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Dulcinea del True Crime. Capítulo XV
CAPÍTULO XV
Del silencio del cuaderno verde y de lo que Remedios llevaba tiempo esperando
El cuaderno verde estuvo cerrado cuatro días.
No fue una decisión. Don Justo no se levantó el lunes por la mañana y decidió no abrir el cuaderno. Simplemente no lo abrió, igual que no se abre una ventana en un día en que el tiempo afuera no invita a ello y al día siguiente tampoco y al otro tampoco y al cuarto día el cuaderno seguía sobre la mesita del despacho con la pluma azul encima, en el mismo ángulo en que lo había dejado el jueves.
Remedios lo vio. No dijo nada.
Había aprendido, en treinta años de matrimonio con don Justo Severo Recio, que los silencios de su marido tenían texturas distintas. Estaba el silencio de la concentración, que era tenso y productivo y terminaba siempre en alguna entrada del cuaderno. Estaba el silencio del enfado, que era frío y breve porque don Justo no era hombre de rencores largos. Estaba el silencio de la fatiga, que era blando y horizontal y terminaba en el sofá con Cancerbero.
Este silencio era diferente. Era el silencio de quien está procesando algo que no cabe todavía en palabras. Remedios conocía ese silencio de pocas veces, porque pocas veces le había pasado a don Justo algo que no cupiera en palabras. Era un buen silencio, si es que los silencios pueden ser buenos. Era el silencio de antes de que algo cambie.
Lo dejó estar.
— ✦ —
En esos cuatro días, don Justo escuchó en bucle tres episodios de La Raíz del Asunto.
No eran episodios nuevos. Eran el 31, el 44 y el 67: victimización secundaria, sesgo del superviviente, mitos de la violencia de género. Los mismos que había escuchado meses atrás, los mismos que había anotado con pluma azul y rotulador amarillo, los mismos cuyas frases más importantes conocía casi de memoria.
Pero los escuchó de otra manera.
No con el cuaderno abierto. No con la pluma en la mano. No con la actitud del investigador que extrae técnica y metodología y marcos analíticos para aplicar al entorno. Los escuchó sentado en el sillón del despacho, con Cancerbero a los pies, mirando la pared donde estaba colgado el mapa del barrio con los puntos rojos del CPTED malinterpretado y escuchó lo que Inés decía sobre las personas.
Inés siempre decía lo mismo sobre las personas, en todos los episodios, con distintas palabras: que estaban ahí, que eran reales, que tenían nombre y vida y duelo y miedo y vergüenza y hijos que les llamaban los domingos. Que el crimen no era el protagonista de la historia del crimen. Que el protagonista era siempre la persona a quien le había ocurrido.
Don Justo había anotado eso muchas veces. Esta vez lo entendió.
Hay una diferencia entre anotar y entender que es parecida a la diferencia entre ver un mapa y caminar el territorio. Don Justo había pasado casi un año mirando mapas. La mujer de la biblioteca de Mota del Cuervo le había puesto el territorio delante, sin previo aviso, en dos minutos de voz baja en la segunda fila.
— ✦ —
El cuarto día, don Justo fue al despacho, miró el cuaderno verde sobre la mesita y no lo abrió. Fue a la cocina donde Remedios estaba preparando la cena y se sentó a la mesa sin decir nada.
Remedios siguió cocinando.
Al cabo de un rato, don Justo dijo:
—He estado haciendo las cosas mal.
Remedios removió el guiso. No se giró.
—No del todo —dijo.
—Casi del todo.
—Casi —concedió Remedios.
Don Justo estuvo callado un momento más.
—¿Qué hago ahora?
Remedios apagó el fuego, dejó la cuchara, se giró y lo miró.
—Eso —dijo— es la primera pregunta razonable que te oigo hacer en meses.
Se sentó frente a él. Puso los codos sobre la mesa, que era algo que Remedios no hacía nunca en la mesa y hablaron durante una hora larga, sin cuaderno, sin pluma azul, sin rotulador amarillo.
Cancerbero durmió debajo de la mesa con la placidez de quien lleva tiempo esperando que sus humanos hagan exactamente eso.
No son casos. Son personas.
CAPÍTULO XVI
De la conversación en el bar de la plaza que ninguno de los dos olvidará
CONTINUARÁ …




