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sábado, agosto 1, 2026

Franco, una semblanza de su figura y su régimen a 50 años de su muerte (y V)

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Antonio Miguel Sánchez
Antonio Miguel Sánchez
Psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años

Nota del Editor:

El estudio de Francisco Franco Bahamonde, jefe del Estado español entre 1939 y 1975, continúa siendo uno de los terrenos más complejos y debatidos de la historiografía contemporánea. Su figura se sitúa en el cruce de la historia militar, política y social del siglo XX español, marcada por la Guerra Civil, la dictadura posterior y el proceso de transición democrática que siguió a su muerte. En este sentido, cualquier análisis que aspire al rigor debe partir de la constatación de que Franco fue simultáneamente producto y protagonista de una época convulsa, en la que confluyeron los restos de un siglo XIX inacabado, las tensiones ideológicas de entreguerras y las transformaciones internacionales derivadas de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.

A lo largo de casi cuatro décadas de gobierno autoritario, Franco consolidó un régimen personalista que combinó elementos de militarismo, nacionalcatolicismo y corporativismo, y que se adaptó a las circunstancias internacionales para garantizar su supervivencia. Bajo su mando, España vivió una severa represión política e ideológica tras la guerra, una política económica autárquica durante los años cuarenta, y una apertura limitada a partir de los cincuenta, cuando el régimen buscó reconocimiento exterior en el contexto del anticomunismo global. No obstante, reducir su figura a un mero ejercicio de poder autoritario sería insuficiente: Franco también encarnó una cosmovisión y un proyecto de Estado que se mantuvo —con matices— en las estructuras políticas y sociales incluso después de su muerte.

Analizar a Franco exige, por tanto, un enfoque que combine la crítica documental con la distancia valorativa, sin caer ni en la hagiografía ni en la condena simplista. El objetivo de esta serie de análisis que firma Antonio Miguel Sánchez, que se cierra con la que hoy se publica, ha sido ofrecer una visión multifacética de su trayectoria: su formación militar, su papel en la Guerra Civil, la arquitectura institucional del franquismo, su política exterior y económica, su relación con la Iglesia y, finalmente, el legado que dejó en la cultura política española. Se trata de situar a Franco en su contexto histórico, entendiendo las condiciones que hicieron posible su ascenso y la perdurabilidad de su régimen, para contribuir a un debate histórico que aún hoy forma parte del tejido moral y político de la sociedad española, y que tiene visos de seguir siéndolo.

Imagen: US National Archives

El segundo franquismo

A medida que se acercaban los años cincuenta, el régimen franquista comenzó a experimentar un cambio de rumbo. El aislamiento diplomático impuesto tras la conferencia de Potsdam en 1945 alejó a los embajadores de las principales potencias, y en diciembre de 1946 abandonaron Madrid todos, salvo Argentina, Portugal, el Estado Vaticano y algún que otro país afín. Fue precisamente Argentina quien, en esos años difíciles, concedió créditos vitales para la compra masiva de trigo, maíz y otros cereales, lo que permitió sortear la escasez, aunque en condiciones aún precarias.

Mientras tanto, el escenario internacional se tensaba. En 1948, Estados Unidos organizó el puente aéreo de Berlín para abastecer a la población del sector occidental, y puso en marcha el Plan Marshall, extendiendo su influencia económica a Europa y al Este asiático, incluyendo Japón. España, excluida de estos programas por razones políticas, suprimió las cartillas de racionamiento en 1952, dos años antes que el Reino Unido, que lo haría en 1954.

El giro se produjo entre 1949 y 1950, en el contexto de la Guerra Fría. Estados Unidos y otros países occidentales empezaron a ver a España como un aliado útil contra el comunismo. El punto de inflexión fue la Resolución 386 de la ONU, aprobada el 4 de noviembre de 1950, que revocó la recomendación de retirar embajadores y permitió a España participar en organismos especializados de la ONU.

Algunos países ya habían comenzado a suavizar su postura antes de esa resolución. Por ejemplo, en septiembre de 1949, barcos de guerra estadounidenses hicieron escala en Ferrol, lo que simbolizaba un acercamiento militar y diplomático.

A pesar de no beneficiarse directamente de los créditos blandos, las conversaciones con Washington se intensificaron. En 1953 se firmaron los acuerdos militares que permitieron el uso conjunto de bases en Zaragoza, Torrejón de Ardoz, Morón de la Frontera y Rota. Esta colaboración abrió las puertas a una nueva etapa: productos “made in USA”, música pop, electrodomésticos, cine, créditos blandos y la promoción de España como destino turístico exótico comenzaron a inundar el país.

El 14 de diciembre de 1955, España fue oficialmente admitida como miembro de la Organización de las Naciones Unidas (ONU). En la misma sesión de la Asamblea General, se admitieron 18 nuevos países, entre ellos Italia, Austria, Portugal y varios del bloque del Este. Este ingreso marcó el fin del aislamiento internacional del régimen franquista, que había comenzado tras la Segunda Guerra Mundial debido a su afinidad con las potencias del Eje.

