El atentado en Sidney, que ha costado la vida a 15 personas que asistían a un acto de celebración propio de la cultura judía, ha puesto, una vez más, el foco en el fenómeno del antisemitismo, uno de los odios más antiguos y persistentes de la historia contemporánea, que ha experimentado un repunte alarmante a escala global en la última década, con un crecimiento especialmente pronunciado tras acontecimientos geopolíticos de alto impacto como la guerra en Gaza iniciada en octubre de 2023.
Aunque el antisemitismo nunca desapareció tras el Holocausto, durante años se mantuvo relativamente contenido en el espacio público europeo y occidental. Hoy, sin embargo, vuelve a manifestarse con fuerza en ataques físicos, discursos políticos radicalizados, campañas de acoso digital, vandalismo sistemático contra sinagogas y cementerios judíos, y asesinatos perpetrados tanto por extremistas de ultraderecha como por yihadistas y actores radicalizados en entornos ideológicos diversos.
En España, el antisemitismo no se manifiesta de forma estructural o masiva como en otros países europeos, pero sí ha mostrado un crecimiento preocupante en los últimos años. Las comunidades judías españolas, relativamente pequeñas, con unas 40.000 personas, han denunciado un aumento de amenazas, pintadas antisemitas, boicots simbólicos y discursos de odio, especialmente en redes sociales.
Tras el estallido de la guerra entre Israel y Hamás en octubre de 2023, se registró un repunte significativo de consignas antisemitas en manifestaciones pro-palestinas, algunas de ellas cruzando la línea entre la crítica al Estado de Israel y el señalamiento colectivo a los judíos como grupo. Organizaciones judías españolas han alertado de que parte del discurso político ha contribuido a esa confusión, al emplear un lenguaje que asocia de forma implícita a los judíos con acciones militares israelíes.
La posición política del Estado español ha sido objeto de debate internacional. España mantiene oficialmente una condena al antisemitismo y al odio racial, alineada con la legislación europea, pero al mismo tiempo ha adoptado una postura muy crítica con Israel en el conflicto de Gaza, llegando a reconocer al Estado palestino y a acusar al gobierno israelí de vulneraciones graves del derecho internacional.
Si bien estas posiciones se encuadran dentro de la diplomacia legítima, líderes comunitarios judíos y observadores internacionales han advertido de que la ausencia de una condena explícita y sistemática del antisemitismo cuando emerge en el contexto del conflicto puede generar un clima de permisividad social hacia el odio antijudío.
El fenómeno no es exclusivo de España. En Francia, el país europeo con mayor población judía, el antisemitismo se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional. Desde 2012 se han producido algunos de los ataques más graves del continente: el asesinato de niños judíos en una escuela de Toulouse por un terrorista yihadista; el atentado contra el supermercado kosher Hyper Cacher en París en 2015; y numerosos asesinatos individuales en los que víctimas judías fueron seleccionadas específicamente por su identidad. Tras octubre de 2023, Francia registró un aumento de más del 300 % en incidentes antisemitas, incluyendo agresiones físicas, amenazas y vandalismo.
En Alemania, el antisemitismo representa una herida histórica especialmente sensible. Aunque el Estado alemán mantiene una de las políticas más firmes de protección a la comunidad judía y de apoyo a Israel, los ataques han aumentado de forma significativa. Sinagogas han sido atacadas con armas incendiarias, y manifestaciones radicales han incluido consignas que evocan directamente el exterminio judío. Las autoridades alemanas identifican tres focos principales: la ultraderecha neonazi, sectores islamistas radicalizados y una izquierda extrema que instrumentaliza el conflicto palestino para legitimar discursos antijudíos.
Fuera de Europa, Estados Unidos se ha convertido en uno de los epicentros del antisemitismo violento. El ataque más mortífero contra judíos en la historia del país ocurrió en 2018, cuando un supremacista blanco asesinó a once personas en la sinagoga Tree of Life de Pittsburgh. A este atentado se sumaron otros, como el ataque en Poway (California) en 2019. En los últimos años, el antisemitismo se ha normalizado en ciertos entornos digitales, universidades y movimientos conspirativos, alimentado por teorías sobre el “poder judío”, la manipulación mediática o el control financiero global.
En Oriente Medio, el antisemitismo adopta una dimensión institucional en algunos Estados y organizaciones. Irán, por ejemplo, mantiene una política oficial de negación del Holocausto y de hostilidad explícita hacia los judíos como colectivo, más allá de su oposición al Estado de Israel. Organizaciones como Hamás o Hezbolá incorporan el antisemitismo de forma explícita en sus estatutos y discursos, no como crítica política, sino como odio religioso y racial. El ataque del 7 de octubre de 2023 en Israel, en el que Hamás asesinó a más de 1.200 personas, muchas de ellas civiles judíos, marcó un punto de inflexión global y desencadenó una oleada de ataques antisemitas en todo el mundo.
¿Qué explica todo esto?
Las causas del antisemitismo contemporáneo son múltiples y se superponen. En primer lugar, persisten los estereotipos históricos: el judío como conspirador, como élite financiera, como enemigo interno. En segundo lugar, el auge de las redes sociales ha permitido una difusión masiva y sin filtros de discursos de odio, teorías conspirativas y propaganda extremista. En tercer lugar, el conflicto israelí-palestino actúa como catalizador emocional, siendo utilizado por actores radicales para justificar el odio colectivo hacia los judíos, incluso en países donde no existe relación directa con el conflicto.
En cuanto a los autores principales de los atentados, los patrones son claros: en Occidente predominan los extremistas de ultraderecha y los supremacistas blancos; en Europa occidental se suman actores yihadistas o radicalizados en entornos islamistas; en Oriente Medio, grupos armados con ideologías abiertamente antisemitas; y en el ámbito digital, una constelación de influencers, agitadores políticos y plataformas que amplifican el odio sin necesidad de pasar al acto violento.
La respuesta política internacional es desigual. Países como Alemania, Francia o Estados Unidos han reforzado la seguridad en centros judíos y han adoptado definiciones oficiales de antisemitismo que incluyen ciertas formas de demonización de Israel. Otros Estados, en cambio, mantienen posiciones ambiguas, defendiendo la libertad de expresión incluso cuando esta se convierte en incitación al odio. En el mundo árabe y musulmán, salvo excepciones, el antisemitismo rara vez es combatido de forma estructural desde el poder político.
En conclusión, el antisemitismo actual no es un residuo del pasado, sino un fenómeno vivo, mutante y global, que se adapta a los lenguajes ideológicos del presente. Su expansión no solo amenaza a las comunidades judías, sino que actúa como un indicador temprano del deterioro democrático y del auge del extremismo. La historia ha demostrado que cuando el antisemitismo se normaliza, las sociedades enteras se vuelven más vulnerables a la violencia política y al autoritarismo. Combatirlo no es una cuestión identitaria, sino un imperativo democrático.



