El Sudán que obtuvo la independencia en 1956, según el proceso de descolonización global que se dio tras la Segunda Guerra Mundial, el Sudán anglo-egipcio original, tenía más de 2,5 millones de km². Como estas naciones son creaciones artificiales producto de los repartos internacionales entre grandes potencias en el siglo XIX, el concepto de nación como tal no les encaja, pues África fue siempre tribal, podríamos decir que virgen o casi cuando se produjeron los repartos territoriales, y que su historia, si alguna, era de tribus y de pequeños grupos humanos de tradición oral, salvo algunos grandes imperios medievales en el Oeste y Norte, y la presencia posterior del Imperio Otomano en Egipto y parte del Magreb. Por lo que diseñar países con escuadra y cartabón sobre un mapa no los convierte en continuos históricos que nosotros en Occidente conocemos como naciones.
África es extensa, unos 30 millones de km², el 20% del total de tierras del planeta y estuvo inexplorada en su mayor parte hasta después de las guerras napoleónicas, cuando Francia y su émulo el Imperio Británico comenzaron a tomarse en serio su presencia en el continente, al amparo de las nuevas tecnologías de la época y las nacientes revoluciones industriales, ávidas de riquezas y materias primas.
El estatus conseguido en la década de 1880 en las conferencias de Berlín, más algunos retoques posteriores (Conferencia de Algeciras, 1906) configuraron unos mapas obviamente ficticios que, no obstante, sirvieron de base a partir de los años 50s del siglo XX para dar forma a las sucesivas independencias. A Sudán le tocó el turno en 1956, coincidente con otros, como Marruecos, o el comienzo de hostilidades en Argelia con Francia, que culminó con su independencia en 1962.
Esta configuración tribal y étnica del Sudán dio lugar a tensiones hacia 1983, pues el norte, compuesto por árabes y musulmanes, dominaba al sur, de etnias nilóticas y de religiones principalmente cristianas o animistas. En septiembre de 1983, el entonces presidente de Sudán, Yaafar Mohammed Numeiri, creó un estado federal que incluía tres estados federados en Sudán del Sur, pero más tarde los disolvió, lo que desencadenó el inicio de la segunda guerra civil entre las tropas sudanesas y el secesionista Ejército de Liberación del Pueblo de Sudán. El gobierno sudanés permitió la autonomía de la región tras un acuerdo de paz firmado el 9 de enero de 2005 en la ciudad keniana de Naivasha.
En virtud de este acuerdo, Sudán del Sur se convirtió en una región autónoma de Sudán con su propio gobierno y una Constitución interina, aprobada el 5 de diciembre de 2005, que definió la celebración de un referéndum de independencia entre el 9 y el 15 de enero de 2011. El 7 de febrero de 2011 se hicieron públicos los resultados oficiales, que arrojaron un apoyo del 98,83 % a los partidarios de la independencia, la cual fue proclamada el 9 de julio de 2011. Sudán del Sur se convirtió así en el estado soberano más joven del mundo, condición que aún ostenta en la actualidad. Tras su independencia, el país se vio sumido en guerras civiles que están en la base de los presentes enfrentamientos. Su PIB per cápita no llega a 1.000 dólares USA y su índice IDH es el más bajo del mundo. Su superficie alcanza los 644.329 km² y su población está próxima a los 13 millones de habitantes.
Sudán del Sur está atravesando una situación crítica en varios frentes, y lamentablemente, las noticias no son alentadoras.
Crisis humanitaria y conflicto armado
Violencia política y étnica: El país sigue sumido en una inestabilidad marcada por enfrentamientos entre facciones armadas. La ONU ha advertido que los combates podrían intensificarse y extenderse a países vecinos.
Facciones enfrentadas: Los principales actores del conflicto son el gobierno liderado por el presidente Salva Kiir y el Movimiento de Liberación del Pueblo de Sudán en la Oposición (SPLM-IO), encabezado por el ex vicepresidente Riek Machar. A pesar de haber firmado un acuerdo de paz en 2018, los enfrentamientos se han reanudado con fuerza desde principios de 2025.
Milicias étnicas: Además de los grupos políticos, milicias locales como el llamado “Ejército Blanco” han lanzado ofensivas violentas, exacerbando las divisiones étnicas y provocando desplazamientos masivos.