Durante años, la llamada “cuestión española” mantuvo a España fuera de la ONU por su carácter dictatorial y su colaboración con el nazismo y el fascismo.

El cambio se produjo en parte por el deshielo diplomático tras la muerte de Stalin en 1953 y el inicio de la Guerra Fría, que llevó a las potencias occidentales a ver a España como un aliado estratégico frente al bloque soviético.

El ingreso en la ONU fue un hito para la política exterior española, permitiendo al régimen franquista presentarse como un actor legítimo en el escenario internacional, aunque sin abandonar su carácter autoritario.

Con el asesoramiento estadounidense, el régimen dio un giro técnico. En 1957, el gobierno se integró por tecnócratas, y en 1959 se lanzó el Plan de Estabilización, seguido por los Planes de Desarrollo cuatrienales. España, como otras economías emergentes —Alemania, Francia, Italia, Reino Unido, Japón— dio un salto de medio siglo en apenas dos décadas. A este fenómeno se le llamó el milagro económico español, y para 1973 el país se situaba entre las ocho naciones más industrializadas del mundo.

Imagen: Por Universidad Autónoma de Madrid – Eugenio Morales Agacino’s Photographic Archive

Los Planes de Desarrollo, como contamos en el anterior capítulo, incluyeron el riego de hasta 500.000 hectáreas, la creación de más de 300 pueblos de colonización entre 1940 y 1970, y la transformación de la red viaria mediante el Plan REDIA, que entre 1964 y 1971 convirtió las antiguas carreteras radiales en las nacionales I, II, III, IV, V y VI. Miles de camiones Pegaso y Barreiros recorrían estas rutas, dinamizando el transporte de mercancías y conectando el país como nunca antes.

Entre 1957 y 1972, España vivió una metamorfosis. La afluencia de divisas enviadas por emigrantes en Europa, el auge del turismo, el desarrollo inmobiliario, la implantación de marcas automovilísticas y la liberalización progresiva del mercado lo cambiaron todo. El INI, que había sido motor industrial en décadas anteriores, comenzó a perder competitividad, y en los años ochenta fue desmantelado o reestructurado durante la reconversión industrial.

El segundo franquismo (1959–1975), también conocido como franquismo desarrollista, fue una etapa de profundos cambios económicos y sociales, aunque sin una apertura política real. En los años sesenta, el régimen languidecía de éxito: la vida oficial y la vida real del país caminaban por vías paralelas, cada vez más difíciles de reconciliar. Una nueva generación, posterior a la guerra, estaba entrando en su veintena, y los integrantes del régimen se fueron quedando obsoletos, ante la avalancha de comunicación en la que estaba entrando el mundo. Lo cual hizo que estas nuevas juventudes estuviesen más ligadas a los aires de cambio que vivía el mundo que al franquismo.

A Franco y su clase dirigente, literalmente les desapareció el país de su victoria de debajo de los pies, barrido por las nuevas corrientes: cultura pop, la década prodigiosa 1960 – 1970, descolonización, aparición de la multimedia como nuevas formas de comunicación, cine, televisión, eventos internacionales globales como el mundial de fútbol, las olimpiadas, el turismo, la emigración, etc. El Concilio Vaticano II también trajo aire fresco a la Iglesia de Roma, que varió sus postulados tradicionales en favor de una mayor colaboración con las otras grandes religiones del mundo. El apoyo sistemático al régimen franquista comenzó a pasar a la historia.

Hitos:

  • Plan de Estabilización de 1959: Supuso el abandono del modelo autárquico y el inicio de la liberalización económica. Fue impulsado por los tecnócratas del Opus Dei.
  • Planes de Desarrollo (1964–1975): Fomentaron la industrialización, el turismo y la modernización de infraestructuras. Esto dio lugar al llamado “milagro económico español”.

Cambios sociales

  • Urbanización y migraciones internas: El éxodo rural hacia las ciudades transformó la estructura social y laboral de la nación. El país pasó de rural a urbano, y posteriormente a urbanizado. Entre 1958 y 1973 se construyeron o habilitaron hasta 12 millones de viviendas, de las que unos 4 millones lo fueron de protección oficial, y el resto corresponden a la iniciativa privada en las grandes capitales y ciudades; y al desarrollo turístico de las costas, como segundas viviendas o para venta al turismo residencial que comenzó a florecer en aquellos años. La transformación del país, con las nuevas infraestructuras viarias, fue absoluta.
  • Emergencia de una clase media: Gracias al crecimiento económico, surgió una nueva clase media con acceso a la vivienda, bienes de consumo y educación. Esto fue un terremoto político silencioso, el régimen dejaba hacer y la gente que trabajaba por la prosperidad y el futuro no se metía en política, pero aprendía del exterior con los medios de comunicación de masas, radio, cine, televisión, prensa, libros, caída parcial de la censura. Al franquismo le estaba desapareciendo su régimen de debajo de los pies, y una nueva España crecía lentamente, como hierba que daría fruto en primavera.

