En el mundo contemporáneo, las tensiones geopolíticas han vuelto a situar la confrontación entre grandes potencias en el centro de la escena. Rusia y China, por un lado, y Estados Unidos y Europa, por el otro, protagonizan una pugna que mezcla intereses militares, tecnológicos, económicos y culturales. En medio de este tablero, surge la pregunta: ¿cómo interpretan y afrontan los seguidores del movimiento woke, centrados en discursos de justicia social, representación e igualdad, este escenario global? ¿Qué lugar ocupan sus preocupaciones culturales en una época en la que los equilibrios estratégicos parecen volver a imponerse?
Iniciamos así una serie semanal de análisis que ayudará al lector a entender el compromiso, pero también las contradicciones, de este movimiento socio-político frente a los principales acontecimientos geopolíticos mundiales. Se presentan en forma de complemento del detallado análisis del que en su día fue objeto este fenómeno sociológico por parte del analista de cabecera de este diario Antonio Miguel Sánchez.
La visión woke y el poder estadounidense
El movimiento woke se ha desarrollado principalmente en el marco occidental, en especial en universidades, medios de comunicación y plataformas culturales de Estados Unidos y, en menor medida, Europa. Sus seguidores suelen denunciar lo que consideran los excesos de la historia imperial, colonial y racista de Occidente. En este sentido, ante la rivalidad con Rusia y China, muchos adoptan una posición crítica con la política exterior de Washington, al considerarla un reflejo de hegemonía cultural y militar que perpetúa desigualdades globales.
Para estos sectores, los discursos de “defensa de la democracia” que Estados Unidos utiliza en su enfrentamiento con Moscú o Pekín están teñidos de hipocresía: ¿cómo hablar de democracia universal mientras se toleran desigualdades estructurales internas o se respaldan regímenes autoritarios en otras regiones por conveniencia estratégica?
Europa, atrapada entre la seguridad y la moralidad
En Europa, el impacto del discurso woke es más complejo. Mientras que sectores progresistas en ciudades como Berlín, Ámsterdam o París recogen muchas de sus demandas, el continente se encuentra bajo presión militar por la guerra en Ucrania y bajo dependencia económica de China en áreas como la transición energética.
En este marco, la agenda woke choca con la realpolitik. Para un seguidor woke, la respuesta europea a la invasión rusa debería ser condena sin matices, pero también crítica al modo en que la OTAN ha contribuido a tensiones previas. Asimismo, se aboga por evitar una narrativa que simplifique el mundo en “buenos y malos”, porque detrás de cada bloque existen violaciones de derechos humanos que no pueden ignorarse.
Rusia y China: aliados incómodos
El movimiento woke enfrenta una contradicción cuando analiza a Rusia y China. Por un lado, se reconoce en ambos países un autoritarismo político y una restricción evidente de libertades individuales, que atentan contra las banderas progresistas de diversidad y derechos de minorías. Rusia persigue a la comunidad LGBTQ+ con leyes restrictivas, y China reprime a minorías étnicas como los uigures, además de controlar con mano dura la disidencia política.
Estos hechos deberían situar a ambos regímenes en oposición frontal con la visión woke. Sin embargo, existe también una tendencia en parte de la militancia a relativizar estas prácticas, en tanto que Moscú y Pekín aparecen como contrapesos a la hegemonía occidental. En esa lógica, criticar en exceso a Rusia o a China podría interpretarse como un refuerzo involuntario del discurso imperialista de Washington.
Derechos humanos frente a intereses estratégicos
El dilema central para los seguidores del movimiento woke radica en cómo conciliar la defensa universal de los derechos humanos con un escenario internacional dominado por bloques estratégicos. Si bien la lógica woke parte de la idea de que toda injusticia merece condena, la geopolítica obliga a matizar. ¿Debe un activista progresista en Estados Unidos priorizar la denuncia de las violaciones a los derechos humanos en China, aunque eso coincida con el interés de Washington de desacreditar a Pekín? ¿O debe poner el foco en las incoherencias del propio país, aun si eso implica invisibilizar abusos cometidos fuera del bloque occidental? Esta tensión explica en parte la incomodidad del movimiento ante el tablero global.
La batalla cultural y la guerra de narrativas
Otro frente donde el woke incide es el cultural. Rusia y China han desarrollado narrativas que cuestionan el liberalismo occidental y que presentan el woke como un síntoma de decadencia. El Kremlin utiliza de manera recurrente la figura del “Occidente decadente” para justificar sus políticas tradicionales y autoritarias, señalando a los movimientos de diversidad sexual o de justicia racial como imposiciones foráneas.
Pekín, por su parte, difunde la idea de que el énfasis en la identidad y los derechos individuales es un lujo propio de sociedades ricas, mientras que China apuesta por la estabilidad colectiva y el desarrollo económico. Frente a estas narrativas, los activistas woke intentan reivindicar que la justicia social no es un capricho cultural, sino un derecho universal.
Tensiones internas en Occidente
Dentro de Estados Unidos y Europa, la pugna geopolítica también exacerba tensiones internas. Los sectores conservadores acusan al woke de debilitar la cohesión social y de distraer la atención de los verdaderos enemigos externos, como Rusia o China. Argumentan que, mientras Moscú invierte en armamento nuclear y Pekín en inteligencia artificial, Occidente se fragmenta en debates sobre género, lenguaje inclusivo y memoria histórica.
Desde la óptica progresista, esta crítica es injusta: los problemas internos de discriminación y desigualdad no son secundarios, sino estructurales, y descuidarlos en nombre de la seguridad exterior equivale a perpetuar un modelo injusto que, a la larga, debilita a las propias democracias occidentales.
El futuro del woke en la geoestrategia
La pregunta final es si el movimiento woke puede traducir sus preocupaciones culturales en una política internacional coherente. Hasta ahora, su fuerza ha sido mayor en los ámbitos simbólicos y sociales que en la esfera diplomática o estratégica. No obstante, el avance de un mundo multipolar obliga a repensar esa posición.
Si el woke quiere incidir más allá de los campus universitarios o las redes sociales, deberá encontrar un modo de articular la defensa de derechos humanos con propuestas concretas de política internacional que no queden atrapadas entre la acusación de ingenuidad y el riesgo de instrumentalización por parte de bloques enfrentados.
El movimiento woke afronta, pues, un desafío inédito en el actual contexto geopolítico. Entre la denuncia del imperialismo occidental y la condena a las prácticas autoritarias de Rusia y China, se abre un terreno lleno de contradicciones. Su insistencia en la justicia social y los derechos universales lo coloca en una posición moralmente ambiciosa, pero políticamente difícil de sostener en un escenario dominado por intereses estratégicos y realpolitik. En última instancia, la manera en que los seguidores del woke procesen estas tensiones dirá mucho sobre su capacidad de trascender la esfera cultural para convertirse en un actor influyente en la arena internacional.



