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martes, julio 28, 2026

‘Aquellos maravillosos años’: Cuando Irán era amigo de Israel y EE.UU.

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La relación entre Irán, Estados Unidos e Israel es una de las más complejas y tensas de la geopolítica contemporánea. Lo que comenzó como alianzas estratégicas en la primera mitad del siglo XX ha derivado en un entramado de desconfianza, amenazas veladas, operaciones encubiertas y conflictos indirectos, hoy más directos que nunca, que han marcado profundamente la política de Medio Oriente y las relaciones internacionales.

Las raíces: Irán y Occidente antes de 1979. El Sha y la alianza con EE.UU. e Israel. Por que sí, aunque parezca mentira hoy, durante gran parte del siglo XX, Irán fue un aliado estratégico de Estados Unidos e Israel. Bajo el gobierno del Sha Mohammad Reza Pahlaví, Irán mantenía relaciones diplomáticas y comerciales estrechas con ambos países. Washington veía a Teherán como un baluarte contra la expansión soviética en el Golfo Pérsico, mientras que Israel encontraba en Irán un socio silencioso en una región mayoritariamente hostil.

Estados Unidos apoyó económicamente y militarmente al régimen del Sha. La CIA participó en el derrocamiento del primer ministro Mohammad Mosaddeq en 1953, luego de que este nacionalizara la industria petrolera iraní, lo cual fortaleció aún más la posición del monarca persa.

Israel, por su parte, cooperaba con Irán en inteligencia, comercio y tecnología militar. Ambos países mantenían una relación no oficial pero fluida, cimentada por un enemigo común: los regímenes árabes nacionalistas y, más tarde, el islamismo radical.

Pero llega la Revolución Islámica de 1979: el punto de quiebre. La revolución liderada por el Ayatolá Ruhollah Jomeini transformó por completo el panorama regional. El nuevo régimen teocrático instauró una visión antiimperialista y antiisraelí. Estados Unidos pasó a ser considerado el «Gran Satán», e Israel, el «Pequeño Satán».

Por si fuera poco, en noviembre de 1979, estudiantes islamistas tomaron la embajada estadounidense en Teherán y mantuvieron a 52 diplomáticos como rehenes durante 444 días. Este acto selló el inicio de un profundo antagonismo entre Washington y Teherán. Desde entonces, Estados Unidos impuso sanciones económicas a Irán y rompió relaciones diplomáticas.

Israel, mientras tanto, fue objeto de una hostilidad ideológica y política sin precedentes por parte del régimen iraní, que comenzó a financiar y entrenar grupos como Hezbolá en Líbano y, posteriormente, Hamás en Palestina.

Un tercer capítulo lo protagonizan determinadas guerras indirectas y el surgimiento de las milicias chiitas. La guerra Irán-Irak (1980-1988) supone un punto de inflexión. Durante el conflicto con Irak, Estados Unidos apoyó indirectamente a Saddam Hussein como contrapeso al Irán revolucionario. Aunque Israel estaba preocupado por ambas naciones, prefirió no intervenir abiertamente. Sin embargo, el escándalo Irán-Contra reveló que Estados Unidos, en secreto, vendía armas a Irán para financiar a los contras nicaragüenses.

En los años 80 y 90, Irán consolidó su influencia regional a través de milicias chiitas. Hezbolá, con apoyo iraní, protagonizó ataques contra tropas estadounidenses y francesas en el Líbano, incluyendo el atentado de 1983 en Beirut. Israel también se convirtió en blanco de esta milicia, que desde el sur del Líbano lanzaba ataques contra su territorio.

Llega el momento de mayor conflictividad, a propósito del programa nuclear iraní y las alarmas en Tel Aviv y Washington. Desde los años 2000, el principal punto de fricción ha sido el programa nuclear iraní. Israel y Estados Unidos sostienen que Teherán busca desarrollar armas nucleares, algo que Irán niega, asegurando que su programa tiene fines pacíficos.