Represión política

  • Tribunal de Orden Público (1963): Creado para juzgar delitos políticos, reforzó la represión del régimen. Un poco a destiempo, porque el régimen se quedó obsoleto y no entendió el nuevo mundo de las comunicaciones de masas y los fenómenos universales ( o globales llamaríamos hoy)
  • Ejecución de Julián Grimau (1963): Militante comunista ejecutado, provocó una ola de protestas internacionales. La condena a muerte se produjo por sucesos de la guerra civil en las que el sujeto estaba gravemente implicado, por crímenes en chekas de Barcelona. Pero se ejecutó a destiempo, porque ya se vivía en otra época. Una cadena perpetua hubiese bastado. El régimen, de vez en cuando, por su ranciedad (se estaba quedando antiguo), se pegaba un tiro en el pie.

Apertura internacional

  • Fin del aislamiento diplomático: España se convirtió en aliado estratégico de EE.UU. en 1953, en el contexto de la Guerra Fría, lo que facilitó acuerdos económicos y militares. Y la liberalización del sistema económico, que transformó el país, de subdesarrollado, a país en vías de desarrollo, y finalmente industrial y desarrollado.
  • Contubernio de Múnich (1962): Reunión de opositores en el exilio que exigieron democracia como condición para la entrada en la CEE. Tuvo mucha repercusión en España, aunque en el terreno diplomático el régimen redobló sus esfuerzos para homologarse con la Comunidad Económica Europea y solicitar su ingreso en ella. No se logró hasta el 1 de enero de 1986, pero sí se le empezó a dar entrada en otros muchos organismos afines, complementarios o periféricos.
  • La cuestión de Gibraltar fue objeto de múltiples resoluciones de la ONU desde los años 60, todas ellas enmarcadas en el proceso de descolonización impulsado por la organización. Un éxito sin precedentes entre los logros diplomáticos del régimen:

Resolución 1514 (XV) – 1960. Es la Declaración sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. Establece el principio de descolonización como derecho universal, y sirve de base para considerar Gibraltar como territorio no autónomo.

Resolución 2070 (XX) – 1965. La Asamblea General insta a España y al Reino Unido a iniciar negociaciones sobre Gibraltar, reconociendo la reclamación española y el marco de descolonización.

Resolución 2231 (XXI) – 1966. Reitera el llamado al diálogo bilateral entre España y Reino Unido. Subraya la necesidad de respetar la integridad territorial de los Estados, en este caso, de España.

Resolución 2353 (XXII) – 1967. Condena el referéndum celebrado en Gibraltar por considerarlo incompatible con el proceso de descolonización. Reafirma que la solución debe surgir del diálogo entre las partes.

Resolución 2429 (XXIII) – 1968. Solicita al Reino Unido que ponga fin a la situación colonial de Gibraltar antes del 1 de octubre de 1969. Refuerza la posición española en el marco de la descolonización.

La Verja de Gibraltar fue cerrada el 8 de junio de 1969 por orden del régimen franquista. Este cierre total incluyó la prohibición del tránsito de personas, mercancías y comunicaciones. El motivo principal fue la aprobación por parte del Reino Unido de una nueva Constitución para Gibraltar, que reforzaba su vínculo con la Corona británica. España lo interpretó como una provocación y una violación de las resoluciones de la ONU sobre descolonización.

El cierre se mantuvo durante 16 años, hasta que en 1982 se permitió el paso peatonal, y finalmente en febrero de 1985 se reabrió completamente, coincidiendo con el proceso de adhesión de España a la Comunidad Económica Europea

Resolución 3163 (XXVIII) – 1973. Reafirma el derecho de España a recuperar Gibraltar. Insta a continuar las negociaciones bilaterales para resolver la cuestión conforme a los principios de la ONU.

Resolución 3286 (XXIX) – 1974. Continúa la línea de las anteriores resoluciones. Pide al Reino Unido que cumpla con el proceso de descolonización y que avance en las negociaciones con España.

Estas resoluciones reflejan el apoyo de la ONU al proceso de descolonización de Gibraltar, aunque el Reino Unido ha defendido el principio de autodeterminación de los gibraltareños, lo que ha generado un conflicto de interpretación entre ambos principios.

Reformas institucionales

  • Ley de Prensa (1966): Introdujo cierta libertad de expresión, aunque limitada y controlada. Se eliminó la censura previa.
  • Ley Orgánica del Estado (1967): Reorganizó el aparato institucional del régimen sin democratizarlo realmente.

Final del régimen

  • Asesinato de Carrero Blanco (1973): Golpe al núcleo duro del franquismo, ejecutado por ETA.
  • Muerte de Franco (1975): Marcó el fin de la dictadura y abrió paso a la Transición democrática.

