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miércoles, julio 29, 2026

Guerra híbrida, desinformación y verificación: cómo los bulos alteran la percepción del riesgo en la crisis entre EE.UU., Israel e Irán

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Vicente de la Cruz
Vicente de la Cruz
CEO de Delta13Sec International Intelligence & Security y Criminólogo

La actual escalada en Oriente Medio no solo se libra con drones, misiles y presión militar. También se desarrolla en el terreno informativo, donde vídeos falsos, imágenes fuera de contexto, propaganda tecnológica y narrativas exageradas distorsionan la percepción pública, alimentan el miedo y dificultan la toma de decisiones en empresas, instituciones y ciudadanos.

En una guerra moderna, no todo se decide sobre el terreno. Tampoco todo el daño llega en forma de misil, dron o sabotaje físico. Una parte cada vez más importante del conflicto se libra en otro espacio: el de la percepción. Ahí entran la desinformación, las imágenes manipuladas, los vídeos reciclados, los rumores amplificados y esa sensación de amenaza difusa que, en ocasiones, genera más inquietud social que el propio balance material de los ataques.

Ese es precisamente uno de los rasgos centrales de la guerra híbrida: combinar presión militar, ciberataques, propaganda, intoxicación informativa y operaciones psicológicas para desordenar la toma de decisiones del adversario y erosionar su confianza.

La guerra no solo se combate, también se cuenta

La actual crisis entre Estados Unidos, Israel e Irán está ofreciendo un ejemplo muy claro de ese fenómeno. El conflicto ha traído ataques reales, daños verificables y un impacto geopolítico evidente. Pero junto a ello ha aparecido otra capa de ruido: vídeos falsos, imágenes generadas o alteradas con inteligencia artificial, secuencias antiguas reutilizadas como si fueran actuales y supuestas “pruebas” técnicas que, examinadas con calma, no superan una verificación mínima.

Reuters ha explicado que, en esta guerra, la verificación audiovisual se ha convertido en una tarea central por la enorme cantidad de material falso o engañoso que circula en redes y canales informales.

Ese es el primer gran problema de cualquier crisis contemporánea: en un ecosistema saturado de información, la velocidad suele imponerse a la verdad. Y cuando eso ocurre, el ciudadano, el directivo, el expatriado o incluso el responsable de seguridad empiezan a reaccionar no solo ante hechos confirmados, sino ante percepciones inducidas.

La Organización Mundial de la Salud lleva años advirtiendo de este fenómeno bajo el concepto de “infodemia”, es decir, una sobreabundancia de información, incluida información falsa o engañosa, que genera confusión, conductas erróneas y pérdida de confianza. Aunque el término se popularizó en el ámbito sanitario, su aplicación a las crisis geopolíticas actuales es plenamente pertinente.

En una crisis, el problema no es solo lo que ocurre, sino lo que miles de personas creen que está ocurriendo.

Vídeos falsos, imágenes antiguas y propaganda tecnológica

En los últimos días hemos visto ejemplos muy ilustrativos. Reuters verificó que un vídeo difundido como si mostrara un ataque reciente iraní sobre Tel Aviv correspondía en realidad a impactos de junio de 2025, no a esta fase del conflicto. La misma agencia desmontó además otro vídeo que pretendía mostrar un supuesto ataque iraní sobre Dimona, cuando en realidad las imágenes procedían de una explosión en un depósito en Ucrania. Y también desmintió una grabación presentada como si mostrara un lanzamiento iraní desde submarino, cuando el vídeo correspondía a una prueba rusa antigua.

No son errores menores. Son piezas que alteran la comprensión pública del conflicto, inflan capacidades, magnifican daños y contribuyen a un clima de percepción distorsionada.

Poynter, AP y otros verificadores han documentado igualmente una oleada de material audiovisual falso, manipulado o fuera de contexto asociado a esta guerra. AP ha señalado además que parte de esa desinformación visual ha sido amplificada por actores estatales o vinculados a campañas de influencia, mientras que otras piezas responden a lógicas oportunistas de monetización, propaganda o simple búsqueda de impacto emocional.

Ese punto es especialmente relevante porque durante años mucha gente asumió que una imagen satelital, una captura nocturna de defensa antiaérea o un vídeo con estética militar tenían una autoridad automática. Hoy eso ya no basta. La tecnología ha reducido drásticamente la barrera de entrada para fabricar material aparentemente creíble, y eso obliga a periodistas, analistas, empresas y ciudadanos a elevar su umbral de prudencia.

No todo es fake news: también hay narrativas de influencia

Conviene hacer una distinción importante. No todo lo que circula de forma exagerada es necesariamente falso. A veces el problema no es el bulo

Un buen ejemplo es la idea de que Estados Unidos, Israel o sus socios están gastando millones para derribar drones iraníes de muy bajo coste. Esa tesis no es, en sí misma, un invento. Reuters informó de conversaciones entre Estados Unidos y Qatar para estudiar drones interceptores ucranianos más baratos como respuesta al problema de coste frente a los Shahed iraníes. Por tanto, existe un debate real sobre la asimetría económica entre amenaza e intercepción.

