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viernes, julio 31, 2026

La guerra de desgaste en Ucrania enquista un conflicto que Putin no sabe resolver

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

Se cumplen cuatro años desde que la invasión a gran escala de Ucrania por parte de Rusia, ordenada por Vladimir Putin el 24 de febrero de 2022, transformó la seguridad europea y el equilibrio geopolítico mundial. Lo que el Kremlin presentó inicialmente como una “operación militar especial” destinada a desmilitarizar y “desnazificar” Ucrania se convirtió rápidamente en la mayor guerra convencional en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. En este periodo, el conflicto ha pasado por varias fases: avance rápido, guerra de posiciones, contraofensivas y estancamiento relativo, sin que ninguna de las partes haya logrado una victoria decisiva, pero con un coste humano, económico y estratégico enorme.

En el plano militar, los primeros meses estuvieron marcados por el fracaso ruso en la toma de Kiev y el repliegue de sus tropas del norte de Ucrania. La resistencia ucraniana, dirigida por el presidente Volodímir Zelenski, sorprendió a muchos analistas occidentales. Durante 2022 y 2023, Ucrania logró recuperar territorios clave en las regiones de Járkov y Jersón, lo que alimentó la percepción de que el equilibrio podía inclinarse a su favor. Sin embargo, a lo largo de 2024 y comienzos de 2025 el frente se estabilizó en gran medida, especialmente en el Donbás, donde la guerra se ha convertido en un conflicto de desgaste con líneas fortificadas, uso masivo de artillería y proliferación de drones de ataque y vigilancia.

Uno de los rasgos definitorios de estos cuatro años ha sido la transformación tecnológica del campo de batalla. El uso extensivo de drones baratos, guerra electrónica, satélites comerciales y sistemas de misiles de precisión ha cambiado la forma de combatir. Ucrania ha dependido en gran medida del apoyo militar occidental —incluidos sistemas HIMARS, defensas antiaéreas y carros de combate—, mientras que Rusia ha apostado por la superioridad numérica en artillería, la movilización parcial de reservistas y la producción masiva de munición. La guerra también ha evidenciado limitaciones estructurales en ambos ejércitos: problemas logísticos rusos y dependencia ucraniana de suministros externos.

El coste humano es devastador. Aunque las cifras exactas siguen siendo objeto de disputa y opacidad, se estima que cientos de miles de soldados de ambos bandos han muerto o resultado heridos. La población civil ucraniana ha sufrido bombardeos sistemáticos sobre infraestructuras energéticas, ciudades y puertos. Millones de ucranianos se han visto obligados a desplazarse dentro del país o a refugiarse en Europa, generando la mayor crisis de refugiados en el continente desde los años noventa. Ciudades como Mariúpol o Bajmut se han convertido en símbolos de destrucción urbana masiva.

En el terreno político internacional, la guerra ha revitalizado a la OTAN y reforzado la cohesión occidental, al menos en los primeros años. Países históricamente neutrales como Finlandia (y posteriormente Suecia) solicitaron su ingreso en la Alianza Atlántica, ampliando la frontera directa entre la OTAN y Rusia. Estados Unidos y la Unión Europea impusieron sucesivas rondas de sanciones económicas contra Moscú, dirigidas al sistema financiero, la energía y la tecnología. Sin embargo, con el paso del tiempo han aparecido signos de fatiga política y debates internos en varios países sobre la sostenibilidad del apoyo militar y financiero a Kiev.

Rusia, por su parte, ha resistido mejor de lo que muchos anticipaban el impacto de las sanciones. El Kremlin ha reorientado parte de su economía hacia la producción de guerra y ha profundizado sus vínculos comerciales con potencias como China, India e Irán. No obstante, el país ha pagado un precio alto en términos de aislamiento tecnológico, fuga de capital humano y presión inflacionaria. Internamente, el régimen de Putin ha endurecido el control político y mediático, reduciendo aún más el espacio para la disidencia.

En Ucrania, la guerra ha consolidado una identidad nacional más cohesionada y claramente orientada hacia Occidente. El gobierno de Zelenski ha mantenido la ley marcial durante gran parte del conflicto, ha pospuesto elecciones y ha centralizado la toma de decisiones, medidas comprensibles en contexto bélico pero que también generan debate sobre la salud democrática a largo plazo. La economía ucraniana ha sufrido una contracción severa, sostenida en buena medida por la ayuda financiera internacional y la resiliencia de sectores clave como la agricultura y la tecnología.

El frente energético y económico global también ha cambiado profundamente. Europa redujo de forma drástica su dependencia del gas ruso, acelerando la diversificación de proveedores y la transición hacia energías renovables. Esto provocó inicialmente una crisis de precios en 2022-2023, con efectos inflacionarios en todo el mundo. A medio plazo, el mercado energético se ha reconfigurado, pero la guerra ha dejado claro hasta qué punto la interdependencia energética puede convertirse en un arma geopolítica.

Ni hacia adelante ni hacia atrás

Cuatro años después, el conflicto se encuentra en una fase de desgaste prolongado sin una salida diplomática clara. Las posiciones de Moscú y Kiev siguen siendo, en lo esencial, incompatibles: Rusia exige reconocimiento de los territorios anexados y garantías de neutralidad ucraniana, mientras Ucrania insiste en la retirada completa de las tropas rusas y la restauración de sus fronteras internacionalmente reconocidas. Los intentos de mediación internacional han sido intermitentes y hasta ahora infructuosos.