Reflexiones para comprender el franquismo

Para entender el franquismo, conviene detenerse y reflexionar. La ingente cantidad de literatura que ha generado —tanto la Guerra Civil como el régimen posterior— se equipara, en volumen, a los grandes hitos de la historia contemporánea: la Revolución Francesa y el periodo napoleónico, la Revolución Rusa y el comunismo, o incluso el nazismo y la Segunda Guerra Mundial. Esta abundancia no es casual, ni tampoco neutra.

Desde 1975, la lucha por el relato se ha intensificado. En muchos casos se ha tergiversado la memoria del franquismo, reduciéndolo a una estela de sangre y violencia, como si ese fuera el único legado que mereciera recordarse. Este enfoque, sin embargo, responde a intereses concretos: en primer lugar, a la pugna ideológica que alimenta el voto; en segundo, y no menos importante, a la disputa por la gestión de los presupuestos públicos y las prebendas que ello conlleva —empleos, contratos, cargos, relevancia política y social—.

El deseo de reconciliación del franquismo, empeñado en excluir sólo a los enemigos de 1936, a los que, al margen de los exiliados, permitió vivir cómodamente dentro del régimen y medrar siempre que no le plantearan problemas, eliminó el relato como forma de adoctrinamiento. Esta renuncia al relato, unida a la propaganda de los vencedores angloamericanos y soviéticos de la Segunda Guerra Mundial y a la apertura del régimen en la década de 1960, permitió a los enemigos políticos monopolizar dicho relato y acomodarlo a sus intereses.

De este modo, las generaciones posteriores a la guerra civil tenían poco conocimiento de los eventos de la década de 1930, y esto permitió capitalizar el discurso a los perdedores de 1939.

Incluso se ha intentado institucionalizar este relato mediante leyes ad hoc, sin precedentes comparables en países de nuestro entorno. Tales iniciativas recuerdan los amaños documentales de la hemeroteca soviética durante más de siete décadas, o los ajustes narrativos en la Francia de posguerra, donde una nación colaboracionista se convirtió, de la noche a la mañana, en potencia vencedora.

Por ello, es necesario hacer algunas aclaraciones. En historia no podemos juzgar el pasado con los ojos del presente. Sería aplicar un instrumento de análisis impropio a una realidad que obedecía a otras coordenadas. Para comprender con equilibrio, debemos situarnos en la época y, al mismo tiempo, realizar un análisis comparativo: ¿qué hacían los países del entorno?, ¿qué decisiones tomaban?, ¿qué modelos seguían?

Solo así podremos aproximarnos con rigor al estudio político y a los acontecimientos de aquel tiempo, sin caer en simplificaciones interesadas ni en lecturas anacrónicas.

¿Fue el franquismo un régimen fascista?

La pregunta no admite respuestas simples. Aparentemente, y en sus primeros tiempos, el franquismo adoptó formas que recordaban al fascismo europeo. La presencia de la Falange como telón de fondo político, los éxitos iniciales del Eje en la Segunda Guerra Mundial y ciertos elementos estéticos y simbólicos del régimen parecían alinearlo con los modelos de Mussolini y Hitler. Pero en su esencia, el franquismo fue otra cosa.

El régimen de Franco fue profundamente personalista. Su ideología era escasa y reactiva: rechazo al comunismo, al liberalismo, a la masonería y a la democracia parlamentaria. Franco era, ante todo, un militar. Hombre de ordeno y mando, pero también de ley y orden. Sin ser una lumbrera intelectual, había leído más que muchos políticos de su tiempo, y poseía un agudo sentido común político.

Desconfiaba de casi todo y de casi todos, especialmente de la Monarquía, aunque su régimen se definiera como Monarquía Tradicional Hereditaria. En 1936, cuando estaba a punto de embarcar a su mujer e hija hacia Francia, comentó a Doña Carmen Polo: “A mí no me pasará como a Primo”. Es decir, su régimen tendría rey, pero solo después de sus días.

Muy pronto incorporó a Carrero Blanco a su equipo, y lo convirtió en su segundo en el mando, aunque de forma tan discreta que no se supo con certeza hasta 1967. El componente militar de ambos era evidente, pero más evidente aún fue su sintonía. Franco se ocupaba de la puesta en escena; Carrero, del trabajo de despacho. Todo pasaba por la mesa del Caudillo y requería su visto bueno. Tras el estudio sobre la defensa de Baleares durante la República y el Informe Carrero de 1940, Franco fichó a aquel joven militar de 37 años que supo ordenar burocráticamente el entramado del régimen y dar cumplimiento a la política de su jefe. Franco lo protegió de miradas indiscretas durante una década, y lo fue elevando: de subsecretario de Presidencia a ministro, luego a vicepresidente en 1967, y finalmente a presidente del Gobierno.