Israel, en coordinación o no con Washington, ha llevado a cabo múltiples acciones encubiertas para frenar el avance nuclear iraní. Entre ellas se incluyen el virus informático Stuxnet (2010), sabotajes a instalaciones nucleares y asesinatos selectivos de científicos iraníes. Estas operaciones han sido negadas oficialmente, pero ampliamente atribuidas al Mossad.

En 2015, bajo la presidencia de Barack Obama, se firmó el Plan de Acción Integral Conjunto (JCPOA), un acuerdo entre Irán y seis potencias mundiales, incluyendo EE.UU., que limitaba el programa nuclear iraní a cambio del levantamiento de sanciones. Israel, liderado ya entonces por Benjamín Netanyahu, se opuso ferozmente al acuerdo, alegando que era insuficiente para frenar las ambiciones nucleares de Irán.

En 2018, Donald Trump se retiró unilateralmente del acuerdo, reimponiendo duras sanciones a Irán. Este acto provocó que Teherán reanudara progresivamente sus actividades nucleares. La tensión escaló aún más en enero de 2020 con el asesinato del general Qasem Soleimani por un dron estadounidense en Bagdad. Irán prometió venganza, y la región entró en una peligrosa espiral de represalias.

La guerra entre Israel y Hamás en 2023-2024 reavivó las tensiones. Irán fue acusado de financiar a Hamás y de alentar ataques desde el sur del Líbano. Israel, con apoyo tácito de EE.UU., respondió con fuerza, aumentando el riesgo de un conflicto regional más amplio. Mientras tanto, países árabes como Arabia Saudita se han acercado a Israel, en parte para contener la influencia iraní. Estos acercamientos, como los Acuerdos de Abraham, han sido duramente criticados por Teherán, que los ve como una traición al pueblo palestino.

Las conversaciones para restaurar el acuerdo nuclear se encuentran estancadas. La última administración de Joe Biden ha mostrado disposición al diálogo, pero enfrenta presiones internas, oposiciones israelíes y un clima político hostil en Teherán. Con Trump la situación ha empeorado, y ya peligra el régimen iraní, según ha dado a entender en las últimas horas el mandatario estadounidense.

Seis días de ataques aéreos en Irán

Desde el 13 de junio, Israel ha lanzado múltiples oleadas de bombardeos con más de 50–60 aviones de combate apuntando a infraestructuras militares y nucleares iraníes como instalaciones de centrifugadoras y fábricas de misiles. Las autoridades iraníes reconocen al menos 224 muertes y más de 1.300 heridos, mientras que grupos independientes elevan los números a 585 fallecidos (239 civiles) y 1.326 heridos. Entre los objetivos alcanzados están un comando militar en Teherán, una central de centrifugadoras y el polígono Khojir.

Irán ha respondido lanzando aproximadamente 400 misiles y cientos de drones hacia territorio israelí, causando al menos 24 muertos y varios heridos. Dirigentes de Egipto, G7, Alemania, Francia, Turquía y Rusia han instado a la calma y al diálogo, mientras EE.UU. ha movido su flota y reforzado defensas en la región. Hasta Trump abandonó antes de lo previsto la última reunión del G7 para atender la actualidad del conflicto.

Teherán está desde entonces en alarma permanente. Más de 100.000 personas han abandonado la capital, causando atascos monumentales en las salidas de la ciudad. El gobierno iraní ha cerrado internet parcialmente, prohibido carrocerías con matrícula de la capital en algunas zonas y restringido reuniones público-sociales.

En este marco, Donald Trump exige “rendición incondicional” por parte de las autoridades iraníes. El presidente ha lanzado un ultimátum público, afirmando que EE.UU. puede acabar con Jamenei, y cuestionando la inteligencia que dice que Irán no está desarrollando armas nucleares. Hasta el primer ministro israelí declaró que los ataques podrían llevar al derrocamiento del régimen iraní y exhortó al pueblo iraní a rebelarse.

 

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