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miércoles, julio 29, 2026

Cuando las guerras ya las ganan todos

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

De siempre, cuando una guerra finalizaba lo era porque uno de los bandos la ganaba y el otro la perdía. Hoy esta premisa es cada vez más difusa. En este sentido, la principal conclusión que deja la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos es que todos los actores pueden reivindicar una victoria parcial, pero ninguno ha logrado plenamente sus objetivos.

Israel y Estados Unidos han demostrado una capacidad militar y de inteligencia extraordinaria al golpear el corazón del aparato de seguridad iraní, eliminar a buena parte de su cúpula militar y de inteligencia y degradar infraestructuras estratégicas. Sin embargo, el objetivo político de provocar el derrumbe de la República Islámica no se ha materializado. El régimen de los ayatolás sigue en pie, aunque más debilitado, más aislado y probablemente más represivo que antes.

Desde el punto de vista social, el país emerge profundamente fracturado. La guerra ha agravado una crisis económica que ya castigaba a la población por las sanciones internacionales, la inflación y el desempleo. A ello se suma el desgaste psicológico de una sociedad que ha vivido años de protestas, represión y ahora un conflicto militar de gran intensidad. Muchos iraníes responsabilizan al régimen de haber conducido al país hasta esta situación, mientras otros, impulsados por un sentimiento nacionalista, han cerrado filas temporalmente frente a un enemigo exterior. Esa dualidad dificulta cualquier pronóstico sobre un eventual cambio político.

En el terreno religioso, la supervivencia del sistema supone también la supervivencia del principio del velayat-e faqih, la doctrina que otorga al líder supremo la máxima autoridad política y religiosa. Sin embargo, la guerra ha erosionado el aura de invulnerabilidad que durante décadas rodeó al poder clerical. La capacidad de Israel para penetrar los servicios de inteligencia iraníes y alcanzar a altos dirigentes ha sembrado dudas incluso entre sectores tradicionalmente fieles al régimen. La legitimidad religiosa ya no basta por sí sola para garantizar la estabilidad política.

Paradójicamente, el conflicto puede fortalecer a corto plazo a los sectores más duros del sistema. Cuando un régimen revolucionario sobrevive a un intento de descabezamiento suele interpretar esa supervivencia como una justificación para endurecer el control interno. Es previsible que aumenten las detenciones, la vigilancia sobre la oposición, las restricciones a internet y la persecución de cualquier movimiento que pueda interpretarse como colaboracionista con potencias extranjeras. Informaciones recientes apuntan precisamente a un incremento de la presión sobre minorías religiosas y otros colectivos considerados incómodos para el régimen.

En el ámbito político, la continuidad del régimen constituye probablemente la mayor derrota estratégica de quienes apostaban por un cambio de poder desde el exterior. La historia demuestra que destruir estructuras militares resulta mucho más sencillo que sustituir un sistema político asentado durante casi medio siglo. La República Islámica ha perdido dirigentes, capacidades militares y prestigio, pero conserva el aparato burocrático, las fuerzas de seguridad, la Guardia Revolucionaria, el sistema judicial y los mecanismos de control territorial que sostienen al Estado.

La Guardia Revolucionaria emerge, de hecho, como el verdadero centro de gravedad del poder. La eliminación de numerosos mandos ha obligado a una rápida renovación generacional, pero la institución mantiene intacta su influencia sobre la economía, la política, los servicios de inteligencia y la seguridad nacional. Es posible incluso que el componente militar gane peso frente al religioso en la toma de decisiones.

En el plano militar, Irán afronta la necesidad de reconstruir buena parte de sus capacidades defensivas. La guerra ha puesto de manifiesto importantes vulnerabilidades en sus sistemas antiaéreos, en sus comunicaciones y en su estructura de mando. Sin embargo, también ha confirmado que Teherán conserva instrumentos de disuasión importantes, desde su programa de misiles hasta sus capacidades cibernéticas y la influencia de sus aliados regionales, aunque estos también hayan sufrido un notable desgaste.

En el terreno económico, el panorama es especialmente sombrío. La destrucción de infraestructuras, la incertidumbre, las sanciones y la fuga de inversiones prolongarán previsiblemente la crisis. La reconstrucción exigirá recursos de los que el Estado apenas dispone, mientras la población seguirá soportando inflación, pérdida de poder adquisitivo y deterioro de los servicios públicos. La recuperación dependerá en gran medida de una eventual relajación de las sanciones y del éxito de futuras negociaciones internacionales, que por ahora siguen siendo inciertas.

En política exterior, Irán intentará proyectar una imagen de resistencia victoriosa. El discurso oficial insistirá en que el régimen sobrevivió a un intento de cambio de gobierno impulsado por Estados Unidos e Israel. Esa narrativa constituye uno de sus principales activos propagandísticos y puede reforzar su influencia entre determinados aliados y movimientos afines en Oriente Próximo, aunque el coste real sufrido por el país haya sido enorme.

Por resumir, la gran paradoja de esta guerra es que Irán sale simultáneamente más débil y más resistente. Más débil porque ha perdido buena parte de su liderazgo militar, ha visto dañadas sus capacidades estratégicas y afronta una economía aún más deteriorada. Pero también más resistente porque ha demostrado que eliminar dirigentes no equivale a derribar un régimen construido durante casi cinco décadas sobre una compleja combinación de ideología religiosa, aparato de seguridad, control institucional y nacionalismo.

El gran interrogante ya no es si la República Islámica ha sobrevivido, porque lo ha hecho, sino cuánto tiempo podrá seguir haciéndolo sin acometer reformas profundas. La guerra no ha resuelto la cuestión iraní; simplemente la ha trasladado a una nueva fase. Un régimen más aislado, más militarizado y previsiblemente más autoritario puede garantizar su continuidad durante un tiempo, pero difícilmente podrá ofrecer respuestas a una sociedad cada vez más joven, más conectada con el exterior y más consciente del coste que supone vivir en un Estado permanentemente enfrentado con buena parte de la comunidad internacional. Ese será, probablemente, el verdadero campo de batalla del Irán de los próximos años.

 

Luis Miguel Belda es periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

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