Carrero Blanco

Esta presencia de Carrero en la sombra permitió a Franco moverse con mayor libertad en el espacio público, sabiendo que el papeleo quedaba en buenas manos. Lo que no quita que él también tuviera el cesto lleno. El franquismo, en definitiva, tuvo una apariencia fascista en sus primeros años, pero su naturaleza fue ecléctica. Franco manejaba a todas las familias del régimen —falangistas, monárquicos, católicos, militares, tecnócratas— y atendía a sus necesidades y sugerencias. Finalmente, hacía lo que le convenía, procurando estar a bien con todos.

Su régimen fue, ante todo, pragmático. Y su capacidad para lidiar con todos los sectores lo convirtió en cabeza indiscutible e indiscutida durante casi cuatro décadas.

¿Fue el franquismo un régimen sanguinario?

El franquismo no fue un régimen democrático ni plenamente participativo. Surgió como consecuencia directa de una victoria militar definitiva tras una guerra civil marcada por la violencia ejercida por ambos bandos. Para los vencedores, el sistema político derrotado representaba una amenaza existencial, y su eliminación se justificó como parte de una empresa de redención nacional, denominada por ellos como “cruzada”. Los vencidos, por su parte, de haber ganado, hubieran hecho exactamente lo mismo.

Durante el conflicto, la represión fue intensa y generalizada. Tal como advirtió Indalecio Prieto en su discurso radiofónico del 24 de julio de 1936, “esta guerra no dará cuartel; el bando vencedor impondrá su ley sin distinguir entre tibios y exaltados”. Esa previsión se cumplió con rigor. Las cifras de víctimas por persecución política durante el conflicto superaron los 50.000 en cada bando, a las que se suman entre 7.000 y 10.000 religiosos asesinados por los rojos, y entre 12.000 y 22.000 fusilados tras la guerra por los “blancos” (que en España fueron “azules”) , según distintas fuentes. Estos últimos fueron procesados en la Causa General, un expediente oficial que permanece accesible en archivos históricos. Por comparación con democracias de nuestro entorno, en Francia y en Italia se represaliaron con pena de paredón a unas 80.000 personas o más en cada país, acabada la segunda guerra mundial, sin Causa General como en España y sin trámites burocráticos ni jueces que impidieran la “limpia” de colaboracionistas o fascistas.

Aunque inicialmente se dictaron unas 50.000 condenas a muerte, muchas fueron posteriormente conmutadas, y en años sucesivos se aplicaron indultos y amnistías parciales. Durante la Segunda Guerra Mundial y en la década posterior, se promulgaron medidas de clemencia que incluyeron la redención de penas por trabajo, la conmutación de penas capitales y beneficios penales vinculados a fechas religiosas o institucionales.

Desde los primeros compases del régimen, la pena capital convivió con la posibilidad de clemencia. A partir de 1939, muchas condenas a muerte fueron conmutadas por prisión, aunque miles se ejecutaron sin apelación. La decisión de conmutar dependía de informes elaborados por autoridades políticas, religiosas y militares, que evaluaban la conducta, el arrepentimiento y la utilidad del reo. Según algunos estudios, Franco firmó más de veinte mil conmutaciones, de un total previsto que rondaba las cincuenta mil. Las ejecuciones se cifran entre 12.000 y 22.000 según diversas fuentes. El criterio principal fueron los delitos de sangre durante la guerra civil.

En paralelo, se instauró un sistema de redención de penas por el trabajo. El decreto de octubre de 1938 abrió la vía para que los condenados pudieran reducir su tiempo de prisión mediante labores en obras públicas, campos agrícolas o talleres penitenciarios. En 1939 se creó el Patronato de Redención de Penas por el Trabajo, que regulaba esta modalidad. Por cada dos días de trabajo, se redimía uno de condena. Esta fórmula se aplicó con especial intensidad durante los años cuarenta y cincuenta, y afectó sobre todo a presos políticos.

La política penitenciaria se complementó con leyes que flexibilizaban el acceso a la libertad condicional. En junio de 1940 se permitió concederla a condenados por penas menores de seis años, sin necesidad de cumplir las tres cuartas partes de la pena, como exigía la legislación republicana. En 1942 se amplió el beneficio a penas de hasta catorce años y ocho meses, y en 1943 se extendió a condenas de hasta veinte años. Un decreto posterior, de diciembre de ese mismo año, autorizó al Patronato a solicitar la libertad condicional para penas mayores, en casos de enfermedad, conducta ejemplar o méritos extraordinarios.

En España no hubo trabajo esclavo. Los presos que trabajaron en proyectos del Estado Nuevo, caso del Valle de los Caídos, Canal del Guadalquivir, pantanos y otras infraestructuras, lo hicieron bajo la modalidad de empleo, junto con obreros contratados por las empresas, cobrando jornal, del que se reservaba el 50% para atender necesidades de la familia del condenado. Por ese mismo concepto se redimían dias de condena, primero a razón de un día condonado por día de trabajo, luego dos, luego cuatro y finalmente se redimían hasta seis días de condena por día de trabajo, a lo largo de los años 40 y 50. Todas estas medidas se aplicaron también para aliviar la presión carcelaria, pues había necesidades y era mejor que los presos ganaran el pan. Las reducciones de condena y los indultos, primero parciales y luego totales, trajeron normalidad al país. Y reconciliación.