Pero una cosa es reconocer ese problema estratégico y otra convertirlo en un relato simplista o sensacionalista que da a entender que todo el sistema defensivo occidental está siendo “arruinado” por aparatos casi artesanales. Entre el dato técnico y el titular efectista suele haber bastante distancia.

Algo parecido ocurre con las narrativas sobre supuestas capacidades hipersónicas, arsenales “inacabables” o sistemas revolucionarios que estarían a punto de cambiar la guerra. En muchos casos, más que ante un hecho demostrado, estamos ante un desfase entre propaganda y evidencia operativa. El ejemplo del falso vídeo de lanzamiento desde submarino es útil precisamente por eso: muestra cómo determinados relatos sobre capacidades estratégicas pueden apoyarse en material incorrecto o directamente falso para alimentar una percepción de superioridad técnica que luego no aparece con la claridad prometida sobre el terreno.

La desinformación no se limita a los vídeos falsos o a las imágenes manipuladas. También puede operar a través de cifras difundidas sin la debida trazabilidad de fuente. Ocurre con frecuencia en el recuento de bajas, especialmente civiles, cuando se presentan como datos cerrados números cuya procedencia no se identifica con claridad. No es lo mismo que una cifra la emita un actor directamente implicado en el conflicto, una autoridad local, una organización internacional o una fuente independiente. Cuando el dato se publica sin explicar quién lo aporta, con qué metodología y en qué fase de verificación se encuentra, el riesgo de convertir relato en hecho es muy alto.

Cuando la percepción del riesgo supera al daño real

Esta dinámica tiene una consecuencia muy seria para la gestión de crisis. En situaciones de riesgo incluso bajo o moderado, la circulación masiva de contenido alarmista puede disparar una sensación de amenaza desproporcionada.

A veces se produce una paradoja llamativa: países o entornos que objetivamente han sufrido menos castigo militar directo pueden vivir una percepción de riesgo más alta que otros más golpeados, simplemente porque han recibido más ruido informativo, más rumores, más mensajes reenviados sin control y más contenido emocionalmente impactante.

La amenaza deja entonces de medirse solo en daños materiales y empieza a medirse también en ansiedad social, desconfianza y desorden en la toma de decisiones. Esa lógica encaja con lo que la OCDE viene advirtiendo sobre el efecto de la desinformación en la erosión de la confianza y en el deterioro de la calidad de las decisiones públicas y privadas.

Para las empresas internacionales, este problema es especialmente delicado. Un comité de crisis no solo tiene que gestionar lo que está ocurriendo, sino también lo que empleados, familias y directivos creen que está ocurriendo. Y esa diferencia puede ser decisiva. Una organización puede manejar relativamente bien un incidente real y acotado, pero lo tiene mucho más difícil cuando debe gestionar miedo difuso, presión emocional y una cadena de mensajes no verificados que altera la percepción del entorno.

Verificar no es frenar la información, es proteger el juicio

Por eso, en escenarios como el actual, la verificación deja de ser un lujo periodístico y pasa a ser una herramienta de seguridad.

Verificar no significa frenar la información, sino proteger la capacidad de juicio. Significa comprobar origen, fecha, localización, fuente primaria, coherencia técnica y confirmación independiente antes de asumir que algo es cierto. Significa desconfiar de lo viral cuando aún no ha pasado por filtros profesionales. Significa entender que una imagen impactante no equivale a un hecho probado y que una narrativa atractiva no equivale a un análisis serio.

En este punto, el papel del periodismo serio vuelve a ser fundamental. UNESCO ha defendido desde hace años que la cultura de verificación y la alfabetización mediática constituyen una defensa básica frente a la desinformación. Esa idea no afecta solo a los medios. También cualquier organización con personal en zonas sensibles debería aplicar una lógica parecida: canales internos claros, validación de informaciones críticas y disciplina para no reenviar contenido dudoso como si fuera inteligencia confirmada.

Del mismo modo, las autoridades de ciberseguridad están subrayando que una crisis geopolítica no se queda en el plano militar. El NCSC británico ha recomendado a las organizaciones con presencia o cadena de suministro en Oriente Medio que refuercen su postura de seguridad, aumenten la monitorización y revisen su exposición externa. Esa advertencia no se limita al ciberataque clásico: refleja una visión más amplia en la que conflicto, operaciones de influencia, desinformación y disrupción digital forman parte de un mismo ecosistema de amenaza.

La primera línea de defensa también es intelectual

La lección de fondo es incómoda, pero clara. En la guerra híbrida contemporánea no basta con proteger instalaciones, personas o rutas. Hay que proteger también la capacidad colectiva de distinguir entre hecho, indicio, rumor y manipulación.

Porque una sociedad, una empresa o una comunidad expatriada pueden resistir mejor un riesgo real que una cascada de falsedades amplificadas sin control. Y porque, en ocasiones, la primera línea de defensa no es militar ni tecnológica. Es intelectual.

Esa quizá sea la gran paradoja de nuestro tiempo: nunca hemos tenido tanto acceso a imágenes, vídeos y datos en tiempo real, y sin embargo nunca ha sido tan necesario detenerse, verificar y pensar antes de creer. En una crisis, la prisa informativa puede ser tan peligrosa como el propio incidente. Y en una guerra híbrida, la verdad contrastada sigue siendo una herramienta de protección.

 

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