A primera vista, los incendios forestales se cuentan en hectáreas calcinadas y viviendas evacuadas. Pero bajo ese lenguaje técnico late otra estadística, mucho más silenciosa: la de los animales silvestres que mueren abrasados, asfixiados o que sucumben después por falta de alimento y refugio. La magnitud real es difícil de medir en tiempo real, pero en los últimos años la ciencia ha aportado estimaciones sólidas que empiezan a dimensionar el problema y a describir sus mecanismos de daño directo e indirecto.
El caso paradigmático llegó con los megaincendios de Australia en 2019–2020. Un informe coordinado por WWF calculó que casi 3.000 millones de animales—mamíferos, aves, reptiles y anfibios—fueron “matados o desplazados”, es decir, afectados de forma inmediata por el fuego y su estela (143 millones de mamíferos, 180 millones de aves, 2.460 millones de reptiles y 51 millones de anfibios).
No significa que todos murieran en el acto, pero sí que sus probabilidades de supervivencia se desplomaron por la pérdida súbita de hábitat, comida y cobijo. Es, hasta hoy, la cifra global más citada para un solo episodio de incendios.
En Hispanoamérica, un estudio de campo con transectos de distancia en el Pantanal brasileño estimó la muerte inmediata de al menos 16,95 millones de vertebrados solo en los incendios de 2020, que arrasaron alrededor de una cuarta parte del humedal.
La metodología—conteos sistemáticos de cadáveres y estimación de densidades—permite calcular una “mortalidad de primer orden”, es decir, atribuible directamente a las llamas y al calor radiante. La cifra excluye la mortandad diferida por inanición, deshidratación, depredación o enfermedades posteriores, lo que sugiere que el impacto total fue mayor.
En España y el Mediterráneo, donde los incendios son recurrentes, abunda la evidencia cualitativa y las series de superficie quemada, pero faltan censos sistemáticos de fauna muerta. Aun así, algunos elementos ayudan a entender el alcance: una pequeña fracción de grandes incendios (más de 500 hectáreas) concentra hasta el 60% de la superficie anual quemada, multiplicando los efectos sobre poblaciones locales.
En olas recientes de fuego, organizaciones como WWF y SEO/BirdLife han reportado nidos enteros de especies sensibles—como buitre negro, águila imperial o cigüeña negra—perdidos con pollos en fase de dependencia, y una alta mortandad de pequeños mamíferos, reptiles y anfibios de movilidad reducida, además de colmenas arrasadas con el consiguiente golpe a la polinización. Aunque son recuentos parciales, ilustran que los efectos no se limitan a grandes vertebrados carismáticos: los eslabones discretos del ecosistema reciben el golpe más duro.
La dificultad para “poner números” se explica por cómo mueren los animales en un incendio. Los de desplazamiento lento o con estrategias de defensa basadas en el ocultamiento—topillos, erizos, lagartijas, culebras, sapos—perecen por exposición directa al calor o a gases tóxicos. Los que escapan a tiempo—ciervos, zorros, jabalíes—entran en paisajes convertidos en desiertos de recursos, con estrés agudo, desorientación y mayor riesgo de colisiones o depredación; muchos no sobreviven las semanas siguientes.
Las aves pueden salvarse del frente de llama, pero sufren inhalación de cenizas y pérdida masiva de nidos y polladas. Estos patrones, descritos en revisiones sobre “efectos de primer orden” del fuego en fauna, se repiten en biomas muy distintos.
A la mortandad directa se suma un daño en cascada que no deja marcas visibles inmediatas. El fuego simplifica el hábitat: desaparece el sotobosque, se queman troncos caídos y microrefugios, se esteriliza la capa superficial del suelo y se pierde humedad edáfica. Para invertebrados y herpetos, que sostienen redes tróficas y ciclos de nutrientes, eso es letal.
La literatura reciente insiste en estos “efectos de segundo orden”: incluso cuando no hay cadáveres que contar, las poblaciones colapsan por reproducción fallida y fragmentación del paisaje. El resultado, a escala de cuenca, es un descenso de biodiversidad que puede prolongarse años si no hay recuperación asistida y control de herbívoros oportunistas.
La columna de humo añade otra capa de riesgo a kilómetros del frente. La investigación sobre salud pública ha cuantificado el exceso de mortalidad humana asociado a partículas finas (PM2,5) de incendios, y aunque esos modelos se construyen para personas, los mismos contaminantes alcanzan a fauna silvestre, ganado y polinizadores.