Estas medidas no respondían a una revisión judicial equitativa, sino que se aplicaban de forma discrecional, muchas veces con fines propagandísticos o para aliviar la presión carcelaria. La clemencia se convirtió en instrumento político, y su aplicación, como se ha dicho, se vinculó con frecuencia a fechas simbólicas, celebraciones religiosas o momentos de reorganización institucional.

Durante el franquismo, algunos indultos y amnistías se concedieron en el contexto internacional posterior a la Segunda Guerra Mundial, aunque no se mencionaba explícitamente el conflicto como causa directa. El aislamiento diplomático de España tras 1945 influyó en ciertas decisiones de gracia. En octubre de ese año se otorgó un indulto político total para delitos de rebelión militar cometidos hasta abril de 1939, en un intento de suavizar la imagen del régimen ante los Aliados. En julio de 1947, otro indulto acompañó la aprobación de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, buscando reforzar la legitimidad institucional. En diciembre de 1949, con motivo del Año Santo, se concedió un nuevo indulto, coincidiendo con los primeros gestos de acercamiento entre España y Estados Unidos en plena Guerra Fría.

Otros indultos se vincularon a fechas religiosas o conmemorativas: el Congreso Eucarístico de Barcelona en 1952, el Año Mariano y Jubileo Jacobeo en 1954, la coronación papal de Juan XXIII en 1958 y la de Pablo VI en 1963, el veinticinco aniversario del fin de la guerra en 1964, el Año Santo Compostelano en 1968, la proclamación de Juan Carlos como sucesor en 1969, el treinta y cinco aniversario de la exaltación de Franco en 1971…

Aunque estos gestos no se presentaban como respuesta directa a la Segunda Guerra Mundial, el cambio de clima internacional y el deseo de España de reintegrarse en organismos internacionales influyeron en la política de clemencia del régimen. El indulto de 1945, por ejemplo, puede interpretarse como un intento de limpiar el expediente de los sublevados en un momento en que el franquismo necesitaba legitimarse ante las democracias vencedoras.

Exceptuando la persecución política contra el comunismo y la masonería, los focos de resistencia armada en las montañas —protagonizados por los maquis entre 1945 y 1958— y algunas ejecuciones de espías, infiltrados o autores de atentados, el régimen franquista se desenvolvió, en líneas generales, dentro de un sistema que ofrecía ciertas libertades, aunque no todas, especialmente en política. El modelo de gobierno adoptado se inspiraba en una concepción patriarcal del poder, con referencias explícitas al legado administrativo de los Reyes Católicos y sus sucesores.

No fue una dictadura de las llamadas duras si se la compara con otras contemporáneas, especialmente aquellas de signo contrario. Se han documentado casos de malos tratos por parte de los cuerpos de seguridad del Estado, pero no muy distintos a los que se registraban en países del entorno, incluso en democracias consolidadas. Un estudio comparativo riguroso podría revelar matices, diferencias y similitudes, pero en términos generales, España conservó su carácter vitalista. Tras los años iniciales de escasez, la población vivía con estrecheces, sí, pero también con determinación y deseo de progreso.

Para 1952, la guerra civil era ya un recuerdo lejano, y la reconciliación, aunque no proclamada formalmente, se había instalado en la vida cotidiana. Las generaciones nacidas en esa década crecieron sin referencias directas al conflicto, y tampoco escucharon, en su entorno inmediato, relatos sobre los aspectos más oscuros del régimen, que hoy se amplifican con intensidad en el discurso público, con una intencionalidad política que no pasa desapercibida.

¿Fue el franquismo un régimen corrupto?

En el ejercicio económico de 1940, el presupuesto del Estado español ascendía aproximadamente a 471.375.914 pesetas, según los datos publicados en el Boletín Oficial del Estado de junio de ese año. Poco más de lo que hoy llamaríamos 2,8 millones de euros. La población del país era de 26 millones de habitantes.

CARRERO BLANCO
Fuente: Kutxa Fototeka (Kutxa Photograph Library).

En el ejercicio económico de 1975, los Presupuestos Generales del Estado español ascendieron a un total de 656.000.000.000 pesetas, tanto en ingresos como en gastos previstos. Esta cifra refleja el crecimiento sostenido del gasto público en los últimos años del franquismo, en un contexto de modernización económica, expansión de infraestructuras y consolidación de servicios sociales básicos. Equivaldría a unos 3.942 millones de euros en términos nominales. La población era de 35,5 millones.

El método franquista de manejo de las familias incluía muchas pequeñas prebendas en relación con los subsidios de los fieles, entre ellos la pertenencia a múltiples consejos de administración de las personalidades relevantes y de peso, aquellos a los que el propio Franco llamaba en privado (paradójicamente) “los peces gordos”.