Desplazamientos masivos: Casi la mitad de la población está desplazada debido a conflictos entre etnias. Esto ha generado una presión enorme sobre los servicios básicos y la ayuda humanitaria.
Intervención extranjera: Uganda ha desplegado fuerzas especiales en apoyo al gobierno sursudanés, lo que ha generado tensiones fronterizas y enfrentamientos directos entre grupos de ambos países.
Desplazamientos transfronterizos: Miles de civiles están huyendo hacia Etiopía, lo que podría desestabilizar también a ese país.
Colapso del acuerdo de paz
Acuerdo Revitalizado de 2018: La ONU ha declarado que este acuerdo está “al borde de la irrelevancia” debido a la violencia renovada, la represión política y la militarización creciente.
Detenciones arbitrarias: Figuras clave de la oposición, incluido Machar, han sido arrestadas sin debido proceso, lo que ha intensificado las tensiones políticas.
Impacto en la población
Trauma colectivo: La población vive bajo ataques militares sostenidos, incluidos bombardeos en zonas civiles. Se ha declarado el estado de emergencia en varias regiones.
Fragmentación social: El conflicto está profundizando las divisiones étnicas, lo que podría llevar a una guerra civil prolongada y aún más destructiva.
Este panorama pinta un futuro incierto para Sudán del Sur, donde la paz parece cada vez más lejana.
Emergencia sanitaria: Brote de cólera
Casos y muertes: Desde finales de 2024, se han registrado más de 88.000 casos confirmados de cólera y al menos 1.500 muertes, un tercio de ellas en niños menores de 14 años. Más de 40.000 niños están afectados, incluidos 20.000 menores de cinco años.
Expansión geográfica: El brote se ha extendido a 55 de los 79 condados del país, con especial impacto en los estados de Equatoria Central, Alto Nilo, Warrap, Jonglei y Unity.
Campamentos superpoblados: Los niños que viven en zonas inundadas y campamentos de desplazados son los más vulnerables. La falta de saneamiento y agua potable facilita la propagación.
Respuesta humanitaria: ONGs como World Vision han lanzado planes de emergencia para asistir a 500.000 personas, pero estos están peligrosamente infrafinanciados, y se necesita al menos medio millón de dólares diarios adicionales para sostenerlos. A coste de 1 dólar per cápita, lo cual es hacer milagros.
Condiciones agravantes
Inundaciones: Las lluvias intensas han destruido infraestructuras, contaminado fuentes de agua y desplazado a miles de personas, creando un entorno perfecto para la propagación del cólera.
Acceso limitado a servicios básicos: El colapso del sistema de salud y la falta de agua potable, saneamiento e higiene están dejando a la población sin defensa frente a enfermedades previsibles.
Desnutrición infantil: El hambre debilita el sistema inmunológico de los niños, haciéndolos más vulnerables al cólera. En zonas como Nasir y Ulang, se reportan niveles alarmantes de malnutrición. 7,7 millones de personas enfrentan hambre severa. La combinación de desnutrición infantil y enfermedades como el cólera está generando una crisis multisectorial.
Inseguridad alimentaria
Cifras alarmantes: Según la ONU y la FAO, 7,7 millones de personas (más del 60% de la población) enfrentan inseguridad alimentaria grave.
Condiciones catastróficas: En al menos dos condados, se ha confirmado el riesgo de hambruna (fase 5 del IPC), lo que implica muerte por inanición si no se interviene de inmediato.
Factores agravantes: Conflictos armados que impiden el acceso a ayuda humanitaria. Crisis económica y sequías que destruyen cosechas y encarecen los alimentos. Recortes de financiación internacional que han paralizado programas de asistencia alimentaria. La combinación de cólera, hambre y desplazamiento masivo está creando una tormenta perfecta que amenaza con cobrar miles de vidas, especialmente entre los más pequeños.
Esfuerzos diplomáticos
Diálogo regional: La Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) está intentando mediar para restaurar la paz, pero los avances son limitados.
Situación presente en Sudán del Sur (agosto 2025) Conflicto armado y colapso del acuerdo de paz
El Acuerdo Revitalizado de Paz de 2018 está al borde del colapso. La violencia entre el gobierno de Salva Kiir y facciones opositoras como el SPLM-IO de Riek Machar se ha intensificado. Se han reportado ataques aéreos contra zonas civiles, desplazamientos masivos y detenciones arbitrarias de líderes opositores. La presencia de fuerzas extranjeras, como tropas ugandesas, ha agravado el conflicto y amenaza con regionalizar la guerra.