En Brasil, por ejemplo, se han estimado pérdidas económicas por mortalidad atribuible a PM2,5 de incendios; extrapolaciones ecológicas sugieren impactos subestimados en fauna que respira, forrajea o migra bajo esas plumas. Es un ámbito donde la ciencia está avanzando, pero la señal es clara: el humo mata, no solo el fuego.
Los métodos para estimar cuántos animales mueren—o quedan afectados—combinan tres enfoques. Primero, conteos directos post-incendio (transectos y distancia) para calcular mortalidad inmediata en vertebrados visibles, como se hizo en el Pantanal. Segundo, modelos poblacionales y de hábitat que proyectan pérdidas a partir de densidades conocidas y mapas de severidad del fuego. Tercero, aproximaciones “macro” como las usadas en Australia, que parten de densidades promedio por taxón y bioma, cruzadas con la huella espacial del incendio, para ofrecer cifras de afectados (muertos + desplazados).
Cada técnica tiene sesgos: los conteos subrepresentan a especies pequeñas y crípticas; los modelos dependen de buenos datos de línea base; y las estimaciones masivas incorporan incertidumbres amplias. Aun así, convergen en una conclusión incómoda: subestimamos la mortandad real, especialmente en invertebrados.
En el contexto ibérico, las estadísticas de superficie quemada ayudan a aproximar riesgos. España registra, de media, decenas de miles de hectáreas calcinadas anuales, con picos que concentran el daño en pocos eventos de gran tamaño. A partir de estos datos—como los de EFFIS, que actualiza en tiempo casi real—es posible zonificar colonias de especies sensibles y priorizar rescate, perimetración y refugios de emergencia. La clave está en pasar de un conteo general de hectáreas a una cartografía de valores ecológicos vulnerables, porque el mismo incendio puede ser “biológicamente” devastador o relativamente benigno según qué poblaciones afecte.
El daño no termina con la última columna de humo. Tras un incendio, las cenizas arrastradas por lluvias cargan sedimentos y nutrientes que alteran ríos y charcas, ahogando puestas de anfibios y macroinvertebrados acuáticos; los suelos, desnudos y sobrecalentados, favorecen invasoras oportunistas que desplazan a flora y fauna nativas; y el mosaico de claros facilita la caza de depredadores generalistas sobre especies agotadas. De nuevo, los pequeños—desde escarabajos saproxílicos hasta musarañas—son los que sostienen la recuperación y a la vez los que menos se contabilizan en los balances oficiales.
¿Qué funciona para reducir la mortandad? La evidencia apunta a tres frentes. En primer lugar, la prevención sobre la base de la gestión de combustible a escala de paisaje, restauración de bosques mixtos y discontinuidades estructurales que reduzcan la intensidad; allí donde se ha aplicado, los incendios tienden a ser menos severos y más “ecológicamente” franqueables para la fauna.
Luego, cuando el fuego ya arde, crear “corredores de escape” y respetar parches no quemados (unburnt refugia) marca la diferencia para supervivientes y recolonización. En tercer y último lugar, en clave de postincendio: actuar rápido, con bebederos temporales, exclusión de ganado y caza, eliminación selectiva de obstáculos y reintroducción de microhábitats (troncos, rocas) acelera la vuelta de invertebrados y herpetos, y con ellos de insectívoros y carnívoros. La literatura y los informes de campo insisten en que cada semana cuenta.
A escala informativa, conviene distinguir “muertos” de “afectados”. Australia nos enseñó que una cifra enorme de “afectados” (3.000 millones) no equivale a 3.000 millones de cadáveres, pero sí a una pérdida brutal de función ecológica en pocos meses. En el otro extremo, el Pantanal nos dio una estimación de muertos inmediatos—17 millones—que, pese a su contundencia, no capta el goteo de bajas posteriores.
En ambos casos, el mensaje es idéntico: cuando el régimen de incendios se descompone—por acumulación de combustible, sequías prolongadas y olas de calor—la fauna queda atrapada entre el fuego y la nada. La pregunta no es solo cuántos mueren hoy, sino cuántos dejarán de nacer mañana porque sus hábitats se convirtieron en sombras.
España, inmersa este verano en su peor ola de incendios en décadas, ofrece la versión más cercana de esta tragedia: cientos de animales calcinados o asfixiados en provincias como Ourense, León, Zamora o Extremadura, nidos perdidos de rapaces amenazadas y miles de colmenas reducidas a ceniza.
Son recuentos incompletos, pero suficientes para entender que cada hectárea lleva implícito un coste en vidas salvajes y en servicios ecosistémicos—polinización, control biológico, regeneración del suelo—que tardarán años en recomponerse. Medir, prevenir y restaurar con criterios de fauna ya no es una opción estética: es la diferencia entre un monte que revive y un vacío que persiste.