El libro Mis conversaciones privadas con Franco, escrito por Francisco Franco Salgado-Araújo, nacido en Ferrol en 1890 y fallecido en Madrid el 1 de mayo de 1975, seis meses antes de la muerte del dictador, fue publicado originalmente en el año 1976. Esta obra recoge los diálogos mantenidos entre el autor —conocido como “Pacón”, primo y ayudante personal de Franco— y el propio jefe del Estado, en un tono íntimo y directo, poco habitual en los testimonios sobre el régimen.

Este libro causó gran impacto en su momento, ya que ofrecía una visión sin filtros del pensamiento y las opiniones de Franco sobre temas políticos, ministros, acontecimientos históricos y figuras relevantes de la España del siglo XX. Posteriormente, se han hecho varias reediciones, como la de 2005 por Editorial Planeta. Pacón cuenta siempre los días que dedicaba Franco a la caza, y cuantos ministros y personalidades próximas al poder se acercaban para conseguir prebendas y privilegios. La Escopeta Nacional, película de 1977, refleja muy bien este estado de cosas. Vicente Gil, médico y muy allegado a Franco, relata cómo el Caudillo podía disparar 6.000 cartuchos en un día, “lo que no puede ser bueno para su salud, especialmente para su oído derecho”.

Gracias a testimonio tan de primera mano, conocemos el funcionamiento del régimen a nivel interno, donde el amiguismo, el enchufismo, el nepotismo… lo eran todo a la hora de medrar los de abajo y de enriquecerse los de arriba. Las influencias, el cargo, el amigo, el clérigo, el alcalde, cualquiera que tuviera un puesto de cierto peso, podía echar una mano a la hora de conseguir algo. No digamos si se trataba de familiares. Todo según el guion previsto de cualquier régimen dictatorial que se precie.

Los contratos del Estado, las licencias de obra y de importación, las prebendas, la concesión de estancos o administraciones de lotería, y todos los etcéteras que le queramos añadir, estaban presentes en el régimen.

No en el sistema judicial, que no obstante, salvo en cuestiones políticas, actuó siempre de forma independiente y con formas aproximadas de estado de derecho homologable.

Pero… y el matiz es importante, estamos en la época en un país pobre, donde todas las pequeñas corruptelas son puntuales y no podían ser sistémicas, porque no había grandes sumas implicadas. Sí las hubo posteriormente, en el segundo franquismo, cuando ya el desarrollismo adquirió volumen. Pero nunca alcanzó el nivel sistémico que hemos conocido en nuestro tiempo. No podemos olvidar que el régimen se empeñó desde el principio en promover la reconstrucción y las infraestructuras, y si bien los años 40 fueron duros, los años 50 cambiaron el panorama y para 1973 el país había marcado hitos potentes, y había conseguido el 8º lugar del mundo en desarrollo industrial.

En suma, el régimen fue corrupto, pero más bien infectado de pequeñas corruptelas. Si lo comparamos con lo de ahora, un simple caso de corrupción, como Malaya en Marbella o los ERE de Andalucía superan con mucho a los Presupuestos Generales del Estado de 1975.

Resumen

Francisco Franco fue jefe del Estado español desde 1939 hasta su muerte en 1975. Su régimen se caracterizó por una estructura autoritaria, con fuerte control sobre las instituciones, y una red de fidelidades tejida a través de prebendas, cargos y favores.

En los primeros años, el país era pobre y las corruptelas eran pequeñas y puntuales, sin capacidad de ser sistémicas. El sistema judicial, salvo en cuestiones políticas, mantuvo cierta independencia y formas aproximadas de estado de derecho.

A medida que avanzaba el franquismo, especialmente en su segunda etapa, el desarrollismo económico permitió un crecimiento notable en infraestructuras e industria, alcanzando en 1973 posiciones destacadas a nivel mundial.

El presupuesto estatal pasó de cifras modestas en 1940 a volúmenes significativos en 1975, aunque aún inferiores a los montos implicados en casos de corrupción posteriores en democracia.

Testimonios como el de Francisco Franco Salgado-Araújo, primo y ayudante personal del dictador, revelan el funcionamiento interno del régimen, marcado por el amiguismo, el enchufismo y el nepotismo.

La caza, las reuniones informales y las relaciones personales eran espacios clave para la gestión del poder. El franquismo fue corrupto, pero más por acumulación de pequeñas prácticas que por grandes escándalos estructurales en sus primeras décadas. En las últimas etapas, algunos casos famosos —Matesa, Sofico— sirven de base al relato actual para justificar la corrupción de nuestros días, pretendiendo comparar aquellos presupuestos de “chichinabo” con los actuales, diseñados a partir de un PIB de 1,7 billones de euros. Un solo escándalo, robo o malversación de ahora supera a todo un presupuesto anual del Estado de entonces.