Posibles soluciones
Intervención humanitaria urgente: Organizaciones como World Vision y UNICEF han lanzado planes de emergencia para asistir a medio millón de personas, pero necesitan más financiación internacional.
Se requiere una respuesta multisectorial: salud, agua, saneamiento, nutrición y protección infantil.
Presión diplomática y mediación regional: La ONU y la Autoridad Intergubernamental para el Desarrollo (IGAD) deben intensificar los esfuerzos para revivir el acuerdo de paz y frenar la militarización. Es clave que los países vecinos actúen como mediadores y no como actores armados.
Protección de civiles y acceso humanitario: Se debe garantizar el acceso seguro y sin obstáculos para las organizaciones humanitarias, especialmente en zonas de conflicto. La comunidad internacional debe exigir el respeto al derecho internacional humanitario y sancionar a quienes lo violen
Reforma institucional y reconciliación nacional: A largo plazo, Sudán del Sur necesita reformas profundas en gobernanza, justicia y representación étnica. Iniciativas de diálogo comunitario y justicia transicional pueden ayudar a sanar el tejido social roto por años de guerra. La situación es crítica, pero no irreversible. La situación en Sudán del Sur es un recordatorio brutal de cómo la falta de estabilidad política, la sequía de ciertas zonas y la pobreza pueden converger en una crisis humanitaria de gran escala.
Las catástrofes humanitarias en otros lugares del planeta nos importan más. Es muy de tener en cuenta para el ciudadano occidental, y concretamente para los europeos, la desigual atención que reciben las crisis humanitarias según el lugar donde ocurren. Hay varios factores que explican por qué África suele quedar relegada en la conciencia global, incluso cuando el sufrimiento allí es extremo:
Los Intereses geopolíticos y mediáticos en primer lugar. Las crisis en regiones como Ucrania o Gaza reciben más cobertura porque están ligadas a potencias globales o conflictos con implicaciones estratégicas para Occidente.
África, en cambio, suele ser percibida como “periférica” en términos de influencia política o económica, lo que reduce el interés mediático y político. Según informes de las ONGs, como CARE, por ejemplo, 9 de las 10 crisis humanitarias menos cubiertas por los medios están en África. Esta invisibilidad mediática crea un círculo vicioso: si no se informa, no se genera presión pública, y sin presión, no hay acción política ni fondos.
Los planes de ayuda humanitaria en África reciben menos del 40% de la financiación necesaria. Las donaciones tienden a concentrarse en crisis más “visibles” o cercanas culturalmente a los donantes. Existe, además, una narrativa persistente que presenta a África como un continente “eternamente en crisis”, lo que genera desensibilización o incluso indiferencia. Esta percepción injusta ignora la diversidad, la resiliencia y los avances que también existen en la región.
A todo ello se suma el impacto de las condiciones climáticas y medioambientales en ciertas regiones de África. Muchas crisis africanas están vinculadas a las condiciones del entorno: sequías, inseguridad alimentaria, desplazamientos masivos. En África, en general, hay dos factores que convergen en este problema: las inmensas sumas necesarias para incidir en los territorios de aplicación, y las pocas garantías del buen fin de los fondos.
África no es solo un problema europeo. Es, en primer lugar, un problema africano. Las organizaciones africanas deberían levantarse y empezar a caminar. Con ayudas, si se quiere, pero en un clima de independencia y propia responsabilidad.
Es, también, un problema del conjunto del planeta, y las potencias con más intereses en África (China, USA, Rusia, India, Reino Unido, Francia… y otras muchas) deberían impulsar a través de la ONU y de la UNESCO, políticas de ayuda e intervención verdaderamente eficaces, implicando para ello a las organizaciones globales africanas.
África le viene muy grande a Europa, al tiempo que es campo de primera actuación para ella, pues de ahí vienen buena parte de los problemas causados por la inmigración ilegal. Europa ha demostrado ser un ente inoperante, por lo que debería estudiar a fondo esta cuestión (y otras muchas) y debería implicar a muchas entidades nacionales e internacionales y a muchos gobiernos en esta cuestión.
Las soluciones, en todo caso, para África, ni son sencillas, ni están a la vuelta de la esquina.
Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años








