio Azorín, ¿cómo se ve dentro de diez años? ¿Qué Coque Astillero le gustaría ser cuando tenga tiempo para elegir libremente su camino?

Dentro de diez años… ojalá tenga pelo aún. Ahora en serio, para entonces, me conformo con que la escritura me siga apasionando.

 

spot_img

Publicidad

spot_img

Última Hora

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Aquí puede consultar nuestra Aviso Legal y Política de Privacidad