Franco se nos presenta como una figura monolítica y en pleno vigor hasta alcanzar una edad cercana a la jubilación habitual, coincidiendo con el final del primer franquismo, hacia 1959, cuando contaba con 66 años. Durante la década de 1950 fue delegando progresivamente las funciones administrativas —aunque nunca el poder— en sus colaboradores, principalmente Carrero Blanco y el Consejo de Ministros. Al mismo tiempo, se fue sumergiendo en sus aficiones privadas y en la atención a su familia, que crecía con la llegada de nuevos nietos, ejerciendo como abuelo, en ese aspecto, de forma similar a cualquier persona de su edad.

La salud de Franco comenzó a deteriorarse de forma lenta pero constante, manifestándose en la década de 1960 un principio de Parkinson que acentuaba su imagen cada vez más rígida y envejecida. Los NODOS (Noticiarios Documentales de la época) lo muestran cazando, pescando o inaugurando ferias, pantanos y obras públicas, pero el cambio físico respecto a las dos décadas anteriores resulta evidente. Hacia finales de la década, cuando nombra sucesor al príncipe Juan Carlos de Borbón en 1969, nos encontramos sin duda ante un Franco anciano, con signos claros de la decrepitud propia de sus 76 años. Para 1964, cumplidos ya sus 70, el Parkinson saltaba a la vista. Y además no había los medicamentos paliativos de hoy en día. Por lo que su figura, en público, adquirió cierta rigidez.

Como corolario, podría afirmarse que el franquismo, sin dejar de ser una dictadura, mantuvo un empeño constante en la mejora del país en todas sus rúbricas, especialmente en la erradicación del analfabetismo, el fortalecimiento de las condiciones sanitarias y la implementación decidida de infraestructuras. Esta sucesión de éxitos vertiginosos, iniciada en la década de 1950 y acompañada por los profundos cambios mediáticos ocurridos en el mundo tras la Segunda Guerra Mundial, elevó el nivel de vida de la nación. Con ello, el régimen fue perdiendo contenido ideológico, preparando el terreno para la transición y el advenimiento de la Constitución de 1978, en línea con lo que el dictador preveía que sucedería tras su muerte.

Podríamos decir, casi sin temor a equivocarnos, que el franquismo murió de éxito y de obsolescencia al mismo tiempo. La sucesión del régimen ocurrió en los términos previstos por el personaje, quien sin duda conocía lo que nos depararía el futuro.

Vernon Walters, enviado especial de Nixon, se entrevistó con Franco en 1972. El general norteamericano nos lo relató así: Fui a ver a Nixon y me dijo que estaba muy preocupado con la situación en España. ― “Quiero que vayas y hables con Franco sobre lo que acontecerá después de él.” Yo le dije: ― “Señor presidente, éste es un asunto del que no se habla en España desde hace cuarenta años” ― “Él comprenderá, vaya usted”, dijo.

Viajé toda la noche y en el avión pensaba cómo se lo iba a preguntar. Me recibió en El Pardo con el ministro López Bravo. Franco estaba de pie, le di una carta de Nixon en la que le pedía que hablara francamente conmigo. Yo había estado en Madrid con Eisenhower  en 1959 y Franco me conocía.

― “Su presidente quiere que le hable francamente…¿de qué?”

Yo le dije:

― “Mi general, por un accidente de la historia, el Presidente de los Estados Unidos tiene mucha responsabilidad en varias partes del mundo. El está muy preocupado por la situación en el Mediterráneo Occidental, tiene mucho interés y respeto por su opinión y quiere saber como ve usted los acontecimientos futuros en el Mediterráneo Occidental”. El me dijo:

― “Lo que realmente interesa a su Presidente es lo que acontecerá en España después de mi muerte, ¿no?”.

Le contesté:

― “Mi general, sí”

― “Siéntese, se lo voy a decir: yo he creado ciertas instituciones, aunque nadie piensa que funcionarán. Están equivocados: el Príncipe será Rey, porque no hay alternativa…”

Yo le dije:

― “Pero mi general, ¿cómo puede usted estar seguro?”

― “Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de España hace cuarenta años”

Yo pensé que iba a decir “las Fuerzas Armadas”, pero él dijo:

― “La clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español. No habrá otra guerra civil”.

Dicho esto, se levantó, me dio la mano y ya había terminado la entrevista.

 

Bibliografía de consulta:

Mis conversaciones privadas con Franco, por Francisco Franco Salgado-Araújo. (1976)

Mi vida junto a Franco, por Francisco Franco Salgado-Araújo. (1977)

1936, fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, por Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García. (1978)

El secreto de Franco, por Guillermo Gortázar. (2023)

Franco, una biografía personal y política, por Stanley G. Payne y Jesús Palacios, 1ª edición 2015 o 2ª edición 2025.

La guerra civil que vino de África, por Joaquín Rivera Chamorro. (1981)

Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años

Antonio M.S.

 

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