El mayor riesgo estratégico es que la guerra se convierta en un conflicto congelado de larga duración —similar a otros espacios postsoviéticos— o que escale de forma imprevisible, especialmente por incidentes en el Mar Negro, ataques profundos en territorio ruso o el uso de armas cada vez más sofisticadas. También existe incertidumbre sobre la sostenibilidad del apoyo occidental a Ucrania y sobre la capacidad rusa para mantener el esfuerzo bélico a largo plazo.

En balance, estos cuatro años han demostrado que la guerra en Ucrania no fue el conflicto corto que muchos anticiparon, sino un punto de inflexión histórico que ha reconfigurado la seguridad europea, revitalizado las lógicas de guerra industrial y abierto una nueva etapa de confrontación entre Rusia y Occidente. El desenlace sigue abierto, pero el coste acumulado —en vidas, recursos y estabilidad internacional— ya sitúa esta guerra entre los conflictos más trascendentales del siglo XXI.

Imagen: Gobierno de Ucrania

A un año vista, la guerra en Ucrania entra en una fase de alta incertidumbre estratégica, pero con algunas tendencias bastante claras. Tras cuatro años de conflicto, ni Rusia ni Ucrania han demostrado capacidad para lograr una victoria decisiva a corto plazo, lo que apunta a que el escenario más probable en los próximos 12 meses será una continuación de la guerra de desgaste. Sin embargo, existen varios caminos posibles —desde el estancamiento prolongado hasta una escalada limitada o un impulso diplomático— que dependerán de factores militares, políticos y económicos tanto internos como externos.

El escenario más probable: guerra de desgaste prolongada

Todo indica que el frente seguirá relativamente estabilizado, especialmente en el este y sur de Ucrania. Rusia mantiene ventajas en masa de artillería, producción de munición y capacidad de movilización, mientras que Ucrania conserva superioridad en inteligencia, precisión de fuego y motivación defensiva. Si estas tendencias continúan, es probable que veamos avances territoriales muy limitados de uno u otro lado, medidos en kilómetros y con un coste humano elevado. En este escenario, la guerra se parecería cada vez más a un conflicto de posiciones similar al de 2024–2025: líneas fortificadas, uso intensivo de drones y ataques de largo alcance contra infraestructuras.

El elemento más decisivo para Kiev seguirá siendo la continuidad —y volumen— de la ayuda militar y financiera de Estados Unidos y Europa. Si el flujo de armas avanzadas, munición y sistemas de defensa aérea se mantiene estable, Ucrania podrá sostener sus líneas e incluso lanzar ofensivas locales. Pero si el apoyo se reduce por fatiga política, cambios electorales o prioridades estratégicas, la posición ucraniana podría deteriorarse gradualmente. La guerra se ha convertido en gran medida en una competición de resistencia industrial y política entre Rusia y el bloque occidental.

Moscú parece apostar por el desgaste prolongado, confiando en que el tiempo juegue a su favor. En el próximo año es previsible que Rusia continúe con ofensivas graduales en el Donbás, ataques sistemáticos contra infraestructuras energéticas ucranianas y presión con misiles y drones sobre ciudades. También es probable que el Kremlin siga expandiendo su economía de guerra y reforzando la cooperación militar con socios como Irán o Corea del Norte. Un gran avance ruso no es imposible, pero requeriría concentraciones de fuerza que hasta ahora han sido difíciles de sostener.

Ucrania intentará evitar una guerra puramente defensiva. Es probable que intensifique los ataques de precisión contra objetivos logísticos en territorio ocupado y dentro de Rusia (depósitos de munición, refinerías, bases aéreas), buscando elevar el coste para Moscú. También podría apostar por innovaciones en drones de largo alcance y guerra electrónica. No obstante, una gran contraofensiva mecanizada como la de 2023 parece menos probable a corto plazo salvo que reciba capacidades nuevas y abundantes.

En los próximos doce meses existe un riesgo moderado de escaladas puntuales: ataques más profundos en territorio ruso, incidentes en el mar Negro o campañas masivas contra la red energética ucraniana. Sin embargo, tanto Moscú como la OTAN han mostrado hasta ahora cautela para evitar un enfrentamiento directo entre Rusia y la Alianza. El uso de armas nucleares tácticas sigue considerándose poco probable, pero continúa siendo el principal riesgo de cola.

Aunque hoy parece lejano, podría abrirse algún intento de negociación si se combinan varios factores: estancamiento militar evidente, presión económica creciente y cambios políticos en actores clave. No obstante, las posiciones de partida siguen muy alejadas. Rusia exige reconocimiento de las anexiones territoriales, mientras Ucrania mantiene como objetivo la restauración completa de su soberanía. Por ello, en el próximo año es más realista esperar contactos exploratorios o propuestas de alto el fuego limitado que un acuerdo de paz integral. Aunque todo está por ver.

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1 COMENTARIO

  1. Sin olvidar la gran jugada de Occidente: la caída de Irán. Ya tuvo impacto la caída de Siria. Pero la caída de Irán conlleva cambio de bando. Y sumarían sus capacidades de producción de armamento al bloque occidental, restando el apoyo a Rusia. También cuenta la crisis económica china a la que no conviene un mundo convulso. India por su parte crece al 7% y suma por defecto con Occidente porque resta a China. La caída de Irán (o no) es la clave.

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