Desde su independencia en 1956, Marruecos ha estado envuelto en disputas fronterizas e intereses geoestratégicos con prácticamente todos los países que lo rodean. Ya sea por diferencias ideológicas, ambiciones territoriales o conflictos heredados del colonialismo, el Reino de Marruecos ha mantenido relaciones marcadas por la desconfianza, la confrontación o la competencia con Argelia, Mauritania, España y en menor medida con otros actores del Magreb y el Sahel.
Esta tensión casi estructural se ha convertido en un componente central de la política exterior marroquí y ha condicionado tanto su desarrollo interno como su proyección internacional.
La rivalidad entre Marruecos y Argelia es la más profunda y persistente. Aunque ambos países comparten raíces culturales y religiosas similares, sus trayectorias políticas tomaron caminos muy distintos tras la independencia. Marruecos, una monarquía tradicionalista aliada de Occidente, y Argelia, una república de corte socialista aliada en su día del bloque soviético, pronto se vieron enfrentados por ambiciones territoriales y diferencias ideológicas.
El punto más álgido llegó con la Guerra de las Arenas en 1963, apenas un año después de la independencia argelina. Marruecos reclamaba parte del suroeste de Argelia —en concreto las regiones de Tinduf y Béchar— basándose en mapas anteriores al dominio colonial francés. La breve pero intensa confrontación militar no solo congeló las relaciones, sino que sentó las bases de una desconfianza mutua que persiste hasta hoy.
El Sáhara Occidental, sin embargo, ha sido el elemento más inflamable de esta rivalidad. Mientras Marruecos reclama este territorio como parte integral de su unidad nacional desde que España se retiró en 1975, Argelia ha apoyado activa y abiertamente al Frente Polisario, el movimiento independentista saharaui. Este apoyo incluye financiación, entrenamiento militar y el hospedaje del gobierno en el exilio en Tinduf, territorio argelino. Marruecos acusa a Argelia de instrumentalizar la causa saharaui para debilitar al reino y frenar su liderazgo en la región.
En 2021, la relación bilateral tocó fondo cuando Argelia rompió relaciones diplomáticas con Marruecos, acusándolo de «actos hostiles», espionaje y colaboración con Israel en detrimento de la seguridad regional. El cierre de la frontera terrestre, vigente desde 1994, sigue siendo uno de los símbolos más visibles del deterioro total de las relaciones.
Mauritania: entre tensiones pasadas y un equilibrio precario
La relación entre Marruecos y Mauritania ha sido ambigua desde el principio. Tras la retirada de España del Sáhara Occidental en 1975, Marruecos y Mauritania se repartieron el territorio en virtud de los Acuerdos de Madrid. Sin embargo, el Frente Polisario, con apoyo argelino, se opuso a esta división y atacó posiciones mauritanas, lo que condujo a una rápida retirada de Mauritania del conflicto en 1979 y al reconocimiento de la RASD (República Árabe Saharaui Democrática), cosa que Marruecos no le perdonó durante años.
A pesar de que en las últimas décadas la relación ha sido más diplomática que hostil, el equilibrio sigue siendo delicado. Mauritania mantiene una política de neutralidad activa en el conflicto saharaui, pero sus decisiones sobre el reconocimiento de la RASD o su cooperación con el Polisario generan desconfianza en Rabat. Además, la frontera sur de Marruecos —específicamente en el paso fronterizo de Guerguerat— ha sido escenario de bloqueos, tensiones militares y acusaciones cruzadas, muchas veces con la complicidad pasiva o activa de actores mauritanos.
Por otro lado, las rutas comerciales que conectan Marruecos con África subsahariana atraviesan territorio mauritano, lo que otorga a este país una capacidad de presión silenciosa que Marruecos no puede ignorar. A pesar de que los vínculos económicos se han fortalecido en los últimos años, la sombra del Sáhara sigue siendo una barrera para una plena confianza.
España: Ceuta, Melilla y el Sáhara, un triángulo envenenado
Aunque España no comparte frontera terrestre continental con Marruecos, las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla, situadas en la costa norteafricana, son una fuente constante de fricción. Para Marruecos, estos enclaves son «residuos coloniales» que deben reintegrarse al reino. Para España, son parte integral e inseparable del Estado español. Esta discrepancia ha generado episodios de tensión recurrentes, como los saltos masivos a las vallas fronterizas, bloqueos comerciales o incluso el uso del control migratorio como arma diplomática.
Uno de los momentos más críticos en los últimos años ocurrió en mayo de 2021, cuando más de 10.000 migrantes cruzaron en un solo día hacia Ceuta, tras la decisión de Marruecos de relajar los controles fronterizos. La medida fue interpretada como una represalia por la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, para recibir tratamiento médico. El hecho encendió las alarmas en Madrid y Bruselas, evidenciando el poder que Marruecos tiene sobre el flujo migratorio hacia Europa.
La cuestión del Sáhara Occidental ha sido otro punto de choque. Durante décadas, España ha mantenido una posición ambigua, tratando de no alinearse del todo ni con Marruecos ni con el Frente Polisario. Sin embargo, el giro del gobierno español en 2022, reconociendo el plan de autonomía marroquí como «la base más seria y creíble» para una solución al conflicto, marcó un cambio sin precedentes que fue celebrado por Rabat y criticado por Argelia, generando una nueva crisis energética entre Madrid y Argel.
Conflictos internos, legitimidad y diplomacia agresiva
Más allá de los motivos geopolíticos, la política exterior de confrontación de Marruecos responde también a necesidades internas del régimen. La monarquía alauí ha utilizado tradicionalmente el nacionalismo territorial como instrumento de legitimación frente a las presiones internas, ya sean económicas, sociales o políticas. La “marroquinidad” del Sáhara se ha convertido en una causa de unidad nacional, y cualquier crítica interna a esta postura es silenciada con dureza.
Además, Marruecos ha sabido jugar un papel hábil en la diplomacia internacional. Su acercamiento a Israel y Estados Unidos, particularmente tras el reconocimiento estadounidense de la soberanía marroquí sobre el Sáhara en 2020, ha fortalecido su posición en el tablero internacional. Sin embargo, este mismo alineamiento ha contribuido a ahondar el aislamiento con Argelia y a deteriorar los puentes con buena parte del mundo árabe tradicionalmente más cercano al pueblo saharaui.
La suma de estos conflictos convierte al Magreb en una de las regiones más tensas y fragmentadas del norte de África. Marruecos, lejos de haber resuelto sus disputas limítrofes, sigue siendo un actor en estado de enfrentamiento permanente. Sus fronteras están marcadas por la desconfianza, la vigilancia militar y la tensión diplomática constante.
La falta de integración regional, simbolizada por el estancamiento de la Unión del Magreb Árabe, tiene consecuencias económicas graves para todos los países implicados. Pero mientras persista la obsesión territorial, el recurso al nacionalismo y la competencia por la hegemonía, parece poco probable que Marruecos logre convivir pacíficamente con sus vecinos.



